Codicia

Dicen que, entre otros graves defectos del carácter de los humanos, Dios o los dioses, castigan la codicia. Vaya uno a saber si es verdad, pero no cabe duda de que hasta el más descreído vacila en su escepticismo ante la violenta caída de los precios de los commodities.

Fuera de consideraciones de gran importancia económica, como que ninguna persona ni ningún país pueden cifrar sus esperanzas de progreso en la producción de bienes cuyos precios los ponen los compradores, hay en esta caída una importante enseñanza moral que, como nunca ha sido de otra manera, pasará completamente desapercibida a la comunidad nacional.

Hace algunos meses, por medio de sus dirigentes gremiales y sus elementos más activos, los medianos y grandes productores agropecuarios se alzaron airadamente contra una resolución del Ejecutivo, la 125, que establecía la disminución de las retenciones a la exportación de maíz y trigo, incrementaba la de soja y disponía la movilidad de todas, de manera tal que a mayor precio internacional el porcentaje de retenciones sería mayor. De igual manera, ese porcentaje se reduciría si el precio bajaba.

Los productores y sus lenguaraces intentaron presentar (y lo consiguieron) esta prudente medida como una apropiación indebida del Estado, afirmación descabellada que no resiste el menor análisis de cualquiera con un mínimo sentido común: si el precio internacional se mantenía inalterado, de igual manera no se alterarían las retenciones a la exportación.

Es evidente que la codicia ciega, pues nadie, absolutamente ninguno de los interesados, supuso que los precios internacionales de granos pudieran bajar, y seguro de que valdrían más, querían quedarse con toda la torta, para decirlo mal y pronto.

Fue así que con la entusiasta participación de la estupidez ambiente, la venalidad periodística, la irresponsabilidad de políticos opositores, el oportunismo de varios Lázaros del oficialismo –del estilo de Juan Schiaretti, Jorge Busti, o Felipe Solá– que aun resucitados siguen hediendo bastante, la tremenda ceguera de la seudoizquierda parlamentaria y los mediocres devaneos de turbios personajes de estremecedora trivialidad, como es el caso del Excelentísimo Señor Vicepresidente de la Nación, la resolución 125 no consiguió la aprobación parlamentaria.

Pasa que Dios existe, o al menos existen ciertas fuerzas divinas que lanzan sus rayos vindicativos sobre la ambición, la codicia, la corrupción y la estupidez humanas. Y así, algún dios actual derribó los precios internacionales de los commodities para enseñanza de los codiciosos: esos productores agropecuarios que festejaban la anulación de la resolución 125 pagan hoy retenciones un veinte por ciento superiores a las que pagarían 125 mediante.

En este marco, suena ciertamente injusto que todos los damnificados por la victoria ruralista tengamos que financiar la ayuda a los productores afectados por las sequías y los distintos auxilios que el resto de ellos ahora reclaman y pronto rogarán.

Pero como dijera uno, contra la estupidez no la tallan ni los mismísimos dioses.

Una extraña histeria agita hoy a otra clase de codiciosos. “Que Cristina no se quede con mis aportes” , reza un blog de una página de internet en la que, con estupor, uno ha visto el nombre de algún amigo.

Causa gracia eso de ver a una mandataria constitucional de un gobierno mucho más parlamentario que presidencialista convertida en la bruja del cuento, en una horrenda arpía inclinada a fabricarse un abrigo con las pieles de los aportantes a las AFJP. Y causaría mucha más gracia, si uno no viviera en este país, padeciendo sus vicisitudes y sufriendo las consecuencias de las desafortunadas decisiones colectivas, el espectáculo que dan estos seguros náufragos del sistema financiero protestando indignados ante la llegada de los socorristas.

La carcajada se interrumpe, la sonrisa desaparece, apenas uno advierte que son los fondos que uno ha aportado al sistema público los que se utilizan para auxiliar a esa porción de codiciosos, que a su vicio suman el de la avaricia y el de la ingratitud: de un total de 445 mil, más de 300 mil jubilados por el sistema de jubilación privado deben recibir en la actualidad alguna clase de asistencia del sistema público para llegar al haber mínimo. De esta cantidad, son 33 mil los que ya no tienen en su fondo de AFJP ni un solo peso, debiendo recibir la totalidad de su haber mínimo del sistema público. Pero esto no quedará ahí: debido a la crisis financiera global la cotización de los fondos acumulados por los aportantes al sistema privado sufrieron una disminución de entre el 15 y el 18 por ciento, estimándose que esa caída será aun mayor en los próximos meses, de manera que será mayor también el número de jubilados por el sistema privado que recibirá la ayuda del sistema público. Hoy son 4 mil millones de pesos los que se retiran del Anses, donde hacemos y hemos hecho los aportes quienes no solemos comprar buzones incentivados por la avaricia, para auxilio de los codiciosos y desagradecidos avaros.

Sí, hay un dios, el que derrumbó el sistema especulativo internacional. Un dios de la venganza, del castigo, pero no es el ausente Dios de la bondad y de la justicia: la corrupción, la ambición, la codicia reciben su justo castigo. A la vez, la rectitud, la solidaridad, la moderación y la bondad no son retribuidas por las divinidades de los cielos. Debería ser materia de los humanos si no premiarlas, por lo menos protegerlas.

Así, en tren de justicia, de protección a la moderación y la rectitud ¿por qué los fondos del Anses, que se componen de los aportes de quienes no quisimos ni queremos ser ricos ni privilegiados, se usan para auxiliar a quienes no mostraron ni una cosa ni la otra y optaron por los privilegios y las ventajas individuales desentendiéndose del bien público?

El poder judicial debería tomar cartas en el asunto, a fin de procurar un poco más de equilibrio en esta desquiciada sociedad, motivo por el cual ZOOM propone comenzar a recolectar firmas a fin de presentar un recurso de amparo preventivo en nombre de los aportantes al sistema público para que nuestros aportes no sean utilizados para auxiliar a los aportantes del sistema privado.

¡Que Cristina no se quede con mis fondos en el Anses para ayudar a los codiciosos!

Que reciban su debido castigo. Al fin de cuentas, se estarán cocinando en su propia salsa.

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