Quizás sea un signo de los tiempos, pero antes era la tecnología militar la que desbordaba en usos civiles, a su debido tiempo. Tomemos un ejemplo. Tal vez usted tenga una sartén en teflón, aunque no sepa que ese material fue elaborado en 1938 y fue utilizado en la fabricación de las bombas atómicas norteamericanas, sí, esas que vaporizaron Hiroshima y Nagasaki. Eso es tener la sartén por el mango. Ese material recién comenzó a ser comercializado después de la guerra, no sólo en diversos usos bélicos sino también en diferentes ámbitos civiles.
Sin embargo, en la era del algoritmo parece que ahora los avances técnicos realizados en grandes corporaciones comerciales son los que desbordan en el área de defensa. Así, si usted averigua modelos y precios de un cochecito para bebés, digamos, pronto encontrará, en su vagabundeo por las redes, muchos anuncios de carritos para recién nacidos, aunque esté mirando noticias, y también la mejor nutrición para bebés, libros acerca de cómo cambiar pañales, qué música les gusta a los peques, o cómo no caer en la depresión existencial, dado que “los espejos y la cópula son abominables, porque multiplican el número de los hombres”, como decía Borges. Ese notable marketing que permite segmentar al infinito, ya no sólo por persona sino por momentos —pues el tiempo es dinero—, es posible por el perfilamiento que habilita “el algoritmo”, ese nuevo mercado digitalizado que, como Dios, todo lo sabe de nosotros.
Por un momento, pensemos qué pasaría si los datos personales que entregamos con alegría a cambio de recibir en casa una pizza o una hamburguesa fueran utilizados para otra cosa que no sea la preferencia por una napolitana con ajo o una determinada cajita feliz. En efecto, ¿qué pasaría si el popular Waze, que pretende darnos el camino más fácil para evitar la congestión del tráfico, también nos dijera adónde debemos llegar? Muchas de esas aplicaciones callejeras indican “usted ha llegado a destino”, en una soberbia que nunca tuvo la vieja guía geográfica hecha de Filcar o Lumi, que jamás fue tan sartreana en materia de designio. Alta literatura, por cierto. Sin embargo, se trata de destino, es decir, de vida o muerte. Waze is not wise.
Pues si es posible perfilar las preferencias del incauto en cuanto a consumos o costumbres, también es posible identificar opiniones, preferencias políticas y militancias varias en base a la recolección de datos. Sólo basta cambiar “vender” por “reprimir”. Sobre la base de una determinada cantidad de criterios definidos a priori, entonces el algoritmo buscará quiénes responden a tales características en la montaña de información. Es lo que vemos en la actualidad en el estado de Minnesota, Estados Unidos.
En agosto de 2025, el American Immigration Council develó que el gobierno de Estados Unidos financia a Palantir para crear e instrumentar aplicaciones que perfilen a las personas que puedan ser arrestadas por ICE. Fundada en 2003-2004 por Peter Thiel y fondos de la CIA, Palantir es una referencia para la “comunidad de inteligencia” norteamericana (vaya a saber qué quiere decir eso), tanto dentro del país como en el extranjero, y además tiene una división de consejo financiero. Con el cruzamiento generalizado de datos impositivos, sanitarios, vehiculares, asociativos, huella digital en las redes y todo lo que usted imagine, el algoritmo le devuelve el nombre del sospechoso, la foto, el domicilio, los antecedentes, así como un índice de culpabilidad. Sólo falta que vaya el ICE y aprehenda al que ya es culpable. Además, hay cuotas de arrestos que cumplir y primas de productividad por cobrar. ¡Si lo dice Palantir! Por supuesto que desde la compañía se han desligado responsabilidades. “Nosotros sólo damos el instrumento técnico”, dicen. Como si en la construcción de la tecnología ya no estuviesen los perjuicios que buscan naturalizar, las opiniones que buscan censurar, los enemigos que quieren cazar… Y los grupos de tareas sólo tendrán que decir “sólo recibimos órdenes”, si es que alguna vez interviene la justicia. Es como si la Inquisición dijese “nosotros sólo proveemos herejes, no encendemos ninguna hoguera”, y del otro lado contestaran “nosotros no condenamos a nadie, sólo hacemos hogueras”. Barbecue.
Este auge del perfilamiento digital no es nuevo, como tampoco la instrumentación, incluso en los campos de batalla. +972 Magazine es una publicación independiente redactada por periodistas israelíes y palestinos. En diciembre de 2025 expusieron en The Guardian la aplicación de los algoritmos a la guerra en Gaza. Allí, Yuval Abraham sostiene que ya desde muchos años existe un “fetichismo” por parte de las fuerzas armadas de Israel en el uso de la “big data” para controlar la población de Gaza y de Cisjordania. Así, de las comunicaciones telefónicas de los palestinos se genera una gran masa de información, pero se requieren inversiones necesarias para ser analizadas. Es así como contrataron por miles de millones de dólares a Microsoft, Google y Amazon para almacenar y tratar esa cantidad de información. Y los videos, y el uso de las redes, y las comunicaciones de los palestinos con el exterior. Abraham dice que los arreglos con esas corporaciones son considerados tan importantes como con las empresas que fabrican las armas, bombas y misiles que usa el ejército. Así es como “Lavender” fue un sistema desarrollado para liquidar a cualquiera que sea definido por el algoritmo como cercano a Hamas o a la Yihad Islámica. Para eliminarlos bastaba con tirar “bombas bobas” (no de precisión), puesto que la militancia de base no merece tanto gasto, aunque exista una previsible baja de civiles, habida cuenta de que el sistema estaba seteado para que el ataque se realizara cuando el indicado estaba en la casa. Un notable aumento de productividad, habida cuenta del tiempo y del dinero que costaría identificar a la persona y asesinarla. +972 Magazine subraya que la cantidad de información recolectada por la inteligencia israelí sobre los palestinos era imposible de procesar sin la colaboración paga de las grandes corporaciones de Silicon Valley. El asunto es que, si alguna vez lo sucedido es reconocido como un genocidio… ¿qué pasará con las empresas que lo permitieron?
Es una lástima que no se hayan logrado perfilar en tiempo y forma a los terroristas que cometieron los atentados del 7 de octubre de 2023. Así los podrían haber detenido antes. Pero puede fallar, decía Palantir… perdón, era Tusam. Estamos lejos de aquel viejo manual de IBM que decía “si la máquina no puede rendir cuentas, la máquina no puede tomar decisiones”. Eso lo hacen humanos, que aunque diseñen el mejor sistema imaginable, sólo arrojará los resultados esperados por las personas que lo programaron. El método supone el resultado; la técnica ya lleva en sí misma una finalidad.
Si rastreamos el origen de toda esta historia, tal vez debamos volver al Sudeste Asiático, cuando Estados Unidos estaba en guerra contra Vietnam. Sobresaturados de películas y de series norteamericanas, ya hasta podemos sentir la humedad de los arrozales del Mekong en las alpargatas que nos cubren los pies. Es el momento de Robert McNamara y el plan Phoenix. Ese plan abarca desde 1965 hasta 1972 y tiene por objetivo la destrucción del VietCong en Vietnam del Sur, en base al asesinato de dirigentes y militantes de la guerrilla comunista que, mire usted, luchaban por la unificación del país y la liberación nacional. La represión a los patriotas que instrumentaron los Estados Unidos estaba inspirada por las acciones que perpetraron los franceses durante la ocupación de Indochina. Pero allí donde Francia secuestraba, torturaba y mataba vietnamitas con método, aunque de manera artesanal, esta vez será planificado. La diferencia entre savoir-faire y know-how, usted me entiende. En manos de especialistas y a gran escala. Pero siempre con el engorroso trámite de buscar a alguien, picanearlo, buscar a los que cantan, picanearlos, con lo que significa en materia de logística, personal, nafta y costos de energía. Y con cuotas que había que cumplir. Un gastadero de guita. Y así hasta llegar a una cifra de entre 80 y 100.000 asesinatos, todo para perder la guerra un glorioso 30 de abril de 1975. Close, but no cigar, mister McNamara. Aunque al menos McNamara tuvo la intuición de la necesidad de sistematizar las matanzas en nombre del poder imperial. Hizo lo que pudo en un tiempo en que las computadoras nos parecen rudimentarias. Digamos también que los técnicos que Estados Unidos utilizó en Vietnam luego aplicaron las enseñanzas de “la escuela francesa” en América Latina, bajo la marca de “Plan Cóndor”. Así lo expresó el general Ibérico Saint-Jean, gobernador de facto de la provincia de Buenos Aires durante la dictadura militar (1976-1983): “primero mataremos a todos los subversivos, luego mataremos a sus colaboradores, después a sus simpatizantes, enseguida a aquellos que permanecen indiferentes y finalmente mataremos a los tímidos”. Para eso existe el algoritmo… ¿Cómo sería? Imaginemos a Saint-Jean seteando el algoritmo. Tal vez se le pida: defina “subversivos”, por favor. Escriba aquí sobre los “colaboradores”, gracias. “¿Quiénes son los simpatizantes?” Muy bien. “¿Puede usted caracterizar a los indiferentes?” Ya casi estamos. “¿Podría definir la timidez?”. Estamos trabajando en ello. Deme un poco de tiempo y ya le saco la lista. Quizás tampoco sea un crimen, ya que ahora importa la precisión, no la verdad; la exactitud, no la justicia; la inmediatez, no la reflexión. Preciso. Exacto. Inmediato. ¡Gracias, Palantir y afines! El algoritmo es un arma de guerra.
En el atardecer existe la hora azul, ese momento que no es ni de noche ni de día, ya sin sol y todavía sin luna. Es el momento de recordar a Aristóteles, que frente al mismo cielo, hace más de veinte siglos, pensó que la persona es “un animal político”. Cuando se saca la política, sólo queda el animal. Por más algoritmos que invente o reivindique, o quizás a causa de ello. Y ya oscurece.
