Democracia y participación

Un aporte al viejo debate sobre democracia y protagonismo popular. De los hijos de 2001 al post fin de ciclo.
Foto: Sub Coop
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Así como en su momento el peronismo histórico se planteó como “un momento” de la Revolución Nacional, en nuestro contexto fueron las experiencias de la Revolución Bolivariana de Venezuela (liderada por Hugo Chavez Frías) y el “proceso de cambio” protagonizado en Bolivia por el “instrumento político de los movimientos sociales” encabezado por Evo Morales y Álvaro García Linera quienes mejor y más creativamente plasmaron una práctica política que pivoteó sobre la tensión entre cambio social y democracia parlamentaria. Al peronismo, se sabe, se lo acusó históricamente de autoritario (discusión en la que no entraremos en este escrito) y cierto rasgos “corporativos” del Estado peronista ayudaron en ese sentido, sumado a que Juan Domingo Perón era un hombre del Ejército (algo similar sucedió con Chávez). Esta situación, que abonó a este prejuicio, no da cuenta de que sus propuestas se revalidaron una y otra vez por el voto popular, y en cambio, se vieron permanentemente hostigados por acciones antidemocráticas.

 

Hoy, ante la ofensiva neoliberal implementada por la alianza Cambiemos (contexto al que muchos califican como desolador), comienzan a ponerse a la orden del día los debates en torno a cómo agrupar un frente opositor capaz de dar batalla (y ganar) en las próximas elecciones (tanto las intermedias de 2017 como las presidenciales de 2019). Lo que parece haber desaparecido del debate (al menos en Argentina, al menos hasta nuevo aviso) es cómo plasmar en un nuevo régimen político aquellas dinámicas de participación popular que en cada momento crítico del país asomaron reclamando cambios de fondo. Diciembre de 2001 fue el momento más explícito, en el cual el desprestigio de las dirigencias en todos los niveles (partidarios, sindicales e incluso sociales) hicieron estallar por los aires los modos tradicionales de representación. El kirchnerismo de algún modo es hijo de aquellos reclamos, aunque menos que llevar esos planteos hasta sus últimas consecuencias recondujo la política a sus modos habituales, dentro de los límites de la democracia parlamentaria tal como la conocemos. En sus antípodas, el macrismo es de algún modo también hijo de aquella crisis, y sus iniciativas una respuesta por derecha de aquellas demandas.

 

Política y tragedia

Si de verdad asumimos que la historia es conflicto, que la política no es acuerdo sino enfrentamiento y la democracia disenso aún más que consenso, entonces los desafíos no pueden entenderse como problemas y la polémica como barullo.

 

Ya en su libro Política y tragedia. Hamlet, entre Hobbes y Maquiavelo, Eduardo Rinesi insistió en esta idea de que la política debe pensarse como conmoción del orden existente. “No hay propiamente política sino cuando ese carácter presuntamente inmutable y necesario del Orden es desnaturalizado, conmovido, puesto en cuestión”, afirma Rinesi, y rescata para interpretar la realidad un punto de vista conflictivista, que pone énfasis en una noción del tiempo como apertura y de la historia como contingencia radical. Así, y todo el tiempo, la política no es tanto el arte de lo posible sino un modo de inventar recorridos inesperados.

«Lo que parece haber desaparecido del debate (al menos en Argentina, al menos hasta nuevo aviso) es cómo plasmar en un nuevo régimen político aquellas dinámicas de participación popular que en cada momento crítico del país asomaron reclamando cambios de fondo»

En este sentido, qué duda cabe que es una tarea pendiente -ya de décadas- poner en cuestión eso de que “el pueblo no gobierna ni delibera sino a través de sus representantes” y asumir como parte de la agenda política nacional la necesidad de expresar en alguna dimensión institucional las formas de participación popular que, de manera novedosa, se vienen gestando en Argentina.

 

El argumento de que “la era de las revoluciones” es algo del pasado no tiene en cuenta que, más allá de los nombres utilizados, el cambio de ciclo en el continente, que coincidió con el cambio de siglo, puso de relieve en varios países esto de que no alcanzaba con redistribuir la riqueza y combatir la pobreza, sino que era necesario refundar cada nación y apostar a construir la gran patria latinoamericana.

 

En Venezuela lo llamaron “democracia participativa y protagónica” y el lema que hoy esgrimen muchos movimientos populares es la frase de Chávez que parece haberles dejado como legado: “Comuna o nada”. El Estado comunal es una de las tareas pendientes de la revolución bolivariana. Pero, también, una fuente de inspiración y de indagación para los demás pueblos del mundo que pujen por emanciparse de esta mundialización capitalista que se presenta como único destino posible para la humanidad.

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