Algunas cuestiones sobre centro y periferia

No es que falten visiones críticas, disecciones pormenorizadas y agudas, todas ellas provenientes de autores de probado prestigio académico. Pero lo cierto es que lo que Luciano Chicone critica como fenomenales diagnósticos anti-menemistas en esta edición de ZOOM, es un síntoma más de un fenomenal estallido del pensamiento nacional producido sin solución de continuidad desde décadas atrás, y en rigor, de todo el pensamiento occidental.

Dijeron (los chinos) que hay épocas interesantes. Nos ha tocado vivir una época interesante. Es preciso ser chino, haber sido educado en una cultura oriental, desde fuera de la Modernidad judeocristiana, para lograr distanciarse (aquí lo llamaríamos cinismo) de la tal situación interesante en lugar de “abordarla”, porque desde el borde (la borda, o amura de los barcos), se aborda para dominar, entender y quizás transformar. Los modales civilizados nos impiden hoy expresarlo cabalmente: se trata de “tomar por asalto” una situación, tal como la burguesía tomó por asalto las murallas del Antiguo Régimen primero con el dinero, en Europa, y luego se universalizaría con las armas, en América.

Sea como fuere, si el capitalismo hoy es un modo de vida, si todos somos capitalistas, si lo real es el capitalismo, eso no impide preguntarnos sobre el status de nuestro propio pensamiento situado, toda vez que no somos individuos de la Aldea Global ni se nos reconoce como tales en términos reales (aunque sí ficcionales), sino habitantes de un “lugar” concreto llamado Argentina, que mantiene con otros “lugares” unas determinadas relaciones asimétricas. O en todo caso, que la propia definición de “lugar” es la construcción que nos ocupa, por cuanto el sistema global, globalmente tomado, y observado como si uno fuera un chino o un marciano, requiere impedirlo. El imperio es en tanto nosotros no seamos.

Demos por aceptado que hay relaciones asimétricas, y también que la noción de imperio se asimila o equivale a centro, centro del mundo, y que ese centro preanuncia y requiere de una periferia que lo abastece, alimenta, cuida, enriquece y engorda. En términos abstractos, será operativo considerar la existencia de un centro y una periferia, pero la naturaleza de la globalización poscapitalista, o dominada por el capitalismo financiero, rehuye a tal simplificación. No existe hoy un centro y una periferia, sino múltiples centros y múltiples periferias que tampoco pueden ser considerados en términos espaciales, por cuanto hay centros y periferias internas a los espacios territoriales y también centros y periferias simbólicas. Culturales, sociales, productivas, financieras y militares.

Este caos complica la comprensión y el “abordaje” por varias razones. Así, por ejemplo, en la elaboración de las “teorías de la dependencia”, aunque se vislumbraban futuros e hipotéticos múltiples centros geopolíticos con dominio económico-militar, existía un centro. Pero además, por fuera, ese centro competía política, ideológica, militar y económicamente con otro, el del socialismo real de la URSS, y además esas teorías solían utilizar herramientas de análisis del marxismo con lo cual el analista imaginaba situarse fuera de la lógica dominante. Fuera o adentro, el marxismo, como crítica a la razón capitalista, puede ser entendido como una “revolución” en términos de dominio (el proletariado reemplaza a la burguesía en apropiarse de la dirección del Progreso, porque de eso se trata) pero dentro de la propia racionalidad eurocéntrica.

La cuestión sigue siendo (siempre) si nos podemos apoderar de, y resignificar esas construcciones ideológicas a fin de hacerlas operativas para nuestra propia realidad situada. En un sentido amplio, conteniendo que, como se afirma hoy, todos somos capitalistas.

En comparación, el reconocimiento de un centro frente al que se rebela una periferia que reconoce su colonialismo requiere de herramientas relativamente simples. La Larga Marcha de Mao, el FLN argelino, el Vietcong, etc., fueron exitosos por la perspicacia de sus líderes, una organización eficaz y una voluntad colectiva dispuesta a los mayores sacrificios. Que tales sacrificios resulten excesivos será materia de análisis de los observadores.

El caos globalizado, la crisis de la Modernidad, que va más allá de la crisis del hoy llamado neoliberalismo, el estallido de un modelo económico superpuesto a una ideología que se resiste a reconocer su propio estallido, requieren otras herramientas, pero también de las mismas.

De otro modo, el puro pragmatismo puede llevarnos a girar como el perro que se muerde la cola, o a poner al zorro para vigilar el gallinero. Y en este sentido, aunque el Estado-nación sea una creación de la Modernidad eurocéntrica, debería ser considerada una tarea pendiente en países como el nuestro. Sobre todo en términos de necesidad.

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