“De ilusiones también se muere”

Mariano Arana, ex intendente de Montevideo y actual ministro de Vivienda y Medio Ambiente del Uruguay declaró que dos plantas para la fabricación de pasta celulosa que las firmas Ence y Botnia van a construir en la ribera del río Uruguay, no producirán una contaminación mayor que la que actualmente produce el turismo. Dijo asimismo que la instalación de las plantas generará “miles” de puestos de trabajo transitorios, además de unos 600 estables, asegurando también que la empresa ENCE se comprometió a mantener las normas de seguridad establecidas por la Unión Europea. Botnia, por su parte, no dijo nada, pero Mariano Arana descuenta que se comprometerá a lo mismo. Arana ¿es o se hace?

Reflexionando de menor a mayor en esas tonterías que parecen salidas del caletre de Jorge Batlle, cabe preguntarse: si ENCE se propusiera realmente mantener las normas de seguridad que la UE exigirá a partir del 2007 ¿por qué razón cerraría su planta en Pontevedra para trasladarla a Fray Bentos?

Luego, ni los puestos de trabajo ni la inversión son, bajo ningún punto de vista, los que prometen las empresas, en tanto las plantas vendrán pre-montadas desde sus lugares de origen, donde realmente se las construirá. Por no mencionar la calidad de esos empleos “permanentes”, en zona franca, no sujetos a la legislación laboral, en empresas exentas de impuestos internos así como del pago de derechos de importación-exportación.

Si la contaminación que provoca el turismo (¿acaso Arana se refiere a la polución cultural que produce la clase alta argentina en el departamento de Maldonado?) es, en opinión del ministro, muy elevada , eso se debe básicamente a la desidia e inoperancia de las autoridades ambientales, de lo cual cabría inferir que lo suyo es una autocrítica. No existe absolutamente ninguna razón objetiva por la que el turismo deba provocar daños ambientales, mientras que, desde cualquier punto de vista que se las mire, aun desde un ángulo etílico-surrealista, las dioxinas son y serán peligrosos contaminantes.

Hasta el momento, el debate en torno a la instalación de las “papeleras” (valgan las comillas: esas fábricas no producirán papel sino la pasta celulosa necesaria para que Ence y Botnia produzcan papel en sus países de origen y, entre otras cosas, sea importado por el Uruguay como un bien de genuino origen europeo) se ha circunscrito a una suerte de puja ambientalista entre orientales y entrerrianos.

Desde el punto de vista de los entrerrianos, particularmente los de Gualeguaychú, las objeciones al proyecto son bien razonables. Por lo general, las localidades ribereñas tienen una relación muy estrecha con sus ríos. Jamás se les ocurriría “ganarle” tierras al río, o disparates semejantes. Ni “ganarle” ninguna otra cosa: los ríos no están para ganarles sino para bañarse, pescar, disfrutar y tomar agua. Por otra parte, la ciudad de Gualeguaychú viene llevando a cabo en la última década una muy consistente y exitosa política para desarrollar la industria turística, que en la actualidad constituye la principal fuente de empleo e ingresos de la ciudad. Un gran mérito, sin ninguna duda: mal que les pese a los gualeguaychenses, su ciudad está muy lejos de ser tan bonita como Colón o Fray Bentos. Es lógico, entonces, que teman a la contaminación ambiental, cuya primera consecuencia será ahuyentar a los visitantes.
Por último, podría decirse que a cambio de la destrucción de su medio ambiente y de su principal fuente de ingresos, no recibirán absolutamente nada, ninguno de esos supuestos beneficios de que gozará presumiblemente Fray Bentos, pero no, como insisten en hacer creer las autoridades orientales, el entero departamento de Río Negro.

Por lo pronto, además de hacer una nueva toma de agua para la ciudad (es de suponer que Arana descubrirá las increíbles ventajas en cuanto a empleos de hacer una nueva toma de agua al divino botón siendo que ya hay una que funciona sin inconvenientes) Fray Bentos deberá sacrificar su costanera y el balneario de Las Cañas, aguas abajo del río Uruguay. Dicho sea de paso, esto es también motivo de irritación para los gualeguaychenses: Las Cañas es su sitio predilecto para pasar las vacaciones, y debería serlo de cualquiera con buen gusto y buen juicio. Por lo pronto, los técnicos de Botnia y Ence lo han elegido como lugar de residencia hasta que finalice la construcción del complejo. Que lo disfruten mientras les dure.

Si los vecinos de Fray Bentos (que no han podido nunca aprovechar el aluvión turístico que generan los dos meses de carnaval en Gualeguaychú debido a la imbecilidad burocrática de ambos países, que siguen complicando el libre tránsito de personas a través de lo que debería ser sólo una frontera sanitaria) pueden ver algunas ventajas en la instalación de las plantas, los demás habitantes del departamento, y de los departamentos vecinos, sólo pueden esperar perjuicios. En ese sentido, llama mucho la atención la ausencia de debate y el silencio de los medios de prensa orientales.
Palabras y dioxinas

La contaminación que provocarán las papeleras se difundirá en el ambiente mediante dos vías: el agua y el aire.
En un solo día cada una de esas plantas absorberá del río la misma cantidad de agua que la que utiliza toda la ciudad de Fray Bentos en un mes. Pero luego de utilizarla no se la tomarán, si se la llevarán a Europa: la devolverán al río con dioxinas (quien quiera ampliar la información al respecto puede consultar una nota anterior en este mismo medio (http://www.causapopular.com.ar/article385.html) Se trata de sustancias muy perjudiciales para la vida, imposibles de eliminar de cualquier organismo, ya sea vegetal o animal. Ahorraremos detalles de sus efectos, pero, guarda, en adelante, a no comer sábalo, que soporta la contaminación, pero también la contagia.

El agua polucionada vertida por las plantas tal vez llegue a las playas del balneario entrerriano de Ñandubaysal, pero el grueso será arrastrado por la corriente principal del río, que corre sobre el canal, bien pegado a la ribera oriental.

Las periódicas sudestadas cumplirán su función democratizadora, distribuyendo la contaminación, pero más que Gualeguaychú, será Nueva Palmira la principal afectada. Y antes, las hermosas e inexplotadas costas aledañas a la desembocadura del río Negro. Son de difícil acceso y carentes de infraestructura adecuada, y tal vez Arana pretenda mantenerlas así, libres de contaminación turística. No faltará el vocero ministerial capaz de presentar el caso como un éxito ambiental con inversión cero.

De Palmira y Carmelo sólo llega silencio. Ni que vivieran en las nubes de Úbeda. Aunque capaz están todos por mudarse a Fray Bentos, a disfrutar de los miles de nuevos empleos.
Si bien el agua contaminada producirá estragos, es mucho más severa la que se difunde en el aire. Además del hedor.

Para quien quiera un anticipo: ponga un par de docenas de huevos caseros a la intemperie y tres meses después rómpalos todos juntos con un martillo. Y no salga corriendo: aguántese hasta que la pituitaria se acostumbre, porque, al igual que los ciudadanos, la pituitaria se termina acostumbrando a cualquier cosa. Después de un rato, ya no se siente nada. Y capaz que hasta le gusta.

Pero más allá del hedor, el problema está en la lluvia ácida, que por más comisiones que se hagan, nadie podrá impedir que caiga ahí donde al viento se le ocurra.
En ese sentido, los gualeguaychenses se tranquilizan: el viento sopla del este muy contados días del año, y la nueva situación no hará más que confirmar el refrán: Viento del este, lluvia de peste.

Los vientos preponderantes en la zona son del sudeste y del suroeste. El primero, que trae sudestada, ya sabemos: es democrático y llevará las dioxinas en dirección a Concepción del Uruguay y Paysandú. Pero el viento casi permanente -ya sea en la cotidiana brisa de la región (que aliviana tanto los veranos y hace más duros los inviernos) como en la forma de Pampero, capaz de soplar a más de 90 kilómetros horarios, con tormentas eléctricas e intensas lluvias-, es el del suroeste. Vale decir, el noreste de Fray Bentos es el destino clavado de la mayor parte de las dioxinas lanzadas al aire por las “papeleras”.

Las dioxinas no se eliminan, jamás. Ni se degradan. Por el contrario, permanecen y se van acumulando particularmente en los tejidos grasos de los animales, incorporada por el agua, pastizales y forrajes que ingieren (de los cereales lo hacemos por nuestra propia cuenta) y se concentra en la leche, a través de la cual se contaminan las nuevas generaciones animales y, si de vacas, cerdos y corderos se trata, nosotros.

Pero parece que en Paso de los Toros o en Young tampoco tienen nada para decir al respecto. Tampoco lo tiene el ministro de Agricultura, que cuando no era ministro solía hacer gala de muy claras ideas sobre el tema. ¿O es otro el Mujica que sugería la necesidad de un cambio cultural en cuanto a la producción y el consumo, que en el actual rumbo lleva a la destrucción del planeta -“Si en la India existiera la misma relación hombre-automóvil que en Alemania, no tendríamos aire para respirar”- o hablaba de la necesidad de una producción sustentable, cuidando del medio ambiente, haciendo valer los atributos de nuestros alimentos no contaminados, y ligando su producción a un desarrollo industrial situado, en base a nuestros recursos, nuestras particularidades, nuestros conocimientos y nuestras ventajas comparativas?

Si el Mujica ministro es otro Mujica, avisen. Y de paso, que algún productor de Young explique a quién piensa venderle lácteos en el futuro. Capaz que con el hambre que hay, en Nigeria se los compran.
Attenti orientales

Es penoso y estéril que el debate en torno a las “papeleras”, un caso testigo en la necesaria discusión regional acerca del modelo de desarrollo adecuado a nuestros intereses, esté restringido a una puja entre orientales y entrerrianos, de tan amargos resultados en el pasado, o a un conflicto tramposo entre cancillerías, del cual el único beneficiario será el Banco Mundial.

No son sólo las autoridades uruguayas las que están impulsando y/o alentando o al menos permitiendo políticas que equivalen a pan hoy y hambre dentro de un rato. Argentina y Chile deben desactivar de inmediato los proyectos de explotación aurífera en la cordillera de los Andes que, como en el caso de Ence y Botnia, provocarán graves trastornos ambientales e hipotecarán nuestro futuro a cambio de poco o nada.

También las autoridades nacionales argentinas (imposible esperarlo de las provinciales, profundamente implicadas y cómplices) deben detener el desmonte indiscriminado y el uso y abuso de agroquímicos que esterilizan la tierra, contaminan las aguas y nos vuelven tributarios de las grandes corporaciones cerealeras.

No se trata de hacer un ecologismo hueco propio de los que conocen el campo en postales o a la naturaleza por sus excursiones de fin de semana, que más que ecologismo es a menudo antihumanismo. Se trata de desarrollar nuestras posibilidades cuidando de nuestros recursos, de manera que nos sea posible seguir utilizándolos.

El primer paso para eso es ver qué nos conviene, a nosotros, a nuestras comunidades, no a los supuestos “inversores” y a cuatro pícaros que, como ha sucedido siempre entre nosotros, se enriquecen en base a asociarse con quienes nos hacen daño. Como el propio término lo explica, el desarrollo (extender algo que estaba arrollado) consiste en hacer las cosas desde las cosas mismas, desde nosotros y para nosotros. No en repetir lo hecho por otros, siguiendo una receta ajena que, no sólo no responde a nuestra realidades y aspiraciones, sino que cuando nos la dan, es porque ya no sirve.

Alguna vez los países “desarrollados” nos exportaron tecnología a cambio de alimentos, y así convertidos en monoproductores dependientes de bienes cada vez más desvalorizados, terminamos empobreciéndonos. Ahora nos exportan contaminación.

Asombra comprobar que nuestros gobernantes insisten en comprar en el almacén con el “Manual del buen comprador” escrito por el almacenero. Como en la mina de oro en Esquel, como en el monocultivo de soja, en la instalación de las “papeleras” es para unos lo llovido y para nosotros lo mojado: por más vueltas que quiera darle Mariano Arana al asunto, los beneficios que Uruguay y la región obtendrán de Ence y Botnia son inexistentes al lado de los perjuicios que provocarán. Y los beneficios de unos pocos terratenientes y «gestores de negocios» no deberían ser confundidos con el bienestar general. Menos, por la izquierda.

Ocurre tal vez que muchos dirigentes de la izquierda uruguaya piensan como los socialistas del siglo XIX, cuando hasta los anarquistas parecían tipos optimistas, íntimamente felices y confiados en un futuro resplandeciente. Imperaba entonces la creencia en la Razón y en los inevitables beneficios de un progreso científico, industrial y tecnológico que parecía eterno.

Hoy sabemos que no es así, que ese progreso ni es inevitablemente benéfico ni mucho menos eterno. Por el contrario, es a partir de sus propias necesidades, de su propia lógica interna y no de la Razón o de los intereses de la Humanidad, que se va delineando el futuro, que por ese mismo motivo está muy lejos de ser mejor, o siquiera de ser futuro.

Es poco lo que nuestra región puede hacer para detener esa acelerada marcha hacia la nada, pero al menos abstengámonos de poner también nosotros el pie en el acelerador, porque en cuanto lo hagamos, los poderosos se van a bajar del ómnibus. Y de eso se trata Ence, Botnia y proyectos similares: se están bajando del ómnibus y nos exportan su contaminación para que nosotros corramos con los gastos de su desarrollo y bienestar.

Attenti orientales, que se los están c… al vuelo.

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