Chile: Conflicto mapuche y construcción identitaria.

Por Tito Tricot *

El problema de la identidad mapuche no está exento de polémica, especialmente cuando se realiza una aproximación analítica desde el punto de vista de la relación histórica con el Estado chileno y desde la mirada de los propios mapuche. Ambas son dimensiones de la misma problemática, son distintas y cada cual posee sus propias especificidades, pero no pueden ser entendidas la una sin la otra en las últimas dos centurias

Tricot Analiza en este texto, los procesos actuales de construcción de identidad en el seno del pueblo mapuche y las demandas autonómicas, las reivindicaciones de carácter anticapitalista y la institucionalización de las demandas mapuche

Pareciera que la infinita lluvia sureña hubiese diluido en ráfagas de agua el denominado conflicto mapuche después del auge vivenciado en el último lustro. Sin embargo, ello es más aparente que real, aunque en la actualidad haya cambiado su forma, porque es indudable que dicho fenómeno posicionó de manera permanente la relevancia política de lo identitario.

El debate acerca del tema identitario siempre ha sido controversial y, quizás, no puede ser de otra manera, toda vez que la identidad constituye una construcción social y, por ende, dimana de lo cultural. Entonces, no solo emana sino que, simultáneamente, se difumina entre distintas y variadas perspectivas acorde a las disciplinas desde donde se analiza el problema y producto del componente subjetivo de la construcción cultural.

El problema de la identidad mapuche no está exento de polémica, especialmente cuando se realiza una aproximación analítica desde el punto de vista de la relación histórica con el Estado chileno y desde la mirada de los propios mapuche.

Ambas son dimensiones de la misma problemática, son distintas y cada cual posee sus propias especificidades, pero no pueden ser entendidas la una sin la otra en las últimas dos centurias. Es esta interrelación la que define un vínculo estructural entre lo chileno y lo mapuche que las clases dominantes chilenas buscan perpetuar y, por otro lado, sectores del movimiento mapuche buscan romper.

Está claro que los Estados-Nación latinoamericanos se constituyeron como tales en contra de los pueblos originarios y, en gran medida, en base a su devastación cultural y territorial. Chile, no es la excepción, por el contrario, el expansionismo chileno y el consiguiente arreduccionamiento del pueblo mapuche, se verificó a partir de mediados del siglo XIX y se cimentó en al menos tres pilares interrelacionados: lo cultural; lo económico, lo político y lo geopolítico.

Todo ello redundó en una profunda transformación de la cultura mapuche y de su identidad demostrando, al mismo tiempo, la capacidad del mapuche para generar los mecanismos necesarios para su reproducción como pueblo.

Es decir, cambiaron los parámetros espaciales y culturales para la representación simbólica de la realidad lo cual, indefectiblemente, cambió la forma y, en medida no menor, el contenido del proceso de construcción de la identidad mapuche.

Es que la identidad es esencialmente dinámica y no se materializa ni reproduce en un vacuum histórico o cultural, por el contrario, supone la relación con el entorno social, existe interacción e interdependencia entre identidad individual e identidad colectiva. Por lo mismo, la identidad mapuche no podía sustraerse a las nuevas condiciones impuestas por la usurpación territorial y la imposición cultural chilena.

Sin embargo, ello no presupone necesariamente el aniquilamiento como cultura, es decir, la destrucción de un sistema integrado con la capacidad de reproducirse a sí mismo, una totalidad que comprende elementos históricos, sociales, materiales y simbólicos, todo lo cual conlleva memoria, presente y, además, constituye precondición para el desarrollo de la producción cultural futura. La cultura,

Al igual que la identidad es un constructo social, siendo la identidad, a su vez, una conjugación de rasgos culturales que nos hacen diferentes en relación a otros. Tanto el proceso de construcción cultural como la constitución identitaria se dan predominantemente en un espacio concreto donde se verifican relaciones sociales: el territorio.

Este último también es construcción social. Y solo adquiere sentido a través del significado que le otorga el ser humano, por lo tanto, es bastante más complejo que su mera dimensión geográfica. Es, además, un espacio de dominación caracterizado por relaciones de poder.

Entonces, el Estado chileno, al ocupar militarmente el territorio mapuche a fines del siglo XIX, transformó violentamente el sistema de relaciones de poder existentes, imponiendo un nuevo sistema de dominación racista y reproductor del sistema capitalista.

En este marco, la interacción entre individuos y colectividades y entre éstos y el entorno natural se da en el espacio habitado ancestralmente por el pueblo mapuche, por su experiencia y memoria. Pero incluso ello es intervenido violentamente por el Estado y cultura chilenas, toda vez que la formación de alrededor de 3 mil reducciones mapuche ¿verdaderos campos de concentración? alteran la forma de apropiación del territorio por parte de los mapuche y su consecuente sentido de pertenencia.

De hecho, las actuales comunidades mapuche, muchas de ellas centros vitales de la lucha del pueblo mapuche por el reconocimiento de sus derechos como pueblo, tienen su origen en aquella intervención estatal. Todo lo anterior es fundamental para comprender los procesos actuales de construcción de identidad en el seno del pueblo mapuche y las demandas autonómicas por un lado, las reivindicaciones de carácter anticapitalista por otra y, también, la institucionalización de las demandas mapuche.

A ello debe adicionarse, por cierto, el sometimiento de importantes sectores mapuche a los valores, normas y patrones de comportamiento del discurso chileno dominante.

Es precisamente a través del discurso dominante que se ha ido articulando, desde el nacimiento de Chile como nación, el proceso de construcción identitario en oposición al proceso de construcción mapuche. Lucha desigual, sin duda, pero donde se ha demostrado la inmensa capacidad del pueblo mapuche por subsistir y reproducirse culturalmente en un claro marco de adversidad, permanente tensión y represión sistémica.

Es en este contexto que la arquitectura identitaria ha buscado las formas y los modos más efectivos para reproducirse, generando los instrumentos adecuados para preservar y proyectar la comunidad mapuche imaginada. En otras palabras, ante el genocidio impulsado por las clases dominantes chilenas se opuso la resistencia mapuche que fue no solamente armada hasta la derrota en 1883, sino que asumió características de etnoresistencia con posterioridad.

La mera existencia del mapuche hoy en día es testimonio de lo señalado, pero ello tampoco debe conducirnos al error de idealizar dicho proceso y pensar que aquella comunidad imaginada permaneció intacta o sin mácula cultural exógena alguna. Lo importante, sin embargo, es que el proceso de resistencia sembró la semilla para que en la última década se haya ido materializando un discurso que ha transcendido lo meramente identitario mapuche para articularse con un discurso y, en algunos casos, una praxis autonomista.

Tal discurso no es ni único ni acabado en términos de elaboración teórica, política o formas orgánicas de movilización, por el contrario, es diverso y multifacético y, además, objeto de las políticas represivas y de cooptación de la cultura nacional dominante agenciadas por el Estado chileno.

Políticas que mediante diversos mecanismos han intentado dividir y, eventualmente, desarticular al movimiento mapuche que había logrado consolidarse, no solo como un mero interlocutor válido ante el Estado chileno, sino que como actor político con la capacidad y la inteligencia para diseñar e imponer la agenda política en relación al tema indígena.

Ante el desafío planteado por las movilizaciones mapuche, por las recuperaciones de tierras usurpadas, por la elaboración y desarrollo del discurso autonomista, por el creciente grado de organización demostrado y por el apoyo a sus reivindicaciones tanto a nivel nacional como internacional, el Estado optó por una estrategia triforme: la focalización de la represión en la organización que consideraban más radical y fundamentalista: la Coordinadora Arauko-Malleko; la cooptación por intermedio de la negociación de otras organizaciones mapuche, tales como la Asociación Ñankucheu de Lumako, el Consejo de Todas las Tierras y la Identidad Territorial Lafkenche y, finalmente, la manipulación comunicacional a fin de erradicar de los principales medios el llamado conflicto mapuche.

Lamentablemente para el pueblo mapuche, dicha estrategia ha sido exitosa para el Estado chileno, estrategia que, por lo demás, constituye un continuum histórico, toda vez que el Estado, en menor o mayor grado y desde una posición de poder, siempre ha aceptado ciertas reivindicaciones mínimas de índole social, económica o cultural cuando ello no conlleve la aceptación de reivindicaciones políticas.

Su objetivo final siempre ha sido la asimilación e integración marginal del mapuche a la sociedad chilena dominante. Es bajo tales parámetros que la identidad mapuche se visualiza como una amenaza a la reproducción y perpetuación de la identidad y cultura dominantes, por lo tanto la reconstrucción del mundo mapuche propugnada por la Coordinadora es percibido como inaceptable para el Estado, especialmente si esto va acompañado de un discurso y praxis revolucionaria, anti-capitalista que la diferencia substantivamente de otras organizaciones mapuche.

Primordialmente, porque se plantea la apropiación y control territoriales como una forma específica de materializar la autodeterminación, irrespectivamente de la legalidad vigente, puesto que tan solo están recuperando tierras que históricamente les pertenecen.

Y es precisamente esta legalidad la que ha utilizado el Estado, mediante la aplicación de la Ley Anti-terrorista, para llevar a cabo una represión selectiva en contra de aquellos que, de acuerdo a su percepción de poder, amenazan la estabilidad, no solo de la cultura nacional, sino que del modelo económico de mercado, del Estado unitario y, eventualmente, del sistema capitalista, al menos en partes del territorio mapuche.

Por lo mismo, el gobierno no trepidó es recurrir a métodos usados por la dictadura militar para reprimir a una organización que se alzaba con una propuesta mapuche autonómica y anticapitalista y que, sin duda, había logrado posicionarse en el imaginario mapuche con las ideas de reconstrucción del pueblo-nación mapuche, de su identidad y el derecho a la autodeterminación.

Entonces, ante la posibilidad de fragmentación de la identidad nacional chilena, no hubo diferencia entre democracia y dictadura verificándose, una vez más, la tendencia histórica de un proceso de identificación por oposición de características hostiles. Lo chileno debía imponerse por la fuerza nuevamente a lo mapuche, no podía ni quería aceptar lo mapuche, es decir, el poder develó su esencia como fundamento de integración social, independientemente de los deseos, aspiraciones y derechos del pueblo mapuche.

El poder se manifestó como instrumento integrador de lo económico, lo político y lo social, privilegiando, en el caso concreto del conflicto mapuche, a los empresarios forestales por sobre las comunidades, a las empresas generadoras de electricidad por sobre la pervivencia cultural, a la modernidad, culturalmente homogeneizante, por sobre la diversidad.

De esta manera el conflicto mapuche se transformó en una lucha a muerte por la subsistencia de la cultura dominante que no estaba dispuesta a aceptar la existencia en el territorio que en la actualidad denominamos Chile de una organización que se planteaba y preparaba para una lucha de liberación nacional, puesto consideran que el origen del conflicto se remonta a la ocupación militar del territorio mapuche por parte de un poder extranjero.

Por lo tanto, no solo se trata de la justa y legitima recuperación de tierras, sino que, por sobretodo de la recuperación del territorio, aquel espacio habitado por la memoria, el presente y donde, además, se dibuja el futuro en la forma de un proyecto de nación, de un pueblo libre y soberano.

En este marco, la identidad mapuche asoma como elemento aglutinador del pueblo mapuche, elemento componente del movimiento por el cambio. La Coordinadora Arauko – Malleko no es, por supuesto, la única organización que plantea demandas autonómicas y de distintos niveles de autodeterminación, pero sí es la única que no considera al Estado como interlocutor válido; su propuesta está dirigida a las comunidades, al pueblo mapuche y no al Estado, empresarios forestales o agricultores.

Es decir, confía en sus propias fuerzas, rearticulando una identidad desdibujada en el tiempo por el proceso de aculturación, asimilación y represión. No buscan el reconocimiento chileno, pues ellos como pueblo, se reconocen a sí mismos, existen, se constituyen y reproducen en el autorespeto y la autoestima y no elaboran demandas hacia el Estado, sino que contra el Estado, reafirmando sus derechos sociales, económicos, culturales y políticos cual agrupaciones humanas originarias.

Porque las demandas mapuche no son recientes, son de larga data y se vinculan con la ocupación militar de su territorio tanto por hispanos como por chilenos, aunque hayan variado el contenido y las formas de éstas. Lo que no ha cambiado ostensiblemente son las estrategias adoptadas por el Estado para enfrentar dichas demandas, aunque el objetivo final siempre es el mismo: el aniquilamiento cultural del pueblo mapuche y su asimilación y sometimiento a la sociedad dominante.

En términos estrictamente políticos, se ha practicado desde tiempos inmemoriales la política de dividir para dominar, utilizando la cooptación por un lado y la represión por el otro. Es precisamente esto lo acaecido en los últimos años y lo que explica en parte la aparente mengua de la fuerza del movimiento mapuche actual.

Al iniciarse las primeras recuperaciones de tierras a comienzos de los noventa y con mayor fuerza, organización, participación comunitaria y grados de conciencia colectiva, a partir de 1997, el Estado optó por la militarización del territorio de las comunidades soliviantadas, golpeando, encarcelando, torturando y procesando a centenares de comuneros mapuche.

Dicha estrategia solo consiguió fortalecer aún más el proceso de etnoresistencia que no respondía a causas coyunturales, sino que venía larvándose y desarrollándose en el tiempo, de manera reflexiva e inteligente, nutriéndose de la experiencia, de la historia y, particularmente, de un importante recambio generacional en el seno del pueblo mapuche.

El Estado, entonces, implementó una política de acercamiento y diálogo selectivo con algunas organizaciones que, en la práctica, y más allá de su discurso, estuvieron dispuestas a negociar con éste. De esta manera, mientras se aplicaba la Ley Anti-Terrorista a la Coordinadora Arauko-Malleko, deteniendo y encarcelando a sus dirigentes, simultáneamente se invertían recursos limitados en resolver las demandas, principalmente económicas, de algunas comunidades cuyos dirigentes habían optado por el camino del dialogo.

De esta manera se fragmentó al movimiento mapuche y, especialmente, se debilitó su demanda nacionalitaria, resurgiendo con mayor fuerza la antigua practica de institucionalizar la demanda mapuche canalizándola a través del Estado que es, en definitiva el que define los parámetros de dicha demanda.

En otras palabras, el Estado decide lo que se discute y lo que se excluye de cualquier negociación. Y lo que se excluye son cualesquiera reivindicaciones de orden político y todas aquellas que atenten contra la propiedad privada, especialmente forestal, en territorio mapuche. Territorio que, en suma, es considerado chileno, indivisible e impenetrable para otros pueblos-nación, aunque éstos precedan a la nación chilena en habitarlo y producirse cultural y políticamente.

En este contexto, la demanda nacionalitaria mapuche ha cedido terreno a reivindicaciones autonómicas que implican un reconocimiento del Estado chileno y que solo aspiran a grados menores de control territorial dentro de un Estado plurietnico y pluricultural.

¿Pragmatismo o derrota? ¿Realismo político o capitulación? ¿Triunfo táctico y repliegue estratégico?

La respuesta a tales interrogantes es prerrogativa del propio pueblo mapuche y solo cabe señalar que el fortalecimiento de la identidad mapuche aparece como elemento central en la proyección de un movimiento que se ha constituido en la tensión y en la interpelación a un Estado que la niega, la reprime y la margina. Las causas del conflicto mapuche no han desaparecido, tampoco ha desaparecido el multifacético accionar de personas, comunidades y organizaciones que continúan construyendo su identidad en la adversidad.

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* Tito Tricot es sociólogo.

Universidad ARCIS, Valparaíso.

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