¿Antesala del caos?

México vive una situación paradójica pero no totalmente inédita. Tiene tres presidentes: el actual titular del Poder Ejecutivo, Vicente Fox; Felipe Calderón, declarado vencedor de las elecciones por el tribunal electoral; y Andrés Manuel López Obrador, nombrado «presidente legítimo» ante un millón de personas el domingo pasado.

En medio de una aguda crisis institucional, Fox abdicó de su tarea a mitad del mandato, cuando vio que no podía con el trabajo presidencial, y se dedicó a preparar a un sucesor que le cubriera las espaldas ante las denuncias por corrupción que rodean su gestión. Deberá dejar el cargo el próximo 1 de diciembre.

Felipe de Jesús Calderón, el candidato de los poderes fácticos, ha sido ungido presidente por un tribunal federal que reconoció que hubo graves irregularidades en los comicios pero que, no obstante, validó la elección.

El tercero, Andrés Manuel López Obrador, quien encabeza un movimiento de resistencia civil pacífica contra el fraude electoral, acaba de ser designado “presidente legítimo” en una convención realizada en la plaza pública por más de un millón de delegados. Prometió a sus seguidores no claudicar ni rendirse, asumirá la presidencia paralela el 20 de noviembre, nombrará un “gabinete espejo” y anunció que encabezará un gobierno itinerante en resistencia.

Un país, dos gritos

Fox, un ex ejecutivo de Coca-Cola que en el año 2000 puso fin a una hegemonía de 71 años de gobiernos autoritarios del Partido Revolucionario Institucional (PRI), inició su administración como símbolo de la transición a la democracia y termina su mandato salpicado por actos de violencia represiva, acusado de haber orquestado una nueva elección de Estado y estar envuelto en sonados casos de corrupción que involucran a empresas de sus hermanos y a la familia de la primera dama, Marta Sahagún.

En el corto plazo, el movimiento que encabeza López Obrador le propinó a Fox dos derrotas simbólicas. El 1 de setiembre, parlamentarios de la Coalición Por el Bien de Todos le impidieron cumplir con un viejo ritual de corte monárquico, el más emblemático del sistema presidencialista mexicano: rendir su último informe de gobierno en el recinto parlamentario de San Lázaro.

Y la noche del 15 de setiembre, con el Zócalo de la ciudad de México ocupado por las huestes lopezobradoristas, Fox tuvo que resignarse a dar el tradicional “grito”, con el que cada año se celebra la independencia mexicana, en Dolores Hidalgo, Guanajuato.

En la capital azteca la ceremonia conmemorativa fue encabezada por el jefe del gobierno local, Alejandro Encinas, del centroizquierdista Partido de la Revolución Democrática (PRD).

Algo insólito: un país, dos “gritos”. Rodeado de un nutrido blindaje protector, desde su “exilio” político en Guanajuato, el presidente Fox lanzó vivas a la democracia, las instituciones y la unidad de la patria. A su vez, desde el antiguo palacio del Ayuntamiento, ante un mar de capitalinos reunidos en la Plaza de la Constitución, centro político y administrativo del país, Encinas vitoreó a Benito Juárez y la soberanía popular.

Fue, la del Zócalo, una noche con sabor a victoria para los integrantes del movimiento de resistencia civil pacífica.

En la histórica plaza se impuso un solo grito repetido hasta el cansancio: “¡Obrador!”.

En síntesis, dos “gritos”, dos México: el institucional, socialmente relegado pero mediáticamente exaltado, frente a la verbena popular, políticamente creciente pero silenciada, según decretó el duopolio de la televisión privada (Televisa y tv Azteca).

Por si faltara algo, de manera torpe y provocadora, el vocero de la presidencia dijo que Fox decidió no dar el “grito” en el Palacio Nacional porque “informes de inteligencia militar” alertaron sobre la presencia de “grupos radicales dispuestos a matar ciudadanos”.

Fue otro exabrupto de quienes cultivan la teoría de la conspiración.

El espurio y el loco

Ambos hechos son un anticipo de lo que tendrá que enfrentar el gobierno de Felipe Calderón: la constante manifestación de descontento de amplios sectores ciudadanos en contra de su mandato. Aunque, claro, no está solo.

Tras conocerse el veredicto del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, la cúpula empresarial, la jerarquía de la Iglesia Católica local y el Departamento de Estado estadounidense se apresuraron a convalidar la victoria de Felipe Calderón, quien según los cómputos oficiales sólo obtuvo el 35 por ciento de los votos.

Calderón asumirá con un grave déficit de legitimidad y deberá gobernar un país dividido, polarizado y con un amplio sector de la ciudadanía movilizado.

Graduado en derecho y con un posgrado en administración pública en la Universidad de Harvard; ex presidente del Partido Acción Nacional, ex diputado federal, ex secretario de Energía en el gabinete foxista y miembro de una de las familias de la ortodoxia partidista, desde su designación como presidente electo Calderón vive a salto de mata custodiado por todo un ejército de guardaespaldas conformado por soldados de elite.

A donde va, gente común, los ignorados de siempre, que se sienten burlados y agraviados porque consideran que la designación de Calderón fue producto de un fraude y una imposición autoritaria, le expresan su rechazo con gritos, chiflidos y pancartas.

Para ellos, Calderón “el espurio” es el símbolo de la continuidad neoliberal iniciada hace 24 años por Miguel de la Madrid. El hombre al que una poderosa plutocracia y sus socios del exterior le han encomendado la tarea de seguir con las privatizaciones y la entrega de la soberanía nacional.

México vive una crisis política profunda, y la supervivencia de López Obrador, así sea bajo la discutible figura de “presidente legítimo” -en 1988, cuando el fraude que impuso a Carlos Salinas en detrimento de Cuauhtémoc Cárdenas, los panistas en resistencia civil pacífica también declararon a Manuel J Clouthier “presidente” y éste nombró un gabinete paralelo del que el mismísimo Fox formaba parte-, impide que esa crisis sea resuelta, como otras veces, mediante arreglos cupulares. Las masas de ninguneados y su líder carismático han dicho que no dejarán asumir el cargo a Felipe Calderón el próximo 1 de diciembre.

Habrá que esperar para ver si es cierto. Por lo pronto, quien parece que no vendrá a la asunción de Calderón es el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, quien aseguró que no reconocerá su mandato; lo que ha provocado una nueva crisis diplomática entre México y Caracas.

¿Guerra política?

Sin duda, el camino hasta diciembre será largo y complicado. Calderón y sus patrocinadores apuestan al desgaste del movimiento de resistencia civil pacífica y a eventuales errores que cometa López Obrador. Por lo pronto, la campaña de descalificación y linchamiento mediático no cede. Desde los medios se atiza el odio y la polarización social. Se mete miedo en la clase media.

Y han comenzado a reaccionar con desprecio y mofa ante el surgimiento de la Convención Nacional Democrática y sus resoluciones, incluida la designación de López Obrador como “presidente legítimo”. El cardenal Juan Sandoval, arzobispo de Guadalajara y hombre de la más alta estima en la curia romana, dijo con sorna que él también ya designó presidente a su jardinero.

Según la dirigencia nacional del pan, la proclamación de López Obrador como “presidente legítimo” por la Convención Nacional Democrática (CND) equivale a “una declaración de guerra política, que será respondida en especie”. Junto a la CND, que formalizará la desobediencia civil pacífica, la creación de un Frente Amplio Progresista, es un nuevo as sacado de la manga por López Obrador.

Pese a los golpes recibidos, su liderazgo no ha menguado. Obsesionado por su misión histórica, dueño de un instinto político que lo ha sacado a flote en las peores circunstancias, este “líder en estado de gracia” -como lo llamó Juan Villoro- es un hueso muy duro de roer.

Por eso, ante la dialéctica del todo o nada de este incansable líder de la resistencia, y la posibilidad de que en su presidencia paralela e itinerante López Obrador crezca y se consolide, los barones del dinero y sus propagandistas sienten temor. Saben que es el símbolo del descontento popular ante las autoridades frívolas, corruptas, insensibles y excluyentes que administran el país. Por eso, nada está dicho todavía.

México, como tantas veces antes en la historia, sigue dando sorpresas.

COMPARTÍ ESTE ARTÍCULO

Share on facebook
Share on twitter
Share on linkedin

Recibí nuestras novedades

Puede darse de baja en cualquier momento. Al registrarse, acepta nuestros Términos de servicio y Política de privacidad.

Últimos artículos

Ponemos en eje a la Central Hidroeléctrica Aña Cuá y conversamos con el ingeniero Fabián Ríos, encargado de la obra.
A raíz de la crisis ecológica en la que se ve sumida el planeta tierra, nos interrogamos respecto a energías diferentes a las hegemónicas, y cómo estas pueden llegar a desarrollarse en Latino América.
A partir de los incendios en Santa Fe, observamos las repercusiones de tales y las exigencias del pueblo para que este problema sea regulado por la ley.