Afra, una puta ejemplar

Historias reales que son de no creer.

Afra, muerta hacia el 304, fue mártir y es santa. Patrona de Augsburgo y de Meissen, es protectora de las prostitutas y demás mujeres de costumbres ligeras.

Su historia comienza con la de su madre, la licenciosa Hilaria, que procedente de Chipre había llegado a Baviera para propagar el culto a Venus, como no podía ser de otro modo, mediante el ejercicio frenético del coito.

Era Hilaria, en efecto, sacerdotisa de un templo dedicado a la diosa y en esas lides educó a su hija, que pronto destacó por su belleza y prodigalidad. Experta en todas las artes de la seducción, la atractiva y sociable Afra pudo proporcionar a la diosa más de un nuevo adepto.

Pero quiso el Señor que en Hispania los cristianos fueran víctimas de una persecución tan feroz que estuvo a punto de exterminarlos. Fue entonces que el obispo Narciso y su diácono Félix se vieron obligados a huir a la Germania. Al llegar a Augsburgo pidieron refugio en la primera casa que encontraron. Resultó ser, nada menos, la de la sacerdotisa de Venus.

Hilaria, que también llegaría a santa pero que por el momento era apenas puta, los tomó por clientes y los acogió con hospitalidad.

Antes de la comida los hombres se dispusieron a rezar, momento en que sus rostros se transfiguraron irradiando una paz celestial. La escena perturbó tan hondamente a Afra que, contra su costumbre, cubrió su cuerpo con un manto y sirvió a los huéspedes retraída y parca en palabras y, huelga decirlo, en zalamerías. Tan circunspecta estaba que oyó (porque no fueron sus huéspedes sino una Voz) de la poderosa fe de los cristianos, de su fidelidad hacia su Dios, con frecuencia probada con el martirio y la muerte. Cayó entonces a los pies del obispo y suplicó: “¡Marchaos de aquí, yo soy el ser más ignominioso de toda la ciudad!”.

Al enterarse de su profesión y toda su inmundicia, Narciso no huyó espantado ni la cubrió de insultos y anatemas, como hubiera hecho cualquiera, sino que la consoló y le habló de Jesús y María Magdalena. Afra derramó entonces lágrimas amargas y decidió cambiar su estilo de vida. Acogió a los fugitivos sin intentar inducirlos a la adoración de Venus y puso su casa a disposición para celebrar la comunión, lo que a primera vista puede hoy resultar chocante, pero recuérdese que se trataba de tiempos de oscuridad e ignorancia.

El celo de Afra se trasladó a su madre Hilaria y ambas abrazaron a Dios con aún mayor ardor con el que habían abrazado a sus clientes.

Los adictos a Venus tomaron el cambio de actitud de Afra como un capricho femenino y al principio se burlaban de ello, mas cuando se percataron de que su vocación era seria, despechados, la denunciaron a las autoridades.

El juez Gayo, asiduo cliente de nuestra santa, le aconsejó que se dejara de tonterías y ofreciera sacrificios a los dioses, pero Afra replicó: “Me ofrezco a mí misma y sólo por Jesucristo, a fin de que mi cuerpo mancillado se purifique”.

Impresionado por el fanatismo de la hermosa muchacha, Gayo la desnudó ante una muchedumbre expectante y ordenó que se la azotara hasta sangrar, mientras Afra agradecía a viva voz esos dolores como expiación a sus repugnantes pecados. Finalmente se erigió una pira y Afra fue arrojada a la hoguera.

Hilaria y tres pupilas del templo, que también habían abrazado la Fe, no tuvieron un final más piadoso: fueron encerradas en una bóveda y asfixiadas con humo, para escarmiento de todas las putas cristianas de la localidad.

Se representa a Afra atada a una columna o a un árbol; sobre la pira; con piñas en la mano. A Hilaria y sus tres pupilas no se las representa de ningún modo.

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