Bolivia: los movimientos sociales ante el Dilema de Pizarro.

En Bolivia hoy, los movimientos sociales y el gobierno se enfrentan ante el dilema de Pizarro. Entender en qué consiste este dilema es desnudar qué representa la propuesta de los autonomistas de última hora encarnada por los comités cívicos del oriente y la derecha política representada por PODEMOS y UN ¿Qué significado tiene históricamente el autonomismo departamental? La respuesta simple y directa es, la continuidad histórica del un colonialismo que lleva 500 años. Su yapita pues.

Pactos coloniales

El pacto colonial, durante los siglos del colonialismo español, fue la asociación de intereses entre las monarquías ibéricas y los “doctores” de Chuquisaca, que a decir de Zabaleta eran “un producto suntuario que financiaba Potosí”, porque además de gozar las ventajas del monopolio comercial, ocupaban los principales cargos públicos y religiosos, ambos -españoles y criollos- disfrutaban del trabajo de los “indios”. Estos vínculos son los que generan el pacto de las elites criollas y españolas.

Nuestra independencia formal de España será fruto de un hecho continental: el ejército de Bolivar. Tras la lucha de los guerrilleros de más de quince años por la independencia, los “doctores” son lo que administrarán la República. Se puede aplicar a Chuquisaca, la visión de Alberdi de Buenos Aires respecto a la Argentina: que la revolución de Mayo se hizo en beneficio de Buenos aires que asumió el papel de metrópoli y las provincias quedaron sometidas a su poder. Lo mismo que Bolivia respecto a Chuquisaca y los “doctores” (en realidad, de lo que se habla de los dueños de las minas de plata y los hacendados).Una revolución meramente política y administrativa que removió del gobierno a la burocracia española e instauró en él a la burocracia criolla. El gobierno absoluto se concentró en Sucre.

El fracaso del proyecto bolivariano se explica no porque Inglaterra -potencia emergente, estuviera interesada en hacer fracasar la unidad continental, sino porque estuvo ausente la voluntad nacional y popular de las elites criollas, a lo que contribuyo la ausencia de una presencia autónoma de las masas populares. La ruptura del monopolio colonial ibérico se impone entonces como una necesidad, desencadenando el proceso de independencia política, cuyo ciclo termina durante el primer cuarto de siglo con la independencia de Bolivia.

El nuevo pacto neocolonial (dependencia capitalista) es con Inglaterra . Los ingleses no necesitaban entrar a Bolivia como guerreros conquistadores, les bastaba hacerlo como mercaderes. Por medio de este pacto La burocracia criolla, acostumbrada a vivir del trabajo de los “indios” que de vasallos del rey fueron transformados en pongos de las haciendas, pudo seguir regodeándose del parasitismo producido por las riquezas de la plata y los frutos de la hacienda, hasta que con Arce y Montes, en pleno auge del imperialismo, se asocian directamente al capitalismo anglo-chileno convirtiéndose en sus proveedores y sirvientes, a costa claro, de la mutilación geográfica de nuestra patria.

El pacto neocolonial sintetizado en la dependencia de un solo mercado, la producción de materias primas poco diversificada y el monopolio de la explotación de trabajo barato.

Franz Tamayo escribió en 1910, en su libro, La creación de la pedagogía nacional: “Hay dos fuerzas que la historia ha puesto en América una en frente de otra: el blanco puro y el indio puro. Han chocado dos sangres”. Tal es el dilema plantea el autor y aludiendo a Pizarro, que en un primer momento de la historia de la conquista lo resolvió con la momentánea superioridad sobre el indio al que derrotó.

Luego, se pregunta a principios del siglo XX ¿Cómo explicar el odio racial y el desprecio aparente del blanco por el indio? Es el rencor -dice Tamayo- previo de quien se sabe condenado a claudicar y plegar un día ante el vencido de ayer. Concluye, a la segunda generación solo le quedaba el camino del mestizaje o perecer. Un dilema sin salida. El instrumento para esta revancha histórica de la nación oprimida, según Tamayo, es la formación de la conciencia nacional.

El fracaso de la revolución nacional

Luego, en los años treinta del siglo XX, con la Guerra del Chaco. Se repite la historia, los norteamericanos tampoco necesitaron entrar como conquistadores a Bolivia, les bastó promover una guerra, igual que a fines del siglo pasado, donde los intereses de capitalistas ingleses promovieron la guerra del Pacífico. Esta vez, los intereses de las petroleras norteamericanas e inglesas se dirimen con una guerra entre paraguayos y bolivianos. Sus pueblos, solo carne de cañón.

Nuestra historia a lo largo del siglo XX ha sido la renovación permanente de este pacto colonial con las metrópolis del turno: las clases dominantes en Bolivia con España primero, luego Inglaterra, hoy con Norteamérica. Los “doctores” de Chuquisaca en los primeros años de Bolivia “independiente”, luego, los mineros de la plata y los hacendados criollos; la oligarquía minero feudal en pleno siglo XX; después de la Revolución del ’52, los mineros medianos y los dueños de la tierra en el oriente boliviano, cuyo dominio será profundizado y consolidado con el neoliberalismo.

La revolución de 1952, instrumento político de esa conciencia nacional que proclamara Tamayo, fracasó y luego, los intentos de entronques con los que se pretendió reavivarlo, han sido inútiles para resolver el drama de la patria y el odio racial que subsiste. La conciencia nacional de la burguesía se tornó imposible y también fracaso el proyecto de capitalismo nacional. La aparente diversificación de nuestra producción (El petróleo, el gas, la soya, sumadas a las de la tradicional minería) no modifica sustancialmente nuestra dependencia del mercado capitalista mundial en nuestro papel de meros proveedores de materias primas.

Los beneficiarios de ese pacto también han sido los mismos, basta guiarnos por la genealogía de los apellidos. Los que hoy buscan renovar este pacto oligárquico colonial de apellidos croatas, alemanes, son nada más que la prolongación de esas casta señoriales que nuestra patria ha sufrido.

En 1952 a pocos días de la gesta de Abril obreros y campesinos con los fusiles al hombre desfilaban en la Paz. Ese fusil al hombro que habían conquistado con sangre, exclamando que ningún ejército arrasará ya ninguna huelga proletaria, porque el ejército de la rosca ya no existe. Cinco años después, un nuevo desfile de conmemoración de la revolución, miles de obreros armados portando carteles que decían “Rotas las cadenas de la opresión feudal, marchamos hacia el progreso”, “Revolución es progreso”.

La mística revolucionaria había sido cambiada por el mito del progreso y el desarrollo.

Zabaleta dio cuenta de este fracaso en ese lúcido ensayo “Bolivia: el desarrollo de la conciencia nacional” donde explica la frustración capitalista y el mito del desarrollo capitalista de Bolivia y apunta “no solo es posible el socialismo en Bolivia sino que Bolivia será imposible sin el socialismo; es una necesidad de su existencia, sin cuyo cumplimiento la nación no podrá ser efectivamente nación”.

Si Zabaleta analizó los errores y los aciertos de esa revolución y el porque, en su criterio, se había quedado a medio camino, dando paso a la contrarrevolución. La revolución cubana es la respuesta al problema del desarrollo nacional autónomo, Fidel Castro ante la asamblea de las naciones unidas en 1960 argumenta una simple verdad: “no hay independencia si no hay independencia económica, que la independencia política es una mentira, si no hay independencia económica”.

Ernesto Che Guevara escribirá en 1961, un ensayo en el que en el título se preguntaba: Cuba, ¿Excepción histórica o vanguardia en la lucha contra el colonialismo?, en él expondrá la encrucijada latinoamericana apelando a la metáfora de Pizarro: “Cuba ha hecho de nuevo la raya en la arena y se vuelve al dilema de Pizarro; de un lado, están los que quieren al pueblo, y del otro están los que lo odian y entre ellos, cada vez más determinada, la raya que divide indefectiblemente a las dos grandes fuerzas sociales: la burguesía y la clase trabajadora, que cada vez están definiendo con más claridad sus respectivas posiciones a medida que avanza el proceso de la Revolución cubana”.

Colonialismo del siglo XXI

El estatuto de autonomía del comité cívico cruceño hecho público el pasado 12 de Julio, es la frutilla del postre llamado autonomía departamental, expuesta simplonamente por el prefecto de Santa Cruz. Es el proyecto de la burguesía realmente existente en Bolivia: un nuevo pacto para prolongar nuestra dependencia de los capitales monopólicos ¿Qué se busca preservar?

Insistir en naturalizar la noción de “raza”, un componente central del coloniaje y el colonialismo interno subsistente, por la que una supuesta diferente estructura biológica que ubica a unos en una situación de inferioridad respecto a los otros (el colla frente al camba. Oriente respecto a occidente). Consolidar un desarrollo distorsionado de las regiones y de los sectores. Un desarrollo desigual no integrado; ciudades pujantes frente a regiones devastadas. Crecimiento urbano, miseria en el campo. En el comercio exterior solo depender de los mercados de minerales, del gas y la soya, consolidando la alta vulnerabilidad de nuestro país, e inversamente, mayor poder a las transnacionales.

Monopolio para la explotación de un trabajo barato, para eso buscan regular las migraciones, para tener mano de obra barata y de paso consolidar la propiedad latifundista de tierra, las concesiones de tierras, aguas, minas, los permisos de inversión para el establecimiento de empresas solo para los socios del pacto. En definitiva, la consolidación de una cultura dominante que discrimina y oprime.

No debería engañarnos la reacción generalizada a la propuesta de estatuto autonómico, porque como suele pasar con los globos de ensayo cuando fracasan, que no sumó adhesiones y, al contrario, produjo rechazo, incluso de quienes apoyan las cuestiones de fondo de este documento, es porque es solo eso: un globo de ensayo. La ofensiva para la reconstitución del poder de las clases dominantes continua y busca el fracaso de la Asamblea Constituyente.

Los argumentos de esta ofensiva no están exentas de violencia, desde aquellas que apelando a resoluciones de manipulados cabildos autonómicos, arguyen que la Asamblea Constituyente no tiene derecho a cuestionar la autonomía departamental “si no quiere que la sangre llegue al río”.

Hasta aquellas más razonadas en términos de conveniencias políticas advirtiendo que el tema profundiza las “rajaduras” nacionales y “territorializa” peligrosamente las pasiones regionalistas, para terminar emplazando al MAS que para evitar un “clima de confrontación y violencia” asuma que el objetivo de las autonomías indígenas ya no esta a su alcance. En resumen, solo admitimos -nos dicen- cambios cosméticos, ningún cambio real.

El dilema entre: cambiar para que nada cambie o violencia pura, es para advertirnos que ninguna burguesía se suicida. Cuando un cínico representante del comité cívico de Santa Cruz le dice a las madres cruceñas: «no vamos a derramar la sangre de sus hijos en vano, les aseguramos a las madres cruceñas que lo vamos a hacer de manera responsable“, es porque esta convencido que la suya y la de sus hijos nunca estarán en esa disyuntiva, que para esos están los hijos del pueblo y, lo más bizarro, que ellos tienen la potestad de disponer la vida de los otros.

Ellos, “valientes”, como permanente nos demuestran, prefieren ejercer la violencia impune, cuando atacan a dirigentes indígenas en aeropuertos al típico estilo de pandillas fascistas o cuando tiran bombas en la casa de dirigentes, hechos muy parecidos a los de antes del golpe de Garcia Meza en 1980. No, no se van a suicidar, prefieren siempre derramar sangre de otros, la sangre del pueblo.

Eduardo Galeano, en el acto de posesión de Evo Morales, recordando a Domitila Chungara que decía que nuestro peor enemigo era el miedo, señaló que el triunfo de un presidente indígena era señal que el miedo había sido vencido. En esa misma ocasión el vicepresidente García Linera recordaba que 514 años de coloniaje había concluido.

La histórica movilización del pueblo de la Paz, que es en realidad la movilización de los movimientos sociales de Bolivia toda, en contundente respuesta a los afanes autonomistas de dividir el país enmascarados de trasnochadas demandas de capitalía, es la demostración palmaria de ambos aciertos: que el miedo no derrotará al pueblo y que el pueblo esta convencido y dispuesto a poner fin al colonialismo interno y a la dependencia económica.

Si es verdad que el pueblo ha vencido el miedo y no ha de ser por este mecanismo que se prolongue los siglos de colonialismo, queda una pregunta ¿Se puede vencer el engaño o terminaremos vencidos por él? Ese engaño hoy, es el mismo que durante la UDP se tradujo en alianzas con sectores decadentes de la burguesía como clase, porque como burguesía nacional sencillamente no existen, eso que el pueblo identifica como oligarquía y que hoy, en este proceso ha empezado a manifestarse en pactos con PODEMOS: para la Asamblea Constituyente y últimamente para elegir jueces.

Ese que un ex dirigente minero, hoy consejero de la empresa privada, denomina “ayni”, un uso bastardo de las lógicas de la reciprocidad andinas para lo que sencillamente es conciliación de clases. Ese autoengaño de creer que en Bolivia se puede construir capitalismo en alianza con la burguesía, no importa si es amazónico, andino o lunar.

Bolivia hoy, esta frente a esta encrucijada, ante una imaginaria raya en la arena que divide a la oligarquía y su proyecto de balcanización territorial y el pueblo. La condición para que el dilema se resuelva a favor del pueblo es que el proceso de cambio no se detenga. Que la revolución avance.

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