A seguro lo llevaron preso

Inseguridad es que alguien pretenda arrancarte el teléfono celular al borde de un andén; o que te arrebaten el portafolios luego de salir del banco. Que la policía te confunda con un ladrón por tu aspecto, y te dejen seco por las dudas. Para Blumberg, inseguridad es que el asesino de su hijo pueda tener un juicio justo.

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Heredarás el viento

Secuestros SRL

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Algunos contratarán seguridad privada, otros confiarán en la policía, o la sufrirán. Las empresas exigen seguridad jurídica. Viajar en un avión de EEUU puede ser inseguro. Las Torres Gemelas eran seguras hasta que se desplomaron los aviones. Caminar por Bagdad es inseguro. Vivimos un presente de incertidumbres. Mañana te pueden echar del trabajo, o perderás la vivienda. ¿Dónde está el mundo seguro?

La inseguridad puede ser tanto una impresión pasajera como una apreciación u opinión, subjetivos y por lo tanto inconstantes y manipulables. O un estado melancólico que evoca una situación pasada donde, al parecer, no había miedos. O un razonamiento, en el que existe como modelo un lugar considerado seguro. O, por fin, la confrontación del presente con un futuro utópico sin temores. De ser así, sería sólo un síntoma del miedo a la vida social, una fobia.

En los últimos veinte años, los sectores pudientes se atrincheraron en sus viviendas, o se marcharon a barrios cerrados, esos que hoy ya ocupan los mejores 400 km² en los alrededores de Buenos Aires, rodeados de barriadas miserables.

Las autopistas elevadas cruzan la ciudad sin tomar contacto con lo real. La cultura global entronizó el reino de lo single, el delivery, el sexo virtual, la comunicación on line, sin distancias pero también sin contacto corporal. En el presente privatizado, el individuo puede interconectarse sin salir de su casa. La vida privada se exhibe en la tevé; las zapatillas caras son codiciadas por los que no pueden adquirirlas.

Entretanto, las calles de la ciudad, sobre todo de noche, quedan en manos de los que fueron expulsados de ella y de la vida civilizada.

Antes, los “indeseables” (locos, delincuentes, menores abandonados, enfermos, etc.) quedaban encerrados detrás de altas paredes, y la vida era segura. Esas grandes instituciones entran en crisis cuando el Estado abandona sus funciones básicas y nadie lo reemplaza, o lo reemplaza Grassi.

Los ciudadanos respetables se aíslan detrás de los muros.

Las empresas de seguridad fragmentan el servicio de acuerdo a los ingresos del custodiado, un negocio de tal magnitud que exige mantener viva la inseguridad.

Es peligroso tener bienes, pero las vidas sin bienes peligran todavía más: pueden morirse de hambre, abandonados en la estación Retiro.

Para algunos, son sospechosos los excluidos; para otros, el peligro está en los uniformes azules.

El gobierno global de las corporaciones cambió la fisonomía de las ciudades. La inseguridad se convirtió en un aspecto de la apropiación de los bienes de la sociedad por parte del poder económico, y de la guerra social desatada en consecuencia. Y son esos que exigen seguridad quienes han hecho la vida insegura.

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