Cazadores de luces y de sombras

De la Redacción de ZOOM. Laura Giussani ha escrito un libro conmovedor que retrata una era del periodismo y la política, de las revueltas sociales y las revoluciones, de la militancia y también del terror. Un tiempo apasionado y vertiginoso, que merece memoria y reflexión. Con un estilo narrativo que no deja de lado la precisión de la crónica, relata el derrotero de dos periodistas, Ignacio Ezcurra y Enrique Walter, en el convulsionado mundo de los sesenta.

ZOOM en exclusiva ofrece un adelanto del libro.

Cazadores de luces de sombras. Ignacio Ezcurra y Enrique Walker: dos periodistas en tiempos de guerra, revueltas y revoluciones, de Laura Giussani, editado por Edhasa (2008), cuenta como, por un lado, Ignacio Ezcurra, enviado especial de La Nación en Saigón, desaparece sin dejar rastros en mayo de 1968. Por el otro, Enrique Walker, jefe de redacción de la revista Gente, parte tras sus huellas. En Vietnam sus destinos se cruzan, o mejor dicho, se relevan. Allí se desarrolla el drama, el telón de fondo en el que vida y muerte tomarán otros contornos.

A su regreso, Walker ya no será el mismo. Dejará Gente, fundará un semanario de izquierda, políticamente se radicalizará. El año 1968 había cambiado su destino,y ocho años después, en septiembre de 1976, será secuestrado por la dictadura, sin que sepa hasta hoy nada sobre su destino.

En Cazadores de luces y de sombras, los protagonistas se articulan natural y dramáticamente con los hechos de la historia.

Aquí, el adelanto exclusivo del libro.

Ultraje a la inocencia

Invierno del 76. Nunca las noches habían sido más oscuras y frías: escuchar un auto frenar bruscamente podía significar el fin, los músculos preparados para huir por las ventanas, saltar de terraza en terraza, correr escaleras abajo o arriba, imposible echarse a dormir sin un plan de fuga; el habitual sonido del ascensor significaba abrir un ojo y contar piso por piso cuál era su destino; noches sin una casa segura en donde quedar al reparo. Jamás el sol fue tan bienvenido, no porque la muerte no pudiera llegar a la luz del día, pero era más fácil entremezclarse con la multitud, sentir que el mundo continuaba con sus latidos; brindaba cierto sosiego observar a las mujeres camino a la feria, los chicos rumbo al colegios, los colectivos abarrotados.

Cuando el trajín de la ciudad cesaba, miles de siluetas indescifrables deambulaban en la oscuridad, permanecían en los bares hasta la madrugada y cuando bajaban las cortinas se confundían con las sombras; era en esos momentos cuando intercambiaban miradas cómplices con aquellos que mostraban huellas de cansancio; un grupo de adolescentes, parias de diversas calamidades -casas allanadas, padres secuestrados- habían descubierto edificios en los cuales era posible dormir en sus azoteas sin que nadie los observara, en silencio, inmóviles, con las ratas como única compañía aguardaban un nuevo sol; otros tomaban un tren o un colectivo y cabeceaban ida y vuelta hasta la terminal; con una pareja real o ficticia era posible pasar la noche en un hotel alojamiento sin miradas indiscretas.

Las primeras luces de la mañana no significaban otra cosa que haber vencido a la muerte por una noche más, empezaba una nueva jornada para husmear por las esquinas y averiguar quienes quedaban en pie; ni soñar con llorar a los caídos del día anterior, no había tiempo, se imponía superar esa mañana para caer en otra noche y abrir los ojos en una casa desconocida en donde se amontonaban miradas desconsoladas, colchones en el piso, suspiros retenidos.

En aquellas melancólicas madrugadas, muchos elegían partir. En las dársenas se amontonaban los familiares para despedir a los hijos de Europa que emprendían el regreso del viaje iniciado por sus abuelos; otros cruzaban las fronteras a pie o en ómnibus baratos; los más afortunados viajaban en avión hacia inciertos destinos. Y estaban los que resistían y afrontaban cada amanecer con igual temple, convencidos que no debían abandonar la partida. Entre ellos, Enrique Walker, Jarito, el inglés.

Entretanto, la ciudad se empecinaba en seguir con su rutina. Nadie hablaba de lo que sucedía, los más se mostraban satisfechos porque pensaban que gracias al golpe militar ya no verían deambular por las calles los atemorizadores autos con cuatro matones dentro o que no aparecerían más cadáveres incinerados en las esquinas ni cuerpos colgados como reces en algún camión frigorífico, las tres A -organización paramilitar al servicio del gobierno peronista que perseguía militantes revolucionarios o simples simpatizantes de algún cambio- solían estremecer la quietud con escenas de ese tipo, dignas de una película de terror. Tampoco escucharían el tronar de bombas o redoblantes ni el tráfico se vería impedido por manifestaciones de ningún tipo.

El silencio se adueñó de las plazas y muchos suspiraron aliviados. En medio del gentío que se empeñaba en callar y seguir con su camino de todos los días, estaban aquellos que habían soñado un mundo distinto, crédulos de encontrarlo a la vuelta de alguna esquina, fantasmagóricas figuras que intentaban en vano pasar inadvertidas. Unos y otros, los satisfechos y los perseguidos, se movían en dos dimensiones sin aparentes puntos de contacto, aunque a veces se encontraban de manera insospechada, como la tarde en que Jarito se cruzó con Angel Guastella, su maestro de rugby. Se alegró al verlo y más aún se alegró al notar su sonrisa. Siempre mantuvo una relación con él, incluso en el 74 había retomado la práctica deportiva en un equipo de veteranos.

Para no quedar demasiado a la vista eligieron un restaurante tranquilo para compartir una buena comida. Guastella no pedía explicaciones ni quería saber qué es lo que hacía su antiguo discípulo, sabía que Jarito estaba jugando en serio, sin ningún ánimo de ganancia, por el puro placer y convicción de hacerlo, respetando los códigos, demostrándose solidario y eficaz, sabía, en fin, que aplicaba los valores éticos que había inculcado al grupo. Y Walker también era conciente de que aquel que sentó las bases de su formación, no eran Marx ni Lenin ni Cooke ni Perón ni el Che, era Angel Guastella. En medio de la comida, con expresión aniñada a pesar de que los años ya se le notaban, el pelo empezaba a ser escaso, y una barriga asomaba insolente a través de su camisa, Jarito reconoció esa influencia: “Sos el único referente popular que tuve”.

Una mañana de julio, como todas las mañanas, Jarito hizo una llamada telefónica al número que le habían dado en la última reunión de ámbito para trabar contacto en caso de que las cosas se complicaran. Su compañera, Elena de Médici, había sido secuestrada y su responsable llevaba veinte días sin llamar al control. El control era un número de teléfono al cual había que reportarse a diario, si alguien no lo hacía era señal de que había sido secuestrado y era necesario tomar las medidas de seguridad correspondientes: dejar de ir a los lugares que la persona desaparecida podía conocer. Jarito vagaba sin destino a la espera de que alguien lo citara a una reunión para conversar los pasos a seguir.

Día tras día hablaba con una voz desconocida, una anónima mensajería que había sido contratada para comunicarse en código con los participantes de la organización. La respuesta siempre era la misma: “No señor, no tenemos ningún mensaje por el momento”. Pero aquella mañana fue distinta, entusiasmada, la mensajera le comunicó que le habían dejado una cita. Era su responsable que reaparecía. El mundo seguía andando, por fin lograba comunicarse con alguien, esa tarde podría saber qué había ocurrido con todo su grupo. Colgó el teléfono satisfecho y nervioso. Se encaminó hasta una de las pocas casas que todavía no habían caído, lugar a donde iba casi todas las tardes para compartir novedades y buscar un poco de ternura.

Liliana lo vio llegar y notó una mirada diferente. Los últimos tiempos Jarito encontraba en ella un hombro sobre el cual apoyarse para sentirse menos solo, intercambiar noticias, recobrar el ánimo. El inglés andaba por el mundo con un aire melancólico que disimulaba detrás de actitudes decididas, no quería bajar los brazos aunque la pérdida de Elena era un golpe difícil de asimilar. Pero esta vez sus ojos habían recuperado algún brillo. Entró al viejo caserón en donde se acumulaban colchones improvisados, tazas sin lavar, ropa desparramada por los rincones, siluetas que pasaban inadvertidas y caras siempre diversas.

Tomó a Liliana del hombro y fueron hasta la cocina para hablar con mayor libertad. Mientras revolvía un café espeso le contó que finalmente su responsable le había dado una cita para esa tarde. “Jarito, es una locura, hace muchos días que no daba noticias, puede estar secuestrado, eso es una ratonera”.

El asentía con la cabeza, sí, era un riesgo, por eso estaba allí, quería ir preparado. Preguntó si tenían algún arma, estaba decidido a correr el riesgo pero no a entregarse. Durante más de una hora Liliana intentó disuadirlo, además no había armas en aquel aguantadero de parias tan parias como él. No importaba, iría igual, tendría cuidado. La dejó con un beso en la mejilla y le dijo que no se preocupara, sería prudente, era conciente de que podía ser una trampa pero también podía ocurrir que el compañero hubiese tenido problemas y necesitaba saberlo.

El sol caía, las primeras lucen empezaban a encenderse, las vidrieras se iluminaba brindando a la ciudad aires de navidad. Tenía algo festivo el anochecer en Buenos Aires, con su tráfico intenso, luces rojas y amarillas, colectivos coloridos que abrigaban con su tibia luz colorada y una dulzona melodía de boleros; bares con carteles de neón anunciando chocolate con churros; gorros y bufandas de colores; pasos rápidos y agitados; hojas levantadas por el viento, cielo estrellado, edificios en los que cada ventana proponía un color diferente, y podía intuirse la historia de sus habitantes. Jarito sentado en la ventanilla de un colectivo adivinaba la vida que transcurría plácida detrás de los vidrios empañados de vapor.

La cita era en el cine Moreno, Rivadavia al 3.500. Antes de bajar del colectivo miró con atención hacia cada esquina. No percibió nada extraño, ni policías, ni uniformes. Bajó confiado, dio unos pasos y con naturalidad se acercó a la boletería y sacó una entrada para ver «Ultraje a la Inocencia» a las 19:30.

Inocente, entró Jarito al cine. A los pocos minutos las luces se encendieron. Todas las salidas fueron bloqueadas por hombres armados. El público intercambió miradas en busca de alguna razón. Walker permaneció un segundo inmóvil hasta que supo que lo habían identificado, un grupo se encaminó hacia él. Estaba perdido pero no iba a entregarse, decidió aplicar los consejos que había publicado en Nuevo Hombre cinco años atrás; se levantó, saltó por las butacas en una última y frenética carrera hasta alcanzar el escenario. El publico, petrificado, observó la escena: un hombre corpulento, rubio, que en el momento en que se acercaban una decena de hombres armados, gritó: «Soy Enrique Walker, periodista y Montonero” tuvo tiempo para decirlo dos veces y para agregar: “llamen a los diarios, me están secuestrando». Varios uniformados se abalanzaron sobre él, lo inmovilizaron con un par de culatazos y lo sacaron, encapuchado, a la rastra por el escenario.

Con clara síntesis periodística Jarito se definió en ese último mensaje, periodista y montonero, y consiguió convertir su secuestro en una noticia. En épocas en que era imposible informar sobre las desapariciones, salvo la buena voluntad de algún diario en publicar los habeas corpus, que para todos significaban «desaparecido», Walker tuvo el raro privilegio de contar con tres notas breves que informaban claramente de su secuestro.

El 18 de julio de 1976 el diario “La Nación” publicaba la noticia, sin confirmar el nombre: “Un hecho registrado ayer, por la tarde, en un cine del barrio de Caballito, causó alarma a los numerosos espectadores que se encontraban en su interior, y sorprendió a los transeúntes de la zona. A las 19:30 horas se detuvieron ante el cine Moreno, ubicado en Rivadavia al 5.050, dos vehículos, una furgoneta Ford de color blanco, chapa D-171622, y un automóvil Ford Falcon metalizado, de los que descendieron varios hombres que se dirigieron al boletero de la sala y, luego de identificarse como policías, le indicaron que hiciese encender las luces del local, donde en ese momento se proyectaba una película.

Una vez conseguido su objetivo, los hombres se dedicaron a buscar una persona entre los espectadores, la que muy pronto fue identificada. El hombre buscado intentó fugarse, pero fue reducido por sus perseguidores, quienes con armas de fuego lo obligaron a ascender a la furgoneta. Posteriormente, quienes habían intervenido en el procedimiento, subieron a los vehículos y abandonaron el lugar. El suceso fue denunciado en la Comisaría 12.”

Dos días después, el diario La Opinión, confirmaba que se trataba de Enrique Walker: “El diario Buenos Aires Herald identificó ayer como Enrique Walker a una persona secuestrada espectacularmente en la noche del sábado último, en una sala cinematográfica de Caballito por un grupo armado que obligó a los empleados del establecimiento a interrumpir la función y a encender las luces para llevar a cabo el operativo.

Luego, no se supo nada más de él. Sus familiares hicieron numerosas gestiones ante amigos y militares conocidos para obtener noticias de su destino. Generales de la Nación se negaron a interceder, otros, obtuvieron dinero a cambio de información que nunca aportaron. Nadie les dio respuesta. No se conocen hasta hoy testimonios que lo hayan visto con vida en algún centro clandestino de detención.

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