Amiologías

Aún en el hipotético caso de que el asesino material de la infortunada María Marta García Belsunce no perteneciera a su círculo familiar, resulta evidente que su identidad es celosa y férreamente protegida por éste, que se ha comportado de manera tan corporativa como un cardumen. Hasta lograr una inversión de «Fuenteovejuna». Si el mito constituyente del carácter castellano –y, por extensión, de lo español e iberoamericano– fue aquél «¡Todos a una!» lanzado para vengar un crimen del poder contra una mujer inerme, entre los miembros de esta familia arquetípica del poder cristalizado durante la última dictadura militar, similar unanimidad se logró en aras de consagrar la impunidad de los asesinos de una mujer desvalida.

Que al encontrarse en la escena del crimen, el impasible viudo, Carlos Carrascosa, su cuñado Guillermo Bártoli y la medio hermanastra de la asesinada, Irene Hurtig, no hayan olido a pólvora (los cartuchos detonados fueron seis) ni visto la sangre y la materia gris manando de cinco perforaciones en el occipucio de la muerta, es inverosímil… por no decir imposible. Provoca escalofríos que se hayan podido poner rápidamente de acuerdo en modificar la escena del crimen hasta el punto de lavarla de sangre y de sesos y arrojar por el inodoro el único proyectil que no horadó el créneo de la asesinada, sino que rebotó en él.

Del mismo modo, resulta imposible de creer que los expertos en explosivos no hayan reparado en que el enorme boquete en la medianera que separaba la AMIA del edificio lindero hacia la calle Tucumán y la acumulación contras las ventanas de las bovinas de tela del negocio textil que se encontraba en el edificio adyacente hacia la calle Tucumán indicaban con claridad que había tenido lugar una explosión interna, y la partición de un volquete en dos pedazos «inflados» por dentro y sin marcas de esquirlas indicaba también con meridiana claridad que había servido de carcasa de una segunda bomba, tal como, además, declararon haber escuchado y visto muchos testigos presenciales.

No se trata sólo de los artificieros argentinos de la Policía Federal, sino también los expertos enviados por el FBI y de la AFT (por la agencia federal que regula el uso de alcohol, tabaco y armas de fuego) y del Tshal o Fuerza Armada israelí, que llegaron poco después.

En este sentido, la policía y las agencias y servicios secretos de Argentina, Israel y Estados Unidos, cumplieron a través de personas de carne y hueso como Menem, Anzorreguy, Corach, Beraja y Avirán, el mismo papel que Carrascosa, Bártoli, Hurtig & Co.: destruir evidencias y desviar las investigaciones hacia una via muerta: una supuesta Trafic-bomba que operó del mismo modo que las acusaciones contra Nicolás Pachelo, aunque, al menos hasta ahora, con considerable mayor éxito.

En ambos casos, los restantes familiares de María Marta y de los muertos de la AMIA se han plegado a la indigerible historia oficial, ya sea por estupidez, por la promesa de recibir alguna canonjía o por algún otro motivo que todavía resulta misterioso.

Y en ambos casos también –al igual que en el del más reciente asesinato de Nora Dalmasso– sobrevuela el fantasma del narcotráfico y del lavado de su producido, fantasma que lleva el rostro ya sea en el Cartel de Juárez o del sirio Monzer al Kassar.

Aunque las evidencias reunidas no hayan alcanzado la categoría de pruebas indubitables para probar judicialmente que han sido estos vínculos los causantes de tan extendidos encubrimientos, es notable que no haya ninguna otra hipótesis capaz de explicarlos, ni de explicar tan notorios afanes por desviar las investigaciones hacia vías muertas, llámense Nicolás Pachelo o una Trafic invisible conducida por un kamikaze fantasma teledirigido por el gobierno de Teherán

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