¿Boicot?

Análisis / Por Teodoro Boot, especial para Causa Popular.- Al sostenido y en muchos casos inexplicable incremento de los precios, se sumó el aumento de la Shell para hacer explotar al presidente y volver a sumirnos en el mágico mundo de la tergiversación y las medias verdades.

Néstor Kirchner comenzó por convocar a un boicot que, como medida de gobierno, resulta un tanto extravagante, y para confundirlo todo más, el inefable Luis D’Elía le otorgó su apoyo activo bloqueando dos de las seiscientas estaciones de servicio de la marca Shell. Las pérdidas que las huestes de D’Elía provocaron a la multinacional no deben haberle quitado el sueño ni al accionista más impresionable, pero el acto resultó sumamente útil para que los interesados en desviar la atención de los aumentos pudieran enfocarla a los piquetes, lo que por lo general permite a cualquier paparulo despacharse con un “el derecho de cada uno (¿a qué?) termina donde empieza el derecho de los demás (de nuevo:¿a qué?)” y otros hallazgos del razonamiento orate convertidos en lugar común.

Huelga decir que por más marciales que se esfuercen en parecer, los desocupados liderados por D’Elía están muy lejos de la “guardia pretoriana” que alucina Mauricio Macri, quien, entre nosotros, debería consultar a un médico de los nervios o volver al colegio a enterarse qué era la Guardia Pretoriana.

Huelga decir también que D’Elía está en lo cierto cuando afirma que las empresas petroleras suelen voltear gobiernos o manipularlos como marionetas, pero es improbable que los piquetes sean capaces de disuadirlas de tales propósitos. Y si en todo caso su intención fue colaborar con el presidente habrían sido de mayor utilidad unos volantes repartidos en los semáforos.

– ¿Pero colaborar en qué?

– En el boicot, claro.

Es razonable boicotear a las empresas que aumentan sus precios de manera abusiva y es de lógica básica optar entre dos productos similares por el más barato. Por lo general es lo que proponen, con mayor o menor suerte, las organizaciones de consumidores y suelen llevar a cabo las amas de casa sin necesidad de que nadie se los explique.

Los límites de estas medidas de elemental prudencia están dados por diversas circunstancias, que van desde la variedad en las ofertas hasta la capacidad práctica de prescindir de determinado producto.

El presidente convocó a un boicot de las naftas y los aceites Shell. Bien. En tanto hay naftas y aceites de otras marcas a menor precio, la convocatoria puede ser efectiva.

Vale decir, o bien lograr un retorno a los precios anteriores o disuadir a las demás empresas de aumentar los suyos, aunque convengamos que la amenaza de abstinencia no será suficiente para desmoralizar a la única empresa capaz de determinar por sí los precios de todas las naftas, aceites y derivados del petróleo.

Queremos creer que el presidente tendrá algo más que proponer, aparte de que andemos de a pie, cocinemos con leña y nos iluminemos con hogareños generadores a viento, medidas que, aun de practicarse con devoción islámica, no afectarán de manera alguna a las empresas extractoras de petróleo, siendo como es, una sustancia tan requerida por el mercado internacional.

Al parecer, los aumentos de Shell y Esso son “preventivos”, en razón -especulan- de que en los próximos meses no habrá gas oil suficiente para abastecer la demanda local y será necesario proceder a su importación, lo que alteraría los precios. Bonita noticia, de la que el Secretario de Energía y todos nosotros nos enteramos al mismo tiempo gracias a la diligencia de los directivos de Shell.

¿Cómo saber si es veraz? Pues el Secretario de Energía se lo preguntará a los directivos de Repsol y estos le dirán la verdad, naturalmente.

Las autoridades no tienen otro modo de conocer el volumen de crudo extraído -o de verificar si se refina lo suficiente como para satisfacer la demanda- que las declaraciones juradas de las empresas extractoras, por lo que las seguridades que muchos funcionarios dieron a los consumidores del producto, carecen de fundamento. Pueden acertar o no, como si apostaran a chance en la ruleta.

Podría decirse, si los pronósticos de Shell son atinados, que, por un lado, los aumentos a las naftas carecen de justificación: lo que supuestamente escaseará serán las naftas, que la Shell produce, y no el crudo, que es su insumo. Por el otro, que el boicot convocado por el presidente equivale a extirpar una verruga durante un infarto: el resultado de la intervención estética no incidirá en modo alguno en la evolución del trastorno más importante.

El problema es otro, y más allá de los propósitos de Shell, radica en la estructura aberrante que adoptó la producción petrolera luego de la privatización, que, hasta el momento al menos, no ha sufrido alteración alguna, más que el intento de morigerar el alza de los precios internos mediante las retenciones a la exportación de petróleo.

El aumento de los precios internos de los productos primarios, ya se sabe, no obedece a un paralelo incremento en los costos de producción sino a razones cambiarias.

En tanto son bienes fácilmente negociables en el mercado internacional, se pretende que su valor no se fija en relación al costo, sino al precio al que puede ser vendido.

De seguirse esta lógica, iríamos a una convertibilidad aún más nociva que la anterior, perdiéndose todas las ventajas comparativas obtenidas tras la devaluación, excepto la reducción de los salarios en valor dólar.

Aquellos anormales aumentos de precios fueron en cierta medida morigerados por las retenciones a la exportación, particularmente de granos y petróleo. Pero sólo en cierta medida: el comportamiento de los precios sigue al del mercado internacional y si localmente ambos no se equiparan es sólo porque el precio local “surge” del valor internacional menos las retenciones. Un absurdo sumamente peligroso, particularmente en un país como el nuestro, que exporta exactamente lo mismo que consume.

Es así que, mientras el presidente se enoja con Shell (y no le faltan razones) parece olvidarse de que la Shell compra a Repsol el crudo según la ecuación que acabamos de describir.

Y visto desde Repsol, pues vende a la Shell al mismo precio al que podría vender en Panamá, Tanganica o Shangai, independientemente de cuáles puedan ser sus costos de producción, transporte y comercialización (no exploración, porque explorar en busca de más reservas petrolíferas, acá no explora nadie desde que se dilapidó YPF).

En este particular episodio del aumento de la Shell, convergen varios de los problemas irresueltos que aquejan al país y que lo afectarán gravemente en el futuro inmediato, si no se empieza a ponerles remedio.

Tenemos, por un lado, una crisis energética que ya es recurrente y amenaza con volverse endémica. Obedece, básicamente, al literal saqueo de las reservas petrolíferas, que no fue acompañado de una simultánea búsqueda de nuevos yacimientos, y a la falta de inversión en todos los órdenes por parte de las empresas concesionarias, particularmente Repsol, que se conformaron con extraer todo lo que podían, a la máxima velocidad posible, exportarlo en crudo y girar las divisas a sus accionistas, sin cancelar ninguna de sus deudas -faltaba más-, por lo que ahora, sintiéndose perjudicadas por la devaluación, entablan demandas contra el Estado en tribunales internacionales.

Converge la desaparición del aparato estatal, ya no en su necesaria función orientadora, sino hasta en el más elemental papel de control. No existen diferencias esenciales entre el contrabando de cocaína en Ezeiza y la desbocada extracción de nuestras reservas petrolíferas; entre la inoperancia de la Policía Aeronáutica y la Aduana para controlar qué egresa o ingresa del país y la incapacidad de la Secretaría de Energía para saber cuánto petróleo se extrae y cuánto queda o qué cantidad aunque sea aproximada de gas se envía a Chile y Uruguay.

Converge el aumento abusivo y, en el mejor de los casos, especulativo, de los precios, que no obedece a ninguna de las causales de la inflación, como pueden ser el exceso de emisión monetaria o un incremento de la demanda no acompañado de una simultánea expansión productiva. Estos aumentos, facilitados por la altísima concentración económica que ha tenido lugar en los últimos 15 años, licuan los magros y parciales incrementos salariales, haciendo todavía más regresiva la distribución del ingreso.

Lejos de achicarse, la brecha entre el 10 por ciento más rico y el 40% más pobre, se agrandó en el último año, de manera tal que los ganadores del crecimiento económico son los mismos que en su momento resultaron los principales beneficiarios de la destrucción industrial.

Los problemas centrales de la economía argentina, siempre interrelacionados entre sí, se dieron cita en el episodio del incremento del precio de las naftas: la ausencia de una política energética, la debilidad de lo poco que queda del Estado, puesto siempre a improvisar, la inflación especulativa basada en el control de la economía por parte de un puñado de empresas y una distribución del ingreso tan inequitativa que vuelve imposible la vida en sociedad y convierte en una fantasía el propósito de desarrollo industrial.

No parece que el boicot a quienes manejan apenas el diez por ciento del mercado de los combustibles y el bloqueo a un par de estaciones de servicio sean medidas suficientes para resolver problemas de semejante envergadura.

¿Durante cuánto tiempo el presidente podrá seguir poniendo el cuerpo?

Hoy, seguramente, habrá conseguido contener el aumento de las otras petroleras y forzar algún acuerdo temporal con los formadores de precios de algunos productos básicos de la canasta familiar, pero la perversa estructura que permite estas periódicas “tomas de ganancia” de los grupos concentrados de capital, sigue intacta.

Porque el caso es que mientras Repsol exporta el petróleo crudo a destajo, volveremos a importar gas oil.

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