Cromañón sigue aquí, entre nosotros

La polémica decisión judicial que condenó a Chabán y al manager de Callejeros pero no a la banda, también castigó duramente al subcomisario coimeado y casi exculpó al cometeador. Si el progresismo insulso pecó por no ejercer el poder del Estado, la gestión neoliberal de Macri agudiza ese escenario: en lugar de afirmar lo público, única garantía de una ciudad habitable, busca “valorizarlo”, convertirlo en mercancía, con la misma lógica de las puertas de emergencia que tapió Chabán.

Condenando a seis de los quince imputados, la justicia falló en el capítulo de mayor resonancia pública entre los varios en que se fue disgregando la investigación por el incendio del local de Plaza Once. La pena mayor recayó sobre Omar Chabán. El fallo refleja una cierta visión del país o su ordenamiento, y su resolución más polémica es la absolución de Callejeros, a quienes se terminó tomando como un grupo de jóvenes que se dedica a cultivar el saludable arte musical. Es una pyme que arrastra multitudes con el uso masivo de pirotecnia cuyo uso está prohibido en lugares cerrados.

Tras la condena, Chabán seguirá buscando a 3 chicos del público, les atribuirá toda la culpa y los seguirá llamando “tarados” o “descerebrados”, en una ilustre definición auto-referencial, que eso se le debe reconocer. Tiene algo de inimputable ese barniz culturoso que cultiva quizás creyéndolo al pie de la letra, y ya es demasiado trillado citar a Hanna Arendt. Algo habrán hecho (los pibes) quiere decirnos. El grueso de la responsabilidad cayó sobre el empresario, pero también fue dura la condena del cohecho policial. Contrastan los 18 años para el subcomisario Díaz contra uno solo a Villarreal por el mismo delito, teniendo en cuenta, entre otras cuestiones, que el lado privado no fue obligado a coimear con una pistola en la cabeza. Villarreal, que no vio ni supo nada salvo entregar el sobre a la policía como fiel empleado, quedó incurso en la obediencia debida y volverá a su condición de patovica en retiro efectivo porque su pena es excarcelable.

Los Callejeros seguirán explotando comercialmente los déficits existenciales de una juventud que sigue en la banquina, y no se puede ser severo con sus límites mentales porque no son sino emergentes de los seres y los vínculos sociales que producen los mercados.

Entre los defensores del grupo de rock abundó una considerable inversión en cotillón amarillo alrededor de Tribunales durante la lectura de la sentencia, cuando siempre habían cultivado el negro rolinga. Lució como una extraña apropiación sectorial –política, religiosa, o ambas–, de uno de los sectores más despolitizados de la sociedad que los Callejeros expresan de alguna manera. No es para sorprenderse ahora, y hasta pudo ser un paraguas de contención institucional que no avizora nada bueno.

El Estado ciego

El Estado es un conjunto de normas e instituciones dirigidas por personas. Excepto las penas pecuniarias que indirectamente pagamos todos, los errores del Estado deben expiarlos los responsables de la acción o la inacción, con el castigo del voto o la justicia según corresponda. En cuanto a los controles comunales de usos y actividades, que recayeran sobre la policía y no en los funcionarios municipales, ausentes sin aviso, es otra de las tantas muestras de cómo, con muy poco, se puede dinamitar el poder estatal. Aquí se ha puesto de cabeza el Estado de Derecho mediante normas inferiores que anulan, tergiversan o invierten lo que determinan las normas superiores.

Con una condena excarcelable de 2 años por incumplimiento de deberes del funcionario público, Fabiana Fiszbin volverá a su ocupación habitual, la psicoterapia, y quizás cada vez que retorne a Brasil recordará esas vacaciones de diciembre de 2004. Y no porque las psicoterapeutas no puedan conducir áreas del Estado o hacer política, sino porque sus antecedentes se limitan a ser ex-cuñada, hija de un puntero unionista y allegada al Coti Nosiglia.

El responsable en diciembre de 2004 del Plan de Catástrofes y Emergencias Urbanas, Crespo Campos, ucedeísta, que ni siquiera fue procesado, seguirá durmiendo tranquilo.

En estos cinco años, los tribunales habían apartado a Aníbal Ibarra y Juan Carlos López, y luego condenaron a algunos bomberos. El ex-jefe de Gobierno recorrió el calvario de la destitución y recibió un esperado apoyo de la corporación judicial con la ayuda del ex-fiscal Strassera, y Casación volvió a inculpar a López, ex-secretario de Seguridad de la CABA y también ex-cuñado.

Lo que viene

El fallo no está firme porque nadie quedó conforme y la mayoría, o todos, en el fondo –refugiados en la teoría del puro accidente– no reconocen ninguna responsabilidad.

Que se publicitara el uso de bengalas, que se las introdujera masivamente, y que se eligiera hacer el show en un lugar cerrado gracias a una triquiñuela jamás rectificada de la legislación en materia de permiso de actividades y uso de locales, no pudo ser fue una decisión solitaria de Argañaraz y Chabán.

Suena poco creíble, conociendo el papel empresarial de la madre de Fontanet y las denuncias acerca de que en el palco VIP había cajas de bengalas. Mientras Casación resuelve los recursos y las apelaciones de querellas y fiscal, llegará la hora de que Rafael Levy, socio de Chabán, junto con otros responsables de la habilitación fraudulenta del local y quizás también por la introducción de fuegos artificiales, enfrenten a los jueces. Detrás de eso se destaparán algunas ollas, pero pocas, relacionadas con empresas offshore.

Esta suerte de Cromañón II también incluirá la relacionada con los que se consideran “abandono de persona” por la actuación del Same y los hospitales públicos que se vieron excedidos en la evacuación y tareas de reanimación.
Luego vendrá una catarata de juicios civiles donde se discutirán indemnizaciones proporcionales a la responsabilidad penal. Años y mucha plata por delante, incluyendo la del Estado.

Derivaciones

Algunos se suicidaron a meses del incendio. Otros muchos no duermen tranquilos, ni la tranquilidad les volverá jamás. En el amplio campo de las secuelas, revivirán las escenas del horror del encierro, el ahogo y la incineración, todo ello acentuado por la candidez propia de la edad. Llorarán para siempre a los seres perdidos, sin llegar a entender del todo.

O, siendo adultos, se habrán pescado cánceres, úlceras, alergias crónicas, sus glándulas no funcionarán como antes, deberán recurrir al alprazolam para poder dormir. Nada será igual.

Entonces

Han transcurrido 56 meses desde aquella fatídica noche de diciembre en la que una combinación mortal de bengalas, decorados inflamables y salidas de emergencia tapiadas, convirtieron una fiesta rockera en trampa mortal para doscientos chicos, más el severo trauma que padecen sobrevivientes, familiares y hasta un puñado de vecinos solidarios, choferes y profesionales del Same y los hospitales que participaron en el rescate.

Toda la sociedad sufrió, pero no todos lo advertimos de la misma manera. Como sucede con otras tantas salvajadas propias de nuestro paisaje nacional, es preciso correrse de la contemplación distante y la observación. Aunque sea preferible aprender de una manera menos inhóspita y suene a lugar común, este desgarro individual y colectivo debería ser una oportunidad para entender lo que pasó y lograr que lo imprevisto (el “accidente”) sea excepcional. No se ve que se marche en ese camino.

Algunos de los muchos significados de Cromañón

– Un espacio, un lugar degradado.
– Violencia naturalizada.
– Barbarie instituida, ley de la selva, ausencia de la ley.
– Privatización de lo público.
– Estado impotente, ciego y distante.
– Impunidad y elusión.
– Abandono, aturdimiento y desamparo, sobre todo –pero no solo– juveniles.
– Simulación, banalización, desmesura, transgresión.
– Indiferencia, improvisación.
– Culpabilización de las víctimas.

La conjunción de un lugar muy peligroso, un empresario desaprensivo, asociado con un grupo de rock incapaz de medir las consecuencias de su marketing, y varios miles de adolescentes descontrolados, todo en el contexto de un Estado ausente, una ausencia activa, fueron una asociación de circunstancias que preanunciaban tal resultado.

Así, más de lo mismo

Nada significa gritar “presente” ni recurrir a otras consignas de combate verbal, si luego se actúa en sentido contrario: votando a quienes redoblan la privatización de lo público (por ejemplo, creyendo que así se castiga a un “progresismo” insulso), cobrando subsidios bajo la mesa, buscando venganza o fomentando la violencia entre víctimas. Algunos padres son responsables de ello. Al conocerse la sentencia hubo catarsis colectiva, y se escucharon gritos de venganza eterna y justicia por mano propia. Tenía que suceder. Es cierto que la policía dispersó de inmediato a los grupos más violentos. ¿A quién terminará sirviendo esa masa de maniobra?

Las balas que mataron fueron bengalas, planchas de poliuretano, media sombra y puertas selladas. Pero salieron de un arma, y están los que apretaron el gatillo, y hay que despejar el contexto en que se montó semejante crueldad.

La gestión neoliberal de Macri en la ciudad ha agudizado ese escenario porque en lugar de afirmar lo público, única garantía de una ciudad habitable, busca “valorizarlo”, convertirlo en mercancía, con la misma lógica de las puertas de emergencia que tapió Chabán.

Y es imposible obviar que –hasta ahora– lo ha hecho con la vista gorda del grueso del Frente para la Victoria, el único sector político hipotéticamente en condiciones de frenar este abandono de los seres reales en función de esa visión empresaria de canibalizar lo público, lo que es de todos, algo que el muy desagradable marketing de la compasión en la figura de la ahora diputada Michetti no pudo ni podrá ocultar.

Dicen que el “síndrome Cromañón” persigue a los funcionarios. Dicen, porque las discotecas peligrosas siguen siendo tan peligrosas como en aquel entonces. Los pibes se cuidan más, porque sospechan o porque sus padres están más alertas, un poco nomás.

La gestión PRO simula recrear un Estado que controla, pero en realidad se lo sigue privatizando. Según la constitución local, esta atribución –la de controlar– es irrenunciable, pero a estos tipos nunca les importó la ley. Con otros nombres pero similar diseño, Macri resucitó el esquema de controles de usos y habilitaciones que, con una –combinación de organigrama militar y libre empresa– creó la dictadura.

La política de Macri es como un asalto a cara descubierta: el comisario Palacios, nuevo jefe de policía metropolitana, participó activamente en la represión de la dictadura y tarde o temprano se conocerá su participación en la masacre de Fátima, donde un grupo de prisioneros fue dinamitado como represalia por el bombazo a Coordinación Federal.

No solo los ‘90 pugnan por volver. Hay que ir más atrás.

Es difícil encajar esta certidumbre con otra, la de esta justicia que –en casos resonantes y donde parecen existir poderosos intereses entre bambalinas– dicta sentencias ejemplares pero los condenados no van a prisión: Cromañón, Grassi, el asesinato de García Belsunce.

El tribunal ordenó “la inmediata detención” de Chabán, Argañaraz y Díaz para aclarar luego que les sucederá “después que la sentencia quede firme”, lo que puede tardar años y si es que queda, pero de ninguna manera es inmediata. En este contexto, la discusión entre mano dura y garantismo adquiere otro contenido.

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