“Cualquiera puede decir que Kirchner es un tarado; pocos se atreven a escribir sobre el poder económico”

Durante el conflicto con los intereses agrarios hubo prácticamente una especie de cadena privada de comunicación a favor de los sojeros. Sin embargo, trabajando en medios como La Nación y Radio Continental, Orlando Barone se diferenció fuertemente de las posturas mayoritarias. En diálogo con ZOOM, este periodista desmenuza la profesión en un contexto donde “es muy difícil estar a favor, porque en realidad estar en contra te da patente de inteligente y estar a favor, patente de sumiso”, y se mete con la relación negocio-noticia. Tras su renuncia al diario de los Mitre, confiesa: “en La Nación quedé desacoplado; era un actor de comedia dentro de una tragedia.”

—Alguna vez contó una anécdota que sirve para pensar al periodismo, los lobbies en cuestión y la influencia del poder económico. Tenía que ver con Ambito Financiero y los autos que estaban estacionados en el garage…¿La recuerda?

—Estamos hablando del año´93 aproximadamente. Me había quedado sin trabajo, hacía algunas colaboraciones, flotaba y me mantenía… de pronto me llaman de Ambito Financiero. Ante mi sorpresa, porque yo pensaba que por razones culturales tenía poco que ver con Ambito… Sin embargo, hago un buen contrato verbal, me atendieron cordialmente y empiezo a trabajar allí. Viajé mucho con el diario, pero siempre en un rol no político sino cultural. Esa era mi tarea, escribir lo mejor posible cuestiones que tenían que ver con lo sociológico, la sociedad, notas polémicas incluso, pero nunca metiéndome en la economía ni en la política. Pero lo que más me extrañó un día en ese diario fue que, cuando bajo al garage, alguien me dice “¿Por qué no venís? Te llevo en auto…”

Paradójicamente, todos los autos que había en el garaje eran importados. Casi todos. El más modesto era el del dueño del diario, que era Julio Ramos. Pero en general el “más modesto…” era un Volvo. Todos los otros eran BMW, Alfa Romeo, etc… Es verdad que yo no tengo la rosca de lo tuerca… y me encuentro con esos autos… En realidad no me pregunté nada, me dije “Esto es así”. Un periodista podía ganar un buen sueldo pero estimo que no para tener semejante auto. Había una desproporción entre el ingreso y la vida que podían sostener. Y uno empieza a pensar cosas: ¿Quién le pagaba de más a un periodista? Esta es una reflexión que me vengo haciendo hace mucho tiempo. En general, se teme que les pague el gobierno de turno, porque cuando el periodismo dice “El poder” se está hablando del poder político, del intendente de Gualeguaychú, del puntero de La Matanza, del presidente, del ministro de economía… El periodista cree que ese es el poder. Mentira, el periodista sabe que ese no es el poder. El periodismo sabe que el poder es el económico. El poder económico puede comprar tanto al político como al periodismo. Pero le cuesta mucho trabajo al periodista pelearse con el poder privado económico, más que con el poder público gubernamental. Yo puedo decir “Kirchner es un tarado” y no ocurre absolutamente nada. Pero qué pasa si yo hablo de una empresa y toco determinados intereses…

—¿Qué le diría en este terreno a un estudiante de periodismo que pretende ejercer la profesión?

—Le daría un ejemplo: de los presidentes o ex presidentes, cualquiera habla. No hay ningún problema para eso. El problema es hablar de los negocios privados, no sólo de los negocios del Estado. Y ahí es donde el periodismo empieza a ser vulnerable. Cómo se saca ese saco pesado con los intereses que últimamente hay con la relación negocio-noticia. Es muy difícil. Justamente, a un alumno el otro día le decía, como diría un médico en la facultad: “Miren, todo lo que les voy a enseñar ahora, cuando lleguen a un hospital no sirve para nada. Porque no van a tener gasas ni anestesia. Además, en la cola va estar una señora morocha que viene desde cien kilómetros, con el nene en brazos y que está haciendo cola desde las 7 de la mañana, pero resulta que después llega Barone, que es blanco y es periodista, y no hace la cola y entra, y usted va a tener que atenderlo.”

—Le pinchaba el globo al estudiante…

—Para que tuviera él mismo la reacción necesaria para ver cómo enfrentar su profesión. Me pregunta el chico: “¿Pero usted tiene esa visión? ¿Qué quiere decir, que lo que estoy aprendiendo no sirve?” Y le contesto, que “no le voy a dar la moraleja, pero lo que estás aprendiendo lo tenés que procesar. Lo que estás aprendiendo lo tenés que tirar y vos procesarlo de la manera más lógica después. Te va a servir, porque si no tenés nada para tirar no podés hacer nada.”

La cadena de la felicidad

—Durante el gobierno de Menem existía lo que se denominaba la “cadena de la felicidad”. Se trataba de sobres con dinero de la SIDE para decenas de periodistas. En ese caso, un gobierno trataba de buscar influencias y silencios.

—Era lógico que ese gobierno, que era de tinte liberal, que apoyaba al mundo empresario, corporativo y al negocio, tuviera mucho dinero. Dinero que venía de muchas fuentes … Entonces, al periodista le resultaba fácil, porque lo único que tenía que hacer era apoyar al capital privado.

—Coincidía la política del gobierno con el capital privado…

—En realidad no había que alentarlos, solos hubieran hecho todo eso porque en el fondo estás trabajando para quienes te pagan, que son los capitales privados. En cambio, en un gobierno de tinte popular, que tiene grandes reacciones con ciertos grupos, aun siendo un gobierno capitalista y defensor de la iniciativa privada, aparecen conos de reacción. Entonces es más difícil.

—Mirando los diferentes trabajos que tuvo y tiene (La Nación, Radio Continental, Ambito, Crisis, Debate, El Cronista…) y ya entrando en un terreno esquemático me cuesta descifrar cuál es su ideología. ¿Es un hombre de izquierda, de derecha, peronista, radical? ¿Alguna filiación política?

—Nunca, pero eso no sirve para nada…Porque ojo con eso del que te dice “yo soy apolítico”. A ese mírale la mano derecha…

—¿Cómo lo podemos etiquetar?

—Te cuento: yo no estuve con el golpe del ´55 contra Perón. Todo mi colegio de Belgrano, el General Roca, al que iban muchos hijos de marinos, etc. apoyó y estaban metidos en “la gesta de la Revolución Libertadora”. Yo me corrí de esa…aunque no era peronista. Paradójicamente en mi casa eran peronistas, ahí había una especie de traición a la épica familiar, y al hecho masivo de mis amigos que apoyaban a la Libertadora. Yo aprendí mucho de eso. Me costó, porque lo sufrí en tiempos de adolescente. Pero por ejemplo, la única vez que sentí que me había involucrado de una manera más democrática, quiero decir no solo popular, donde las clases medias tuvieran una participación interesante y visible fue con Alfonsín y la democracia.

La idea de un Alfonsín que venía a derramar un diálogo, la posibilidad de convivencia de dos partidos populares, ¿por qué me gustaba? Porque Alfonsín no significaba la derecha, significaba un partido popular diferente al partido peronista. Me pareció atractivo y lo defendí mucho. Y lo sigo defendiendo ahora porque hoy hay muchos radicales que desearían que se muriera rápido para convertirlo en prócer y usarlo para las elecciones; ese simbolismo de Alfonsín agigantado en esta democracia revuelta que hay hoy, rescatado, con estos 25 años que se cumplieron, por supuesto que les conviene porque hoy no hay ningún símbolo; lo tenían abandonado ellos mismos, entonces el peligro es que quieran usufructuarlo, y con derecho porque son radicales…, tienen más derecho que los peronistas.

—Entonces queda claro que no acompañó a “la fusiladora”.

—Como ahora no acompañé al “campo…”

—Insisto con los estereotipos. ¿Es posible que Barone, en estos últimos años, haya girado para la izquierda?

—Sí, es posible. Y me enorgullece, porque hay un axioma que dice: “Cualquiera escribe versos a los 15 años, pero no cualquiera los escribe a los 50”. Cualquiera es de izquierda a los 18 pero no cualquiera lo es a los 50… Entonces, a la edad que mis amigos se vuelven reaccionarios, yo me vuelvo revolucionario.

La renuncia al Diario La Nación

—¿Por qué se fue de La Nación?

—Mucho antes de ingresar al diario yo había ganado un premio literario en el año`87, que a mí me encantó ganarlo porque tiene prestigio. Pero nunca había sido llamado del diario hasta que en 1996 deciden armar el suplemento “Enfoques”. Me piden que haga una columna llamada “Puerto libre”, con mucha libertad. No me dieron ninguna indicación, y yo empecé a ser creativo con esa columna. Con un estilo que al principio era medio temeroso, porque ese diario aplasta mucho. El riesgo de un diario muy grande es que es como entrar a un palacio. Vos entras al palacio de Buckingham y tu postura cambia. No es como entrar a una villa. No solo el atuendo que vos te cambiás especialmente, sino que tenés miedo de que cada movimiento que hacés no coincida con ese palacio. Esto es muy feo para un periodista. Un periodista no debe entrar nunca así a un palacio o a una villa, debe entrar a todos lados con la misma libertad. Pero bueno…, el contexto influye sobre nosotros. Así que trabajé muy libremente durante esos años, sobre todo en el ‘97, ‘98, ‘99, porque yo creo que mi visión era la de muchos periodistas. No era original, original quizás era el texto, pero la idea era antisistema neoliberal. Eso sí, mi prédica, ironizaba sobre el poder, que se estaba haciendo caricaturesco. Y seguramente eso tenía el beneplácito de muchos lectores de La Nación que se sentían damnificados por el sistema. Un momento en que el sistema empezaba a hacer agua, y la gente lo percibía. Finalmente viene De La Rúa, a quien yo en mis columnas apoyé, porque en el fondo apoyaba al FREPASO. Después viene ese entramado que termina en demolición.

—Pero ¿por qué se fue?

—Te sigo contando. Había comenzando una nueva etapa. Y ahora me doy cuenta, a partir del kirchnerismo, qué fácil que es estar en contra y qué difícil es estar a favor… Es muy difícil estar a favor, porque en realidad estar en contra te da patente de inteligente y estar a favor, patente de sumiso. Esto lo percibe el que lee y consume. Y los periodistas, que somos, en realidad, grandes discípulos de la demagogia, queremos que el lector, el oyente, nos lea o escuche porque si no nos quedamos solos. Estamos esperando una reacción favorable sobre lo que decimos; empezamos sin darnos cuenta, y, a veces dándonos cuenta, a inclinar hacia el lado que el público favorece la tendencia. Entonces empezamos a ser “contra” porque sí.

Surge la crisis del 2001-2002 y el diario empieza a tener una postura antipopulista. Empiezan a haber brotes en Latinoamérica, y evidentemente es como si el diario se despojara, retomara algo que tenía disimulado en las etapas del neoliberalismo y del radicalismo-alianza. Y se apuró el tiempo. Tiene que ver con la rapidez, esta convulsión sociopolítica que se dio en la Argentina en el último año sobre todo. Aquí, de pronto la escenografía se abre y hay un nuevo cuerpo argentino pero que se revela en el conflicto rural con el gobierno, o en realidad a mí me gusta decir el conflicto rural y el país, porque sino parecería que es un escritorio del gobierno con todo el llamado campo. Y ahí yo tengo una mirada diferente. Entonces, cuando ya aparece esto, mi mirada en el diario La Nación, que seguía siendo irónica, estaba en un contexto totalmente desacoplado. Es como un actor de comedia que está dentro de una tragedia, y siento que no causa gracia sino patetismo. Creo que esa es la imagen que yo puedo dar. Entonces es por cuidarme, porque me costaba mucho trabajo seguir haciendo comedia en ese contexto dije: “Bueno, nadie me dijo nada” porque se han portado “correctamente” … Entonces decidí que me convenía por mí mismo, tomar la decisión de irme. El día de mi cumpleaños, esto tiene un significado, dije: “Me tengo que gratificar” y renuncié en la misma columna, ante la sorpresa de los propios editores que recibieron mi columna diciendo: “Esta es la última columna que escribo”.

—Le habrá resultado difícil. Decir que no en nuestra profesión debería ser más común. Pero ¿quién se va en el actual contexto de un diario?

—Es verdad, pero hay gente que me puede reprochar y decirme: “¿Por qué perder un lugar donde la voz diferente tiene una tonalidad que la distingue?” Y bueno, es así. Lo mismo sucede en Continental, donde mi voz es distinta a la de la mayoría de la radio. Pero en la radio estoy cómodo. Quiero decir, me siento que estoy bien. Lo vivo en forma diferente. Tal vez porque tengo mi islote muy particular, “la carta abierta”; yo ahí expreso mis ideas y nadie interviene en ella.

La opinión pública

—Habitualmente habla con gente de la calle: taxistas, mozos, peluqueros, etc… ¿Escucha mucho el insulto fácil y rápido a la presidenta?

—Si le das cuerda a la conversación y la estimulás frente al desconocido en una cola, enseguida aparece el descalificativo duro y tremendo. Mirá, ha habido encuestas radiales de varios periodistas que preguntan quién es el personaje del año, y muchos nombran como personaje nefasto al ex presidente Kirchner. Nefasto quiere decir indigno, ominoso. Yo me pregunto, si el ex presidente Kirchner es indigno y ominoso, ¿qué serán los genocidas para esa gente? ¿Y cuál es la sociedad? La sociedad somos vos, yo, el taxista, éste, ésta, aquel, fulano. Es un conglomerado humano, de situaciones diferentes, cuya composición es tan heterogénea y versátil que es imposible hacer algo homogéneo de eso. La gente heterogénea es la que elige a Obama en Estados Unidos, Berlusconi en Italia y a Lula en Brasil. Lo que ocurre, me parece, y esto me hace pensar, es que “la opinión pública” es la que sale en los medios. Y siempre me hago una pregunta: si detrás de la opinión pública que sale publicada no hay otra opinión pública totalmente distinta. Pero ocurre que vos y yo, lamentable, torpe, precaria y poco inteligentemente (pero nos pasa a todos) nos basamos en los medios. Vos pensá, yo acabo de escuchar un comentario radial y pienso que si verdaderamente es así, es un drama. Decía que “el país está lleno de Yabranes”, que “el verdadero vicepresidente es Moyano”, que “la presidenta está alterada de los nervios…” Más allá de que pudiera haber algo de cierto, supongo que estarán de acuerdo muchas personas con estos comentarios. Muchísimas personas. Pero bueno…

—¿Qué escucha concretamente sobre la presidenta?

—Escucho muchas banalidades. Las “más profundas” son las que le hacen los grandes medios y los periodistas “notables”. Diría que hablan de ese mando compartido, con una gran influencia del ex presidente sobre ella, con lo cual su categoría de mujer que asciende y que cumple su rol de género admirable queda reducida porque si tiene un soplón que es varón, su rol queda disminuido. Mi pregunta es si es cierto. Vos sabés que mi mujer me sopla al oído a mí. ¿Alguien puede creer que estoy hecho a medida y semejanza a mi mujer? Y yo supongo que debo influir sobre mi mujer. Debo tener alguna energía inspiradora porque compartimos muchas cosas, y probablemente muchos de sus pensamientos estarán tocados por mi manera de ver el mundo. Como cuando vas a ver una película con tu mujer, ella te expresa sus ideas y vos le expresás las tuyas, hay una combinación. Ahora, si vos lo querés ver desde un punto de vista de contaminación negativa, lo ves. También lo podés ver como una contaminación positiva. Por ejemplo, si yo te hablara de Jean Paul Sartre y de su mujer Simone de Beauvoir, esa convergencia de neuronas, de ideas, de literatura y pensamientos sobre el mundo, fijate si nutrían a una y a otro… Y nadie puede decir que Simone de Beauvoir era la chirolita de Sartre, o viceversa. Pero bueno, vos sabés que para atacar, siempre se busca los puntos más vulnerables del otro. Me parece que a este gobierno esto lo engrandece más que aquello que lo reduce. Si este gobierno tuviera realmente deformaciones de líneas de estado catastróficas, como pudo ser el final de la Alianza, habría argumentos que no enfocarían en la anécdota banal, si la presidenta usa carteras Vuitton, si se infla los labios con alguna pócima de laboratorio o si el ex presidente es gritón y tiene mal humor. Estas son subjetividades caprichosas que ni vos ni yo podemos probar, porque no lo sabemos ¿Por qué queremos saber lo que pasa en la alcoba de Néstor y Cristina? Entonces, si la oposición se dedicara realmente a criticar lo verdaderamente cuestionable, eso sería una discusión posible, transparente, por ahí podrían aparecer argumentos leales en un tema como por ejemplo, la jubilación de reparto.

“Los medios son imbatibles”

—¿Cómo se sintió este último año en Radio Continental, siendo una voz totalmente solitaria frente al conflicto con los intereses agrarios?

—Primero, aprendí mucho. Cuando uno siente algo visceral sobre una administración, una épica, los argumentos quedan detrás de esa pasión que te lleva al desprecio. Esto es lo que les pasa a la mayoría de los periodistas de los grandes medios con este gobierno. Los argumentos se terminan y su deseo de ataque es mayoritario.

—No habría antecedentes históricos del actual nivel de oposición mediática…

—Y mi radio no es ajena a ese proceso. Entonces la pregunta que yo me hago a veces (que no tiene respuesta) es: ¿todos los periodistas que están en contra del gobierno lo sienten así, piensan que es así, son libres de elegir internamente, con su conciencia? Bueno, si es así, tengo que pensar que yo soy una minoría y aceptarlo democráticamente, y llegado el momento de la votación aceptaré si es que la mayoría opina de esa forma. La otra es si no estarán sujetos, algunos, a esa presión de las clases medias que le exigen al mensajero que les dé el mensaje que a ellos les gusta. Y en la tentación de triunfar en sus carreras, más allá de sus principios o de las verdades que pueden sostener, eligen triunfar en sus carreras aún a costa de ceder parte de esos principios…

—Hay que recordar que el diario La Nación, con la firma de Claudio Escribano, al principio del gobierno de Kirchner, le puso un ultimátum.

—Nicolás Casullo, antes de morir, en la Carta Abierta de los intelectuales dijo que los medios son imbatibles. Esa palabra “imbatible” que yo copio y cada tanto reproduzco porque es muy fuerte. Uno podría decir que Dios es imbatible, o el diablo. Pero no podrías decir que tal equipo de fútbol es imbatible. Él dice “Los medios, hoy, son imbatibles”. Para seguir pensando…

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