Confusión

Por Teodoro Boot, especial para Causa Popular.- Me pidieron una nota sobre el discurso de Kirchner inaugurando las sesiones legislativas. Calculé que podría leerlo por la mañana, pero quería escucharlo. Pero Scooby Doo (o Escuvi) amaneció muerto. Era un perro -aclaro para que nadie se conduela demasiado- con aires, mirada y conducta de asesino desalmado. Una noche se comió literalmente a un gato frente a mis narices. No me di cuenta hasta la mañana siguiente, porque mi linterna se había quedado sin pilas. Otra vez me liquidó todas las gallinas, unas hermosas New Hampshire que le compré a Don Estévez en General Rodríguez. También mató, de gusto, a dos conejos, que quedaron enteros, pero extintos.

Mi relación con Escuvi no era de lo mejor. Siempre le tuve ojeriza: un perro enorme que abusa de animales más pequeños, no debe ser idóneo para enfrentarse a los más grandes. Tal vez por eso, porque siempre lo miré torcido, y porque niños y jóvenes suelen ser contreras- era el predilecto de mi hijo Martín, quien dos días atrás me había propuesto hacerle a su amigo perro una eutanasia. El único medio a mi alcance era un Smith & Wesson y su resultado un tanto sangriento, y calculé que el bondadoso veterinario Horacio Falabello se rehusaría de plano a mandar al perro al otro mundo en forma indolora, incolora e insípida.

Tampoco podía decirse que la bestia sufriera. Se dejaba estar nomás, muriéndose sin alharaca.

El proceso coincidió con la súbita desaparición de un ayudante que me asiste en las tareas pesadas, o aburridas, y me suplanta en mis ausencias, a quien planeaba encargarle la excavación de la futura sepultura. Fue así que me encontré con un cadáver y sin fosa, en la mañana en que el presidente daba su discurso y me había comprometido a escribir sobre ello. Fui con la pala hasta el gallinero, al fondo a la izquierda, y comprobé rápidamente que la tierra greda es demasiado para mí, por lo cual procedí a ofrecer a Escuvi un funeral homérico, tras subir su cadáver a la carretilla y depositarlo sobre un montón de ramas y hojas secas.

La pira ardió, pero como no hay que descuidarse cuando una pira arde cerca de un cañaveral, me pasé casi toda la mañana controlando el fuego. Cuando pude dejarlo solo, ya me había olvidado del presidente, su discurso y las sesiones ordinarias.

Los pobres podemos darnos esos lujos.

A la tardecita, en espera de poder leerlo con tranquilidad al día siguiente, traté de encontrar algo en los noticieros. ¿Encendí el televisor demasiado tarde, pasados cinco minutos de la hora? ¿Tuve muy mala suerte?

Entre las siete y las ocho hice zapping entre América y Telefé, saltando a veces a TN y Crónica. En general los noticieros tratan de rivalizar con la revista Barcelona, pero sólo Crónica TV se le acerca algunas veces. El humor de los demás no es absurdo; es involuntario.

Supongo que en la pantalla de Crónica esperaba encontrar en tipografía catástrofe algo equivalente al «Hombre muere desnucado al intentar chupar su propio pene» de la semana anterior, pero los tituleros debieron haber pasado una mala noche, o tenían sueño o dolor de muelas. Nada muy diferente a las noticias de los otros cuatro canales (ya se había agregado Telenoche, que viene a ser la versión televisiva de la revista Viva, editada para débiles mentales): uno de ellos, con capacidad ambulatoria y fines de robo había asaltado una residencia para otros débiles mentales, clínicamente diagnosticados, violando a dos internas y a una enfermera. Un mecánico asesinado por dos delincuentes.

La condena en Córdoba a dos desafortunados infelices procedentes de Tacna, en un vuelo de SW, que habían intentado desembarcar en esa ciudad con algunos kilos de cocaína. Un carcamán que descerrajaba en esa corte una arenga más rumbosa que la de un jubilado de plaza sobremedicado con jarabe para la tos: era el fiscal y quería matar a los narcotraficantes (más adelante, en una entrevista, se declaró incapaz de matar a un pollo: debe pretender que los demás lo hagan por él).

Pensé en mi perro, allá en el gallinero, convertido en una montaña de cenizas. Escuvi era perfectamente capaz de matar un pollo por su propia cuenta. Me reconcilié con él: su catadura moral era muy superior a la del fiscal cordobés.

En la pantalla apareció también, varias veces, el juez Liporace. Los salarios de los jueces deben ser muy bajos o los gastos de Liporace muy elevados: se consiguió un segundo trabajo, como movilero de televisión. Todas las tardes hace cámara frente a los tribunales de Comodoro Py. Destrás suyo siempre se ve el lateral de un vehículo. Quiera Dios que sea el «móvil de exteriores» de Crónica TV y no el puesto de panchos en el que el juez desempeñe un tercer trabajo.

Ibarra y Solá inauguraban las sesiones de las legislaturas de sus respectivas provincias, o lo que sea que gobierne Ibarra. Ni él ni la oposición parecen saberlo.

En Montevideo, Tabaré Vázquez asumía la presidencia. Estaban presentes Lula, Chávez, Lagos, Mesa, Kirchner… También el príncipe de España, pero éste no tenía que inaugurar las sesiones ordinarias. En ese momento empecé a dudar de que hubiera habido sesión inaugural.

¿Se había ido Kirchner a Montevideo dejando a los diputados y senadores sin discurso de inauguración?

Súbitamente, en una breve entrevista, el ministro Filmus aludió a lo que el presidente había dicho por la mañana. ¿Dónde? ¿En Montevideo?

De inmediato, Silvestre comentó en Telenoche que Adolfo Rodríguez Saa estaba en Buenos Aires pero que había decidido no asistir a la sesión inaugural del período legislativo, seguro de convertirse en el centro de todas las miradas. Temí haber despertado de un largo sueño para descubrir que Rodríguez Saa seguía siendo presidente.

Me pregunté si Silvestre había querido decir que el Adolfo faltaría a la sesión inaugural o que había faltado.

Sumido en esa profunda inquietud espiritual que sobreviene al dudar de la naturaleza de la realidad, apagué el televisor. Pero antes, por esas cosas del uso y abuso del control remoto, me detuve en Política y Economía, donde una columnista de Ámbito Financiero aseguraba que la abrumadora publicidad oficial había transformado a los medios en una sola voz uniforme, homogénea y hegemónica.

Sí, me dije, el presidente debe seguir siendo Rodríguez Saa. O De la Rua. O Frondizi.

Ya casi había terminado de preparar el bolso con lo indispensable para transcurrir lo que me reste de vida en la orilla opuesta del río, donde -me constaba, por haberlo anunciado todos los noticieros- mientras aquí había girado sobre sí mismo, allá el tiempo seguía pasando y el presidente no era Luis Alberto Herrera sino Tabaré Vázquez… que de todas maneras recibía el bastón presidencial de un modo muy inquietante: de un Batlle, que bien podía ser Batlle y Ordoñez, con lo que no estaríamos en el 2005 sino en 1920… cuando mi esposa llegó de trabajar y me aseguró que el año en cuestión era este que los demás dicen que es.

La interrogué respecto a Kirchner y ella me confirmó que en efecto es el presidente, pero no tenía idea si había inaugurado las sesiones ordinarias, ni si había hablado, ni nada de nada, dándome la impresión de que, careciendo de pruebas, lo suyo era una cuestión de fe.

¿Y a vos qué te importa ese discurso?», preguntó, viéndome taciturno. «Por lo general -expliqué con empaque doctoral- es el discurso más importante del año de un presidente: hace un recuento de lo hecho y anuncia lo que hará. Además, tengo que escribir sobre el tema para Causa popular»

«¿Por qué?», dijo como si me pidiera la sal.

Le alcancé la sal y opté por no contestar.

Cené rápido y mal, y encendí el televisor. A tiempo: la pantalla de canal 7 mostraba a un flaco que no era Frondizi, flanqueado por uno que solía correr carreras en lancha y por un engominado, un flaco que hablaba ante la asamblea legislativa. Empecé a recuperar un poco la tranquilidad, pero a la vez a preguntarme que siniestros designios abrigará el Secretario de Medios (si es él quien se encarga de uniformar a la prensa con las manos llenas de dólares) :

¿hacer pasar al presidente a la clandestinidad?

Hay algo muy extraño, me dije: si lo que estoy viendo es un discurso presidencial inaugurando el período de sesiones ordinarias, se trata de la nota central de cualquier noticiero.

De hecho, mañana estará en las primeras planas de los diarios. Debe ser que cuando el Secretario de Medios reparte los dólares, se olvida de la televisión… o al revés, con lo que sus propósitos serían más que siniestros.

Mientras sopesaba distintas posibilidades, entre ellas que el juez Liporace tuviera un cuarto trabajo como Secretario de Medios, presté atención al flaco que no era Frondizi: «Mientras el Estado gasta 100 millones por año en publicidad, las empresas extranjeras gastan 1200«.

Si el presidente pretendió arruinarme la digestión, lo consiguió: ¿es que acaso Telefónica, Aguas Argentina y Metrovías creen que el hecho más importante del día es la muerte de un mecánico asesinado delante de sus hijos, las violaciones en el hogar para debíles mentales o el recital de Sandro -de 1937- que Crónica trasmitía en esos momentos en exclusiva?

¿El mecánico asesinado era Cristiano Ratazzi, a quien la devaluación empobreció tanto que se puso a afinar motores en un tallercito de Longchamps?

¿La señora de Noble tiene un segundo trabajo como enfermera en un hogar para débiles mentales? ¿Héctor Ricardo García hace extrañas piruetas en pos de una doble satisfacción?

¿Era Amalia Lacroze de Fortabat una de las adolescentes muertas en el incendio de Cromañón? ¿Por qué a los gerentes de publicidad de las grandes empresas privadas les interesa en convertir al juez Liporace en Monica Mihanovich?

No es posible, me dije. Nada de esto es posible. Pronto recuperaré la cordura y comprobaré que Arturo Frondizi no renunció ni renunciará jamás.

Por suerte, a esas alturas la pantalla mostraba lo que, al menos para los argentinos, era la noticia internacional más importante del día: la asunción de Tabaré Vázquez como nuevo presidente oriental.

Juró trabajar por la felicidad de los uruguayos. Son palabras, simples palabras, pero en su simpleza y sencillez alcanzan una enorme dimensión.

La verdad es siempre simple, sencilla y a media voz. Le tomó juramento el senador José Mujica. «Gracias a la vida por permitirme llegar hasta acá«, agregó el senador fuera de las líneas de rigor, conmoviendo hasta las lágrimas a su compañero Eleuterio Fernández Huidobro.

Se comprende: Fernández Huidobro es algo más que su compañero de bancada. Ambos fueron parte del grupo de dirigentes tupamaros mantenidos durante 13 años como rehenes, errando en diferentes guarniciones militares y sometidos a un ensañamiento al que jamás se me habría ocurrido someter a Escuvi cuando acabó con todas las gallinas que le había comprado a Estévez.

Raúl Sendic «vivió» más de un año en la letrina de un regimiento. Y no diré más. Lo han dicho todo el mismo Fernández Huidobro y Mauricio Rosencof, con buen talante y humor, en Memorias del calabozo.

En forma simple, sencilla y a media voz, lo dijo todo el senador Mujica. Y así, con simpleza y sencillez el nuevo presidente se dirigió hacia la casa de gobierno a bordo de un jeep descapotable, saludado con simpleza y sencillez por una impresionante multitud de partidarios y vecinos de Montevideo.

Y nadie alzó la voz para tildarlo de demagogo, abrir «viejas heridas del pasado«, engañar al pueblo o sumir al país en el reino de la inseguridad jurídica.

Es de esperar que los orientales no pretendan demasiado. Se hace lo que se puede, parece decir Vázquez. O, para citar el lema de Sherlock Holmes: Lo mejor que podemos hacer es intentarlo.

A las personas le pasa lo que a los peces. Es imposible capturar un sábalo con anzuelo: tiene la boca chiquita y apenas la abre. Digamos que come a media voz.

El dorado y la tararira, en cambio, la tienen tan grande que enseguida caen.

La visión duró poco, porque el tiempo seguía corriendo, en círculos, como suele suceder por acá, y ya estaban en pantalla los noticieros de medianoche, que de alguna manera parecen escapar a los confusos designios del secretario de Medios, de los gerentes de publicidad de las grandes empresas extranjeras, del juez Liporace, de Piñón Fijo o de quienquiera que sea el que hegemoniza a los medios: la noticia central, como corresponde, era el discurso presidencial en el acto de inauguración del período ordinario de sesiones o de sesiones ordinarias, según se prefiera.

Es la explicación anual que el presidente da al pueblo, a través de sus representantes. Va en sintonía con nuestra demencial carta constitucional que, en la enumeración de los derechos ciudadanos comienza por una prohibición: el pueblo no delibera ni gobierna.

Lo hace a través de sus representantes. Ahora, gracias a la magia de los modernos medios de comunicación, el pueblo también escucha a través de sus representantes.

Se entiende el faltazo de Rodríguez Saa. El juez Liporace, en su quinto empleo como director de cámaras, lo hubiera beneficiado con un primer plano en el momento en que el presidente Kirchner anunció, con sencillez casi oriental, que el país había salido del default.

Pobre Rodríguez Saa. No es su culpa tener la boca tan grande, particularidad que lo lleva a la fantástica jactancia de confundir la fatalidad con la voluntad.

Fue así que anunció que Argentina no iba a pagar su deuda, cuando en realidad ocurría que no podía pagarla.

Que su faltazo haya sido acompañado del faltazo de los otros integrantes de su minibloque muestra que sigue sin saber cerrar la boca a tiempo. Es un problema anatómico.

Faltó también la señora Hilda Duhalde. Estaba preparando el bolsito del Eduardo, pronto para partir rumbo a Montevideo.

Faltaron también todos los diputados del ARI. ¿Temían ser enfocados por las cámaras de Liporace? No preparaban el bolso de la señora Carrió, eso es seguro: estaban en sus despachos y apenas terminó el presidente su discurso, corrieron al encuentro de los periodistas.

Fue su modo de dar la espalda, como hicieron algunos familiares de los muertos en Cromañón con Aníbal Ibarra.

Una sobreactuación, sin duda, porque Ibarra no puede ser personalmente responsable de cuanta catástrofe ocurra en Buenos Aires, pero de alguna manera comprensible: se trata de personas comunes, dolidas por la muerte de sus jóvenes parientes, que no tiene muchos otros modos de manifestar su disconformidad que la protesta visible, ostentosa.

Pero ¿qué les hizo el presidente Kirchner a los diputados del ARI? ¿Sale por las noches a pintar agravios contra la señora Carrió? ¿Le tocó la cola al diputado Macaluse confundiéndolo con un movilero de CQC? ¿Estaba sin pantalones detrás del pupitre de la presidencia de la Cámara?

Ardo en deseos de saberlo y de ahora en más no me apartaré de la pantalla de Crónica TV. Algo van a decir, en algún momento, entre el recital de Sandro de 1937 y el de Leonardo Favio, en Cuchillo Co, de 1942. Ambos en exclusiva.

En principio, así, en mi ignorancia, puedo decir que la ausencia de los diputados en la inauguración del período de sesiones, es una afrenta, una descortesía, una acción que vacilaría en llamar infantil.

¿Saben? Me enteré no hace mucho y recién terminé de creerlo cuando pude ratificarlo en los libros de historia: en 1946, el flamante presidente Juan Perón -quien aún no había recibido los símbolos del mando de su predecesor- dio su primer discurso ante la Asamblea Legislativa… estando ausente la totalidad del bloque radical capitaneado por Ricardo Balbín.

Habida cuenta de que Perón acababa de triunfar en los primeros comicios libres desde 1928 y aún no había realizado su primer acto de gobierno, se trató de un portazo destemplado, prematuro, injusto.

Un portazo que explica mucho, acaso todo lo que pasó en los siguientes 40 años.

Del mismo modo, la ausencia de los diputados del ARI, de los diputados puntanos y de la señora de Duhalde, es tan infantil como la bengala en Cromagnon.

A los niños no debería permitirseles el uso de bengalas. A los débiles mentales tampoco, porque sobrevienen las catástrofes.

El notorio contraste entre la sencillez y la media voz de los orientales, de tranco corto y aliento largo, y el tremendismo, la histeria, la grandilocuencia y la sobreactuación locales me perturba mucho.

No puedo concentrarme en el discurso presidencial. ¿Cómo escribir la nota?

¿Me aceptarán los editores de Causa Popular esta disculpa?

Dios así lo quiera y la Patria no me lo demande.

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