Argentina: no una, dos revoluciones

Como una herida narcisista al ser nacional, el problema de los precios de los alimentos no es un problema exclusivo de Argentina. Entre la mediocridad discursiva del Gobierno para explicar la situación y el oportunismo vulgar de la oposición sobre la inflación, se está desarrollando un complejo y fascinante fenómeno a nivel mundial. En el sitio Investopedia se define el nuevo término de moda: la agflation, la combinación de agricultura e inflación.

Consiste en un aumento en el precio de los alimentos que se produce como resultado de un incremento de la demanda de consumo humano y su uso como una alternativa en materia de recursos energéticos.

En casi todos los países, la agflation está produciendo manifestaciones de protesta, como la registrada aquí con el boicot al tomate o la rebelión mexicana por el alza de la tortilla de maíz.

La agencia de noticias AFP realizó un ilustrativo relevamiento en algunos mercados europeos, tomando como referencia información de organizaciones de consumidores.

Por caso, en Alemania, el pan aumentó entre el 5 y el 10 por ciento y la manteca subió de 79 centavos a 1,19 euro en los últimos tres meses.

En España, la leche trepó 11 por ciento, mientras que en Polonia el litro de leche descremada pasó de 0,40 a 0,60 euros.

En Italia, las pastas, y en Francia, la tradicional baguette se dispararon generando jornadas de insurrección de los consumidores. En China, la tasa de inflación se elevó al 6,5 por ciento en agosto, el porcentaje más alto en once años, impulsado en gran parte por el alza de casi 50 por ciento en el precio de la carne de cerdo.

En forma sencilla, la conclusión es que hay un grave problema no sólo en Argentina, puesto que lo que está en cuestión con la agflation es lo que se conoce como soberanía alimentaria: la accesibilidad de los alimentos, por precios, calidad y cantidad, para la mayor parte de la población.

Ante semejante desafío, en un contexto internacional desconcertante por la intensidad de las subas como así también por su extensión a todos los rincones del planeta, analistas y economistas deberían tomar un baño de humildad.

Y admitir que se enfrentan con un acontecimiento desconocido que no se resuelve con las recetas tradicionales, ni con la del ajuste ortodoxo ni con la del ajuste «sensato» heterodoxo.

En el actual escenario, resulta realmente difícil estimar un descenso del precio de los alimentos a partir de una suba de la tasa de interés y de una reducción del gasto público. O luego de implementar una estrategia para incrementar el superávit fiscal o una para crecer menos. Es interesante el debate sobre esos instrumentos de política monetaria y fiscal en una economía que avanza a extrema velocidad, e incluso el intercambio de ideas sobre la necesidad de realizar una política más firme en esos campos para hacer más sustentable la base macroeconómica. Pero se presentan inconsistentes esas propuestas como remedio a una inflación que reconoce otros orígenes a los tradicionales, no sólo en las subas en sí de los alimentos con las particularidades de cada mercado, sino en los motores que generan esos incrementos.

A lo largo de la historia de los últimos tres siglos se han producido revoluciones que alteraron el funcionamiento de la economía mundial. La primera industrial, con epicentro en Inglaterra, nació a partir de la utilización del motor impulsado a carbón o vapor de agua que permitió la producción en serie. La siguiente, también en Inglaterra y en Estados Unidos y Alemania, el petróleo, sus derivados y la electricidad abrieron las puertas a la segunda revolución industrial. Ahora, otra fuente de energía, el combustible obtenido a partir de materias primas destinadas históricamente a producir alimentos, ha comenzado a delinear un horizonte que todavía resulta un misterio.

El panorama es aún más complejo porque en forma simultánea se está desarrollando con marcada intensidad la revolución industrial tardía de China e India. Esos dos colosos del planeta han estado incorporando a ritmo acelerado millones de trabajadores al circuito productivo, base para su muy elevado crecimiento, pero que hay que alimentar para asegurar la reproducción de esa fuerza de trabajo.

Entonces, el mercado mundial de alimentos se enfrenta con dos fuerzas arrolladoras al mismo tiempo: una que quiere empezar a sustituir el petróleo cada vez más caro con maíz, girasol, soja y otros cereales, y otra que requiere imperiosamente de alimentos para su inmensa y creciente masa de trabajadores.

Una revolución mundial (la de los biocombustibles) ya es lo suficientemente perturbadora para la organización de la economía doméstica. Con dos, con la incorporación de dos economías gigantes al sistema de funcionamiento capitalista, significa un desafío de proporciones y desconocido en cuanto a qué herramientas utilizar para amortiguar los indudables efectos indeseados.

Frente a este inquietante escenario aparece la visión simplista del pensamiento patricio de que el país no puede perder esta oportunidad, como si el campo argentino pudiera alimentar a todo el mundo. También se presenta la solución voluntarista que dice que con el aumento de las inversiones se frenarán las presiones de la demanda doméstica porque se incrementará la oferta. Sin embargo, no es tan clara esa secuencia de que la inversión para incrementar la producción, por ejemplo, de carnes y granos, cuyos precios vienen determinados por el precio internacional, vaya a reducir la inflación. Con más producción, esos sectores preferirán vender más al exterior a los actuales precios elevados, salvo que intervenga el Estado para restringir esas exportaciones, pero que se presenta como una política que inicialmente desincentiva la inversión.

Esos impactos en el precio de los alimentos de esas dos revoluciones en la economía mundial se potencian en la doméstica por las deficiencias en la cadena de comercialización, que concentra gran parte de la renta en los eslabones más fuertes castigando al productor primario y al consumidor. Además, hubo una reducción de la oferta por otros factores, algunos por cuestiones temporarias como las lluvias y las heladas que afectaron la zona de frutas y hortalizas, y otros por razones estructurales, como el avance de la soja en campos destinados a otras producciones. Se registra también una menor oferta por el desarrollo de emprendimientos urbanos en áreas que antes estaban destinadas a chacras y pequeños emprendimientos, en el conurbano bonaerense. Y a la menor cantidad de quinteros de origen boliviano, que ante una diferencia cambiaria desventajosa y la persecución discriminatoria, abandonaron esa actividad también en esa zona de la provincia de Buenos Aires.

Todo esto se despliega en un contexto de incremento de la demanda por la mejora del ingreso medio de la población, de crecimiento de las exportaciones alentadas por los atractivos precios internacionales y por el elevado tipo de cambio.

Ante una situación tan compleja, el Gobierno apeló a casi todas las herramientas disponibles en el manual básico de intervención:

– Subsidios mediante un mecanismo de compensaciones en la cadena del trigo (harina-pan) y del maíz (ganado vacuno y porcino), entre los más importantes.

– Retenciones a las exportaciones para evitar que los altos precios internacionales se trasladen a los locales.

– Mecanismos para facilitar la importación, en el caso de la papa.

– Restricciones a las exportaciones de trigo y carne para asegurar el abastecimiento interno.

– Fijación de precios de referencia de venta al público en los principales cortes de carne y frutas y verduras.

– Acuerdos de precios con las cadenas de comercialización y principales productores de alimentos.

– Intervención en mercados concentradores, el de Hacienda y el Central.

– Boicot de compra, en el caso del tomate.

Esas medidas tuvieron resultados dispares en cuanto a su efectividad, en un contexto donde los países van buscando mecanismos para enfrentar las dos revoluciones a la vez. En Europa, el boicot es el más difundido, generando situaciones risueñas como la protesta de los alemanes por la suba de la cerveza, que aumentó 40 por ciento en este año debido a la duplicación del precio internacional de la cebada. En Rusia, Vladimir Putin, preocupado por la inflación, estudia aplicar retenciones de 30 por ciento a la cebada y de 10 por ciento al trigo, además de bajar aranceles de importación a los productos lácteos. Todos van explorando en un mundo que está caminando por un sendero peligroso como el de convivir con alimentos caros durante un prolongado período, como el que se estima.

En concreto: ¿por qué suben los alimentos? Por dos revoluciones. Ignorarlo y pretender atacar el alza de precios con el saber convencional que brinda la economía generará frustración y, en algunos casos, mayores costos para la sociedad. Vale tener en cuenta que no se trata de la inflación tradicional, sino de la agflation.

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Alfredo Zaiat es el editorialista jefe de la sección de economía del diario argentino Página 12.

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