Argentina Impotencia. En busca del sujeto perdido

Por Teodoro Boot, especial para Causa Popular.- La existencia entre nosotros de lo que con bastante justicia merece llamarse “El partido del extranjero” es fuente de algunos equívocos y lleva a suponer, erróneamente, que ciertos acontecimientos o decisiones desafortunadas del pasado obedecieron a la voluntad extranjerizante de ese “partido”. No siempre ni en todos los casos fue así. Es verdad que nuestra vida colectiva tradicionalmente estuvo -y está- signada por un “discurso” catastrofista, por un insistente metamensaje acerca de nuestra impotencia, defectos e imposibilidad de construir un destino común, independiente y aceptable por y para el conjunto de la sociedad. Que esta música de réquiem sea ocasionalmente matizada por himnos de patrioterismo triunfalista -la mayoría de las veces, en asuntos sin trascendencia- no sólo no evita sus efectos nocivos sino que los reafirma. La polémica sobre las inversiones chinas es un clarísimo ejemplo de esto.

En nuestra imaginación, el destino colectivo estuvo y estará conducido por alienígenas insensibles a la desigualdad, a la injusticia y al interés nacional. No faltan motivos para creer que las cosas por lo general han sido, son y serán así, y la comprobación de que aquellos alienígenas pertenecen a nuestra misma especie frecuentemente confirma aquella sensación de fracaso irremediable: algo seguramente saldrá mal, puesto que, al fin y al cabo, todo depende de nosotros.

En tanto no hay nada esencial en el accidente histórico de nacer argentino, ningún virus local, endemia o pertenencia étnica que nos condene a la estupidez irreductible, es razonable pensar que ese estado de ánimo catastrofista se nutre por un lado, de la experiencia, pero fundamentalmente -habida cuenta de que esa experiencia no es en toda su extensión ni en su saldo provisorio una catástrofe- del discurso sobre nuestra imposibilidad, que de tanto ser oído y repetido funciona como «sentido común«.

Cualquier mirada desaprensiva sobre nuestra historia permitirá comprobar que ese discurso, como el ejército, “nació con la patria”. Es una notable paradoja que en el momento mismo en que empezábamos a constituirnos como un pueblo con pretensiones de identidad e independencia, una voz en off nos dijera que dicho empeño era imposible.

Es paradójico también que, a pesar de que esa vocecita fuera en muchos y largos períodos la única que podía ser escuchada, aquella pretensión originaria se mantuviera viva en alguna misteriosa parte de nuestros circuitos mentales, como una proteína fuera de lugar, lista para desencadenar, en momentos inesperados, fenómenos imprevisibles.

Tal vez la razón que explique la existencia de esa “proteína” sea que, como decíamos, ni todo fue catástrofe, ni catastrófico es el saldo -provisorio, naturalmente- de nuestra experiencia histórica.

Hacía apenas un suspiro, el país parecía a punto de disolución. Dirán: “Eso no ocurre”. Eso ocurre, y de hecho nos ocurrió sucesivamente. Para no aburrir con ejemplos, tenemos ahí el Uruguay. Celebra como fecha patria, no el aniversario de la independencia proclamada por Artigas en Paysandú (¿porque no era la uruguaya sino la argentina?), sino el 18 de julio, la secesión oriental de las Provincias Unidas.

En esta oportunidad, eso no ocurrió. Y esa habría sido una auténtica catástrofe, la consumación del discurso de la imposibilidad como mandato realizado.

Tampoco todo ha sido catástrofe a lo largo de nuestra existencia. De haber sido así, no tendríamos de qué lamentarnos. Lo que hoy para algunas generaciones es una ausencia y para las más jóvenes un misterioso vacío, lo que hoy no es ni está, es ausencia por haber sido.

Si ahí andan las ruinas, para que no olvidemos. No las vamos a enumerar. ¿Para qué? El lamento a lo Jeremías no es más que otra forma del discurso de la impotencia.
El discurso del inconmovible “Partido del extranjero” no siempre es el causante directo de las decisiones desafortunadas, los errores y los fracasos, pero inevitablemente los impregna, antes y ahora, de un modo casi imperceptible.

En los últimos días todos fuimos todos, en mayor o medida, estupefactos asistentes a un desatinado debate en torno a las inversiones chinas. Tal “debate” careció de la menor seriedad y no tiene ningún sentido puntualizar prácticamente ninguna de las “posturas”.

Sería tan insensato como intentar descifrar una discusión de Polémica en el bar o de Tribuna caliente, pero sí se puede percibir que -: salvo excepciones que no se mezclaron en la reyerta- los bandos enfrentados reconocían un denominador común: el núcleo duro del discurso de la impotencia, que no consiste sólo en “no podemos hacer las cosas” sino básicamente en que “las cosas son posibles si otro las hace”.

Como el entretenimiento “¿Dónde está Wally?” se trata de descubrir dónde está el sujeto, no de si lo que se dice suena más o menos patriótico o extranjerizante.

Claro que hay tipos empecinados en mostrarnos que todo lo que hacemos o nos ocurre es siempre erróneo o negativo. Los hay incluso que luego de lamentarse de las tremebundas consecuencias del default, particularmente de la ausencia de inversiones internacionales que “tanto necesitamos”, critican que, a diferencia de Europa y los Estados Unidos, en vez de recibir inversiones chinas… ¡no seamos nosotros quienes invirtamos allá, donde la mano de obra es tan «competitiva«!

Esta clase de tontería es demasiado evidente como para que (al menos hasta ahora) alguien le preste atención. En ese sentido y por más sonoras que resulten, no ocasionan más daño que un cachetazo de Pepe Biondi. El problema es otro, y no es nuevo.

El gobierno tiene razones para envanecerse del acuerdo comercial con China, no sólo por el monto comprometido (que por más vueltas que se le dé, es muy importante) ni tampoco por provenir de un país (y una región) a la que tradicionalmente nuestro país dio la espalda, sino porque ese compromiso de inversión prueba hasta qué punto las monsergas admonitorias de quienes urgían por que se hiciera cualquier acuerdo con los acreedores externos, eran erróneos o falsos y/o interesados.

En ese sentido, más que de un logro económico, se trata de un significativo éxito político, habida cuenta que, sin importar las evidencias, la orientación general de la política económica gubernamental sigue recibiendo objeciones de aquellos alarmistas.

Sin embargo, quien piense que las inversiones externas -ya sean chinas, españolas, venezolanas o venusinas- son beneficiosas de por sí, se equivoca de medio a medio. Es más, podría asegurarse que, en tanto nadie regala nada y hasta donde se sabe Santa Claus es un cuento holandés, no chino, resultarían perjudiciales.

Así lo dice Fierro: “Nunca es buena la sombra del árbol que tiene leche”, aunque no por eso vayamos a privarnos de comer higos.

En otras palabras, el problema no está en la higuera, sino en nosotros, si es que somos tan tontos de echarnos debajo a dormir la siesta.

Nosotros”, vendría a ser el sujeto del que hablábamos, el que le da sentido al verbo. En el verso de Hernández, el sujeto es “la sombra del árbol”. Cuando no somos sujeto sino predicado, entre el árbol y la sombra nos enchastran de resina.

El gobierno está envanecido por el acuerdo comercial con China y hay que aguantárselo. En el mejor de los casos, será pasajero. En el peor, si nos tiramos a descansar a la sombra de las inversiones, repetiremos un siglo después la desafortunada estrategia de una generación liberal que tuvo el mérito de organizar el país pero buscando desarrollarlo a la sombra de la higuera inglesa.

El sujeto, entonces, fue la cámara de comercio argentino-británica o, con más propiedad, las oficinas londinenses, y de acuerdo a sus necesidades e intereses comerciales fue como se diseñaron y construyeron vastas obras de infraestructura que ocasionaron, a la postre, más perjuicios que beneficios.

Lógico: nuestras prioridades eran (y son) otras, no necesariamente opuestas, pero bajo ningún punto derivadas de las prioridades de los capitales externos o de las grandes empresas, sean del origen que sean, incluidas las locales.

Estuvo muy bien construir ferrocarriles, pero no a costa de desarticular las economías regionales (eufemismo para equivale decir: la economía nacional) poniendo la producción, el trabajo y los habitantes, al servicio de las necesidades alimentarias de Gran Bretaña.

Una vez más, el problema no fue Gran Bretaña ni los ferrocarriles, sino la ausencia de un sujeto, de un «nosotros» capaz de pensar un desarrollo y una infraestructura en función de los intereses nacionales.

Éste y no otro es el núcleo duro de ese mensaje de la imposibilidad: no promueve la impotencia de hacer sino la de pensar, desde acá y ahora, desde nosotros y para nosotros.

Y esa es la materia pendiente, con inversiones externas o sin ellas…

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