Consensos imposibles

Gobernar en minoría es un sentimiento, apretar es un pecado. El escenario político carece de mayorías claras y el nuevo Congreso abrirá un nuevo panorama tras el 10 de diciembre. La mesa de arena y el verso de la Moncloa argentina.

Aunque la política sobresale entre todas las artes como una de formas sutiles (o florentinas, por Maquiavelo), las clases dirigentes argentinas se dedican preferentemente al apriete desembozado, un modo arrabalero de practicarla, entre la civilización y la barbarie.

Los senadores romanos solían glorificar las crucifixiones masivas para los rebeldes del imperio, pero se horrorizaban cuando los galos hacían lo mismo frente a sus lánguidos ojos de clase patricia con un solo prisionero empalado.

En términos políticos, la técnica del apriete suena como equiparar a Clausewitz con el Gordo Valor o a Carnera con San Martín. Es cosa de jugar fuerte, como Elliot Ness con Frank Nitti. En nota anterior la llamamos “vandorismo”, pero no porque el Lobo haya sido su creador sino porque su figura escabrosa da el pinet, con trazo grueso, para un fácil reconocimiento.

Los cultores del apriete, entretanto, argumentarán que la amenaza es un atributo esencial de la guerra; que es la política por otros medios, y por carácter transitivo, que la política es la guerra por otros medios.

Para tomar un ejemplo cualquiera entre muchos, el radical Morales ya meritaba la actitud “destituyente” de ahora unos meses antes de que se discutiera la re-estatización de Aerolíneas Argentinas, pero su oposición ciega no obedecía a mucho más que hacer lobby por la política de cielos abiertos de la empresa multinacional LAN. Es decir, estamos hablando en términos de chiquitaje. Cuando el apriete se ejerce sobre la debilidad es doblemente amoral, y eso realza a quienes hacen de la debilidad fortaleza, acaso más de lo que lo merecen.

Técnicas de demolición

El apriete es la principal herramienta de la oposición para presentarse como lo que parece y no siempre es.

Ahora arguyen –y con eso los medios entusiasman a sus lectores por unas horas– que quieren presidir (sabremos la verdad el 3 de diciembre) veinticinco de las cuarenta y cinco comisiones en Diputados, el 55,6% de la totalidad de los puestos expectables aunque se dicen dueños del 70% del electorado.

Como si eso fuera poco, se vienen por la vicepresidencia primera en el Senado, la tercera figura en la sucesión presidencial de puro costumbrismo parlamentario, por una ley de acefalía que ya no está vigente, como un common law al uso nostro.

El artículo 88 de la Constitución nada dice sobre sucesiones o acefalías en términos de heredad porque el nuestro es un sistema democrático con una Ley Fundamental: “En caso de enfermedad, ausencia de la Capital, muerte, renuncia o destitución del Presidente, el Poder Ejecutivo será ejercido por el vicepresidente de la Nación. En caso de destitución, muerte, dimisión o inhabilidad del Presidente y vicepresidente de la Nación, el Congreso determinará qué funcionario público ha de desempeñar la Presidencia, hasta que haya cesado la causa de inhabilidad o un nuevo Presidente sea electo”.

No son los Kirchner, ni siquiera el locuaz senador Pichetto, quienes “otorgan” graciosamente la vicepresidencia. Lo establece el art. 58: el Senado elige a sus autoridades por el voto de la mayoría de sus miembros.

El porotómetro todavía no cierra: a los 32 propios se le podrán sumar otros 3, pero se necesitan 3 más. Clarín, tribuna de doctrina, adelanta y es escéptico: “la oposición unida está en condiciones de arrebatarle el cargo, pero no será sencillo que todos tiren del mismo carro”. Hoy una promesa, mañana una traición… Es difícil imaginar a Cabanchik acordando con Rodríguez Sáa y saliendo impoluto de la partida.

Al gobierno le resultará menos difícil encontrarlos.

Un viaje oportuno y obligatorio, una enfermedad molesta, pueden quebrar todas las tradiciones. Los casos Lastiri y Puerta son dos antecedentes, y si olvido alguno sería bueno que el lector me refrescara la memoria. Dentro de la ley, todo.

Intermezzo

El escenario principal en este momento carece en todo sentido de mayorías claras, y nadie puede consolidar su dominio con tranquilidad, como para respirar. El gobierno apresta una batería de respuestas: está harto comprobado que no es de entregarse.

Néstor Kirchner estaría al frente de la cámara de Diputados (con lo cual se convierte en un potencial candidato a la Rosada) y mediante la nueva ley de partidos políticos intentará dar otra de las varias madres de todas las batallas en el PJ. Cristina hará uso del veto presidencial, y a juzgar por su ánimo institucional, en pocas oportunidades, sin exagerar. Como su marido, la depresión la fortalece. Junto con Rossi, la presencia de Néstor promete convertir al recinto en una plaza de toros.

Funcionaría como disuasor, como un Reagan amenazando a la URSS con la guerra de las galaxias. La medida tiene su riesgo, porque dará argumento a los medios para escandalizarlos: que vivimos una plutocracia o mafiocracia peruca, o lo que fuera. Es decir, el disuasor recibirá todos los misiles, y allí se sentirá en su salsa.

Si la única salida viable luego de las elecciones de junio fue el recueste del gobierno sobre los pequeños partidos progresistas, y el proyecto de reforma política dejó a esos aliados con la sangre en el ojo porque la reglamentación concentra el poder en los grandes, habrá que ver si pasan factura con lo que queda para el futuro, que no es poco.

De todos modos, el despecho no parece unirlos: Sabbatella luce con una actitud más abierta hacia el gobierno que Pino, y Solanas no es lo mismo que Lozano. En este sentido, hay que anotar el pase de Saín al partido de Sabbatella, al que se le nota mayor coherencia que a Proyecto Sur, al menos para no colocar al gobierno en el rol de Enemigo del Pueblo. Hasta Gerardo Sofovich puede sentirse un Ibsen en sus ratos de delirio.

Este oficialismo no es idéntico al de 2003-2007 porque Cristina valoriza de otro modo la tarea del Congreso y el efecto de la ley. Esperemos, por ejemplo, que para neutralizar a la oposición en el tema inseguridad, no se recurra a otra Reforma Blumberg. La política económica (holdouts) sigue por otros carriles, con su propia lógica menos crispante para la oposición.

Representaciones

En esos aprietes resuenan y seguirán resonando los tambores lejanos del acuerdo a que puedan arribar el moyanismo de la CGT y el sector Yasky de la CTA, y allí es decisivo el papel de Tomada. Tanto el ministro como su segunda, Noemí Rial, y Recalde, abogados laboralistas, conocen el hilado fino de lo que se teje en Azopardo.

Saben, por ejemplo, que si aceptan al nuevo sindicato de empleados de Metrovías, Moyano llorará por un ojo. Y si no lo aceptan, el PO habrá encontrado su coartada perfecta con la consiguiente ocupación de calles, medios que entran en estado de crispación, etc. Lo cual no dejará de ser incómodo para la interna de la CTA, que no quiere verse en el papel que le asignó Belén. Hay otra cuestión que no se le puede endilgar a la dirigencia de los subtes: es representativa de sus bases como nunca antes.

El papel de Cobos

La foto del mendocino luce como la de mayor cantidad de alfileres clavadas en el odio kirchnerista, pero se exagera.

Es cierto que Cobos ha mantenido reuniones públicas y no tan públicas con la oposición, y que públicamente ha estado en contra de las principales iniciativas presidenciales. Pero da para dudar, teniendo en cuenta que la principal cualidad que atraviesa a esta oposición, desde Cobos a Macri pasando por De Narváez y Solá, no es la calidad de estadista sino una sólida boludez y una dificultad extrema por acordar gracias a los intereses particulares contradictorios que defienden. El entuerto de Macri con la policía es un ejemplo insuperable de esa vulgaridad.

Contra la opinión generalizada, quien firma este artículo descree que Cobos sea el mascarón de proa del proyecto destituyente. En todo caso es solo un mascarón, ese adorno puesto en la base del bauprés, pero es otro el piloto que timonea el buque. La función mítica del mascarón, dirán los viejos lobos de mar, es augurar buenos vientos a las embarcaciones. Precisamente por eso.

Aquí no hay políticas de largo plazo sino maniobras de combate que a veces se quedan en escaramuza. Pocos recuerdan hoy que Reutemann era la Esperanza Blanca de K a fines de 2008, y luego Cobos pasó a ser la Esperanza Blanca de lo anti-K con la 125. En esta Argentina, las Esperanzas Blancas no corren: Pierre Nodoiuna, como lo bautizó Artemio López, las demuele sin compasión.

El verdadero papel de Cobos es una sospecha instalada con el no-positivo de la 125 y a pesar de varios hechos en contrario. Una serie de sólidos argumentos que le quitarían entidad (desde los dichos de José P. Feinmann –“Kirchner está loco”– hasta los documentos de Carta Abierta) no logran quitarle toda su pertinencia. Si Kirchner es, como afirma Rouvier, un “animal político”, su reflejo principal es conservar el poder, y con un voto sí-positivo habría estado al borde de perderlo. Lo demostró una y otra vez, como por ejemplo a las 48 horas de las elecciones de junio, cuando todos lo creían definitivamente derrotado.

En aquel momento, cuando el Senado le dijo no a las muy oportunas reformas de Diputados al proyecto chirle de la versión Lousteau de la 125, el empate ponía al país en un serio apuro institucional que pudo ser aprovechado por los reunidos en el Monumento A los Españoles para intentar la quema del Palacio de Invierno. No hacía falta mucho: sólo la complicidad de alguno de los traidores y falsarios que trabajan en el Congreso con abundantes sueldos de asesores de nada. Otra vez la puerta sin llave que permitió a Rodríguez Sáa acceder a la presidencia, con un compañero muerto en las escalinatas. Con lo que a la crisis institucional se le hubiera agregado una situación violenta que requería represión policial, de consecuencias imprevisibles. Con esa jugada, los sectores medios habrían tenido la oportunidad de estar reviviendo la Comuna de París porque todos eran el campo, y ponerse en víctimas propiciatorias del peroncho-kirchnerismo. ¿Qué habría pasado con un muerto en ese ucrónico enfrentamiento? ¿Quién lo habría tomado como bandera de lucha? Cuando suenan los disparos, aunque sean de goma, la lógica es la lógica de las armas.

En definitiva, cabe aventurar que Cobos no es tan enemigo de Kirchner como parece, y que ambos sobreactúan el enfrentamiento. Al fin y al cabo, no fueron razones programáticas las que los unieron para definir la fórmula con Cristina. El fenómeno Colombi es todavía un misterio en este mismo sentido, y se exagera cuando se le da la bienvenida al campo nacional y popular.

Cobos intuye que no tiene chances de gobernar aunque hipotéticamente (tendrá que pasar tres gólgotas electorales) ganara las presidenciales, porque una cosa es el origen y otra el ejercicio. Sería un módico De la Rúa, lo que es mucho decir, no importa que la UCR le perdone la traición, y el poder económico concentrado sabe que no es cosa de jugar con fuego. Es imposible imaginar un país en el que Leopoldo Moreau vuelva a bajar línea desde los medios.

De liderazgos y otras yerbas

Kirchner sí es de jugar con fuego.

Enfrente no existe hoy una derecha orgánica, ni cuenta esta con un liderazgo, no digo definido hoy mismo sino uno que se avizore para el futuro próximo. Los grupos económicos, a la vez, pugnan por terminar siempre en el PJ, que al parecer asegura gobernabilidad, pero en un PJ amaestrado, y no tienen que rebuscar mucho para hallarlo.

El radicalismo podrá unificarse, aunque muchos terminen votando a Cobos con un broche en la nariz. En cuanto al PJ, la batalla interna dejará muchos contusos y no pocos odios irreconciliables que significará nuevas rupturas a la derecha de su televisor, hacia el PRO liberal. Ahora dicen que Alberto Fernández firmó un pacto con Macri. Una tercera fuerza de centro izquierda tiene posibilidades de arrimar el bochín pero no hay que desestimar el poder vitriólico de Carrió, que jugará entre esta y el radicalismo, en ambos sin ninguna convicción.

Con semejante panorama, la marcha hacia mayorías firmes, que aseguren el avance en una determinada dirección, quedará para nuevas ocasiones. Y la enunciación de eventuales pactos, como el de la Moncloa o cualquier otro, para solaz de diletantes y embusteros. Como lo precisaba el politólogo Mocca la semana pasada, semejantes acuerdos requieren consensuar entre oficialismo y oposición temas como la distribución de la riqueza, los servicios privatizados y el rol del Estado, y en eso no hay arreglo posible.

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