Cromagnón: Argentina enlutada, otra vez enfrenta el dolor por la muerte de sus jóvenes

Por Causa Popular.- El 30 de diciembre de 2004 se ha sumado a la dolorosa lista de fechas que la Argentina no podrá olvidar aunque lo intente. El incendio de República de Cromañón en la Capital Federal, que a una semana de ocurrido ha dejado 190 muertos, se convirtió en uno de los más graves en el mundo de los que se tenga noticia en las últimas décadas y ha desatado una crisis política en el país cuya potencia crece, mientras la lista de víctimas se incrementa día a día. Miles de personas junto con familiares de las víctimas y sobrevivientes del incendio cerraron esta semana una segunda marcha por Buenos Aires con un creciente clamor de justicia y de repudio a la clase dirigente del país. Al cierre de esta edición la Argentina sigue llorando a los 190 jóvenes muertos, mientras siguen 201 internados y entre ellos hay 91 en terapia intensiva. Aquí un panorama de una semana clave para la Argentina.

El incendio en «República de Cromañon» se originó a las 22.20 de la calurosa noche del 30 de diciembre de 2004. A menos de dos horas que comenzara el último día del año, una bengala lanzada desde el área para el público prendió fuego a unas telas que cubrían el techo de la discoteca, mientras miles de jóvenes asistían a un concierto del grupo de rock «Callejeros». La mayoría de las 190 personas muertas lo fue por asfixia o aplastamiento de la multitud que intentó huir de forma desesperada. Según el último informe médico, 201 personas permanecen ingresadas en diversos hospitales, de las cuales 91 están en «estado crítico».

Por ahora el único detenido por la tragedia es el dueño de la discoteca, Omar Chabán, quien se ha negado a declarar ante la juez a cargo de la investigación. La discoteca estaba habilitada desde 1997, pero no poseía condiciones mínimas de seguridad y sus puertas de emergencia estaban cerradas cuando se desató el fuego.

Sólo siete días

Ha pasado una semana de la tragedia y el oscuro cuenta gotas de la vida de las víctimas continúa arrojando jóvenes muertos que no logran superar los daños de la asfixia y la intoxicación. Tras el negro telón del indescriptible escenario de ver padres enterrando a sus hijos por una tragedia completamente evitable, una crisis política se expande como una mancha de aceite en el agua que atrapa al Gobierno Nacional y al Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.

Tras las primeras noticias y con el correr de los 7 primeros días de aquella noche dantesca, los saldos negativos llegan sin cesar a la cuenta de Aníbal Ibarra, el jefe de Gobierno de la Ciudad, quien optó por reducir sus responsabilidades y achacarlas al propietario del boliche y posteriormente a los bomberos, quienes estaban a cargo de la verificación contra incendios.

Pero lo cierto es que tras 6 años de gestión y luego de inundaciones y tragedias como el avión de LAPA que se estrelló en Aeroparque y los atentados a la AMIA y a la Embajada de Israel, es difícil comprender por qué cientos de padres tuvieron que pasar mas de un día en la puerta de la morgue judicial esperando que le devolvieran los cuerpos de sus hijos. Cuando los entregaron, la mayoría hedía insoportablemente por el estado de putrefacción y muchos de ellos eran irreconocibles, ya que el calor había deformado los cadáveres hasta tornarlos desconocidos para quienes los reclamaban airadamente bajo una temperatura de 35 grados centígrados.

A ello se suma el doloroso peregrinar de esos cientos de padres entre la Morgue Judicial y el cementerio de la Chacarita, el lugar dispuesto por el gobierno comunal para que pudieran reconocer a las decenas de cuerpos que venían llegando desde las morgues hospitalarias. Luego de ser reconocidos, los cuerpos iban a parar a la Morgue Judicial, un antiguo edificio que sólo tiene aire acondicionado en la oficina de su director.

Las primeras 72 horas sólo contaron con dos certezas esperanzadoras ante el horror: la tremenda solidaridad de los jóvenes, adolescentes y vecinos que dieron todo para tratar de salvar a sus pares de la muerte o acompañar a las familias dolientes y la eficacia y entrega de los trabajadores de la salud de la Ciudad que se esforzaron hasta el colapso para contener la tragedia. De lo primero hablaron pocos, pero de lo segundo habló la comuna porteña tratando de hacer lucir un logro en medio de tantos desaciertos.

Mientras la mayoría iba dando cuenta de la gravedad de la tragedia, el tablero político comenzó a arrojar las primeras imágenes de la incertidumbre: el Presidente Néstor Kirchner mantuvo un silencio cerrado desde El Calafate hasta el cuarto día de la tragedia y Aníbal Ibarra ofrecía las cabezas de su cuñado, el “renunciante” jefe de la cartera de seguridad Juan Carlos López y de su subalterna, la encargada de las habilitaciones Fabiana Fiszbin. Aunque se esperaba que el transversal jefe de la Ciudad tuviera más iniciativa que esperar la renuncia de sus funcionarios, la respuesta de las calles no se hizo esperar y al cierre de esta edición Ibarra ya cuenta dos masivas movilizaciones en su contra que no han perdido su contundencia al calor de las piedras arrojadas contra la Policía Federal y la sede comunal.

Sin embargo a la lista de reproches que formula cualquier honesto observador conmovido por la tragedia, se suma que Ibarra recibió primero a los dueños de los boliches y locales bailables para consensuar medidas para “salvar a nuestros hijos”, antes que darse cita con los familiares que desde las primeras horas del incendio y bañados en sudor pedían a gritos que el Presidente y el Jefe de Gobierno se pusieran al frente y “estuvieran con los que sufren”. Tras el encuentro con los empresarios de la noche poco sirvió el anuncio de la suspensión por 15 días de los boliches bailables y las nuevas inspecciones proyectadas, aunque la idea de impedir nuevos sucesos trágicos resulta vital para seguir adelante

Tras 4 días de desgarradoras escenas de dolor, reflejadas hasta lo peor de la morbosidad forense por los medios argentinos, el Presidente Kircher recibió a los familiares y tuvo que “interceder” para que el jefe comunal los recibiera. La cita en la Casa Rosada sirvió para enviar un mensaje directo al corazón del gabinete porteño: “Las responsabilidades son de la Ciudad y la Nación no interviene en los asuntos comunales”. Al día siguiente del corte de rostro nacional Ibarra ya difundía la primera respuesta política a la tragedia: apoyarse en el duhaldismo y darle ingreso a un hombre del riñón del ex presidente y jefe del aparato político más poderoso de la Argentina: Eduardo Duhalde.

El quinto día de enero las agencias de noticias informaron que “a partir de la necesidad de Ibarra de ampliar la base de sustentación en su gobierno, se iniciaron gestiones para sumar a su gabinete al diputado bonaerense Juan José Álvarez, que se haría cargo de la secretaría de Seguridad y Justicia”. Lo cierto es que la llegada del cuestionado Álvarez al gobierno porteño significa el desembarco del duhaldismo en la Ciudad y con él, la virtual intervención del Gobierno porteño. Para la mayoría de los consultados por Causa Popular, “nada será igual después de Cromagnón y mucho menos ahora que ha llegado Álvarez, el más destacado piloto de tormentas de Duhalde que ya atravesó la caída de un gobierno y que ahora retorna al ruedo para acumular poder y, por que no, ser un candidato potable después de esto”.

En el único lugar donde la llegada de Álvarez genera beneplácito es entre los comisarios de la Policía Federal Argentina y entre el resto de los integrantes de las fuerzas de seguridad que consideran al flamante funcionario “uno de los pocos civiles que tienen opiniones gravitantes en la familia policial argentina”. Acusado de ser uno de los principales responsables en la planificación y ejecución de la Masacre de Avellaneda del 26 de junio de 2002 que se cobró la vida de dos militantes populares, el ex jefe de la seguridad interior del país, no sólo cuenta con brillantes relaciones policiales, sino que además es un hombre de excelentes vínculos con los medios y sus editores.

Muchos periodistas recuerdan todavía aquellos desayunos de sábado, en donde los principales editores de los diarios nacionales asistían a los convites de Álvarez para discutir política. Los mismos que recuerdan esas épocas también se animan a precisar ante Causa Popular que “probablemente tenga mejores relaciones con la prensa que las que mantuvo Ibarra en sus mejores momentos”.

Así las cosas y en un clima de creciente aislamiento, Ibarra probablemente ya haya olvidado sus proyecciones nacionales, aunque por lo que se pudo saber, buena parte de su gabinete sigue pensando que no hay una crisis política. Pero quizás, luego de haber asistido a la jura de Álvarez sean mucho menos los que sigan apostando a que todo seguirá “parecido” a la etapa previa a la tragedia de Cromagnón.

Si bien es cierto que el Presidente Néstor Kirchner también resultó dañado, es sabido que el Jefe del Estado cuenta con suficientes resortes como para poder hacerle frente a la crisis y podría usarlos si las consecuencias siguen agravándose. Las posibilidades de Ibarra son mucho más acotadas y quizás, por propiedad transitiva, el Jefe de Gabinete de la Nación Alberto Fernández quizás sienta lo mismo habida cuenta de que el hombre que apoyó para que fuera reelecto hoy atraviesa su “peor momento”.

Entre los aliados ausentes del gobierno porteño, se suma buena parte del periodismo, que en muchos casos ha perdido la confianza en el ex fiscal federal y ya no aplica las habituales cortapisas a sus comentarios adversos sobre la gestión comunal. Es que quizás la posibilidad de ser testigos privilegiados de la catástrofe haya determinado la perspectiva de muchos analistas, cronistas, editores, movileros, camarógrafos y jefes de turno de todos los medios capitalinos. Uno de ellos, a tres días de la tragedia escribió la siguiente opinión que Causa Popular reproduce a continuación y que permite reflejar el ánimo general al cumplirse las primeras 72 horas de una tragedia que nunca se olvidará.

Carmen Coiro, de la agencia Diarios y Noticias escribió en una columna de opinión que: “… como acá somos todos «vivos», el Presidente habrá juzgado -como lo hizo en tantísimas oportunidades anteriores- que el estrago «no ocurrió en su jurisdicción», sino en territorio gobernado por Aníbal Ibarra. Como si Buenos Aires no formara parte de la Argentina, como si quienes habitan fuera de sus límites, no sintieran a la capital del país como propia. Como si los argentinos que sucumbieron, asfixiados, en una trampa mortal, no fueran de este país, ni siquiera de este Planeta. Como si el dolor humano, no lo hubiera rozado, como atravesó, sí, a la enorme mayoría de la gente de bien de este país.”

“Total, si el período presidencial tiene mucho por delante. Para qué preocuparnos hoy, que estamos en plena tarea para ganar las próximas legislativas. «¨Qué significan mil víctimas, cuando la campaña política está en marcha?». ¨Será esa la pregunta que habrá calmado las almas de los hombres que hoy manejan el poder en la Argentina, para mantenerse escondidos como el avestruz, para no ver la realidad?”

“Todos los argentinos sabemos, porque lo repetimos muchas veces, que aquí, «hecha la ley, hecha la trampa». A diario padecemos innumerables consecuencias de la informalidad o dicho con las exactas palabras, la negligencia criminal que se enseñorea en la cotidianeidad, que se ha convertido en una amenaza de tan conocida, a veces olvidada, como si todos conviviéramos con algún loco que en algún momento podrá cruzarnos el corazón de una cuchillada, pero mientras su violencia se mantenga latente, hacemos de cuenta que aquí no pasa nada.”

“Mientras nada tan trágico ocurra, todo va bien. Todo «Pum para arriba», como la frase célebre que acuñó Marcelo Tinelli, hoy no por casualidad uno de los «popes» de los medios de comunicación de la Argentina, por ser uno de los «ideólogos» de la cultura del que «todo está bien, nos reímos de los demás (nunca de nosotros mismos), le echamos la culpa de todo a los otros, y nosotros seguimos así, ‘pum para arriba’ y zafando como los mejores…».
Mil víctimas es demasiado decir. El dolor de miles más de personas, con sus familias destrozadas, con sus destinos quebrados para siempre, es demasiado abrumador como para permanecer indiferente frente a ello.”

“Y la tragedia mostró, «negro sobre negro», quién es quién en la Argentina, en todos los niveles, en todos los estratos. La cabeza del Gobierno nacional se hizo invisible: sólo Aníbal Fernández y Eduardo Duhalde tuvieron un poco de dignidad y se mostraron en los lugares del desastre. El Gobierno de la Ciudad no tuvo más remedio que involucrarse hasta la médula, pero la primera conferencia de prensa de Ibarra apuntó a un eje central: lavarse las manos de la culpa. Sólo rodó una cabeza menor, la de Juan Carlos López, el secretario de Seguridad de la Ciudad.”

“La tragedia pudo haberse evitado. Si este fuera un país en serio. Si los inspectores que revisaron el local «República del Cromagnon» hubieran obligado a sus dueños a dotar el lugar de todas las medidas de seguridad que figuran por escrito en reglamentos y leyes que jamás son respetadas. Si no se hubieran dejado tentar por la desidia, en el mejor de los casos, o por la codicia, en el peor, cuando la «coima» se convierte en el «ábrete Sésamo» para cualquier emprendimiento, por más «trucho» y peligroso que sea.
O acaso no sabemos todos los argentinos que cuando hay dinero de por medio, ni hay ley ni reglamento que valga, no hay seguridad para los seres humanos que valga. Pero llega siempre el momento, como ocurrió a las 22.20 del jueves 30 de diciembre del 2004, en el que irrumpe con toda la violencia posible la «hora de la verdad», como una cloaca que se saturó y deja a por fin a la superficie toda su podredumbre, todos sus detritos antes bien abrigaditos en el fondo del pozo.”

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