Carrera hacia el infierno

Por José Vales, corresponsal de El Universal de México, gentileza para Causa Popular.-

Pocas veces, la crisis terminal de un país pequeño, amenaza con causar tantos efectos negativos a los países de la región como la boliviana. Todos tienen los ojos puestos aquí. Ninguna de las naciones con intereses en Bolivia ha hecho lo suficiente para parar la carrera desenfrenada hacia su autoinmolación como nación. Esto ya no es la visión de analistas y expertos sino el grito desesperado de un presidente saliente, Carlos Mesa, quien el martes en la noche, le pidió la renuncia al ambicioso y repudiado Hormando Vaca Diez. Mostró entonces la fuerza y firmeza que no trasmitió en sus casi 20 meses en el poder. Era sabido, como Presidente, Mesa fue un excelente analista, profesión de la que vivió hasta que ingresó a la política

Mesa no detalló sus responsabilidades en esta crisis. En eso coinciden los Congresistas de la vieja coalición de partidos tradicionales, Evo Morales -quien más allá de Roger Noriega, aparece como el más moderado de los dirigentes de la izquierda radicalizada- y los líderes sociales. Todos, juntos, avanzan hacia el abismo y cargan sobre sus hombros las culpas compartidas en esta excursión al precipicio.

El análisis de Mesa se cumplió. “Las bases de los movimientos sociales desbordaron a sus dirigentes” (como le ocurrió a Morales) y otros rebasaron el sentido común, tan necesario en la política cuando lo que esta en juego es, justamente, el país.

Es el caso de Vaca y del troskista “sui generis”, Jaime Solares de la COB o bien el de los ex presidentes Jaime Paz Zamora y Jorge “Tuto” Quiroga, quienes a pesar de su silencio no están ajenos a la ofensiva de Vaca hacía la presidencia contra la opinión de la mayoría de los bolivianos, incluso de los sectores más altos.

“Nosotros tenemos el visto bueno de Estados Unidos. En eso Evo no miente”, le decía a este corresponsal un asesor del Bloque de Senadores del MIR, de café diario con Hormando.

Sólo así, y con una alianza con las Fuerzas Armadas puede entenderse que Vaca haga oídos sordos al clamor popular.

Las presiones para que desista lo hicieron retroceder. Hasta el presidente de la Cámara de Diputados, Mario Cossio, lo había emplazado a decir que renunciaba si se garantizaba la llegada al Palacio Quemado de Eduardo Rodríguez, el presidente de la Corte.

Evo, amenazó con dar “guerra” en las calles y en el Congreso para evitarlo, pero Solares y los dirigentes de El Alto, los mismos que rechazaban las autonomías, vomitaron el Comando General Revolucionario, que desconoce “a las autoridades del Estado, para establecer un autogobierno”, según confió el propio Solares a El Universal.

El mismo que días pasados pidió a gritos un golpe de Estado.

¿A qué intereses responde este “revolucionario” que en el pasado trabajó a las órdenes del dictador Luis García Mesa, un general tan ligado a la CIA como en sus tiempo “cara de piña” Noriega?

¿A los mismos que Vaca?

¿A esos de las ansias secesionistas de Santa Cruz de la Sierra que empujan algunas multinacionales del petróleo ante la mirada expectante de Chile?

“Los planes para que este país se divida son viejos y muy grandes”, sostiene el analista más respetado de lo que hasta ahora sigue siendo Bolivia, Jorge Lazarte. Muchas son las preguntas que afloran, cómo por ejemplo, por qué los políticos no comprenden el espíritu y la cultura de esas decenas de miles de indígenas que por su Pachamama (“la madre tierra”) son capaces de recorrer más de 20 kilómetros sobre Los Andes cada día.

No es mucho lo que tienen para perder, salvo el hartazgo.

Son más los interrogantes del por qué tanta irracionalidad y una sola respuesta: Si no surge el milagro por el que la Iglesia pidió rezar, Bolivia quedara a las puertas del infierno.

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