Cuando gana la derecha, pierden siempre los mismos.

Hay tres elecciones en América del Sur que ya anticiparon un escenario adverso. Como una pesadilla reincidente, la derecha que otrora recurrió a los cuarteles militares para conspirar contra sus adversarios, ahora procura respetar los límites de la democracia y seducir a las mayorías. El primero de estos tres comicios sucedió hace un año, en junio de 2007, cuando el empresario Mauricio Macri perforó su techo electoral y ganó el gobierno de la ciudad de Buenos Aires con el 60 % de los votos. La segunda sucedió en Chile y la tercera en Brasil. También fueron victorias para la derecha y su marca esta muy fresca todavía.

Las dos últimas sucedieron este 26 de octubre, cuando el gobierno socialdemócrata de Michelle Bachelet padeció un duro revés en las urnas municipales y la derecha se quedó con las principales alcaldías del país. Fue la peor noticia para la Concertación desde que asumió el gobierno en 1990 y, como si fuera poco, esa performance aumentó las sospechas sobre la posibilidad de que la gestión de Bachelet sea el último gobierno de la poderosa coalición de partidos por la democracia. De hecho, la pérdida de las emblemáticas comunas de Santiago, Concepción, Viña del Mar, Temuco, Rancagua, Iquique y Valparaíso ponen a la mandataria frente a la probabilidad de disponer un amplio cambio de gabinete, que sería el quinto en tres años de gestión.

En la tierra de Lula, el Partido de los Trabajadores (PT) fue derrotado por los conservadores en las más importantes ciudades, entre ellas Porto Alegre y Salvador, además de las capitales de los estados de Rio Grande do Sul y Bahia.

Aunque son escenarios distintos y alejados por kilómetros, cada punto es el vértice de una serie de coincidencias brutales, como las torpezas tácticas y estratégicas de los espacios de centro izquierda que, al límite de sus definiciones programáticas, eligen gobernar lo menos peor posible y sobrevivir a la defensiva, en vez de avanzar por más democracia y más participación.

Semejante actitud conservadora de parte de las fuerzas progresistas ha dado a luz un nuevo mundo al revés. Ahora es la derecha la que cuenta con una maquinaria eficaz para apropiarse de las banderas que la socialdemocracia no supo defender, y cuyos valores corren el serio riesgo de ser naturalizados por una derecha que, en los tres casos, está empeñada en quedarse con la presidencia de sus respectivos países a cualquier precio. Se trata de una derecha de aspiraciones democráticas que prolifera al calor de los errores de sus propios adversarios. Su principal referente es el empresario trasandino Sebastián Piñera, el ex candidato presidencial que casi le ganó a Bachelet en 2005 y que ya es el favorito de las próximas elecciones. Algo parecido le podría pasar a Macri, íntimo de su par chileno.

Es que en Chile el prolongado esfuerzo de la derecha local por despegarse de la herencia del genocida Augusto Pinochet, ha comenzado a dar sus primeros resultados electorales y promete sorpresas. Se trata de una derecha convertida en democrática, con los mismos fines inconfesables de siempre, pero con un desarrollo casi leninista en los barrios donde interviene. Una evolución que le ha permitido dañar la histórica legitimidad de la centroizquierda como canal de solución de las preocupaciones sociales. El problema es que no fue la derecha la principal mentora del debilitamiento político de sus adversarios, sino que han sido tantas y tan tibias las medidas articuladas por el gobierno de Bachelet para enfrentar su debilitamiento que, gracias a ese error, grandes porciones del electorado han resuelto tomar otros rumbos, más allá del color del voto y las convicciones de su conciencia.

En Argentina, la ciudad de Buenos Aires cayó en manos de la derecha a partir de los errores de gobierno de sus antecesores, que en vez de consolidar una organización vecinal que los apoyara, optaron lisa y llanamente en gobernar para la opinión pública.

En Chile, el conservadurismo de sus políticas y la falta de ingenio y capacidad de la Concertación para consolidar acuerdos con una izquierda que siempre despreció, permitió una de las mayores expansiones de la derecha desde la dictadura pinochetista.

En Brasil, la pérdida de ciudades como Porto Alegre, significa el agotamiento de un modelo de Estado que comienza a crujir cuando no hay profundización, mientras sus periferias se favelizan y se deterioran sus condiciones de vida.

Sin embargo, no siempre los aciertos de la derecha dependen de los errores de sus oponentes, sino de su capacidad de aprendizaje y financiamiento para enfrentar escenarios adversos. El problema es que cuando ganan ellos, pierden siempre los mismos. Precisamente aquellos a los que la derecha siempre segrega y perjudica. Por eso, ante el fatal perjuicio que sufrirán los más desposeídos ante este proceso, vale la pena preguntarse: ¿qué sentido tiene sobreactuar las posiciones de la derecha para evitar que gane votos, cuando se resignan las definiciones que jamás habría que haber abandonado?

Las consecuencias ya están a la vista. Ahora están golpeando nuestra puerta.

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