Aquellas vacas gordas del ‘78

Cuando la pelota comience a rodar el domingo 29 de junio, en el Monumental no estarán los ancianos Jorge Videla ni Joao Havelange; al ex almirante Massera le podrán arrimar un televisor color al respirador que lo mantiene vivo en la sala de terapia intensiva del Hospital Naval y los parientes del fallecido capitán de navío Carlos Lacoste, cuya última mirada y suspiro se perdieron en los Estados Unidos hace dos años, añorarán los tiempos en que “Piluso” era el hombre más fuerte del fútbol argentino.

Tampoco se escucharán la voz de tabaco de Menotti, autoexcluido luego de establecer con su soberbia que no tiene nada de que “autocriticarse”, ni los desaforados gritos de gol del ilimitadamente oficialista relator José María Muñoz, quien ejerce el derecho de los muertos de observarnos y juzgarnos desde el más allá, ni los marciales compases de bandas militares que dieron destino de alemana y nada espontánea fiesta, a la ceremonia inaugural del Mundial ’78.

Será, el domingo 29, la justificada manera que eligieron los organismos de Derechos Humanos de recordar treinta años del hecho que abochorna a los argentinos de buena fe.

Las extensas palabras elegidas para la evocación (“La otra final. El partido por la vida y los derechos humanos”) son la sencilla manera de no mostrar antipatía por una victoria futbolera (el legítimo 3 a 1 frente a Holanda) y sí de interesarnos por todo aquello que una sociedad ignoró (o le mandaron ignorar) en los años verdes de los Falcon, verdes de los uniformes, verdes de vergüenza.

Una propaganda del aparato sangriento y cobarde de los militares llenaba los TV Blanco y Negro de entonces. Una vaca gorda, de nuestro campo tan celeste y blanco como explotador de peones, era “exprimida” por la “subversión marxista”. Los bichos rojos le sacaban todo al animal y luego, con la llegada de los uniformados y el aniquilamiento de los colorados, la vaquita recobraba su compostura Hereford. Así nos criaron a todos. Frente a aquellos televisores. Los buenos eran los Alzaga y los Martínez de Hoz; buena era la Sociedad Rural. Los malos eran los jóvenes rebeldes, los de la patria liberada. Sólo faltaban, en 1978, los caceroleros de teflón.

La línea de cal

Una pregunta de estos días es qué harán los jugadores de aquel plantel frente a la convocatoria para jugar un partido que reivindique la lucha por la verdad. Al parecer, de un lado de la línea, el bloque de ex futbolistas más comprometidos con la conciencia (Villa, Olguín, Larrosa, Ardiles, Houseman, Ortiz) estará en la cancha con la buena estampa de la comprensión.

Nadie les adjudicará nada malo. Ellos formaban parte del mismo país que pisábamos nosotros, con nuestra indeferencia, nuestra ceguera, nuestra ingenuidad frente a los medios de comunicación que martillaban tanto hasta romper nuestras blandas cabezas con un dicho que luego, en 1979, sería consigna de calcomanía : “los argentinos somos derechos y humanos”.

¿Culpables ellos, los futbolistas? Nada de eso, por favor. Los culpables son los militares y civiles que hoy, en miles de juicios por todo el país, buscamos para que rindan cuenta de sus actos; de esos mismos actos de los que se “enorgullecían” treinta años atrás y ahora no son capaces ni de admitir.

¿Y los otros? Veremos. Aquellos arqueros, defensores, volantes y delanteros que se encolumnan dentro del sobretodo altanero de Menotti, tienen aún el tiempo para la reflexión necesaria, la misma que se debe todo un país, sobre el rol que cumplimos como sociedad civil en el marco de una dictadura.

Hoy, con los tiempos de revuelta de Barrio Norte, cuando los diarios, las radios y los canales tienen de nuevo el campaneo de los mismos rostros del caretaje (Morales Solá, Magdalena Ruiz Guiñazú, el malpayaso de Chiche, la cría de Neustadt, Ernestina de Noble, los Mitre y Saguier en La Nación), poner sobre el césped un poco de historia no viene mal.

Que la vergüenza del Mundial ’78 se conozca en estos mismos momentos en que desvergonzados propietarios de estancias y 4×4 hablan de “hambre”, “trabajo en negro” y “falta de empleo”, quizás contribuya a ver quién es quién y quién fue quién en la Argentina.

Quizás.

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