Cómo se quema un hereje

Historias reales que son de no creer.

John Wycliffe había nacido en Inglaterra, en 1330. Estudió en Oxford filosofía y teología, que para entonces eran prácticamente la misma cosa, materias en las que descolló entre sus pares. Pero en el conocimiento germina la semilla del Mal: de tanto pensar, Wycliffe llegó a conclusiones inconvenientes. Por ejemplo, reflexionando sobre los problemas filosóficos derivados de la naturaleza de Dios en relación a los seres que son creaciones suyas, empezó a observar la situación concreta de la representación oficial del Señor sobre la tierra: la Iglesia, que para el caso, el continente y la época, era incuestionablemente la Católica Apostólica Romana.

A Wycliffe no le gustó nada lo que vio.

Comiéndose a Dios

Según el filósofo interpretaba los Evangelios, la finalidad de la Iglesia debía consistir en seguir el ejemplo del Redentor, que nunca había demostrado el menor interés por acumular riquezas ni poder político. Los sacerdotes y obispos a quienes Wycliffe conocía eran, por cierto, muy diferentes, circunstancia que sólo puede extrañar a un filósofo en vías de convertirse en radical de izquierda, incapaz de entender que los obispos eran hombres y Cristo, en cambio, hijo de Dios. ¿Qué puede significar el dinero o el poder terrenal para el hijo único de tan poderoso progenitor?

Inmune a la razón y el buen sentido, Wycliffe siguió metiendo la nariz en los Evangelios, descubriendo que en ningún momento sus páginas hacen la menor mención a la doctrina de la transubstanciación, que viene a ser el proceso mediante el cual el pan y el vino de la Eucaristía se convierten en la carne y la sangre de Cristo. O viceversa.

Tampoco eso podía causar extrañeza, toda vez que tal doctrina había sido adoptada por la Iglesia hacia fines del siglo XIII, apenas unos cincuenta años antes de que a Wycliffe se le diera por pensar en el tema.

Si durante 1.200 años –razonó el filósofo– el cristianismo había prosperado y se había universalizado hasta hacerse católico, sin necesidad de comerse semanalmente a Dios ¿por qué empezar ahora con una práctica tan aberrante?

Wycliffe se negó a admitirlo. Y hasta empezó a proclamar sus opiniones a viva voz.

Y a los brutos se les dio por leer

Cuando John Wycliffe comenzó a divulgar las conclusiones a que había llegado, la situación del país era, por así decirlo, delicada. Inglaterra y Francia iban por la mitad de la monumental bronca que sería conocida como Guerra de los Cien Años, en la que el Papado hacía causa común con Francia. Esto incrementó (en Inglaterra, naturalmente) la inquina general que los obispos se habían granjeado por su propia cuenta debido al fasto en el que se solazaban y su absoluto desinterés por el destino de sus feligreses. Además, la nobleza observaba con cierta avidez las grandes propiedades y notorias riquezas de la Jerarquía.

La prédica de Wycliffe, reclamando una Iglesia apolítica, sin propiedades, que viviese en evangélica pobreza, era la justificación que venía necesitando la nobleza para apoderarse de los bienes eclesiásticos. Tarde advirtieron los aristócratas que el mensaje de Wycliffe había cobrado inusitada popularidad entre los miserables, que escuchaban con sumo agrado la idea de que la pobreza y la santidad estaban indisolublemente unidas.

Pobres y miserables son, desde antiguo, muy dados a los excesos. En consecuencia, hacia 1381 se produjo una violenta sublevación campesina que acabó con una más violenta represión y el abandono de Wycliffe por parte de sus amigos aristócratas. Solo, condenado por hereje por el arzobispo de Canterbury, Wycliffe perdió sus empleos y murió pobre y solitario tres años después. Pero no olvidado.

John Purvey, un antiguo secretario de Wycliffe, llevó a cabo el proyecto más ambicioso del filósofo: la traducción de la Biblia al inglés, en una versión que se haría famosa.

A partir de entonces, campesinos y desarrapados varios se sentaban en las puertas de las iglesias a lanzar imprecaciones a los miembros del clero que iban pasando. También predicaban contra la Eucaristía: la salvación era el estudio de la Biblia, fin para el que comenzó a distribuirse a gran escala la versión de Purvey, aunque llamándola “Biblia de Wycliffe”.

Los farfulladores

Por lo general, a los pobres les faltan los dientes, mucho más cuando todavía estamos a 600 años del Wellfare State. Y no saben leer, o lo hacen para el diablo. Para peor, faltos de educación, suelen hablar con la boca llena de comida –o de pasas de uva, o de higos o de lo que sea que mascan los pobres–, por lo que más que hablar, farfullan.

Fue justamente de una palabra del holandés que significaba farfullar, mascullar, balbucear, que derivaba el término peyorativo lolardo, que les fuera aplicado a los begardos y beguinas, cofradías de predicadores y predicadoras mendicantes que se expandían como epidemia de peste por los Países Bajos, Francia y Alemania desde principios del siglo XIII.

Los campesinos ingleses serían pobres, pero seguían siendo ingleses, excéntricos que adoptaron el insulto con orgullo y siguieron mascullando oraciones e improperios contra la jerarquías eclesiásticas con el guiño del rey Ricardo II, quien de todos modos no se atrevía a seguir el consejo que en sus oídos susurraba Purvey: confiscar las propiedades de la Iglesia.

Pero nunca nada puede salir bien para los pobres: en 1399 Ricardo fue depuesto por su primo Enrique de Lancaster, de ahí en más Enrique IV, quien simpatizaba tanto con la ortodoxia católica que promulgó contra los lolardos la ley De herético comburendo, o “De cómo quemar a los herejes”.

Los lolardos apelaron al Parlamento, demostrando con pelos, cifras y señales que con el dinero que la Corona gastaba en la manutención de las propiedades eclesiásticas y el tren de vida de prelados y sacerdotes, era posible sufragar los servicios de 15 barones, 1500 caballeros y 6200 terratenientes, además de dar comida y asilo a todos los mendigos del país. Pero nadie, excepto ellos mismos, pretendía una revolución social: si se hubieran conformado con ayudar a los terratenientes, tal vez habrían conseguido algún apoyo. La amenaza de dar de comer a los hambrientos, de beber a los sedientos y otras sandeces cristianas fue suficiente para que los nobles los dejaran librados a su suerte, que sería escasa.

Enrique murió en 1413. Lo sucedió en el trono su hijo que no sólo se llamaba igual, sino que pensaba lo mismo, al menos en lo atinente a las pretensiones lolardas.

La marcha sobre Londres

Desesperados, los lolardos tramaron una conjura: marcharían sobre Londres, asesinarían a la familia real, a los grandes del reino y a la alta jerarquía eclesiástica, tras lo cual se instauraría un nuevo sistema político inspirado en los evangelios, al que no atinaron a llamar “soviet” porque apenas si farfullaban el inglés.

En 1414, acaudillados por sir John Oldcastle, los lolardos empezaron a marchar hacia la capital de Inglaterra. Los comentaristas difieren en el número de conjurados movilizados. Hay quien dice que se trataba de 20 mil, quien sostiene que eran apenas 300, lo que vistos los resultados, parecería ser lo más aproximado.
A diferencia del Duce, Oldcastle no contaba con la aquiescencia de Su Majestad, sino con su manifiesto antagonismo. Los lolardos fueron cercados y aplastados por las tropas reales y sus dirigentes ejecutados por partida doble: ahorcados según la ley prescribía para los traidores, y quemados según el procedimiento establecido en De herético comburendo para el tratamiento de los herejes.

Olcastle consiguió huir de la carnicería, pero fue apresado dos años después y corrió la misma suerte de sus seguidores.

Los escritos de Wycliffe inspirarían al fanático reformador religioso bohemio Jan Hus a rebelarse contra la Iglesia, mientras que Martín Lutero reconoció siempre su deuda con él. La jerarquía eclesiástica tampoco lo olvidó: en mayo de 1415, el Concilio de Constanza revisó sus doctrinas, que fueron condenadas por heréticas, y dispuso que su cuerpo fuera exhumado y lo que quedaba, quemado. En 1428 se ejecutó la sentencia.

Los lolardos, por su parte, siguieron reuniéndose clandestinamente para leer la Biblia y despotricar contra el status quo. Cuando llegaron a Inglaterra los primeros predicadores de la reforma luterana, encontraron que el camino ya estaba hecho: ya otros habían farfullado doscientos años antes que ellos.

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