Cleopatra, la reina del twist

Historias reales que son de no creer.

Por razones que no nos ha sido dado comprender, las vidas de ciertas personas tienen la propiedad de desatar la imaginación ajena, hasta el extremo de acabar siendo dotadas de atributos que no poseen, propósitos que no abrigan y deseos que jamás experimentaron. Cleopatra, reina de Egipto, es un buen ejemplo de ese mecanismo de recreación fantástica.

Los que dicen que soy fea no me han visto en camisón

Sin llegar a la desmesura alucinada del cineasta César B. de Mille –capaz de meter a una ya decadente y pechugona Elizabeth Taylor en una tina de baño con una imposible esponja sintética– Cleopatra inspiró a diversos artistas, bajo la silueta de Vivian Leigh provocó las poluciones nocturnas de adolescentes de varias generaciones, y sedujo a dos de los hombres más prominentes de su época, arrastrando a uno de ellos a la perdición y el suicidio.

Curiosamente, a juzgar por las monedas y piezas escultóricas reunidas por el Museo Británico, no se trataba de una mujer bella. “Bajita, pasada de kilos y más bien fea”, comentó visiblemente decepcionado un reportero del Sunday Times luego de visitar la muestra. Esta despectiva descripción, en la que no pocos adivinaron una prueba de la proverbial perfidia británica, puso en pie de guerra a los científicos egipcios que, indignados ante el menoscabo a su sex symbol nacional, sospecharon de la autenticidad de las esculturas exhibidas.

El arqueólogo Zahi Hawwas, director de Antigüedades de la región de Guizeh, sostuvo que los grabados del templo de Dendera, en Qena, que representan a Cleopatra y a su hijo Cesarión, prueban la belleza y el encanto de la reina. “Las mismas características pueden verse en la estatua que se encuentra en el museo de San José de California», destacó el académico, y concluyó: “¿De haber sido fea, cómo explicar que Julio César y Marco Antonio se enamoraran sucesivamente de ella?”

Sería posible responderle al excitado Hawwas que tanto Julio César como Antonio eran romanos, hijos de una civilización que destacó por su extraordinaria capacidad para la depravación, la procacidad y el mal gusto, pero hacerlo equivaldría a quedar atrapados en la clase de polémica inútil que tanto apasiona a los hombres de ciencia: si hay un refrán popular sabio es el que dice que sobre gustos no hay nada escrito, que siempre habrá un roto para un descosido y que a cada chancha le llega su Richard Burton.

Como sea, petisa y gorda según los egiptólogos y periodistas ingleses, despampanante a lo Sofía Loren, absurda en la visión borderline de Elizabeth Taylor o exquisitamente sensual como Vivian Leigh, la débil y casi inerme reina de un imperio inexistente tuvo bajo sus pies, asidos de donde se le antojara, a los dos hombres más poderosos de Roma.

La abuela, la hija y la manta que las cobija

Cleopatra, era la séptima de una saga de Cleopatras que se había iniciado con la hermana de Alejandro Magno, la reina de Epiro. Fue justamente por medio de Alejandro que nace, algo indirectamente hemos de reconocer, la dinastía Tolemaica, de la que la Cleopatra que nos ocupa será la última exponente. Se trató de una familia macedonia fundada por Tolomeo, un general que a la muerte de Alejandro fue nombrado sátrapa –harían falta unos cuantos sátrapas para que el adjetivo dejara de ser sinónimo de gobernador– de Egipto y Libia. Casi de inmediato, Tolomeo estableció la independencia de su satrapía y en el año 305 a.C. se autoproclamó Faraón, adoptando –con una asombrosa falta de originalidad que heredarían sus sucesores– el nombre de Tolomeo I.

Los guerreros macedonios descollaron siempre por su tosquedad y propensión a irse a las manos y Tolomeo I no fue una excepción. Sin embargo, no estaba librado a sus rústicos instintos montañeses: había llevado consigo a su amiguita, la bella y sofisticada Thais.

A diferencia de la santa homónima de Alejandría –que siglos después tendría la desdicha de toparse con el abad Pafnucio–, la amiguita de Tolomeo era ateniense. Y, en esto sí igual a la santa, puta de oficio, aunque de alto vuelo.

Quiso la suerte que en el camino de esta hetaira del Ática no se cruzara ningún gazmoño sacerdote, sino el joven, atractivo y entusiasta Alejandro, propenso a los excesos etílicos, sexuales y bélicos que lo inmortalizarían con el apelativo de “Magno”. La hetaira se sumó a sus huestes y como compañera de cama del general en jefe atravesó medio continente asiático hasta llegar a la India, luego de incontables batallas y más numerosas orgías. Según relatarían –de oídas– Diodoro de Sicilia y Plutarco, en una de las bacanales celebrada en el palacio de Darío luego de la conquista de Persia, Thais incitó al alcoholizado Alejandro a prender fuego a Persépolis, la magnífica capital del imperio persa.

La destrucción de Persépolis fue un acto repudiable y, según Plutarco, no bien se le pasó la borrachera, avergonzó tanto a Alejandro que lo indujo a deshacerse de Thais. Cierto o no, el caso es que en ese momento, o en algún otro, el hiperkinético Alejandro se aburrió de la puta ateniense, obsequiándosela a su general Tolomeo.

Probablemente, en esta cesión Thais haya visto encenderse la lucecita roja que indicaba el inicio de su decadencia física y social, aunque bien puede ser que en el tumulto no haya advertido el cambio, al menos en un primer momento, o que no lo considerara definitivo, habida cuenta de que en esos menesteres Alejandro mostraba una filantropía y una liberalidad casi irritantes.

Mas allá de las difamaciones de Plutarco y Diodoro, que nos la pintan como una arpía manipuladora, ávida de venganza, Thais mostró con el tiempo el suficiente tacto como para convertirse en la compañera inseparable de Tolomeo, primera reina de la dinastía, impulsora de las artes, la administración y las finanzas, creadora de la famosa biblioteca de Alejandría y remota abuela de Cleopatra, a quien parece haber legado varios rasgos de su personalidad.

Analfas y snobs en el mundo antiguo

Una de las peculiares conductas de nuevo rico que había mostrado Alejandro fue la de adoptar las modas, costumbres y hasta ritos de los diversos pueblos que iba conquistando. Los macedonios eran pastores, de insignificante tradición cultural, aunque de la mano de Aristóteles y otros filósofos y artistas, Alejandro había alcanzado a comprender el nivel de su propia ignorancia, una cualidad extraordinaria en un gobernante. Lejos de ver el mal en lo extraño o lo desconocido, de considerar pervertidos a los persas o lunáticos a los egipcios, sufrió un proceso de transculturación múltiple al que arrastró a su pueblo y a todo el oriente medio, iniciando el mamarracho político-cultural que lleva el nombre de “período helenístico”, y del que los Tolomeos fueron casi un paradigma.

Apenas instalados en Alejandría, sobre la desembocadura del Nilo, Thais y su amante se sumergieron en la cultura egipcia con pasión de ingleses, adoptando su religión como propia, aunque introduciendo importantes modificaciones en la administración del Estado, que tuvieron la virtud de prolongar el descontento popular durante casi 300 años y conservar, lozano, el resentimiento nacionalista contra los usurpadores macedonios.

Para la época del nacimiento de Cleopatra, en el 69 a.C, los tolomeos reinaban sobre un tembladeral que apenas si mostraba algún pálido reflejo del esplendor y poderío de los antiguos faraones. En la práctica, Egipto se había convertido en un protectorado romano y pagaba, con pesados tributos, la conservación de su apariencia independiente. Pero Roma era insaciable y en la primavera del 51 a.C., a la muerte de Tolomeo Auletes (“El flautista”), la desaparición de la dinastía estaba a la vuelta de la esquina.

Tolomeo Auletes dejó su trono a su hija Cleopatra y a su hijo, Tolomeo XIII, de apenas 12 años, quienes quedaron bajo la “protección” de Cneo Pompeyo Magno, el hombre fuerte de la república romana. De acuerdo a la tradición egipcia, para gobernar, Cleopatra y su hermano debían casarse entre sí, sin importar la edad del muchachito, ya que el himeneo sería una mera formalidad, aunque todo indica que siempre acababa por consumarse.

En opinión de algunos fanatizados críticos de los regímenes absolutistas, de ese carácter incestuoso de los faraones y de la realeza en general, derivan los signos de acusada estupidez que adornan las fisonomías de los monarcas contemporáneos, una especulación originada en razones políticas y morales más que en evidencias científicas.

Los tolomeos, que tantas costumbres egipcias habían adoptado, no iban a prescindir de la del incesto. Lo practicaron tan a conciencia que podría decirse que Cleopatra era –genética, racial, físicamente– más una matrona griega de pura cepa que esa exótica princesa egipcia que encendería la imaginación de generales romanos y productores de Hollywood.

Cabe puntualizar que si bien Cleopatra contrajo matrimonio con su hermano, sólo consumó su irregular unión con dos advenedizos plebeyos. Sus hijos jamás alcanzaron a ocupar efectivamente el trono y fue la última gobernante de la dinastía. Para algunos, esto constituye una prueba irrefutable de la sabiduría implícita en la costumbre del incesto.

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