Cultura: ¿Emancipación o dependencia?

De la Redacción de ZOOM. Podría tratarse de un artículo escrito ayer con motivo de la visita del premio Nobel peruano a la Feria del Libro de Buenos Aires. Pero se trata de un formidable hallazgo realizado por Roberto Araujo: una nota firmada por Luis Barroso en la Revista Línea de marzo de 1982, dirigida en ese momento por José Pepe Rosa. El autor le responde a Vargas Llosa, a raíz de sus opiniones vertidas en el suplemento Cultura y Nación del diario Clarín el 18 de febrero de aquel año 1982.

El suplemento “Cultura y Nación» del 18-2 trae en su primera página una nota sobre el «nacionalismo cultural» firmada por Mario Vargas Llosa. Se torna inevitable la polémica sobre temas que hacen a la política cultural que sustentamos, duramente cuestionada por el peruano con frases como la que sigue: «el nacionalismo es la cultura de los incultos y éstos son legión». Asumimos esa incultura y hablamos claro.

En la nota citada, el novelista Vargas Llosa arremete contra la posibilidad de llevar adelante una pelea por la cultura nacional. Palabra más o menos, el peruano dice que la sola concepción de una cultura propia es un concepto aberrante. Y esto es lo más suave que dice. Al parecer, sólo las ideologías totalitarias defienden dichos conceptos, «tan huecos como cacofónicos» en su decir. Adjudicándole al nacionalismo todos los errores posibles, lo culpa de pretender defender la propia cultura frente al imperialismo, lo que equivaldría a crear una cultura incomunicada y estrecha. Vargas Llosa habla también de la dependencia que, según él, es positiva en el terreno de la cultura porque permite superar los estacionamientos. Utiliza como ejemplos válidos a Rubén Darío, Machado de Assis, Vallejo, Octavio Paz y Borges. No se usa a sí mismo por modestia, ni a su compatriota Arguedas porque no se animó.

A nuestro modesto e inculto entender, le chingó como a las peras con una miopía que, en un nombre como él, vemos directamente maliciosa. Cuesta creer que el autor de «La Casa Verde» -uno de los libros mas hermosos que hemos leído- sea capaz de decir -o escribir— tanto disparate amontonado.

Hay que definir desde dónde se escribe, pero no física sino lentalmente. Porque una cosa es la opinión de una mente colonizada y otra la de un luchador contra la dependencia. Digamos que si el artículo de marras llevase la firma de Harold Robbins no hubiera sido comentado. Y quizás no lo hubiésemos leído. Pero Vargas Llosa es otra cosa, suponemos.

Los que escribimos desde un país dependiente y sufrimos el significado de dicha dependencia no olvidamos que el imperialismo que cita Vargas Llosa ataca no sólo las riquezas físicas de una nación. También ataca su alma, es decir, su cultura. Los que le damos manija a la esperanza en un país como el nuestro no le encontramos el lado bueno a eso de la dependencia cultural. Es más, vivimos y escribimos convencidos de que lo hacemos para esa emancipación intelectual que Vargas Llosa critica, porque creemos que perderla es renunciar al derecho de existir. Y a nuestro entender, la autodefensa jamás implicó estrechez mental, salvo para el atacante de turno.

¿Sabrá Vargas Llosa lo que significan en este país más de cinco años de Proceso? ¿Tendrá presente lo que son la censura, la persecución, el exilio, la destrucción del patrimonio nacional? ¿O él también creerá que lo del genocidio cultural en nuestro país es puro verso?
Quizás fuera de las fronteras no se entienda bien el asunto. La penetración multinacional significó no solamente la más profunda crisis socioeconómica que se conozca, sino el socavamiento de las raíces nacionales a través de la destrucción y el saqueo de bibliotecas, la falta de libertad expresiva, el descenso del nivel educacional, la clausura de editoriales, cuando no la acción de ciertos Mandrakes que -nada por aquí, nada por allá- hacían desaparecer a alguno.

En este contexto en que los medios de difusión masiva son totalmente manejados desde el exterior, hablar de nacionalismo cultural es mentar el derecho de un pueblo a salir en defensa de sus hábitos de vida, a ejercer una crítica descolonizadora qua permita integrar nuestros rasgos propios a la cultura mundial. Superando las estrecheces intelectuales que tanto parecen preocupar a Vargas Llosa.
Creemos que en el peruano hay una confusión cuando habla de dependencia. Para él no significa —quizá se olvidó— la expoliación lisa y llana. Según su criterio, los intelectuales deberían ser partidarios de ella y, lamentablemente, en todo el tercer mundo no es así. Aquí los intelectuales tienen la manía de sumarse al resto del pueblo en defensa de los valores y riquezas nacionales. Claro, no todos. Los otros son los colonizados mentales, que son muchos pero no tantos.

Otra confusión es en cuanto al término «nacionalismo». Para nuestro amigo, ser nacionalista es ser chovinista, tener conceptos tan cerrados como infantiles. Mao, Hitler, Mussollini y Stalin serían los ideológicos del tal nacionalismo. Y no es así, claro, porque ni siquiera los citados pudieron superar la dinámica popular que terminó incorporando los más altos valores de la cultura universal a lo suyo. Pero transformándolos, claro, enriqueciéndolos y enriqueciéndose, en un largo proceso que no puede darse cuenta cuando se niega la propia cultura.
En nuestro país -nuestro a pesar de todo- el cosmopolitismo cultural que defiende Vargas Llosa sirvió para forjar tontos sin identidad, manejables espantajos para los cuales el mayor valor de «La señorita de Tacna» fue el desnudo de Camila Perissé. Y los tontos son manejables, de ahí la preocupación de ciertos gobiernos para dificultar la capacidad de pensar.

Los términos del intercambio que parece proponer Vargas Llosa se resumen de esta manera: para allá va nuestra riqueza y para acá venga su crisis. Como nosotros nos negamos a los términos de ese intercambio, nos enfrentamos decididamente tanto al cosmopolitismo cultural como a la estrechez chovinista. Coincidimos con Unamuno en eso de que toda literatura es tanto más universal cuanto menos traducible se ofrece, y también en eso de que los poetas en apariencia más cosmopolitas resultan en verdad artificiosamente extranjeros a todos por su mismo despropósito del querer conformar a todos.
Quizás por eso dentro de un siglo se seguirá hablando de Gardel, Whitman o Visconti y absolutamente nadie recordará a Palito Ortega, Alex Haley o David Steinberg.

Insistimos: en una sociedad dependiente se trata de impedir que el hombre piense en defender el pensamiento. El nacionalismo cultural es absolutamente imprescindible para tener desde dónde pensar.
La nota invita a un debate sobre la verdadera cultura nacional y sus contenidos. Aparece en un momento justo, en que diversos eventos (Teatro Abierto, Música siempre, Festival de Rock de La Falda, declaraciones de intelectuales, etc.) permiten inferir que, en consonancia con el pueblo todo, la cultura argentina se prepara para una contraofensiva que restablecerá los verdaderos términos de la democracia, tan necesaria por todos lados no sólo para hablar de política cultural.

Vargas Llosa sale a la palestra fustigando a los que hacemos de la defensa de lo nacional una bandera. Mejor papel haría, opinamos, defendiendo la libre expresión en estas playas, haciendo su lúcido aporte de intelectual a la batalla de nuestros pueblos por sacudirse los lazos del colonialismo político, económico y cultural.
Hoy no tenemos tanta democracia como para poner a los términos de Vargas Llosa una verdadera respuesta, producto de un fecundo debate en torno a cuál es la verdadera contradicción en un país dependiente como la Argentina. Pero ya veremos, los incultos tenemos esa manía de no perder la esperanza.

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