Contumacia

La renuncia de Martín Lousteau al Ministerio de Economía, así como la apenas velada difamación de que fue objeto por parte del ex presidente Kirchner, revelan la inquebrantable voluntad gubernamental de perseverar en el error.

No es el primero. Ya son tres los ministros de Economía que se lleva puestos esa contumacia que, en el caso particular, tiene un nombre y apellido: Guillermo Moreno.

En otros casos, tiene otros nombres, pero hasta ahora al menos nadie ha renunciado por la estrambótica –por llamarla de alguna manera– política de transportes, o la directamente demencial política energética.

Parece que nada de eso incumbe a los ministros de Economía, y tal vez lleven razón. Lo que sí les incumbe es la estrategia –también por llamarla de alguna manera– de control de precios o, más genéricamente, de la inflación.

Para quienes pensamos que la inflación no obedece, al menos en sus principales componentes, a razones económicas sino especulativas, la estrategia elegida por el gobierno –por las más altas autoridades del gobierno– es bastante más que desacertada: es contraproducente.

Ni vale la pena mencionar lo que todo el mundo, menos las más altas autoridades, advierte: la destrucción del Indec ha servido únicamente para que las consultoras privadas den los índices que se les canta o que más les convienen, sin que exista la menor posibilidad de demostrar su eventual falsedad. Simplemente, porque todo es falso, dudoso o discutible, empezando por los “datos” del Indec.

En el precio de las naftas, seguimos en el mundo del absurdo, agotando las reservas en exportación de crudos, sin nuevas exploraciones y sin reactivación de la industria petroquímica. La consecuencia, que no se refina lo suficiente, falta gas oil y su precio, así como el del kerosene, es exorbitante en relación al precio de la nafta común y aun del de la super.

Pero Guillermo Moreno ha tenido éxito en doblegar a Shell. La multinacional se ha visto obligada a reducir el precio del gas oil. Eso es verdad, sólo que en sus estaciones de servicio no hay gas oil, sino un sucedáneo llamado pure diesel… y al precio que a los directivos de Shell se les canta.

La cosa es que Guillermo Moreno está contento. Ve los cartelitos en las estaciones de servicio de Shell “Gas oil 1,85” y está contento.

Mira el índice del Indec “inflación de marzo 1.5 %” y está contento. No va a la carnicería ni a la verdulería y está contento.

No es para menos: ha pactado con los frigoríficos un precio de la carne “puerta de fábrica”, donde ningún carnicero puede ir a buscarla.

Pero él ha pactado una reducción de precios y está contento.

También ha pactado el subsidio a la leche, sí señor, para que no llegue muy encarecida al mercado.

El subsidio no es cobrado por los tamberos sino por “las” industrias lácteas.

Claro, apenas un porcentaje menor de la leche así subsidiada llega al mercado en forma de leche con precio “pactado”. El grueso se transforma en leche en polvo y quesos, de precios no pactados y canalizados en general a la exportación.

¿Se subsidia la leche o se subsidia la enorme rentabilidad de la industria láctea sin que eso suponga ningún beneficio significativo para el productor lechero?

Que el beneficio no es significativo para el productor lo muestra el hecho de que los tambos van cerrando al ritmo de las heladerías en invierno, y los tamberos despidiendo personal, rematando planteles y maquinarias y arrendando sus tierras para siembra de granos.

Pero el precio de la leche no se disparó y Guillermo Moreno está contento.

No importa que el precio pactado del kilo de carne no llegue al consumidor y que el productor y el carnicero estén al borde del quebranto para beneficio del frigorífico exportador y de los grandes supermercados. La cosa es que en los cartelitos, el kilo de asado no aumente.

La consecuencia inmediata es que el carnicero quiebra y que el ganadero trata de pasarse a otro rubro. Si los campos le dan, buscará pasarse a los granos, arrendando su tierra a algún pool de siembra. Está casi de más aclarar que el campo ganadero no es justamente el mejor, y que el grano que mejor se da en campos malos es la soja transgénica.

¿Vale la pena seguir?

Capaz, porque vale la pena puntualizar dos cosas. En primer lugar y para estar a tono con estos tiempos ruralistas, que la culpa no la tiene el chancho (perdón, el secretario), sino el que le da de comer.

Segundo, que no son sólo los funcionarios gubernamentales los que erran y, peor, mienten, sino que su ejemplo es imitado (¿o precedido?) por quienes representan sectores supuestamente afectados por ese yerro gubernamental.

No se ha escuchado a ningún dirigente ruralista hablar con la verdad ni proponer soluciones viables, que no supongan el colapso nacional y una previsible guerra social, que algunos lamentaríamos profundamente. Ya estamos viejos y bichocos como para andar a las corridas. Eso es.

Los dirigentes de los gremios patronales rurales insisten con retenciones y compensaciones, cuando lo erróneo es el sistema de retenciones tal como se aplica o puede aplicarse, pues el mecanismo es una reproducción agravada del que describíamos para la leche.

¿Alguno de ellos le ha explicado a las autoridades que gran parte del problema de la carne (o de su precio, altísimo para el consumidor, bajísimo para el productor) se resolvería anulando una ley pergeñada por Domingo Cavallo en beneficio de los grandes frigoríficos que, entre otras lindezas, prohibía la faena en los mataderos municipales?

¿Y nadie le ha explicado a ninguna autoridad política que es una aberración lógica la obligatoriedad de la concentración de frutas y verduras?

¿Sabe señor Moreno, Guillermo, amigo mío? Hay municipios enormes rodeados de quintas de verduras que no pueden, sino a riesgo de ser sancionados por quebrantar la ley, consumir esas verduras si antes no pasan por el Mercado Central.

¿Y para qué? ¿Qué les agrega, más que sucesivas intermediaciones, un Mercado concentrador?

Como en la carne, también las intermediaciones aumentan el precio que paga el consumidor y reducen el que cobra el productor.

Como en todo, el camino debería ser la democratización, que en la actividad económica consiste en combatir, desalentar y penar los monopolios y oligopolios a favor de una multiplicidad productiva y una cada vez mayor horizontalización de la comercialización.

Parece que a nadie le interesa. Por necedad, por arrogancia o por corrupción, el gobierno insiste en una política errada y contraproducente, que concentra aún más el poder de los ya poderosos, contradictoria con los fines que y propósitos que dice perseguir.

Seguramente, similar necedad, arrogancia o corrupción explican la simultánea insistencia de los ruralistas en proponer caminos imposibles, esquivando, muy conciente y voluntariamente, las soluciones concretas y viables, que están a la mano. Todavía, pero no eternamente.

¿La consecuencia? La misma que cabe esperar de jugar a la ruleta rusa.

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