Códigos rotos: Página 12 y el fin de la Asociación PERIODISTAS

Por Juan Salinas (*), especial para Causa Popular.- El autor, reconocido periodista de investigación, autor de varios libros y editor del mítico semanario El Porteño analiza desde la primera persona la desaparición de la Asociación Periodistas luego del caso de censura en Página 12 donde una columna de Julio Nudler fue retirada de su edición por las denuncias contra el Gobierno Nacional que contenía el texto. Las consecuencias del caso fueron ampliamente difundidas por varios medios (entre ellos Causa Popular) y el impacto de la polémica desembocó, entre otras cosas, en la desaparición de la Asociación Periodistas, una organización creada para “la defensa del periodismo independiente”. En esta nota Salinas analiza la doble moral de Horacio Verbitsky luego del affaire Nudler y relata cómo siguió la polémica tras el acto de censura: luego de 3 semanas de silencio y tras la ruptura de PERIODISTAS, Página 12 publicó finalmente el domingo 14 la nota de Nudler junto a una nota de Verbitsky tratando de investigar las afirmaciones del periodista censurado. Aquí Salinas analiza lo ocurrido y no olvida elementos fundamentales como el papel de la asociación en la defensa de Ernestina Herrera de Noble cuando fue detenida acusada de adoptar ilegalmente a dos presuntos hijos de detenidos desaparecidos.

Cuando se iba a conformar la Asociación PERIODISTAS uno de los promotores más activos era Oscar Cardoso. Recuerdo que nos vimos en Télam (donde yo y su esposa trabajábamos y él publicaba columnas semanales) y que me propuso integrarla.

Cardoso me habló de una asociación muy representativa, con un mínimo de cien miembros (lo que me resulta curioso ahora, habida cuenta de la reciente iniciativa de «Los 100«, una nueva asociación de periodistas, cuyo nacimiento es contemporáneo con la agonía de PERIODISTAS).

Después, a último momento y sorpresivamente, Cardoso desistió de formar parte de PERIODISTAS. Aunque nunca me dijo por qué, el rumor que me llegó fue que no estaba de acuerdo con que se restringiera la posibilidad de integrarla a un pequeño grupo de colegas, grupo que años después fue dejando de ser tan oligárquico y ampliándose.

Se que en algún momento hubo inadvertidos que propusieron mi nombre. Y se quienes “me pusieron la bolilla negra”. Pero, en cualquier caso, las sucesivas ampliaciones de PERIODISTAS fueron democratizando la asociación, fueron sumando, sobre todo en los últimos tiempos, más trabajadores en relación de dependencia (como María Moreno, Claudia Selser y Claudia Acuña) a la minoría que se entremezclaba con editores y con algunos editores que también son comisarios políticos de ese gran polo de poder que encabeza el contador Héctor Magnetto, tanto en Clarín como en sus satélites más o menos lejanos: Página/12 y La Nación.

Aun así, y a pesar de haber entre sus miembros tantos colegas con los que es un placer conversar, el tono general de PERIODISTAS siempre fue para mi gusto demasiado propatronal.

Y tal como le expresé personalmente a su coordinadora y directora general Mabel Moralejo, entiendo que PERIODISTAS comenzó a suicidarse cuando salió a defender a la dueña de Clarín en ocasión de ir ésta presa por haberse apropiado descaradamente (basta ver cuan truchas son las supuestas actas de adopción, donde se borra cualquier rastro de los progenitores y se hace nacer a los chicos con el apellido del finado Noble) de dos bebés que todo indica son hijos de detenidos-desaparecidos.

¿Qué tenía que ver eso con la tan meneada libertad de prensa?

Al mismo tiempo, Verbitsky presidía y preside el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), un prestigioso organismo de defensa de los Derechos Humanos cuyos archivos permitieron perseguir a otros apropiadores de niños y que, para más inri -según me consta- sabe de la apropiación de ambos niños por Laura Ernestina Herrera de Noble al menos desde 1984 (sino desde el mismo momento que se produjo tal delito imprescriptible, ya que, como recordó Osvaldo Bayer, cuando Verbitsky trabajaba en Clarín pasaba muchas horas en el despacho de Octavio Frigerio… a cuyo padre, Rogelio, Verbitsky le atribuye ahora ambas «adopciones» a fin de librar de culpa y cargo a la viuda de Noble y a su canciller Magnetto).

Que el presidente del CELS haya impulsado la defensa de una apropiadora de niños es algo así como que los heridos sean fusilados por la espalda por la Cruz Roja.

Tras este sonado antecedente, poco puede extrañar este escandaloso final, en el que Verbitsky se sumó al coro de Luis Majul al recordarle a Lanata que una vez le pidió (es de suponer que como director de Página/12) que no publicara una nota que ponía en riesgo que le dieran un crédito para cuya concesión Lanata le había pedido ayuda a Fernando de Santibáñes, por entonces jefe de la SIDE (Majul dijo que fue el propio Santibañes el que le dio a Lanata el dinero para poner su fallido portal data54, sugiriendo que el dinero provenía de los cuantiosos fondos reservados de la SIDE, es decir, del erario público), a lo que Lanata le reprochó a Verbitsky que en los inicios del diario le pidiera plata a Gorriarán, y que (se supone que tras el asalto al cuartel de La Tablada) lo terminara cagando (sic) a aquél, así como que Verbitsky hizo campaña para Menem en 1989 y se calló voluntariamente la boca cuando se produjo «la venta (de Página/12) a Clarín» (sic).

Como periodista sometido a una férrea y ya añeja censura y ninguneo por Página/12 (diario que sin embargo compré desde su primer número, y sospecho que seguiré comprando mientras salga… entre otros motivos para seguir leyendo las notas de Julio Nudler, aunque no lleven firma) podría escribir una enciclopedia con las felonías de Verbitsky y Tiffemberg.

De Tiffemberg, como editor, recuerdo como una pesadilla las decenas de “observaciones” que nos hizo a Oscar Anzorena y a mi (que nos enzarzamos con él en durísima porfía) para “dulcificar” y hacer compatible con la Teoría de los dos demonios un cuadernillo con una breve historia de las organizaciones armadas del período 1969-1977.
Curiosamente, tuve que ver con las circunstancias en que Verbitsky y Tiffemberg se conocieron (desde entonces, Verbitsky desprecia ostensiblemente a Tiffemberg, quien se la pasa tragando bilis y negando aquella evidencia).

Por entonces Lanatta y Tiffemberg eran un dúo tan inseparable como Laurel & Hardy. Yo los veía casi a diario en la redacción de El Porteño de la calle Sarmiento frente al Centro Cultural General San Martín, donde les hablaba maravillas del Perro, a quien admiraba.

Cuando la redacción ya se había mudado a la calle Cangallo (que muy pronto pasó a ser Presidente Perón, a pesar de lo cual casi todas las chapas dicen “teniente general” lo que se ve, sabía a más) me enteré de que el proyecto Eduardo Luis Duhalde y Verbitsky de sacar a la calle LA HOJA (una sola hoja tipo sábana con el análisis de las tres o cuatro noticias más importantes del dia) había capotado por el boicot de los distribuidores y se los comenté.

Y entonces a Lanata y Tiffemberg me pidieron que les diera el teléfono de Verbitsky, y una vez que se los di y acordaron encontrase con él en su oficina, se dieron cuenta de que no tenía ni la más pálida idea de adónde quedaba esta, y me pidieron que los llevara hasta ella.

Así fue que los lleve hasta la oficina de la calle Lavalle a la que solía ir a conversar con Horacio (ambos integrábamos la agrupación de periodistas Rodolfo Walsh, de la recién creada Utpba) y todavía recuerdo como Tiffemberg me despidió a la salida diciéndome: “Mejor no subas con nosotros.

Nos dijeron que El Perro es fóbico, que no le gusta hablar con más de dos personas. Después te contamos”.
Aquel fue el chispazo inicial de Página/12, proyecto del que, como era previsible, me quedé afuera por no chuparles las medias y haberme opuesto a sus manejos discrecionales en El Porteño (Lanata y Tiffemberg habían logrado sacarme del comité de redacción pero tiempo después la asamblea de cooperativistas -en la que había colegas de la estatura de Homero Alsina Thevenet, Osvaldo Soriano y Tomás Eloy Martínez- me repuso haciendo que desde entonces no puedan verme ni en figurita).

Parece que fue Lanata quien consiguió que Gorriarán Merlo pusiese la plata (1), aunque fue Verbitsky quien sacó mejor provecho del dinero emetepista.

«La solidaridad con sus compañeros de trabajo tampoco es la impronta de Verbitsky: en 1995 se deshizo en horas extras para que Página/12 estuviera en la calle, oponiéndose a la huelga de personal contra ochenta despidos que, finalmente, ayudó a concretar. El bien ganado calificativo de ‘carnero’ en este caso tenía una particular explicación: un día de 1986 llegó Pancho Provenzano y me dijo que habían arreglado para que Página/12 le pagara su sueldo en dólares, y que él (Pancho) dudaba de que fuera una resolución correcta.

La cuestión es que el tiempo siguió su curso y la consecuencia del error no sólo se plasmó en su papel de rompe-huelgas, sino también en una ventaja que obtuvo y que no todo el mundo sabe: gracias a su previsión de exigir y lograr cobrar en dólares, pudo evitar los efectos de la hiperinflación de mediados del ’89: en determinado momento, sólo su sueldo representó el 10% del total de los salarios pagados por la empresa», narra Gorriarán Merlo en su reciente libro de memorias.

No me consta que Verbitsky haya “cagado” a Gorriarán, como dice Lanata, pero si me consta que se ciscó en los acuerdos que hizo conmigo, amargándome la existencia.

Porque Lanata y Tiffemberg jamás me dijeron de donde salió el dinero para montar Página/12 y yo creía que tal como decían provenía de las explotaciones maderas de Sockolowicz. Y así fue que cuando se produjo el asalto al cuartel de La Tablada, me llamo profundamente la atención la borratina total de Página, que se mostraba renuente a hacer el menor comentario.

Muy impactado (había hecho la colimba en ese cuartel, y desde que saltaron mis antecedentes estaba inerme a merced de los oficiales que estaban conformado el capítulo castrense de la Triple A… por lo que me hice el loco y pase dos meses cantando la cantata de los puentes amarillos de Spinetta entre la enfermería y el calabozo, hasta que me dieron la baja) y tras el mucho éxito que tuvieron las notas que Rolando Graña y yo escribimos en El Porteño, decidí escribir un libro junto a Julio Villalonga, y eso -como me enteraría mucho después- produjo terror en la dirección de Página/12.

Sus directivos, que tras el ataque al cuartel de La Tablada censuraban automáticamente cualquier referencia al MTP y que omitieron incluso respaldar la denuncia de que se habían producido desapariciones a pesar de haber sido filmada por la televisión española la rendición de dos desaparecidos, entraron en pánico porque hicieron dos suposiciones seguidas: una, que Villalonga y yo sabíamos o pronto averiguaríamos que el verdadero propietario del diario era Gorriarán y dos, que de enterarnos, la publicaríamos.

No era así para nada. Burlándonos de quienes creen que todos son de su condición, publicamos en el libro como acápite una sentencia de Gilles Perrault: “Nunca tuvimos el prurito de engrosar la animosa cohorte de los policías”.
Los gerentes del diario, junto a Verbitsky, Tiffemberg y éstos secundados por adulones, trepadores y pánfilos que ni siquiera nos conocían, se dedicaron durante meses y meses a decir en todos lados que Villalonga y yo éramos de los servicios (por lo general recordaban que el padre agrimensor de Julio había sido previamente oficial de la Armada para sugerir nuestra pertenencia al SIN).

Cuando una joven periodista del círculo aúlico de Verbitsky gritó fuera de si en un restaurante “¡El Perro me dijo que vos sos de los servicios!”, al día siguiente fui a la oficina de la calle Lavalle y encaré a Verbitsky, quien negó difamarme sin mover un músculo. Tiempo después, y contra la opinión de Villalonga, que me advirtió que no podía fiarme de él, me reuní con Verbitsky y le propuse un trato: queríamos llegar a una paz sincera con Página/12 y no publicaríamos en nuestro libro nada que perjudicase o siquiera molestara al diario, a cambio de este reseñara el libro y no ignorara su aparición. “Que tenga un trato justo, como cualquier otro libro”, le dije. Verbitsky aceptó el trato y me pidió que introdujera ocho modificaciones, en rigor, ocho cortes: que no pusiera que uno de los detenidos era cablero del diario; que no recordara que él había tratado al padre Puigjané de «lumpen sacerdote»; etc. Hice los cortes, pero él no cumplió con su parte.

Con estos antecedentes, no me extraña que se haya llegado a la situación actual. La extensa, asqueante nota en la que Tiffemberg difamó a Nudler, mintiendo sin pudor, expresa bien cual es su calaña (2).

La de Horacio Verbitsky surge, diáfana, en su columna de hoy. En ella, tras publicar la nota de Nudler con tres semanas de tardanza, seguidamente la refuta haciendo gala de su calidad de abogado y portavoz del ministro Alberto Fernández e incluso del antuguo segundo de éste en la Superintendencia de Seguros durante el gobierno de Menem y actual superintendente general de la Nación, Claudio Moroni, a quienes Nudler acusó de delinquir en complicidad con las aseguradoras y en perjuicio de los pobres pasajeros del transporte público.

Me enteré del contenido de la nota por el e-mail que me mandó un joven colega vinculado a un importante medio de los Estados Unidos.

“¿Verbitsky investigó las afirmaciones de Nudler? ¿O se dedicó a refutarlas citando excesivamente a los funcionarios involucrados? Si es así, lo que hace no es ni siquiera propaganda, es una defensa cerrada, una alabanza del Gobierno… que además se hace a tres semanas de la censura a Nudler, cuando evidentemente tuvieron bastante tiempo para pensar qué decir, porque igualmente (Roberto) Guzmán está muerto…Da pena. Pero además hay un componente de vileza, cuando al comienzo habla de la enfermedad de Nudler”.

Fui a la nota de marras. En ella Verbitsky explica su adhesión al gobierno. Dice considerar «valiosos actos de reconstrucción ética el desalojo por medios constitucionales del cardumen menemista en la Corte Suprema y su reemplazo por juristas respetables» pero olvida recordar que defendió a ultranza al actual presidente de la Corte, Enrique Petracchi, al precio de mentir alevosamente cuando sostuvo que Petracchi no cobró 580.000 dólares del Federal Bank cuandp los extractos de las cuentas corrientes así lo demostraban, así como que Petracchi había votado contra las telefónicas en el fallo de la Corte sobre el «rebalanceo», cuando no fue así.

Verbitsky dice muchas otras cosas que hizo bien el gobierno y con las que acuerdo, pero termina diciendo que está de acuerdo con «la apertura de los archivos de la SIDE por el atentado a la AMIA», algo que jamás ocurrió (excepto que él, por su amistad con Fernández, pueda acceder a esos archivos, lo cierto es que los investigadores de los atentados a la embajada de Israel y la mutual hebrea -Verbitsky jamás lo fue, y sería bueno saber por qué- no pueden verlos, y menos tomar notas, para no hablar de fotocopias). La apertura de los archivos no existe. Ergo: Verbitsky es un mentiroso.

Entrado de lleno en el tema principal, Verbitsky asegura que Nudler no fue censurado sino que, enfermo de cáncer de pulmón y con metástasis en los huesos “decidió incurrir en una locura hamletiana y romper los códigos” en “un conmovedor grito de desesperación y despedida, que merece el mayor respeto”. Es decir, lo da por prácticamente muerto.
Hay que ser canalla (Ojalá Nudler viva muchos años y su presencia se lo recuerde noche y dia).

Verbitsky se bate en defensa del padrino (cuando menos, del diario) Fernández e incluso de Moroni (“Miembros del Club de Cultura Socialista recibieron el testimonio de un abogado de seguros. ‘Conozco como vive Moroni y sus medios de fortuna. Estoy seguro de que no es corrupto’”, llega a escribir, luego de exigirle precisiones a Nudler de y calificar a su nota como “de escaso sustento”).

También le da la palabra al ministro Fernández que asegura que lejos de haber acordado pagar deudas inexistentes del Instituto Nacional de Reaseguros (INDeR) a las compañías aseguradoras por centenares de millones de dólares, tal como asegura Nudler “fui yo (…) quien redujo las obligaciones del Estado en 500 millones de pesos”.
Si fuera así ¿por qué no Fernández no respondió y se mantuvo en silencio durante tres semanas? ¿Habrá que darle una medalla?.

“Nunca supe si la contradictoria senda de Verbitsky proviene de una personalidad aviesa o de una intención politica premeditada”, dice, se diuría que todavía perplejo, Gorriarán Merlo, quien sin embargo adelanta estar seguro de que HV “aparenta lo que no es”.

Lo que queda claro es que hay dos planos. En uno, el de la ética, entre Nudler por una parte y Tiffemberg y Verbitsky por la otra, hay una distancia enorme. Y cada cual sabrá de qué lado se pone (por lo pronto, hacen bien quienes exigen garantías de que Claudia Selser y otros miembros de PERIODISTAS críticos de aquellos no sufran represalias en sus lugares de trabajo).

En otro plano, aunque malvado, Verbitsky es un cuadro político que está muy por encima de la mayoría de sus detractores. Digo, de los exangües defensores de una “libertad de prensa” que jamás ha existido. No entiendo la razón por la que siendo el más dotado de los periodistas argentinos, no se conformó con ser el número 1 del oficio.

Quizá tenga razón Kirchner quien, según sostuvo Gustavo Béliz, lo considera «un enfermo». Quizá esté más enfermo en muchos sentidos de lo que lo está, lamentablemente, Julio Nudler.

Conclusión provisoria I: ¡Qué difícil se ha vuelto ser buena persona, ejercer el periodismo y apoyar o cuando menos no sabotear la causa de la patria y del pueblo!

Conclusión provisoria II: No hay que dejarse extorsionar. ¿Qué códigos habría que respetar con quienes se consideran a si mismos por encima de cualquier ley?

Notas

– 1) Aclaro que en su lugar yo también la hubiera aceptado, y con entusiasmo: el MTP era una organización amplísima como demostró su periódico Entre Todos, dirigido por Carlos “Quito” Burgos, donde escribían Menem y Verbitsky… y donde yo, que era corresponsal del Mate Amargo -órgano del MLN Tupamaros- no escribía… porque me parecía insípida.

– 2) No se trata sólo de que Verbitskyse ciscó en lo acordado y «Gorriaran, La Tablada y ‘las guerras de inteligencia’…» fue ninguneado y su aparición silenciada por orden de la dirección de Página. Se de que yo mismo fui proscripto, puesto que lo mismo sucedió y siguió sucediendo con mis libros posteriores: «AMIA. El Atentado. Quienes son los autores y por qué no están presos» y «Ultramar sur. La última operación secreta del Tercer Reich».
En el caso de «AMIA…», producto de una investigación de tres años financiada por la propia mutual hebrea agredida, la dirección de Página le impidió a Tomás Eloy Martínez, director del suplemento «Primer Plano» y a quien era entonces su segunda y es hoy su esposa, Gabriela Esquivada (a quienes pongo por testigos), publicar una reseña en el suplemento «Primer Plano». Y en el caso del segundo, un periodista necio e infatuado del suplemento «Radar» se refirió despectivamente a «Ultramar…» sin siquiera mencionar su título… aunque si a mi y Carlos De Nápoli (nos comparó con Fabio Zerpa, y a los submarinos alemanes que demostramos que vinieron después de la guerra, con improbables ovnis) pero, a pesar de mi insistencia, Martín Granovsky nos negó el derecho a réplica.

(*) Juan Salinas es periodista de investigación, trabajó para El Porteño y el Diario Nuevo Sur, entre otros. Además publicó Gorriaran, La Tablada y Las Guerras De Inteligencia En América Latina -junto a Julio Villalonga- (Editorial Magin); Amia El Atentado (Editorial Planeta), Ultramar Sur -junto a Carlos De Napoli- (Editorial NORMA).

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