Cromañón, la trampa bailable

La tragedia de República Cromañón, que se llevó la vida de casi 200 jóvenes, aparece como el corolario inevitable de la fragmentación y privatización del espacio público, de una sociedad anómica y un Estado ausente, de las consecuencias de la impunidad y la elusión, de un pueblo abandonado y una juventud desamparada.

Hace 4 años morían 193 adolescentes en República Cromañón, el local ubicado a metros de Plaza Once. Los detalles del episodio se han repetido tanto y de tantos modos distintos, que nada agrega volver sobre ellos. Es mas pertinente ir a algunos fondos de la cuestión.

La justicia, que está actuando con la morosidad habitual, repartirá algunas responsabilidades penales y abrirá luego la vía civil de las indemnizaciones, de modo tal que el tema, recostado sobre varios de los pliegues mas siniestros de nuestra sociedad, continuará presente entre nosotros.

En los últimos días, Omar Chabán recurrió otra vez a los medios para considerarse una víctima más, atribuyendo la culpa al público como a cierta imbecilidad imperante entre los adolescentes. Esa masa de maniobra (los chicos) es la misma que señala Daniel Scioli –y todo lo que él representa– como causa suficiente de la inseguridad, encubriendo que procede, tiene su origen irrefutable, en una injusta distribución de los bienes disponibles y en una política que los expulsó de la sociedad.

Las gansadas de Chabán y el inverosímil peronismo de Scioli son expresiones de una mentalidad dominante frente a la cual las líneas gruesas de este Gobierno Nacional están, con todas sus medianías, al borde un progresismo insoportable.

No resulta sencillo cambiar un país con los mismos personajes que lo destruyeron.

La degradación de lo público

República Cromañón es el corolario necesario de la fragmentación y privatización del espacio público, de una sociedad anómica y un Estado ausente. Es también consecuencia de la impunidad y la elusión, de un pueblo abandonado y una juventud desamparada. De una excentricidad imbécil pero rentable. De la desmesura y la trasgresión instaladas como épicas de mercado. De la utilidad como explicación última de la condición humana. De una escala de valores falsificada por la despolitización, la indiferencia, la improvisación, el vaciamiento del lenguaje y las urgencias del consumo. República Cromañón es un espacio degradado donde se ha ejercido violencia, una violencia que por todos lados se pretende naturalizar. Es la barbarie instituida en ley de la selva.

No fue, por lo tanto, un accidente con todas las condiciones de lo imprevisto. La conjunción de un espacio peligroso, un empresario desaprensivo asociado con un grupo de rock incapaz de medir las consecuencias de su marketing, y varios miles de adolescentes reunidos en una de sus ceremonias de identificación tanática, todo ello en el contexto de un Estado ausente, fueron una asociación de circunstancias que preanunciaban ese resultado.

El arma humeante de Scioli, es cierto, apunta solo a una parte de los chicos, aquellos que sobreviven no se sabe cómo en la exclusión (que es carencia de todo), presas fáciles de la policía, el narcotráfico y la picadora de carne.

El rock, entretanto, ha tenido la rara virtud de reunir a un público heterogéneo, donde se apretujan en una misma ceremonia los hijos de la clase media alta y los de esos sectores sociales que están siempre al borde del precipicio, esos cuyo drama estadístico recién se descubre cuando un pequeño aumento de los precios los arroja de la pobreza a la miseria. Pero todos son jóvenes y peligrosos de acuerdo a una mentalidad dominante que, por su carácter colonizado, busca la culpa en el otro, en el otro mas débil.

La estupidez lucrativa

Chabán fue entrevistado por radio Nacional y habló largamente frente a Mauro Viale en el canal 26. Junto con su empleado, el ex-patovica Raúl Villarreal, los integrantes del grupo Callejeros, y Rafael Levi, dueño del local, todos están acusados de estrago doloso.

Para empezar, justificó la libertad a Astiz y Acosta (luego anulada por la misma Cámara) como equiparable a su injusta prisión preventiva.

Una lectura atenta de sus opiniones, lejos de provocar compasión, y si uno no se deja enredar por sus conceptos seudointelectuales, permite apreciar el extremo daño que la dictadura militar ejerció sobre las generaciones que crecieron en esos años.

Se presenta vestido de blanco, un santón, con el blanco de la pureza, frente al negro rolinga elegido por los Callejeros y sus seguidores. Todo es imagen.

Opinó sobre la idiotez reinante entre los adolescentes, y específicamente, en el público que habría desoído sus paternales consejos de no encender candelas la noche de la tragedia. Y a la vez se reivindicó como un promotor notable de la cultura popular que abrió las puertas del mundo del espectáculo a Pipo Cipolati, una especie de maestro idiota del Piti Álvarez.

Insiste en cultivar una imagen inocente asociada con calvarios, el suyo. A esa construcción no es ajena su ex-mujer, Katja Alemann, quien explicó el incendio como «un acto colectivo de inconsciencia», esos que suelen evadir el castigo porque si todos son culpables, nadie es culpable. La Alemann es la misma que asoció al menemismo con “el erotismo del poder”, una idea que ahora retoma Lilita Carrió.

Esas generalidades son letales, de probada letalidad, y muy típicas de la oligarquía argentina que los Alemann representan. Además, es evidente que ella le pasa letra, tal como lo reconoció el entrevistado.

Un hermano de la actriz está procesado por homicidio en su carácter de ex-funcionario de la dictadura, y el otro está asociado con todos los ilícitos que esa clase dirigente cometió, casi siempre en dictaduras militares y siempre en gobiernos donde el peronismo era perseguido.

Los huevos de la serpiente

Puesto en el papel de chivo expiatorio, Chabán transfigurado en víctima recuerda ese «Príncipe Constante» de Calderón de la Barca, tan cargado de significado para los románticos alemanes, en la versión de Grotowski, años ‘60. El arte alemán no le es ajeno, ni a uno ni a otra, educada en Suiza como corresponde a todo miembro de las familias de fortuna representantes de intereses antinacionales. Hölderling, Schiller, Goethe, Wagner, los oscuros bosques de Silesia, el espíritu de der volke, las leyendas nórdicas, el destino trágico, Beethoven preferentemente dirigido por Fürtwängler, la Carmina Burana de Carl Orff, y por qué no, como demonio trasgresor abierto a la nueva visión de géneros, Leni Riefenstahl dirigiendo “Olimpíada”.

En Calderón vimos al pobre hombre crucificado, Cristo o un ser común, y a su alrededor, el público. Si en ese escenario circular, en lugar de Jesús sufriente pusiéramos a 194 pendejos asándose, o dentro de una cámara de gas, con un público formado por muchos chabanes inocentes, cumpliendo órdenes, algo habrán hecho, la inocencia del mal, estaríamos entendiendo mejor.

Entretanto, han sucedido algunas cosas. La trasgresión contracultural de los sesenta fue chupada por la «industria cultural» gracias a su increíble capacidad de enmascaramiento y, superior al mensaje directo, se convirtió en un paradigma. El Che Guevara comercializable como remera, estatua, tatuaje, nombre de calle o publicidad de preservativos.

El Gurú Chabán se ve a sí mismo como un artista: acaso el incendio fue también una forma de arte, pero en acto.

Durante años, en la Argentina se ha instaurado la conducta de que la ley está para no ser cumplida, que algunos grupos tienen habilitada toda la impunidad que puedan defender, y que sólo los débiles están obligados a obedecer.

Chabán no regenteaba República Cromañón en su condición de mecenas del arte popular sino por los 70 mil pesos de aquella época que dejaba cada noche rockera. Los Callejeros eran una banda rolinga que no habría tenido el éxito masivo que tuvo sin ese espectáculo previo de bengalas y bombas. En varias de las letras de Fontanet, el tema recurrente es el uso de productos incendiarios, el ahogo, una especie de solución final que se debía desarrollar necesariamente en un ambiente oscuro, irrespirable y cerrado.

El éxito, además, se sostenía y extendía sobre miles de jóvenes abandonados (no por Dios sino por personajes específicamente individualizados, como los Alemann) de la zona de La Matanza, movilizados en su incertidumbre por tres barrabravas de promotores, de esos que andan por el mundo a fuerza de alcohol, aprietes, drogas y bengalas.

Si Chabán no era un tarambana, debió sopesar estos antecedentes, los de la banda más incendiaria del rock chabón. Y seguro que los sopesó, pero por delante venía la guita fácil.

Si era un ser pensante, debió preguntarse: ¿debo conectar las mangueras de incendio o forman parte de la decoración kitsch? ¿y si las conecto, quién las maneja? ¿debo recargar los matafuegos o están de muestra? ¿qué pasa si hay algún obstáculo en la entrada del local: por dónde saco a estos pendejos de mierda? ¿qué pasa si hay un incendio en el garaje cerrado del hotel, hacia donde se abre la entrada-salida-puerta de emergencia del local? ¿esos cables colgando no serán peligrosos, aunque cueste mucho embutirlos? qué puede suceder si, en un local cerrado de 1.500 metros cuadrados, sin aberturas al exterior y totalmente pintado de negro, apago la luz en medio de una situación de pánico? ¿no convendría que, antes de poner los paneles de insonorización que el dueño del hotel pide porque el ruido molesta a los pasajeros, preguntara si son reglamentarios? ¿tenemos ventiladores suficientes como para renovar el aire sabiendo que aquí están autorizados 1000 concurrentes pero voy a meter 5000, más de 4 por metro cuadrado, que necesitan un flujo determinado de oxígeno? ¿puedo ocultar todo coimeando a las seccional?

También se defiende con eso de que «sólo quedaron 27 cadáveres en el local, mientras que las restantes víctimas mortales fueron falleciendo después, casi todas en los hospitales donde habían sido internadas». Eso significa que lo mataron los médicos que lo atendieron. Olvida mencionar a los pibes cuyos cuerpos se acumulaban tras la puerta de emergencia cerrada (por él) con alambre desde afuera.

Es el viejo cuento de la inversión sin riesgo. Los chacareros piden compensaciones por si el rinde de la soja disminuye con el mal tiempo. Las telefónicas tienen un mercado cautivo, sin riesgo. Y Chabán pretende que esos riesgos los pague la sociedad.

Lo eventual y lo casual

Si República Cromañón fue un accidente, puede volver a suceder. Como el fondo crudo de la gestión de Macri consiste en multiplicar el negocio privado sin reglas, el 70% de los locales donde se realizan recitales musicales no cumplen hoy con las normas sobre seguridad porque la actividad musical es tomada como secundaria de la principal, casi siempre gastronómica, donde no se exigen salidas de emergencia, decorados no-combustibles y sistemas constructivos de extinción de incendio. Menor inversión con mayor ganancia, una gran ganancia asegurada porque la música es el gran identificador de la juventud y reúne multitudes. Pero la cosa no empezó con Macri, de ninguna manera.

Según la Real Academia, «accidente» tiene varias acepciones: a) cualidad o estado que aparece en algo sin que sea parte de su esencia o naturaleza; b) suceso eventual; c) acción de que involuntariamente resulta daño para personas o cosas; d) casualidad, contingencia.

Lo «Accidental» es un «síntoma grave que se presenta inopinadamente durante una enfermedad, sin ser de los que la caracterizan».

Lo accidental de República Cromañón es admitir la posibilidad de que con el mismo escenario y actores, si no se hubiera prendido una bengala, si ésta hubiera caído al piso, si los equipos y medios existentes hubieran sofocado el fuego, si el público hubiera advertido que su juego era peligroso, las consecuencias habrían sido otras.

Similares recitales en lugares similares no produjeron un similar resultado, y lo prueba la clausura de medio centenar de discotecas durante los primeros meses de 2005 por presentar las mismas irregularidades del local de la calle Bartolomé Mitre. Pero lo accidental termina allí, porque un “suceso eventual” o “involuntario” es insuficiente para entender lo que sucedió.

El ausente

En ese fatídico diciembre de 2004 coexistían reglamentaciones distintas o antagónicas para espectáculos como el de Callejeros. Si se efectuaban en un estadio era exigible la autorización previa, con la cual el Estado destinaba medios públicos (bomberos, ambulancias, etc.) para impedir accidentes, y multaba a los infractores. Esto corría tanto para los abiertos (canchas de fútbol) como para los cerrados (Obras o Ferro).

Esos medios públicos puestos en juego fueron tan efectivos que evitaron desgracias, incluso en recitales de los propios Callejeros y con abundantes bengalas y candelas. En los locales de baile, la autorización y los requisitos preventivos (sistema de incendio, salidas de emergencia) estaban en la propia habilitación, que luego de ser otorgada en condiciones reglamentarias, debía ser controlada periódicamente.

Como el caso Cromañón entraría –con muy buena voluntad– en la segunda clasificación, unos atacan opinando que no existió control o fue insuficiente, y otros se defienden diciendo que sí lo fue.

En rigor, nunca estuvo en condiciones: el acceso principal no puede ser tenido como salida de emergencia hacia la vía pública; estaba comunicada con otros usos; superaba la superficie admitida y la puerta de emergencia franqueaba el paso a un garaje, lugar inseguro si los hay. Los paneles y mediasombra adosados a paredes y techos, que produjeron ácido cianhídrico y monóxido de carbono al incendiarse, eran anomalías reversibles si se hubiera intimado al propietario; y la puerta encadenada, causal de clausura inmediata.

Nada de eso se hizo.

Un Estado de fantasía

Desde 1976, la entonces municipalidad de Buenos Aires inició una paulatina privatización de los controles estatales sobre las nuevas construcciones y la habilitación de actividades económicas. Los permisos son otorgados tras una declaración jurada certificada por particulares y Colegios profesionales. El mismo sistema rige ilimitadamente en la producción petrolera que declaran las empresas, en el uso que se da a las divisas compradas en el Banco Central, en los capitales blanqueados, etc.

Mas allá de los alegatos, los discursos y las gestiones, el Estado está arrinconado en un papel secundario, amputado de funciones indelegables: preservar la vida como la seguridad de los ciudadanos y controlar las actividades particulares.

Funcional, se ha convertido en una ONG de extensión y organización más compleja que otras ONGs, y que a diferencia de éstas, ha resultado más exitosa porque cuenta con el favor electoral de millones de personas que cada dos años le ratifican su legitimidad, tiene antecedentes verificables, es aceptada y reconocida internacionalmente, y su función –en virtud del peso que le otorga su amplitud y multiplicidad de áreas de interés– es mediar y arbitrar entre otras ONGs: el empresariado, la CGT, el grupo Callejeros, el público de rock, los vecinos de Cromañón, o Lagarto SA, la empresa off-shore propiedad del local.

Una particularidad de esa ONG llamada Estado es que legisla para mediar entre los actores, y negocia su cumplimiento según el poder de esos actores para oponerse a las normas, ignorarlas, aceptarlas o trasgredirlas, y no por el beneficio o perjuicio que produzca esa norma socialmente.

Ese Estado contrata como empleados a unas personas que se distinguen de otras por el título honorífico de «funcionarios», otro nombre de fantasía, y cuya actividad consiste en simular hacer cumplir las normas de acuerdo a sus posibilidades, interés, capacidad y opiniones, recibiendo para ello un salario de las arcas públicas. Los funcionarios son públicos, pero es como si lo “público” solo fuera un aspecto de lo privado, y actúan de modo tal que las normas vigente son indistintamente aplicables o no, es decir, de cumplimiento voluntario.

Con un local en condiciones, el incendio hubiera sido accidental, una fatalidad. La esencia o naturaleza de un local de trabajo es ser un ámbito donde se realiza una actividad en condiciones normales, y si ese local es peligroso, la peligrosidad forma parte de su naturaleza. Nadie realizaría una actividad en un local a punto de derrumbarse, ni podría ser resarcido después de ser aplastado por un techo que amenazaba hundirse. La esencia o naturaleza del local de Once contenía la inseguridad, es decir, el suceso fue parte de esa esencia, de modo que mal podría calificárselo de accidental.

Mientras unos opinan que la ley es de cumplimiento condicional, y otros que no están obligados a hacerla cumplir por sus contradicciones, las 194 víctimas fatales y los varios centenares lesionados de Cromañón quedan fuera de toda discusión, como accesorios accidentales.

El diccionario quizás da la respuesta: «accidental es todo síntoma grave que se presenta inopinadamente durante una enfermedad».

Lo expresó así la diputada Claudia Bernazza por el Frente para la Victoria bonaerense: “una sociedad que ha naturalizado un sistema capitalista feroz va a tener un tipo de Estado que reporta a ese sistema”.

Es la enfermedad lo que se debe curar.

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