Corría en Buenos Aires el invierno de 1929. El país era gobernado por Hipólito Yrigoyen, quien, en esa época, instó en el Senado la aprobación de una ley para nacionalizar el petróleo. Y aún resultaba inimaginable que, 13 meses más tarde, su derrocamiento daría pie a la “Década Infame”.
Tal fue el contexto político de esta historia. Y su primera escena visible ocurrió durante el mediodía del 23 de julio en los Bosques de Palermo, cuando a un niño que jugaba al fútbol cerca del lago se le fue la pelota al agua. Acudió en su ayuda un placero que juntaba hojas caídas. Quiso el destino que su rastrillo se enganchara con un paquete de arpillera atado con alambre. En el interior del envoltorio había un torso humano.
Los médicos forenses determinaron que pertenecía a una mujer de entre 20 y 30 años, que medía alrededor de un metro setenta y que había muerto hacia no más de 48 horas. Pero aquella pieza no servía para determinar su identidad.
Semejante hallazgo causó en la prensa una ansiedad casi canina, mientras la Policía de la Capital, comandada por el comisario Eduardo Santiago, buscaba afanosamente el resto del cadáver.
Pocos días después, en otros sitios fueron encontradas las extremidades, pero no la cabeza ni las manos.
Este asunto coincidió con un espectáculo que convocaba multitudes en un teatro de la avenida Corrientes: “La Flor Azteca”. Se trataba de una cabeza decapitada que, en realidad, era de cera, la cual permanecía en una caja de vidrio y simulaba hablar mediante una ilusión visual articulada con un juego de luces y espejos. Tanto es así que el imaginario colectivo empezó a asociarla con los despojos en cuestión.
“¡Es el cuerpo de ‘La Flor Azteca’! Si total a ella no le sirve para nada”, solían bromear los porteños.
En tanto, los uniformados recorrían cada centímetro de la ciudad en busca de las piezas que le faltaban a ese acertijo de carne y hueso. Así, al cabo de unos días, las manos fueron localizadas en un pequeño canal que atravesaba una zona despoblada de Palermo. Y la cabeza estaba sumergida tras un muelle del Puerto Nuevo. Recién entonces, un examen dactiloscópico bastó para determinar que la finada se llamaba Virginia Donatelli, y que tenía 25 años.
Sin embargo, dado que su vida social había sido —diríase— profusa, no fue sencillo enfocar entre sus variadas amistades a un sospechoso en particular. De manera que la única clave para esclarecer este asesinato estaba en las bolsas de arpillera utilizadas por el victimario en su macabra repartija.
Eso, desde luego, sonaba a poco. Pero era lo que había. Y dio resultado al rastrillar todos los corralones de papas y verduras que había en la ciudad. Así se localizó el depósito buscado.
Su propietario, un tal Genaro Pipo, lo confirmaría:
—Hace algunos días —dijo, con tono casual— vino un tipo muy bien vestido que manejaba un Rugby 29. ¡Un cochazo! Pero tenía un problema con el motor. Y nos pidió alambre para repararlo, además de unas bolsas para no ensuciarse.
A continuación, los policías averiguaron que solo había seis automóviles de esa marca en Buenos Aires.
El comisario Santiago ya paladeaba su triunfo por anticipado.
Las partes de un crimen
Con una audacia gráfica hasta entonces nunca vista, la quinta edición del diario Crítica correspondiente al 28 de julio publicó en su tapa una fotografía de la cabeza cercenada al cadáver de la pobre Virginia.
Ello contribuyó a que, ese día, vendiera 750 mil ejemplares.
A uno de sus compradores se le heló la sangre al contemplar tal imagen, mientras esperaba que el canillita le entregara el vuelto.
Luego, con suma rapidez, caminó hacia el vehículo que había estacionado en doble fila. Era nada menos que un Rugby 29 (con patente 8110).
En paralelo, los sabuesos del comisario Santiago estaban enfrascados en la búsqueda de quienes eran los titulares de esos automóviles en Buenos Aires. Y así dieron con el ingeniero Francisco Balbín. Éste dijo que la única persona que conducía el suyo (con patente 8110) era su chofer, llamado Julio Bonini.
—Por él, yo pongo las manos en el fuego, señores –fueron sus palabras.
—¿Dónde está Bonini, ingeniero? –quiso saber un subinspector.
—Es raro –admitió Balbín, tras un silencio–. Ahora que me lo dice, hace varios días que no viene a trabajar.
En este punto, es necesario retroceder al verano de 1927, cuando Bonini acompañaba a su patrón en sus vacaciones marplatenses.
Allí se cruzó por primera vez con Virginia, quien disfrutaba de una breve estancia en la “Ciudad Feliz”. El flechazo entre ellos fue inmediato.
Ella, quien se ganaba el pan trabajando para señoras mayores como dama de compañía, intentaba consumar una vida sentimental sin ataduras.
Y él, quien a sus 33 años lucía una sonrisa gardeliana, intentaba consumar una vida sentimental intensa. ¡Vaya si lo logró!
Porque, ya en Buenos Aires, su romance con aquella mujer se superpuso al noviazgo que, desde hacía años, mantenía con María Luisa Moneta.
La gota que rebalsó el vaso fue que, semanas más tarde, Bonini se mudó con Virginia a un departamento de la calle Sánchez de Bustamante al 1600. Y, a la vez, seguía atendiendo a la buena de María Luisa. A tal efecto, fingía ante ella residir en la vivienda que su hermano, Luis, compartía, en Lacalle Paraguay al 3500, con su esposa, Graciana Lacoste.
Ellos, de mala gana, fueron sus cómplices en aquella impostura, aunque no veían con buenos ojos a la tercera en discordia.
¿Qué diablos aprisionaba al chofer a un modus vivendi tan difícil? Pues bien: la angurria del deseo, transmutada en una puja entre el alma y la piel.
Es que, si bien María Luisa significaba para ese sujeto el amor con (casi) todas sus letras, Virginia era para su propia epidermis la efusión del erotismo o —dicho en términos pragmáticos— la lujuria cotidiana al alcance de la mano. Un laberinto del cual le resultaba imposible huir.
Pero lo cierto es que este galán barrial tenía un corazón “otario”. Porque, en resumen, ese ejercicio deportivo de su masculinidad no le proporcionó más que jaquecas, dado que su existencia se había convertido en un infierno, debido a los brotes de celos, plagados de reproches y peleas, que María Luisa y Virginia le dedicaban, con justa razón, en turnos encadenados.
Sumergido en esa dinámica llegó el 20 de julio.
Bonini había llegado al mediodía al hogar en el que Virginia lo aguardaba sin su mejor talante. El propósito de él era almorzar.
Todo indica que las recriminaciones de ella lo sacaron de sus casillas. Y por toda respuesta, le aplicó un cachetazo (algo no muy mal visto en esa época).
Pero la mujer tuvo el tupé de devolvérselo. Y él, muy ofendido, empezó a zamarrearla con una violencia creciente.
En esa circunstancia, ella logró agarrar un cuchillo de cocina con la mano derecha, mientras que con la izquierda lo tomaba al chofer por la corbata.
Bonini, como en un relampagueo, manoteó el martillo que había sobre un aparador. Y el golpe que le aplicó a Virginia en el cráneo produjo, entonces, un silencio estruendoso; incluso, más ensordecedor que una explosión, mientras la víctima caía de bruces, como en cámara lenta. Y ya tendida sobre la alfombra, su cabeza recibió otros dos martillazos.
Por unos minutos, Bonini contempló, inmóvil, ese cuerpo ya sin vida. En ese lapso impreciso decidiría sus próximos pasos.
Entre aquel día y hasta la noche del siguiente, ofició de matarife, trozando ese cuerpo que tanto goce le había dado. No sin abastecerse —como ya se sabe— de arpilleras y alambres para embalar sus partes.
En eso estaba cuando, de pronto, sonó el timbre. Del otro lado de la puerta estaban Luis y Graciana.
Ellos, aunque sumergidos en el azoro, se solidarizaron con el asesino. Y, luego, fueron sus colaboradores en la distribución de esas bolsas en los lugares oportunamente descriptos.
El hermano, que trabajaba de colectivero en la línea 29, aportó la unidad a su cargo con tal propósito. Finalmente, el trío se fue a descansar al domicilio de la calle Paraguay. Bonini durmió como un bebé, convencido de que ninguna sombra acechaba sobre él.
Conservó tal certeza hasta el 28 de julio, cuando vio ese primer plano del rostro inerte de su víctima en la portada de Crítica.
El crimen de Virginia Donatelli ya estaba en boca de todos.
Recién entonces, tuvo un mal presentimiento. Y no se equivocaba.
La mano de Dios
¿Acaso es posible que la muerte de su rival en el campo del amor causara cierto beneplácito a María Luisa Moneta? ¿Acaso eso, además, habría descomprimido su rencor hacia Bonini?
De hecho, una patota de la División Homicidios, encabezada por su jefe, el comisario Roberto Barneda —a quien Santiago había sumado al caso—, arrestó al matador precisamente en el hogar de su novia oficial.
Eso sucedió el 5 de agosto.
El dato de su paradero lo obtuvo por boca, a regañadientes, de la cuñada Graciana, durante un “hábil interrogatorio”, según la expresión casi metafórica del parte policial difundido ese día entre la prensa.
Su vivienda fue el primer lugar allanado por la policía.
Cae de maduro que la situación de ella y la de su esposo, Luis, tampoco era fácil, ya que se encontraban tras las rejas, a disposición del juez instructor Alfredo Avellaneda Huergo, al igual que Bonini.
Al parecer, el interrogatorio a éste también fue muy “hábil”.
Tras negar 24 veces su autoría material del hecho —de acuerdo con el expediente—, la lengua se le aflojó, sin dejar ningún detalle en el tintero.
Así quedó esclarecido el primer “femicidio” mediático del siglo XX, pese a que dicho vocablo recién se convertiría en figura del Código Penal a partir de 2012, por lo que, hasta entonces, los asesinatos de esta índole solamente eran considerados como “crímenes pasionales”.
Pero no era esa la cuestión que concentraba la atención, más interesado en el descuartizamiento de la víctima, junto a la recurrencia del lago de los Bosques de Palermo en su rol de cementerio clandestino.
He aquí un caso testigo, sucedido 14 años antes: el asesinato del súbdito alemán, Augusto Conrado Schneider, en manos de su compatriota Miguel Ernst, quien lo descuartizó, antes de arrojarlo justamente a esas aguas.
El homicida terminó en la cárcel de Ushuaia, donde los otros presos lo llamaban “Serrucho”. En tanto, del ingenio popular nacía la siguiente copla que se entonaba con la melodía de la zarzuela La verbena de la paloma:
“¿Dónde vas con ese bulto apurado?
A los lagos lo voy a tirar
Es el cuerpo de Augusto Conrado
Al que acabo de descuartizar”.
Volviendo al caso de Virginia Donatelli, su asesino terminó condenado por “homicidio simple” a la pena máxima por este delito: 25 años de prisión. Y con la salvedad de que el descuartizamiento no fue considerado un agravante.
Por su parte, Luis y Graciana recibieron penas de cinco años por encubrir el hecho y colaborar con su autor en ocultarlo.
Mientras tanto, y como suele suceder en estos casos, Bonini descubrió en su largo encierro la palabra del “Altísimo”, y abrazó la fe católica con fervor, al punto de ser bautizado por monseñor Miguel de Andrea, quien solía enviarle ejemplares de la Biblia para repartir entre los reclusos. Este purpurado también celebró su boda con María Luisa, cuyo encono hacia él había desaparecido por completo. A tan emotiva ceremonia —efectuada en la capilla del penal— asistió, en calidad de padrino, el juez que lo había condenado.
Julio Bonini recuperó la libertad en 1953.
A partir de entonces, su rastro se perdió para siempre.
