“Alpedismo científico”: cultura, sentido común y preservación de la vida humana

Por Teodoro Boot, especial para Causa Popular.-

Una definición rápida auque no muy precisa de “cultura” sería: aquello contrario a la naturaleza. No suena bonito, especialmente en épocas donde de tanto sofisticar su cultura nuestra especie ha comenzado a añorar la naturaleza. De hecho, no parece haber mejor atributo ni hacerse mayor elogio de una sustancia, persona o cosa, que la de ser “natural”, calificativo bastante engañoso: de resultar lo natural suficiente, nuestra especie no hubiera desarrollado culturas.

Una de las consecuencias de la cultura, por ejemplo, es la cantidad de congéneres que encontramos en el subterráneo, o, peor aún, cuando nos vamos de camping. De no ser por la cultura, los homo sapiens , no agotaríamos los recursos del planeta, no extinguiríamos algunas especies ni esclavizaríamos otras. Seríamos mucho más felices, pero seríamos menos, y este es un asunto muy delicado de tratar, no porque a uno le guste la multitud sino porque es parte de ella.

Para decirlo de otro modo, nunca falta un tarambana que desea la destrucción de las dos terceras partes de la humanidad sin considerar la posibilidad de pertenecer a esas dos terceras partes. Los tarambanas suelen ser muy descuidados a la hora de calcular probabilidades.

Es verdad -no faltará quien lo haga notar- las culturas desarrolladas por nuestra especie han sido muchas. Desde luego, no tenemos la exclusividad. Pero no todas han mostrado la misma eficacia al momento de resolver el problema para el que han sido creadas, y el hecho mismo de que unas se hayan impuesto sobre otras indica algo más que un mayor poder de fuego.

¿Cuál es ese problema?

La tensión existente entre el agotamiento de los recursos y la expansión de la población, conflicto que se resuelve transitoriamente por medio del control del número de personas o gracias a un salto tecnológico que permita una mayor explotación o un mejor aprovechamiento de los recursos.

En cuanto a lo primero, puesto que los métodos para regular y controlar los nacimientos no siempre han sido eficaces, el más tradicionalmente utilizado ha sido el infanticidio y, en menor grado, el gerontocidio, más ligado a la necesidad de librarse de bocas improductivas que a la planificación familiar.

Respecto a la tecnología, que comprende desde la punta de flechas y el arado a la bomba neutrónica y la manipulación genética, mientras por un lado crea tantos o más problemas como los que resuelve, por el otro, siendo el aspecto esencial de la cultura, no es el único, lo que a menudo disminuye su eficacia.

Por un caso, de no haber elaborado peculiares ritos religiosos, tal vez los antiguos mexicanos hubieran podido encontrar algún recurso tecnológico para evitar las periódicas hambrunas que padecían en vez de, con la excusa de ofrecerlos a los dioses, arrancar los corazones de sus prisioneros para luego arrojar el cadáver escaleras abajo a fin de que las masas satisficieran sus requerimientos proteínicos.

Pero esto, desde ya, es sólo una posibilidad. Tal vez lo más probable era que murieran de hambre, de lo que bien puede deducirse que semejantes ritos eran sumamente adecuados para atender a las necesidades populares. No podemos saberlo: con la llegada de los españoles fueron la viruela, las encomiendas, el mal trato y las masacres las que, en vez de incrementar los recursos, controlaron la explosión demográfica, retrotrayendo la población a niveles aceptables, hasta tal punto que recién en 1980 México recuperó la cantidad de habitantes de los tiempos precolombinos.

Guste o no, eso también es cultura.

La eficacia y adaptabilidad de las culturas sólo puede ser evaluada a posteriori, según hayan podido sobreponerse o no a las distintas vicisitudes. Esto es fácil de determinar: sólo sobreviven las que han mostrado tal aptitud y es entonces cuando podemos ver en ellas una naturaleza lógica: todo, hasta los hábitos más nimios parecen tener -o haber tenido- su razón de ser.

Sin embargo, no todas las culturas han mostrado la suficiente eficacia y en su inmensa mayoría han desaparecido en el transcurso del tiempo. Esto ocurre porque a despecho de que su razón de ser sea la adaptabilidad al medio (o su transformación) el hombre dispone de cierta capacidad de discernimiento, cuyos límites y alcances son impuestos por la propia cultura que ha creado. Las opciones, a menudo, son varias, y no siempre se elige bien, vale decir, de manera que el remedio por el que se opte para resolver un conflicto no provoque mayores y más graves problemas de los que ha solucionado.

Es sencillo dilucidarlo después, no antes de hacer una opción. Antes, no se sabe nada, se calcula, y cuando se calcula es conveniente hacerlo tomando en cuenta el mayor número de probabilidades dentro de todas las alternativas, en especial cuando nos aproximamos a un punto de inflexión, al momento -periódicamente inevitable- en que el conflicto entre cantidad de habitantes y recursos disponibles llega a su máxima tensión.

El inconveniente para algo en apariencia tan sencillo como “tomar en cuenta el mayor número de probabilidades dentro de todas las alternativas” es, en primer lugar, la compulsión a reiterar el mismo tipo de soluciones tradicionalmente aplicadas. Se trata de una “compulsión” interesada, puesto que estando el poder de decidir en manos de grupos que adquirieron tal poder gracias a las soluciones tradicionales, es lógico que insistan en el mismo camino.

El segundo inconveniente tiene cierta semejanza con el que llevó a los antiguos mexicanos al sacrificio ritual como instrumento de una dieta equilibrada, sólo que estando afectada nuestra cultura de una mayor sofisticación son numerosos los grupos, instituciones, círculos y especializaciones que tienden a imaginar soluciones desde sí, desde sus propios intereses y supervivencia, contradictorias unas con otras y, muy presumiblemente, en diverso grado perjudiciales al interés de la mayoría, y por ende, de la especie.

Es así que, habiendo desarrollado nuestra época métodos eficaces y no traumáticos de control poblacional y planificación familiar, esos métodos son poco y no racionalmente utilizados en virtud de la oposición de la mayor parte de las religiones organizadas, lo que explica la subsistencia de métodos de control sumamente traumáticos, casi sangrientos, y muertes y mutilaciones fácilmente evitables.

La tecnología también nos proporcionó la posibilidad de una enorme capacidad de producción de alimentos, increíble ventaja que nuestra civilización posee sobre las precedentes, pero desaprovechada en razón de no ser las necesidades alimenticias las que regulan y determinan la producción. Por el contrario, esta es determinada por el poder de naciones y grupos económicos, también ellos decidiendo desde sí y según sus propios intereses.

Estos grupos incitan a los científicos a desarrollar nuevas tecnologías, muchas de ellas ligadas a la producción de alimentos, al reciclado de residuos y al tratamiento de enfermedades. Hay a veces en esto una contradicción y otras una confluencia de intereses entre grupos económicos y científicos, pues los científicos también tienen sus intereses, que tampoco son los de la especie, sino los de su grupo particular.

Así, en su momento, se consiguió provocar una fisión nuclear “controlada”, de notorios beneficios en el ámbito del control poblacional, mientras en la actualidad, por medio de la manipulación genética, los híbridos han dado paso a los transgénicos y en los laboratorios vieron la luz nuevas formas de vida, desde bacterias y organoides a un sorprendente robot con cerebro de rata, cuya utilidad práctica demorará años de elucubraciones y demandará fortunas descubrir.

De estas innovaciones, las pocas que poseen un uso práctico comprobado provocan a la vez daños inhabituales y en algunos casos, completamente novedosos, pero en líneas generales se confía en el genio de los científicos para remediar los males que ellos mismos crearon.

La comunidad científica es la niña mimada de nuestra cultura, lo que demuestra tanto el grado de control que se ha adquirido sobre la naturaleza como nuestra propensión a depositar en la tecnología la solución de nuestros actuales problemas, descartando otras opciones, que podrían ir del genocidio “controlado” a una distribución más equitativa de los recursos.

No siempre ha sido así. En otras culturas, por ejemplo, las niñas mimadas solían ser lo que genéricamente podríamos denominar “poetas”, cuya función era elaborar una construcción onírica colectiva que, disfrazando con mitos las desigualdades y la explotación, enmascarara la vida social hasta hacerla incomprensible. En nuestra cultura ese rol queda reservado a políticos y religiosos que, aun con su importante misión de mantener y en lo posible aumentar la confusión popular, han perdido su hegemonía en tanto nuestra época parece apostar todas sus fichas a la innovación tecnológica.

Es razonable esperar, entonces, que la comunidad científica se erija en uno de los grupos determinantes del futuro de nuestra cultura y, es de temer, de toda la especie, adquiriendo sus propios fines e intereses y arrogándose atribuciones demiúrgicas. La ciencia actual ya no modifica la vida, la crea.

Es indudable que en cierto sentido estamos ante el más alto grado concebible de evolución cultural, en tanto la negación de la naturaleza es tan absoluta que hasta podría eventualmente hablarse de una naturaleza de laboratorio, de una creación a nuestra imagen y semejanza o, mejor dicho, a la de los científicos y sus financistas.

La aclaración es pertinente: mientras en otras diversas culturas la función de los poetas era conservar al pueblo en la confusión y el de las religiones mantenerlo bajo control, la ciencia puede perfectamente prescindir de él. En la actualidad, al menos en un plano teórico, es perfectamente factible la creación de una especie “alternativa”, superadora de las limitaciones del homo sapiens. Vale decir, una especie superior.

¿Cuáles son esas limitaciones humanas que tanto parecen fastidiar a los científicos? Básicamente, aquellas derivadas de su condición animal, como la propensión a contraer enfermedades, sufrir alteraciones proteínicas sorpresivas, y estar expuesto al envejecimiento y la muerte. Todas las demás características humanas -excepto la necesidad de alimentarse- parecen responder más a creaciones de índole cultural que a necesidades o exigencias de su condición animal, aun -o muy especialmente- las reproductivas.

La conducta sexual del homo sapiens es de todos sus hábitos en apariencia “naturales” aquel que más ha cambiado a lo largo de la evolución cultural. Del primigenio incesante e indiscriminado intercambio de fluidos a las distintas variantes actuales de organización familiar y hábitos y preferencias sexuales, la conducta reproductiva de la especie ha ido permanentemente adecuándose a sus sucesivas construcciones sociales y culturales, siempre en tren de una exitosa adaptación al medio y a las circunstancias. Lo único que parece haber permanecido inalterado es la ausencia de periodos de celo en la hembra humana.

Así como nuestra naturaleza nos permite la posibilidad de variar continuamente de compañía sexual y sostener un ritmo de intercambio parejo a lo largo del año, independientemente de las estaciones, es la cultura la que impone restricciones de manera que nuestra actividad sexual deja de ser un imperativo natural para trasformarse en un instrumento de adaptación, supervivencia y evolución de esa cultura.

Los científicos, naturalmente, no conformes con sus transgénicos, neobacterias y rata con cuerpo de robot, le han echado el ojo a lo que las personas actuales creen sus necesidades reproductivas, eufemismo que encubre otras motivaciones tanto o más respetables, pero por algún motivo vergonzantes.

De acuerdo a las distintas culturas (o a diferentes clases sociales dentro de nuestra cultura) la necesidad reproductiva busca satisfacer variados requerimientos. Así, en personas privadas de seguro de retiro y asistencia social y sanitaria, la procreación es un modo bastante apto de procurarse una vejez relativamente confortable.

En muchos casos puede significar una ayuda extra como mano de obra barata, fuente de ingresos alternativos por vía de la mendicidad, la prostitución, el robo, etc, futura protección contra vecinos abusivos, satisfacción de algún tipo muy particular de costumbre sexual, continuación de los negocios familiares o pura y simple necesidad de compañía.

Si bien la mayoría de los nacimientos se producen por descuido, como efecto colateral del acto sexual, podría decirse que en líneas generales en nuestra cultura los hijos suelen ser vistos como algo de que ocuparse que trascienda los alcances de la propia vida. Como sea, en ningún caso, y menos todavía en el coito, interviene algo que pueda ser llamado “instinto maternal”.

Sin embargo, no parece ser esto un impedimento para que un creciente número de jovencitas de cierto poder adquisitivo adopten la moda de congelar sus óvulos para el momento en que éstos puedan tener alguna utilidad. De verse las cosas desde la óptica del mejoramiento de la especie, puede razonablemente estimarse que ese momento no llegará nunca, pero esta no parece ser la motivación de dichas jóvenes, decididas a conservar sus pequeños tesoros en el freezer para el momento en que decidan procrear.

Hay en esto cierta influencia de la subcultura de los alimentos congelados y el uso del microondas, que tanto facilita las cosas a personas solteras, pero básicamente responde a la creencia de que los genes de una secretaria ejecutiva, gerente de marketing, arquitecta o lo que sea, con tal de que se trate de una persona acaudalada, tienen alguna importancia para el futuro de la humanidad.

Se trata de un espejismo, compartido, sin embargo, no ya por las jovencitas empeñadas en tan frecuentes como fútiles encuentros sexuales pero reservándose una última bala en la cartera para el momento en que la edad, las desdichas o la felicidad les torne necesaria la compañía de una mascota, sino por un número aún mayor de parejas, por algún motivo infértiles, cuya obsesión es trasmitir su carga cromosomática a la posteridad, irracionalmente convencidas de que esta tiene algún valor particular.

Es así como, para beneplácito de científicos y empresarios, cientos de miles de mujeres se someten a toqueteos íntimos innecesarios e igual número de hombres a sesiones de masturbación insatisfactoria para que sus cromosomas se unan en un tubo de ensayo, hazaña que se festeja por los propios interesados, los científicos, los empresarios, la prensa y la opinión pública en general con una algarabía y un asombro que corren parejos con la insustancialidad del acto en sí.

Al mismo tiempo, en tanto -a pesar de las limitaciones impuestas por la cultura- el ser humano continúa siendo un eficaz artefacto reproductivo y, por equivalentes limitaciones, los recursos disponibles no están al alcance de todos, un enorme número de niños nace cada día sin la menor posibilidad de contar con afecto, cuidados, alimentación y ninguna protección contra el abuso, la enfermedad y la muerte prematura.

Habrá quien diga que Dios da pan al que carece de dientes, pero en lo que Dios no parece mostrarse muy pródigo es en el reparto de sentido común.

Es la falta de sentido común y el exceso de egolatría la causa de que se malgaste tanto tiempo, esfuerzo, recursos y talento en tonterías como las arriba descritas, en las que la propia egolatría y ausencia de sentido común de los científicos tienen mucho que ver. Va de suyo que la rata robot es inexplicable ¿pero puede acaso alguien encontrarle alguna utilidad al último gran descubrimiento de la biogenética, la creación de un embrión a partir de un óvulo no fecundado? ¿Qué ventaja comparativa puede tener ese embrión respecto al surgido de la unión de un óvulo con un espermatozoide?

“Avance científico” llamaron algunos medios a lo que más parece fulbito en la media cancha, alarde de habilidosos que ignoran donde está el arco.

Tal vez ese sea el principal problema de nuestra cultura en los tiempos presentes, el extravío de una ciencia alpedística en la cual el conjunto ha depositado imprudentemente la búsqueda de soluciones actuales al problema de siempre.

La evolución cultural ha sido exitosa y ya no se trata de lograr una adaptación a las condiciones naturales. Gracias a la tecnología nuestra especie está en condiciones no de alterar la naturaleza, sino de crearla, comenzado desde luego por la propia naturaleza humana.

Va de suyo que nuestros modernos Dr. Strangeloves jamás admitirían estar planeando algo semejante a reemplazar la especie humana por una superior, pero no debe verse en esta reticencia ninguna clase de hipocresía: es muy probable que no lo sepan, así como los antiguos mayas ignoraban que su ingeniosa tecnología para aprovechar al máximo los recursos hídricos, gracias a los que el control poblacional no les era imperioso, acabaría por volver infértiles sus terrenos de laboreo, de manera que resultaría imposible alimentar a tan elevado número de personas.

Es que no siempre se eligen las opciones más adecuadas, especialmente cuando los mitos, las prohibiciones y la tentación al status quo de una cultura le impiden a una sociedad tomar en cuenta el mayor número de probabilidades dentro de todas las alternativas.

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