Cuando Cátulo despidió a Homero…

El 3 de mayo de 1951, con sólo 43 años y en su plenitud creativa y artística, murió de cáncer el gran Homero Manzi. Sus restos se inhumaron a las 16 horas del día siguiente. El presidente de la nación general Juan Perón y su esposa Evita enviaron sendas coronas de flores. En representación del primer magistrado asistieron al acto del sepelio el edecán comandante Eduardo Allio y el ministro de Industria y Comercio José Constantino Barro. Frente al panteón de SADAIC numerosos oradores historiaron su vida y su obra, destacando el enorme vacío y el gran dolor que dejaba. En primer lugar habló Cátulo Castillo en representación de SADAIC; luego Alberto Vacarezza por ARGENTORES (dijo: «Homero Manzi, muchacho de los sueños blancos y las canciones azules… Por todo lo que le cantaste a Buenos Aires y a la vida, muchas gracias»

Francisco García Jiménez por sus amigos (dijo: «acaba de extinguirse la voz armoniosa de un poeta en el triste silencio de su muerte; pero los poetas no mueren nunca»); Alejandro Berruti en nombre del Consejo Panamericano de la CISAC (la Confederación Internacional de Sociedades de Autores y Compositores); Edmundo Bianchi por los autores del Uruguay; Homero Expósito por Autores Unidos, Antonio de Bassi por la Casa del Teatro, Jorge Farías Gómez por los residentes santiagueños; por sus amigos de FORJA don Arturo Jauretche; Augusto César Vatteone por la Sociedad de Directores Cinematográficos; y Martín Pablo Alvarez por los empleados de SADAIC.

Homero Manzione nació en Añatuya, Santiago del Estero (que él llamó Añamía) el 1º de noviembre de 1907. De niño su familia se trasladó a Buenos Aires, donde terminó sus estudios normales, obteniendo el título de profesor con el que luego desempeñaría las cátedras de Literatura y Castellano en los colegios nacionales Mariano Moreno y Domingo Faustino Sarmiento.

En 1930 dejó la docencia y organizó una compañía de danzas con la que recorrió el país y algunas ciudades de Chile y de Perú. Al regresar a la Argentina redujo su apellido y se reveló como el gran compositor de temas populares. Renovó el viejo género de la milonga: Milonga sentimental, Juan Manuel, Bettinoti, Pena mulata, Papá Baltasar, Milonga de los fortines, Canción para la niña muerta, Milonga de Puente Alsina y Carnavalera, todas con música de Sebastián Piana -su colaborador permanente-, obtuvieron un éxito definitivamente consagratorio y evidenciaron la presencia de un auténtico poeta cuya sensibilidad lo llevaba a reflejar con toda naturalidad y sencillez las palpitaciones del alma popular, en excelentes versos llenos de sentimiento, emoción y humanidad.

Cuando el cine nacional había iniciado su mejor período, Manzi le prestó su valiosa colaboración como libretista y director. Prueba esa feliz colaboración el grato recuerdo de famosas películas como La guerra gaucha, Pampa bárbara, Su mejor alumno, Pobre mi madre querida y El último perro.

En el auténtico y pintoresco barrio porteño de Boedo -que nadie pintara como él- nacieron sus primeras obras. De ese barrio era también su gran amigo Cátulo Castillo.

Además del periodismo y la política, se abocó a la literatura. Con Ulises Petit de Murat escribió el drama poético La novia de Arena. Luego otra serie de películas como Huella, Donde mueren las palabras, Nobleza gaucha, Todo un hombre y El último payador.

Pero a pesar de su fecunda labor en distintos canales del arte, no abandonó nunca su fenomenal producción como autor de tangos y letras populares: Malena, Ninguna, Sur, Che bandoneón, Romántica, Mañana zarpa un barco, Una lágrima tuya, Discepolín, El último organito, Barrio de tango y tantas otras.

También Manzi fue un infatigable luchador de la causa autoral argentina, ejerciendo diversos cargos directivos de SADAIC hasta que -organizando la oposición política a Francisco Canaro- llegó a presidir la institución entre 1949 y 1951, en que debió renunciar por su enfermedad. Lo sucedió en la dirección hasta 1955 el vicepresidente Cátulo Castillo, y en representación de la entidad habló en el sepelio.

Fue cuando Cátulo despidió a Homero.

Ya lo sabíamos todos. Este instante en que había que entregarte el adiós desde un entarimado. Mucha gente. Y una noche muy larga de angustiosos saludos y de lágrimas, y el apretón de manos y el abrazo.

Y tu madre, deambulando entre flores, como un viejo quebracho, con la mirada firme -hora tras hora- hasta el momento mismo en que podríamos recogerla en los brazos, desplomada.

Ya sé que lo sabíamos, pero también lo ignorábamos todo, y a fuerza de ignorarlo lo sabíamos, y esta esperanza nuestra de que no fuera así lo decretado. Y también tus engaños, cuando te sonreías con esa misma cara que miramos durmiendo, afilada y cerúlea, con tu barbita negra que tenía hilachas blancas y el cuerpo lastimado en todas partes.

Ya sé que lo sabíamos, Homero, pero menos que tú, que lo sabías mejor, como supiste todas las cosas que no se aprenden nunca y que se saben.

Porque también sabemos que la muerte no es nada y no tiene misterio.

Misterio tiene un verso, una sonrisa.

Pero tú estás durmiendo, y entonces hay que evitar la muerte de un recuerdo, y escribirte estas cosas que nos hizo más honda la vigilia y el regresar atrás, rumbo al principio, para verte mejor, sin el cansancio oscuro del café, del alcohol, de muchas muertes, como la tuya ayer, la más sentida.

Para hacerte una historia, hermano mío, comenzaría así:

Se acercó con sus cosas que tenían la simpleza genial del propio pueblo. Un trasunto de calles orilleras, arboladas y viejas como el duende que transitó sus tangos, y que vivió en sus ojos que eran negros y tristes y profundos. Tal vez, toda la infancia que alborotó las tardes de extramuros, y el poema del hermano mayor que él admiraba.

Una fuerza indomable le llegaba de lejos; no sé si de Añatuya, su pueblito purinke con Imasti el capataz indígena o su hermano Román que amansaba el rosillo en la heredad paterna.

Acaso el algarrobo triste o el chañar que tiraba las sombras en la tierra reseca, o la lejana cruz de calicanto con que cantó algún día en los años el poema de María Chacarera.

Pero era -de todos modos- ese misterio eterno que lastima el insomnio de los hombres que piensan y que sufren y crean, cuando vuela la idea, y el cerebro adquiere dimensiones de cosmos, sin medida posible.

No sé si fue Carriego -allá, hace mucho- quien lo inició en la hermética religión de los versos desvestidos de retórica inútil y falso preciosismo versallesco. Pero un día encontró que era posible decir lo que sentía sobre un metro de tango -el más humilde- y entregarle a su barrio, a su ciudad, al pueblo, el vigor de un mensaje que tenía olor a calle, y a viento, y a boliche.

El recibió el impacto de un barrio suburbano, sureño y empinado sobre las piedras hoscas que recorrió la chata de Damián, el carrero.

El recibió los suspiros más dulces de la chiquilla humilde que vivía en la casa de enfrente, entre las verjas donde había campanillas y un cedrón y una planta de malva. Llegaban desde lejos, musicales y hondos, los golpes del herrero y había silbatina de muchachones simples que se acostaban tarde, contemplando a la luna o al vigilante gaucho desde aquella vidriera.

Decorado sutil para sus ojos buenos. Barrio inefable y puro para su corazón y su tristeza.

Envolviera esas cosas pequeñas y hondas en esa cosa absurda que es un verso y así encontró su clima y se lanzó a la vida desde unos pantalones cortos y una cara rechoncha, y una ruta que subía calle arriba hasta San Juan y Loria.

Después hubo un colegio que se llamaba Luppi. Y amigos diferentes, y todo Puente Alsina, con sus alcantarillas y sus luces perdidas en la noche.

«San Juan y Boedo antiguo, y todo el cielo, Pompeya y más allá la inundación». Los años se asomaron al bozo y fue un hombre que de pronto buscaba a la vida, caminando hacia el norte, sobre antiguos tranvías rechinantes y torpes.

Tal vez la facultad fuera una excusa para hurgar una ciencia que no necesitaba. Las leyes eran cosas sin aristas, ni color, ni misterio; que misterio era el suyo, el que traía encerrado en cien gestos para copar la vida y ganar la postura a salto y carta.

La ciudad ya era fácil porque estaba más cerca y titilaba en miles de letreros luminosos.

Así creció de pronto, como acortó su nombre: Homero Manzi.

¿Quién era Homero Manzi…?

Era una cosa nuestra, nada más. Unos ojos muy grandes que miraban las noches con ternura de niño, reflejando el paisaje que llegaba de adentro: el de su calle.

Su calle y sus recuerdos.

Tremolante y terrible, el vértice esperaba para iniciar la lucha. Y Homero, Homero Manzi, se armó de la palabra y de la idea.

Lo encuentro en las esquinas, orador de contiendas quijotescas, templando sus veinte años y enarbolando sueños de muchacho, y fustigando el alma en una búsqueda de sensaciones nuevas pero intuidas quién sabe desde cuándo.

Y tal vez ese fárrago de cosas que se esconden en las ramas más altas de las horas. Un borbotón de alcohol y trasnochada, el amigo encontrado sobre el filo del alba en una esquina.

«Bandoneón. Hoy es noche de fandango y quiero confesarte la verdad. Pena a pena, copa a copa, tango a tango, embalado en la locura del alcohol y la amargura…».

Así plasmó sus versos, en ese estrujamiento del espíritu que busca la expresión para decirla y a veces no la encuentra…

Pero también la lucha le señalaba un puerto: los autores de versos y los músicos que eran como él producto de las calles, y que hablaban en su mismo lenguaje musical y encendido.

Así llegó hasta ellos, a nosotros, para formar el nudo y para atarlo con la fuerza feliz de su palabra. SADAIC era un símbolo que apretaba en la sigla cien caminos de conquistas gremiales que estaban ya a un paso, nada más, de la esperanza.

Homero ya era un hombre.

Y su barba crecida, casi excéntrica, le dio fisonomía de patriarca. Un patriarca muchacho que recordaba cerca de sus ojos, que a veces le brillaban como lágrimas…

Y en alud formidable, su pujanza: el cine, el teatro, el periodismo, todo. Fue una múltiple sed por la conquista que nunca le fue esquiva. Tal vez porque sabía que estaba la muerte agazapada, que nada es perfecto, que el hombre tiene el sino marcado de antemano.

Un día, cualquier día, lo encontramos herido. Empezaba el regreso hacia la tierra, al barrio, a los recuerdos…

Nos engañaba a todos, sin engañarse él mismo, que presintió el final con esa misma angustia con que se presienten los versos que a veces no se escriben. Y su verso final es todo esto que sin estar, está. Que lo recuerda, que lo lleva y lo trae, que lo exalta, que lo agranda y lo borra y lo redime, angustiando esta sorda impotencia de persistir llorando su temprana partida.

Su herencia es un manojo de tangos: los más nuestros.

Su herencia es la palabra fácil y es el recuerdo bueno.

Su herencia es un clima de barrio que fue suyo, donde la noche -en el pescante- contempla al hombre gris que chicotea el látigo en la diestra.

Su herencia es esto tierno que tenemos de nuevo florecido, porque también miramos hacia atrás, -Homero Manzi- y te encontraremos de nuevo en la vidriera, mirando cómo llueve en un otoño.

Adiós, Homero Manzi, amigo nuestro.

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