Contraparo del PIT-CNT a la sedición

El paro convocado por empresarios del transporte de carga encontró en el camino un inesperado decreto de esencialidad dictado por el gobierno uruguayo, ante la intención aparente de sacudir las estructuras de poder.
Al menos dos personalidades públicas -y no pocos de quienes andan en ómnibus- identificaron en la acción de los patrones motivaciones similares a las de la víspera del 11 de septiembre de 1973 en Chile, antesala de la caída del Ejecutivo de la Unidad Popular.

La huelga se inició el lunes con la anuencia advertida de unos 25 mil propietarios de camiones y más de cinco mil de taxis, y puso al borde del desabastecimiento a Montevideo y otras ciudades del país.

Los pronósticos apuntaban a que en las primeras horas del miércoles ninguna estación de venta de combustibles dispondría de productos, al tiempo que escasearían notablemente víveres esenciales como carne y leche, entre otros.

El decreto de esencialidad del sector, decretado por instrucción del presidente Tabaré Vázquez, cambió el decorado del juego, según opinión compartida por analistas políticos.

¿Qué pasará después? La interrogante es frecuente en un sector de la población que «se niega a retornar al pasado de ejecuciones extrajudiciales y desaparecidos?, dijo Angustia Gabaldón, propietaria de un pequeño establecimiento de venta de alimentos en una calle capitalina.

Casi al unísono con el llamado a la huelga, la Central Unica de Trabajadores de Uruguay PIT-CNT advirtió que la democracia en Uruguay podía estar en peligro.
«Hay momentos en que no se puede titubear. No hay que pensar mucho. Comenzaron de esta manera en otros lugares de América algunas gremiales empresariales, casualmente también el transporte», declaró Juan Castillo, dirigente de la organización sindical.

En Chile -afirmó-, camioneros y transportistas «empezaron a comer inocentemente un asadito y después se comieron la democracia».

Los sindicatos salimos a defenderla, dijo Castillo, en referencia a un oportuno contraparo realizado el martes por miles de empleados y obreros, que respondieron de inmediato al llamado de PIT-CNT en Montevideo.

Fue «una respuesta de masas a una medida corporativa de empresarios que miran más su bolsillo o sus ganancias que los intereses del país», subrayó.

La acción de las patronales del transporte hizo recordar la huelga de los camioneros de Chile, en 1973, que sirvió de marco o fachada previa a la caída del presidente socialista Salvador Allende, recordó la escritora uruguaya María Esther Giglio.

«No son obreros, sino dueños de camiones que paran porque ha subido el (precio del) gasoil que se usa en camiones y tractores», dijo, en declaraciones a una publicación sudamericana.

La reconocida intelectual entrevistó a escritores como Jorge Luis Borges, José Saramago y Juan Carlos Onetti, y es autora de los libros «Los Tupamaros» y «De tupapamaro a ministro», referido al titular de Ganadería y Agricultura del gobierno uruguayo, José Pepe Mujica.

El conato se inició el pasado lunes como aparente respuesta de los empresarios del acarreo de víveres, de taxis y gremios ganaderos, a la intención del Ejecutivo de aumentar el costo del litro de gasoil en 1.20 pesos (cinco centavos de dólar).

El transporte de carga consume 270 millones de litros de ese derivado por año y, con el incremento, el sector aportaría un millón de dólares por mes. El gasoil se vende a 21.9 pesos por litro (0.90 centavos de dólar).

El objetivo es subsidiar con esos ingresos una reducción del costo del boleto en ómnibus urbanos, que actualmente asciende a 17 pesos (68 centavos de dólar).

Se trata de una huelga política, porque el aumento en el gasoil es de un porcentaje muy pequeño, casi ridículo, explicó Giglio.

«Hoy fui al centro en taxi y los taxistas están en contra de la huelga porque consideran que es una huelga política. Los dos partidos tradicionales están buscando cualquier cosa para reventar al gobierno de Tabaré Vázquez», comentó.

Los criterios de la escritora coinciden con las de Oscar, un pequeño comerciante, un sin partido, como él se autodefine-, con el cual compartí un café ayer en la esquina de Soriano y Aquiles Lanza (antes Yaguarón), en pleno corazón de esta urbe.

Lo mismo que la periodista, el hombre manifestó que «hay falta de aceptación en general en cuanto a lo que propone el gobierno».

Los partidos tradicionales, es lo cierto, no soportan que la izquierda haya asumido el poder. «Le dan manija a cualquier cosa», según dicen en el ámbito popular.

Para María Esther Giglio, «el Frente Amplio no ha promovido grandes cosas, pero sí transparencia y honestidad, además del deseo de hacer las cosas bien».

Desde su óptica, el país alcanzó gran aceptación internacional, por ejemplo, tras el pago de la deuda externa. El índice de confianza -apuntó- es muy alto, aunque una encuesta divulgada esta semana reveló que la popularidad del presidente Vázquez disminuyó.

La huelga de transporte se da en el contexto de dos decisiones claves del gobierno: el recambio de la cúpula militar y la negativa a firmar un tratado de libre comercio con Estados Unidos.

«Reunión de zorros, matadero de gallinas», dijo ayer un dirigente de base de la Central de Trabajadores PIT-CNT, en alusión a un encuentro sostenido entre el general Carlos Díaz y líderes de la oposición hace una semana.

El «asado» fue respondido por el Presidente de la República con la orden de destitución de Díaz como comandante en jefe del Ejército, paso que permitiría, además, el ascenso al cargo -casi al unísono- del general Jorge Rosales, de 52 años.

Hubo un sólo tiro, aunque no eran dos pájaros.

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