Cabeza de turco

Es un lugar en el que podría estar recluido Osama bin Laden, con una guardia de seguridad externa armada hasta los dientes. Verlo en esta pequeña habitación de un módulo de la cárcel de máxima seguridad de Marcos Paz en el que se concentran asesinos seriales de la dictadura causa honda impresión. Acusado de «estrago doloso» al igual que los miembros de Callejeros, Emir Omar Chabán bien podría estar en libertad hasta la realización del juicio como ellos, y de hecho, la Cámara del Crímen lo determinó así. Pero en medio de una intensa presión mediática y de los más exaltados familiares de las víctimas, cinco meses después (que Chabán pasó mayoritariamente en la «jaula de oro» de una isla del Tigre) la hoy más que controvertida Cámara de Casación lo remitió nuevamente a Marcos Paz alegando que, de permanecer en libertad, bien podría fugarse, única razón por la que está ahora preso.

A los 55 años, y a pesar de la larga barba blanca que se ha dejado crecer, el aspecto de Omar Chabán sigue siendo juvenil porque se mantiene delgado y su piel mate luce tersa, quizá porque jamás fumó, no bebe alcohol ni gaseosas y ni siquiera come pan. Sin embargo, próximo a cumplir los dos años de encierro riguroso, sus pupilas castañas están opacadas, prisioneras de una insondable tristeza.

Como no se permite el ingreso a la cárcel con grabadores, el cronista ha de resumir a su leal saber y entender, auxiliado por unas pocas anotaciones, una conversación que se desarrolló a lo largo de hora y media.

Chabán no sólo se considera inocente, sino que también cree que fue su presencia y actitud en el lugar la que evitó que hubiera muchas más víctimas mortales. No sólo porque había advertido repetidamente a la concurrencia que debía abstenerse de utilizar elementos pirotécnicos si quería evitar una tragedia, e incluso obligado a Patricio Santos Fontanet, cantante de Callejeros, a hacer una advertencia similar, sino porque al aparecer tres muchachos con el torso desnudo que dispararon hacia el cielorraso bengalas de las llamadas «candelas», apagó el sonido.

Promediaba la ejecucíon del primer tema y el estruendo era ensordecedor. «Que cesara de golpe por completo hizo que la atención de todo el mundo se pusiera en esos muchachos y que comenzara a abrirse un círculo en torno de ellos, de modo que casi todo el mundo vio el momento en que comenzó a encenderse el revestimiento», por lo que se inició espontáneamente una salida que podría haberse completado en orden si no hubiera sido porque se apagó la luz.

Aun así, señala, en el lugar solo quedaron 27 cadáveres, mientras que las restantes 167 víctimas mortales fallecieron en los hospitales donde fueron internadas. «De hecho, el grueso de la concurrencia salió en no más de 6 minutos», puntualizó. Estimó seguidamente que quedaron atrapadas en el local no más de cien personas, lo que vuelve patente que varios de los que lograron salir por sus propios medios posteriormente fallecieron.

Chabán está indignado de que hasta ahora ni siquiera se haya identificado a esos muchachos que con esas «candelas» que superan holgadamente los mil grados centígrados lograron encender ese revestimiento que, puntualiza, se fabrica y comercializa en la Argentina bajo las marcas Fonac y Sonoflex, publicitándose como «ignífugo» con la venia del Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI). Ni a un cuarto que tiró una bengala que quedó colgada de la media sombra.

Ironiza que quizá la calificación de «ignífugo» para aquél material quizá no sea técnicamente incorrecta puesto que no produjo llama, sólo brasa, de la que se desprendieron los gases tóxicos que causaron la tragedia. Puntualiza al respecto que nadie murió quemado, sino por el efecto de esos gases, y que todavía hay discrepancias acerca de si su letalidad se debió a un contenido de ácido cianhídrico (cianuro), a monóxido de carbono, a la suspensión de micropartículas que habrían obturado físicamente los bronquios o a una conjunción de estos elementos.

Pero todavía está más escandalizado de que «el estado nacional le haya dado 38.000 pesos por muerto a José Iglesias», en referencia a la suma que le habría dado por intermedio del Ministerio del Interior por cada uno de los fallecidos a cuyos deudos representa dicho abogado, padre de uno de los muchachos muertos en la tragedia. Iglesias y señalado como lavador de dinero a gran escala en complicidad con el banquero Raúl Beraja por los perjudicados por la quiebra fraudulenta del Banco Mayo. José iglesias se ha convertido en «la bestia negra» de Chabán y en el máximo artífice de que la Cámara de Casación lo mantenga en prisión rigurosa desde hace casi dos años.

Hace tiempo que Chabán viene denunciado que el Estado, que, recuerda «también es objeto de investigación», en particular por la vidriosa actuación que le cupo a la Superintendencia de Bomberos de la Policía Federal, «está abonando con fondos del erario público» a los abogados de los familiares de las víctimas, que «la asistencia financiera» que les da a las querellas por mor del decreto 525/05 «viola ostensiblemente la garantía constitucional de igualdad ante la ley» al disponer el pago de mil pesos mensuales por fallecido», hasta tanbo haya una sentencia firme.

«El Estado paga para que se me persiga como criminal, sin ofrecerme la misma posibilidad para que pueda defenderme».
Desde su punto de vista, que la Nación subsidie a los abogados que lo acosan y la Ciudad le pague una mensualidad a los sobrevivientes, redunda objetivamente en una especie de conjura tendiente a convertirlo a él en el pato de la boda, el chivo emisario que permita cumplir la máxima del FBI de que en todo crímen o tragedia debe haber cuando menos un culpable.

El organizador de conciertos de rock le asigna una gran importancia al informe de Roberto Calderini, el titular de la Dirección General de Habilitaciones y Permisos de la ciudad que en 1997 habilitó el amplio local donde habría de funcionar «República Cromañón» (entonces destinado a la bailanta y llamado «El Reventón») como «local bailable clase C», considerando que el local contaba con una «puerta alternativa» que supuestamente se abría al alcanzar la temperatura los 68º.

Chabán destaca que según la habilitación esa «puerta alternativa» no era la que comunicaba el local con el hotel adyacente (que, explica, al igual que otras comunicaciones originalmente existentes en ambos espacios estaba clausurada desde años atrás en cumplimiento de las condiciones en que se concedió la habilitación, que denegó el pedido de considerar el local como un anexo del hotel, obligando a mantenerlos estancos) sino una extensión lateral del vano de la puerta principal, de unos seis metros, que se utilizaba por lo común para que pudieran ingresar vehículos a la amplia pista central, de modo de facilitar el armado y desarmado de escenarios, etc.

Hace una década, recuerda con una sonrisa irónica, el jefe del gobierno porteño era Fernando De la Rúa, y Calderini y los dos inspectores recientemente sobreseídos por prescripción de la causa dependían del actual legislador macrista Jorge Enríquez, que descolló como acuador del destituído sucesor de De la Rúa, Aníbal Ibarra.

La entrevista finaliza abruptamente cuando Chabán se está refiriendo a las «bengalas de Júpiter» y otros elementos pirotécnicos que ya habían causado problemas en el anterior recital de Callejeros, celebrado en la cancha de Excursionistas, en el Bajo Belgrano al que le cantó Spinetta, el mismo vate que escribió una canción exquisita, La bengala perdida, cuando en 1983 una bengala marina arrojada por la hinchada de Boca en la Bombonera cruzó toda la cancha y mató a un hincha de Racing.

Quien se quede con las ganas de enterarse qué impactos generó la pirotecnia asesina entre los propios seguidores de Callejeros, puede visitar un sitio de internet llamado El Acople, y particularmente la página http://www.elacople.com/noticias.php?search=2807

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