Disparen contra Kirchner

Por Daniel Gurzi.- Lavagna habló para el Financial Times, un diario que expresa los intereses del poder económico mundial, y que suele criticar el “populismo” de Kirchner con los argumentos de siempre. Y siempre quiere decir, siempre. Son idénticas críticas a las de Alsogaray, Gómez Morales y Ricardo Zinn contra Gelbard en el 73, de los Alemann y los Chicago boys contra Grinspun en el 85, etc. Ahora es Lavagna el que se adueña de las Grandes Definiciones.

El despilfarro fiscal es una de ellas.

El periodista Alfredo Zaiat lo describió hábilmente el 18 de junio pasado en Página 12:
“Plantear que el gobierno de Kirchner ha empezado a relajar el manejo de las cuentas públicas es un disparate.

La actual administración es de las más conservadoras en muchísimas décadas.
Los principios de la ortodoxia los cumple como ningún otro: prudencia monetaria, excedentes abultados y gastos medidos. Puede ser que a esos economistas no les guste el destino de los recursos o que prefieran que todo el superávit vaya a un fondo anticíclico, además de que ese instrumento se institucionalice. O incluso que aumente aún más el excedente del ya elevado 3,5 por ciento del Producto. Pero hablar de política fiscal expansiva es un poco exagerado, tanto como pasa con algunos titulares de diarios o informes de televisión.

La principal crítica apunta al aumento del gasto público por encima del incremento de los recursos, que va erosionando el superávit fiscal”.

En el universo cerrado del pensamiento único, donde las verdades, aunque no lo parecen, son esencialmente dogmáticas, el aumento del gasto público es uno de los peores pecados. No se critican, entretanto, las cuentas públicas del Gran Hermano, siendo como es el país con el mayor déficit del mundo.

Y continúa Zaiat:
“Además de incorporar una considerable cuota de dogmatismo ideológico en referencia a que el gasto estatal es de por sí negativo, cuando se analizan en detalle las planillas oficiales no aparece ese despilfarro. En el primer cuatrimestre, el gasto primario (excluido el pago de intereses) subió casi 27 por ciento en comparación a igual período del año anterior, mientras que los ingresos lo hicieron en un 22 por ciento. Pero si no se contabilizan las transferencias a las provincias y el gasto en inversiones, las erogaciones se incrementaron 21,5 por ciento, porcentaje que está en línea con la recaudación. Ese aumento del gasto se explica por ajustes en salarios de los empleados públicos y en jubilaciones, que vale recordar, todavía no recuperaron (salvo el haber mínimo) el poder adquisitivo previo a la devaluación.

Esas cifras fiscales abrieron paso a inconsistentes cuestionamientos desde la ortodoxia, que quedaron descolocados con los ortodoxos resultados del mes pasado con un superávit fiscal record.

En términos reales, el gasto público se ubica por debajo del promedio de los noventa. El fenomenal excedente fiscal facilita el cumplimiento del aliviado cronograma de pagos de la deuda, la alimentación de un fondo anticíclico, la instrumentación de prudentes subas en las jubilaciones y la lenta recuperación del Estado de su imprescindible protagonismo como un agente de inversión en la economía.

Los países que se desarrollaron o los que aspiran a serlo tuvieron al Estado como un actor relevante en la inversión pública. Y ese es el gasto que, con más o menos eficiencia, con mayor o menor grado de transparencia, más ha crecido en términos relativos en los últimos dos años. Subió casi 73 por ciento en 2005 respecto al año anterior, y acumula un 91 por ciento en el primer cuatrimestre en relación al mismo período de 2005”.

Luego la nota se encarga de responder al ex funcionario menemista y de la Alianza Miguel Bein.

“En el último informe de coyuntura del Estudio Bein & Asoc. se precisa que esas erogaciones explicaron casi el 10 por ciento del gasto total el año pasado, con una proyección del 12 por ciento en éste, según el presupuesto. En plena crisis, esos gastos (inversión, transferencias de capital e inversión financiera) representaban poco más de medio punto del PIB, y en 2006 alcanzaría el 2,4 por ciento, porcentaje similar al promedio de la segunda mitad de la década pasada. La diferencia en esa comparación es que en los ‘90 el Estado abandonó su espacio necesario en la economía, y ahora está recuperando su participación en algunos sectores. Por ejemplo, en obras de infraestructura energética, subsidios a privatizadas y en aportes a nuevas empresas públicas (Enarsa y Aysa).

El camino por delante es de una mayor intervención en esa área, teniendo en cuenta que en la década del 80 el gasto de capital representaba casi el 6 por ciento del Producto cuando toda la inversión en servicios públicos -que ya estaba siendo víctima del ajuste- estaba en manos del Estado.

Pero en el área fiscal todavía falta mucho recorrido para que el debate económico no sea un juego de títulos mediáticos y lugares comunes de la ortodoxia. Un primer paso sería que los economistas de la city dejen de imitar los vicios del periodismo”, concluye Zaiat.

En términos de impacto comunicacional, es fácil tergiversas imágenes: dos meses antes que estallara toda la Argentina, en setiembre de 2001, Cavallo anunciaba que la meta era el “déficit cero”.

Planteado así, el superávit actual no es más que una nueva vuelta de tuerca del mismo modelo, y sirve para titular un panfleto de ultraizquierda. Pero no debe olvidarse, no sólo lo que pasó después, incluyendo la expropiación lisa y llana de los depósitos, sino que ese “déficit cero” únicamente se podía financiar con dólares carísimos provenientes del exterior.

Así, y por eso se llegó al default.

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