Cristina y los hombres de gris

En un fallo históricamente ridículo, el TOF 2 violó múltiples garantías constitucionales y procesales.
El TOF 2 durante la sentencia de ayer.

En un fallo históricamente ridículo, el TOF 2 violó múltiples garantías constitucionales y procesales en pos de solidificar la doxa construida por ellos mismos –el “Partido Judicial”– y los medios hegemónicos de la Argentina: que Cristina es corrupta y ladrona. Ya sabíamos que esto iba a suceder; lo que no imaginábamos era que sería de esta manera tan obvia, tan burdamente forzada.

El proceder fue semejante al de la probatio diabolica o «prueba inquisitorial», expresión del derecho que describe la práctica de exigir una prueba imposible. Es una imagen más vieja que el tiempo, arquetípica y consolidada en el inconsciente colectivo: la caza de brujas, los largos pasillos de los tribunales en El proceso de Kafka, los Volksgerichtshof o “tribunales del pueblo” del nazismo donde se sabía la sentencia de antemano, entre otros. Cambian la forma, el contexto y el lugar, pero no cambia este instinto básico del ser humano: usar la puesta en escena judicial para ejercer un castigo antes que un real veredicto (en su sentido etimológico literal: verus y dictum, la verdad dicha).

Como la gran abogada, política y oradora que es, Cristina ejerció la mejor autodefensa imaginable desde sus redes sociales ya que le negaron el derecho a la defensa, una de las tantas violaciones procesales que tuvieron lugar en esta farsa. Cristina, la hija del colectivero y la empleada que hizo millones como abogada en el ámbito privado mucho antes de incursionar en la política, lo cual no se le perdona, por lo visto. Por otra parte, la imagen de los jueces es la imagen de la mediocridad burocrática, aristocrática y mayormente masculina de los altos peldaños del poder: hombres de traje, barba y miradas muertas, colocados en sus puestos por acomodo y conexiones familiares y/o societarias más que por mérito propio, sujetos que actúan con el aplomo de un verdugo; hubiera sido lo mismo que usaran bolsas en la cabeza con pequeños huecos para leer sus odiosos e incoherentes papiros.

Cristina pudo haberlos identificado en su momento, pero es indiferente quiénes son porque en verdad son reemplazables. Muerto Bonadío, otro fiscal ocupó su lugar como principal “perseguidor”. La que es irremplazable y única es ella: tanto es así que hay personas que afirman que, de no postularse en el 2023, no sabrían a quién votar, o que con Cristina proscrita no hay peronismo posible. Así de dependiente se ha vuelto el campo popular en una sola persona, un ser humano convertido ya en lo más cercano que hemos visto a un übermensch: mujer capaz de afrontar la viudez siendo presidenta, las denuncias, el odio de millones, un intento de magnicidio y ahora una sentencia ilógica y absurda, antidemocrática y oscurantista. A fin de cuentas solo una mujer, como cantaba el estúpido jingle de Susana Giménez. La proverbial teta de la que mama el enorme pueblo.

Todo esto sucedió meras horas después de que salieran a la luz en Página/12 los chats de Telegram entre los jueces Julián Ercolini, Pablo Yadarola, Pablo Cayssials y Carlos Mahiques y los empresarios Pablo Casey y Jorge Rendo, entre otros. Por lo visto, en octubre estos sujetos se habrían reunido en la mansión de Joe Lewis en Lago Escondido. Julián Ercolini es el principal perseguidor de Cristina post-Bonadío; Pablo Casey es sobrino de Héctor Magnetto y director de Asuntos Legales e Institucionales del Grupo Clarín, y Jorge Rendo es el CEO del Grupo.

Los chats de Telegram entre jueces y empresarios. Fuente: Telam.

“A mí administración fraudulenta del Estado y a éstos, los amarillos, que les dejaron 45 mil millones de dólares del Fondo Monetario Internacional se pasean orondos en los aviones de Clarín… No voy a ser candidata. Una muy buena noticia para usted Magnetto, ¿sabe por qué? Porque el 10 de diciembre del 2023 no voy a tener fueros, no voy a ser Vicepresidenta, así que le va a poder dar la orden a sus esbirros de la Casación y de la Corte Suprema que me metan presa… Sí, pero mascota de usted, nunca jamás”. Así se expresó Cristina después de la sentencia, en un tono incendiario que denota el exacto contenido de sus palabras: mejor presa que instrumento del Poder con mayúsculas, aquel Leviatán de perversas y omnímodas redes. Esos son sus principios, los cuales ha sostenido con mayor coherencia que la que ha tenido el Estado argentino a lo largo de su historia para sostener los –presuntamente tallados en piedra– principios constitucionales.

Por otra parte, resulta chistoso que en principio buscaran condenarla por “asociación ilícita”, que encontraran que tal tipo penal era inviable para el caso, que después se refugiaran en “enriquecimiento ilícito” y que finalmente la sentenciaran por “corrupción”, que es el término que usan los medios en este momento. Porque, como ya sabemos, lo que dicen los medios es lo que finalmente permanece, por más que la “corrupción” no guarde relación alguna con los tipos existentes en nuestro Código Penal.

Como en un ejercicio de proyección freudiana, esta red de sujetos la acusa por ser rica. No aceptan que se haya enriquecido como abogada décadas atrás, y claman que en todo caso lo hizo al amparo de la dictadura. Curioso, por lo menos, viniendo de la platea estable del Grupo Clarín. ¿Dónde ha quedado el sentido común? Goebbels nunca dijo “Repite una mentira con suficiente frecuencia y se convierte en verdad”, pero sí divulgó una serie de once principios aplicados a la propaganda. Cualquiera tomado al azar podría aplicarse al caso Cristina v. Poder Judicial/Grupo Clarín:

Principio de renovación. Hay que emitir constantemente informaciones y argumentos nuevos a un ritmo tal que, cuando el adversario responda, el público esté ya interesado en otra cosa. Las respuestas del adversario nunca han de poder contrarrestar el nivel creciente de acusaciones.

Un ejemplo de esto es la resucitación reciente del asunto “Vialidad” por parte del fiscal Luciani. En los últimos quince años hemos sido testigos de una sucesión de hechos en las noticias cuya naturaleza fue más bien cinematográfica: los cuadernos Gloria, el memorándum con Irán, el Triple Crimen de General Rodríguez, el caso Ciccone, el caso Nisman, Los Sauces, Hotesur, dólar futuro. Las historias son desopilantes con motivo, ya que el factor entretenimiento no es menor a la hora de popularizar estas “causas”. El montaje mediático-judicial está diseñado para divertir (del latín divertere, ‘apartarse’ y ‘desviarse de algo penoso o pesado’); no como los Juicios a las Juntas, tan solemnes, o cualquier juicio más o menos anclado en una búsqueda genuina de la verdad. La persecución a Cristina guarda más similitud con el Caso Coppola –los personajes increíbles, los jueces impresentables, las sentencias fabricadas de antemano– que con un juicio político real, lo cual debería prender alarmas. Es que los fascistas se dieron cuenta ya hace rato de que es más fácil llegar a las masas a través de la risa que a través del miedo. Ya lo adelantaba el estadounidense Neil Postman en Divertirse hasta morir: el discurso público en la era del show business (1985), cuando afirmaba que la sociedad estadounidense de entonces –aunque esto se puede aplicar a cualquier sociedad tecnoglobal—se parecía más a la visión distópica de Un mundo feliz  de Huxley que a la de 1984 de Orwell:

Lo que Orwell temía eran aquellos que prohibirían los libros. Lo que Huxley temía era que no hubiera razón para prohibir un libro, porque no habría nadie que quisiera leerlo. Orwell temía a aquellos que nos privarían de información. Huxley temía a aquellos que nos darían tanta que nos reduciríamos a la pasividad y el egoísmo. Orwell temía que se nos ocultara la verdad. Huxley temía que la verdad se ahogara en un mar de irrelevancia. (…) En 1984, añadió Orwell, las personas se controlan infligiendo dolor. En Brave New World, se controlan infligiendo placer.

¿Y qué causa más placer o goce, por caso, que el sadismo y el desprecio? Son los únicos impulsos que pueden hacer sentir mejor, aunque sea temporalmente, al mediocre.

Informe visual elaborado por CELAG (Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica)

Detengámonos en este cuadro elaborado por el CELAG: Cristina figura como denunciada-imputada en 654 expedientes entre 2004 y 2022, y hay al menos 6 personas que la han denunciado de modo sistemático, entre 20 y 74 veces. Esta conducta suele vincularse con un trastorno mental denominado querulancia, la contracara de la persecución; también atemporal, se satirizaba ya en la comedia del siglo XVII Los litigantes de Jean Racine, a su vez inspirada por Las avispas de Aristófanes (422 a.C.) En este caso, no obstante, sabemos que “Fundación Apolo”, “Partido Frente Patriota” o “Libertad Avanza” no sufren de ninguna patología, sino que saben perfectamente lo que hacen y por qué: acaso sumar muchas denuncias, aunque los argumentos y las pruebas no existan, generando más ruido y así algún resultado. Otra vez la lógica tapada por el ruido, el debido proceso obstruido por la manía.

En este sentido, un vuelo privado a Lago Escondido puede parecernos aburrido: ¿qué representa? Según el Ministro de Justicia Martín Soria, los mensajes “constituyen la radiografía precisa de la podredumbre del lawfare”, ya que reflejan “una extraordinaria confesión de múltiples delitos”, entre ellos “dádivas, tráfico de influencias, falsificación de documentos, prevaricato y hasta eventuales tormentos y privaciones ilegítimas de la libertad”. Es fácil, sin embargo, imaginar que este incidente pase desapercibido, en parte por lo anodino y en parte por su ocultamiento de parte de los grandes medios. Mientras tanto se seguirá hablando ad infinitum de las numerosas causas de Cristina, la chorra y corrupta ahora oficial. Pero nosotros, los que no creemos en el Poder Judicial como decisor de la verdad sino como poder contramayoritario, siempre vamos a cuestionarlo: ese es nuestro deber. Por eso no deberíamos llamar veredicto al fallo, porque aquí nunca se buscó la verdad: solamente se buscó castigar a un sector y premiar a otro, aquel que hambrea y narcotiza con mentiras al pueblo argentino.

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