Cristina, la fe en el pueblo y el odio

La persecución judicial y el intento de magnicidio a la vicepresidenta reavivaron la liturgia peronista en torno a la dirigente más convocante del Frente de Todos y expusieron el rostro amargo de la tirria que sembraron políticos opositores y medios de comunicación durante años.

El 10 de diciembre de 2019, Cristina apareció en el escenario de un modo epifánico y se plantó frente a una plaza de mayo abundante, que honró la memoria histórica del peronismo más genuino. El calor agobiante de aquella jornada no mermó las expectativas de un movimiento y su lideresa que, frente al novísimo edificio que significaba el Frente de Todos, no dudó en hacer explícito el activo más preciado de la flamante coalición.

Le dijo al presidente: “Tenga fe en el pueblo y en la historia. La historia la terminan escribiendo, más tarde o más temprano, los pueblos. Sepa que este pueblo maravilloso nunca abandona a los que se juegan por él. Convóquelo cada vez que se sienta solo o que sienta que los necesita. Ellos siempre van a estar cuando los llamen por causas justas”. La cita desborda en vigencia y sensatez, y revela el sentido de su arquitectura del poder: no hay gobierno popular sin el pueblo como base de sustentación, aunque suene redundante.

La vicepresidenta siempre lo supo. De ahí que nadie debería extrañarse por la reacción masiva y elocuente que se generó en las bases desde que la runfla judicial escaló en su estrategia acusatoria, y más aún tras el intento de asesinarla cuando ingresaba a su casa. “Si la tocan a Cristina que quilombo se va a armar” no se cantó en vano. La peregrinación a Uruguay y Juncal, en el chetísimo barrio porteño de Recoleta, y en las decenas de plazas y parques de todo el país, no fue digitada, sino espontánea, y nació de las tripas de ese cuerpo social alimentado por la presidenta a base de políticas que ampliaron derechos y mejoraron la calidad de vida de millones.

La memoria es un cultivo que germina con los años. El recuerdo en las clases populares actúa como un poderoso anticuerpo frente a los intentos por decretar el fin de la historia. ¿Hay algo más legítimo que una movilización autoconvocada para defender la democracia? ¿Existe alguna expresión que engendre más temor en los poderes fácticos que un país organizado en torno a una causa justa por su propio deseo y voluntad? La defensa popular de Cristina Kirchner no tiene que leerse como un fenómeno, sino como una reacción lógica y vital de un pueblo con conciencia de su historia.

La ex presidenta representa hoy para el Partido Judicial la encarnación de sus desvelos y la exposición de sus miserias. La obsesión proscriptiva persigue un objetivo claro: aniquilar para disciplinar. Que ningún partido o dirigente político se atreva siquiera a interpelar los privilegios de las clases dominantes. Allí aparece entonces, de modo categórico, el intento de magnicidio. No es necesario que la dirigencia política opositora y sus medios aliados urdan un plan para matarla: les bastó con sembrar el germen del odio durante años y esperar a que una célula se dispare. Finalmente, Cristina es el símbolo al que quieren eliminar y el pueblo es el depositario último en la estrategia persecutoria y asesina.

¿A quién le sirve que CFK sea proscrita? Veamos.

En primer lugar, la acción desplegada en Argentina responde a una matriz regional que fue utilizada de forma sistemática en casi todos los países de América Latina con gobiernos de corte popular. Por la cercanía y las características del plan, la experiencia de Brasil puede leerse como la antecesora del caso argentino. Tras el derrocamiento de Dilma Rouseff con un golpe de Estado parlamentario –símil Paraguay en el 2012– Lula da Silva reapareció en escena y malogró los planes del establishment aliado a Michel Temer.

De ahí que la cárcel y su inhabilitación para ejercer cargos públicos funcionaron a priori como la forma más efectiva que encontró la derecha para evitar un nuevo desembarco del líder obrero en el palacio de Planalto. Lo que no pudieron evitar fue el ascenso meteórico de Jair Bolsonaro, un hombre considerado hasta ese momento como un outsider de la política y fuera de los planes de los propios golpistas.

Por eso, la impugnación electoral de Cristina Kirchner tal vez sea el camino trazado para evitar un escenario análogo al del 2019 por la dificultad que supone la transferencia automática de votos sin su presencia en la boleta, y más aún en un escenario donde el Frente de Todos no logra exhibir resultados satisfactorios en el terreno económico y con su propio electorado en fuga. 

Entonces, a juzgar por los acontecimientos que suscitaron el alegato televisado del fiscal Luciani y la arremetida opositora en los medios hegemónicos, esta hipótesis cobra fuerza en tanto y cuanto fortalece a Cristina Kirchner y la posiciona nuevamente como la líder política con más capacidad de recuperar apoyo popular en las urnas por encima del resto de sus socios en el gobierno, con la alternativa latente de que un operativo clamor la ubique como la opción más clara de cara al 2023.

Pero el desbande opositor también muestra sus grietas: una vez debilitado el presidente, por errores propios y asuntos contingentes, junto a la incomodidad que genera Sergio Massa en el Ministerio de Economía para Juntos por el Cambio, la posibilidad de rivalizar con Cristina y agrietar aún más el panorama electoral aparece como una menú apetitoso para quienes aspiran a comandar los destinos del país desde Balcarce 50.

Allí se plantan claramente las diferencias entre halcones y presuntas palomas en la estrategia de seguridad frente al domicilio de la vice, y en torno al posicionamiento dispar de sus dirigentes sobre el intento de magnicidio. Más aún cuando la tentación por seguir alimentando el odio asesino sea quizás la única receta que algunos reconocen. Por eso, quizás, no sea necesario meterla presa, sino seguir tirando de la cuerda, y acelerar la proscripción electoral cuando el plan Massa comience mostrar algunos resultados.

La posibilidad de ahondar todavía más en el “empate catastrófico” al que se refiere el ex vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera, para describir el escenario regional de confrontación entre proyectos “progresistas y neoliberales”, supone un futuro cargado de incertidumbre frente a las demandas urgentes de los sectores populares que cargan sobre sus espaldas con un ciclo regresivo que acumula casi seis años entre pandemia y macrismo.

No es casual que CFK lo haya advertido tempranamente y, con la alta responsabilidad institucional que la caracteriza, haya convocado a un acuerdo político para estabilizar el país. También entendió las dificultades que podía enfrentar en un eventual tercer mandato como presidenta por el contexto latinoamericano y global, y apostó su capital político en una novedosa coalición que le arrebató la presidencia a Mauricio Macri. Esto también explica sus constantes intervenciones cuando alertó que el programa económico de Martín Guzmán respaldado por Alberto Fernández no terminaba de cuajar con la clase trabajadora.

Por consiguiente, tal vez sea tiempo de pensar que cuando las avenidas se angostan y los conflictos se agudizan, las opciones se vuelven más claras y deben ejecutarse de manera contundente sin lugar para internas que busquen parir liderazgos palaciegos, ni corrientes alternas sin apoyo popular. Así, será necesario seguir aplicando un cierto pragmatismo para enfrentar los problemas coyunturales y garantizar la elaboración de políticas a corto, mediano y largo plazo que vuelvan a honrar la memoria de un pueblo movilizado, ese que abraza y cobija frente a las balas que parió el odio en Argentina.


Martin Paoltroni. Licenciado en Periodismo

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