Transcurría la mañana del 25 de diciembre de 1980; es decir, la quinta Navidad bajo la última dictadura. Su secretario de Cultura, Julio César Gancedo, bebía café con suma lentitud junto a la pileta de su residencia en San Isidro.
Pero, de pronto, un mucamo vestido con chaqueta gris, como en las viejas películas del cine nacional, lo interrumpió, para comunicarle:
—Hay una llamada para usted en el teléfono de la biblioteca, señor. Dicen que es urgente.
Y él enfiló hacia allí, refunfuñando, sin soltar su taza.
El mucamo, con la cafetera en una mano, fue tras él.
Ya junto a su escritorio, Gancedo agarró el auricular de mala gana.
Desde el otro lado de la línea estaba el periodista de Policiales del diario Clarín, Enrique Sdrech, quien, a boca de jarro, le dijo:
—Lo molesto, doctor, por lo del robo de los cuadros.
—¿Qué robo? —preguntó el funcionario, con voz trémula.
Sdrech, entonces, resumió con pocas palabras lo que acababa de ocurrir en el Museo Nacional de Bellas Artes (MNBA), dando quizás por sentado que su interlocutor estaba al tanto del asunto, aunque lo disimulara por desconfianza hacia la prensa. No era así.
El mucamo, al ver que una palidez mortuoria se apoderaba de la cara del patrón, únicamente atinó a llenar su taza con más café.
Y Gancedo, como para no quedar como un tonto, se hizo el entendido:
—Bueno, espero que la pesquisa esté bien encaminada. Soy muy optimista con respecto a sus resultados.
Tal fue la primera reacción pública del Poder Ejecutivo de facto ante uno de los thrillers más rebuscados de la época.
En este punto, es necesario retroceder hasta el momento inmediatamente posterior a la Nochebuena.
Navidad negra
Al empezar la madrugada de ese jueves, en medio del eco de los petardos, había un Ford Falcon marrón estacionado sobre la Avenida del Libertador, entre Plaza Francia y el antiguo caserón de Obras Sanitarias, convertido en sede del MNBA a fines de 1932. Tres horas después, el vehículo seguía allí con dos hombres en la cabina. La oscuridad enmascaraba sus rostros.
Unos metros más atrás, otra silueta permanecía en un Torino blanco con cuatro puertas.
Ese era el dato más relevante obtenido por los investigadores del saqueo, descubierto poco antes. De hecho, Sdrech lo mencionaría en su nota, publicada el sábado a doble página, pese a que tal detalle no figuraba en el expediente.
Pero, no nos adelantemos a los hechos.
En el museo solo había dos almas: el sereno Eusebio Eguía y el bombero de la Policía Federal, Anselmo Ceballos, quien cumplía un “servicio adicional” como vigilador del lugar.
Ambos habían cenado en el primer subsuelo; el menú: pollo al carbón y ensalada, todo regado con vino y sidra, en dosis abundantes.
Sus reiterados brindis trazaban la misma escena melancólica.
Ya en la sobremesa, jugaron al chinchón, mientras remataban la última botella de Malbec.
En la calle seguía la sinfonía de petardos.
Luego, a Eguía le bastó una vuelta por la planta baja para constatar que todo estaba en orden y, un poco mareado por la ingesta alcohólica, se tumbó en un sillón, a metros del hall de ingreso. A Ceballos, en cambio, lo aguardaba un catre en el sótano. El sueño los doblegó en el acto.
Eguía despertó súbitamente unas horas después, sacudido por la resaca y la sensación de que el mundo entero se había desplazado de su eje.
En realidad, ese desorden cósmico se limitaba a la “Sala de la Colección Mercedes Santamarina”, situada al fondo de ese hall. Allí todo era un revoltijo: vitrinas de acrílico derretidas por sopletes y marcos vacíos esparcidos en el piso.
El tipo corrió hacia el subsuelo para despertar a Ceballos.
Luego, por algunos minutos que parecieron eternos y bajo un silencio que resultaba atroz, contemplaron la inexistencia –valga la paradoja– de 16 pinturas impresionistas de Paul Cézanne, Paul Gauguin, Auguste Renoir, Edgar Degas, Henri Matisse y Camile Pissarro; de dos bocetos dibujados por los argentinos Juan Manuel Blanes y Valentín Thibon de Libian, además de siete porcelanas y estatuillas orientales pertenecientes a la Dinastía Ming.
Semejante botín fue después valuado en 25 millones de dólares.
También posaron la vista en el único objeto intacto en ese sitio: una gran fotografía enmarcada de la señora Santamarina, fallecida ocho años antes.
Ella pertenecía a una acaudalada familia de terratenientes, y fue quien, en 1970, donó aquellos cuadros motivada por la siguiente aspiración: que una de las salas del MNBA llevara su nombre. Una altruista nata.
Ahora, desde una pared, su retrato les sonreía a esos dos hombres.
Ellos seguían allí, inmóviles y desconcertados.
La única reacción de Eguía fue una pregunta retórica:
—¿Y, ahora, de qué nos disfrazamos?
Por toda respuesta, Ceballos alzó los hombros.
Los inquisidores
Al clarear, sobre la Avenida del Libertador al 1400 ya había varios patrulleros pertenecientes a Robos y Hurtos (RH) de la Policía Federal, junto a los de las comisarías 17ª y 19ª, además de móviles no identificables con personal de civil, todos estacionados de manera desordenada ante la sede del MNBA.
En su interior, el clima “canero” no era menos profuso.
La voz cantante la llevaba un morocho alto y corpulento. Ese sujeto daba órdenes con soltura. Su voz ronca sonaba pastosa, como de borracho. Y pese a que, obviamente, ninguna amenaza acechaba allí sobre él, blandía con la mano derecha su pistola Ballester Molina. Era el comisario de RH, Oscar Vallejos.
Lo secundaba el subinspector de la 19ª, Carlos Noceti, un tipejo petiso y esmirriado, cuya peligrosidad estaba depositada en sus ojos.
Entre ambos se movía una mujer tosca que no ocultaba su talante áspero. Se trataba de la titular del Juzgado de Instrucción N°12, Laura Damianovich de Cerredo. Ella mantenía lazos con el Batallón 601, visitaba “chupaderos” como el “Pozo de Banfield” y era muy apreciada por los represores por incentivar el método de la tortura para llegar a la verdad. En fin, una hermosura de persona.
En estos tres seres quedó depositada la pesquisa del caso.
Al mediodía llegaron allí, casi en simultáneo, el jefe de la Policía Federal, general Juan Bautista Sasiaiñ y el director del museo, Adolfo Rivera.
El militar espantó cámaras y micrófonos, vociferando:
—No voy a decir una sola palabra para no entorpecer a la Justicia.
El funcionario fue tratado por la magistrada con deferencia.
En tales circunstancias, alguien —tal vez un vecino— le susurró a un policía de civil lo del Falcon y el Torino, sin que éste le diera importancia a la cuestión.
Al día siguiente, el campamento policial seguía ahí y todos los empleados fueron sometidos a interrogatorios poco amables.
Había que verlos en fila india ante la puerta de una oficina, esperando el turno de deshacerse en explicaciones. Porque las preguntas de Vallejos y Noceti eran muy insidiosas. Todos eran sospechosos. Pero unos más que otros.
Tales fueron los casos de Eguía y Ceballos, a quienes el comisario, tras acorralarlos sin éxito con sus inquisiciones, les dijo:
—Vamos a continuar esto en la comisaría.
De modo que salieron del museo con las muñecas esposadas.
Sus compañeros no daban crédito a lo que veían.
—¡Acá hay un entregador! ¡Tiene que haber un entregador!— gritaba el director Rivera, en un intento por apaciguar con un argumento “razonable” el horror del personal.
Los dos detenidos fueron a parar a la comisaría 19ª.
Allí, sus diálogos con Vallejos y Noceti fueron matizados durante varios días con los siguientes recursos: la picana, el submarino seco y golpes de puño, ante la mirada aprobadora de la doctora Damianovich de Cerredo.
Según aquel trío, los entregadores no podían ser otros que ellos.
Los esbirros de esa comisaría se ensañaron con Ceballos por pertenecer, en su condición de bombero, a la Federal.
Por su parte, desesperado por aquella pesadilla, Eguía intentó suicidarse cortándose las venas con el cierre de su pantalón.
Para la jueza, ese acto extremo fue nada menos que una confesión.
No obstante, unos días después, ellos quedaron en libertad.
Claro que la pesquisa tardó apenas unas semanas en focalizar otros chivos expiatorios; a saber: el fotógrafo del museo, Horacio Mosquera, y su curador, Samuel Paz Anchorena Pearson. Ambos fueron debidamente “engarronados”.
El primero fue a dar con sus huesos a un calabozo de la 19ª, donde recibió un tratamiento similar al de Eguía y Ceballos, siendo liberado a la semana.
El segundo, un hombre de abolengo que, además, mantenía un estrecho vínculo con Nelly Arrieta de Blaquier (quien presidía la Asociación de Amigos del MNBA), fue secuestrado en la calle. Su vía crucis se prolongó por tres días. Pero las torturas durante su cautiverio lo dejaron rengo de por vida.
Cabe destacar una pregunta que sus captores le hacían con insistencia: “¿Para qué militar laburás, hijo de puta?”. Notable, ¿verdad?
En tanto, los peritos de RH conjeturaban que los autores del robo sabían al dedillo el esquema de seguridad del MNBA por haber accedido a sus planos, a sus protocolos y a la ubicación exacta de cada pieza.
Lo cierto es que, poco antes, una empresa de vigilancia contratada para una exposición de arte precolombino había tenido dicho privilegio: su nombre: Magister Seguridad Integral (según la reconstrucción de Imanol Subiela Salvo para su libro Golpe en el Museo, editado por Planeta en 2023).
Su director era nada menos que el general Otto Paladino, quien comandó la SIDE en el primer tramo de la dictadura. Y entre sus empleados de confianza resaltaba Aníbal Gordon, junto con otros veteranos de la Triple A.
Desde luego que, por razones obvias, esta pista no fue tomada en cuenta. Ni siquiera a partir de la restauración democrática, en diciembre de 1983, y el caso se fue enfriando hasta caer en el olvido. Pero no para siempre.
Contacto en Taiwán
Lo sucedido en el MNBA resucitaría casi dos décadas después de una manera tan inesperada como extravagante.
Fue cuando entró en escena una tal Gabriella Williams. Se trataba —según la información difundida al respecto— de una millonaria alemana que residía en los Estados Unidos, quien, en Londres, acudió a la sede de la firma Sotheby’s, dedicada a subastar obras de arte.
Lo curioso es que lo hiciera con peluca y anteojos espejados, además de lucir un ceñido enterito cuyo estampado imitaba la piel de leopardo.
Pues bien, ella adujo que un misterioso taiwanés le había ofrecido un lote de 16 pinturas impresionistas, y que ella deseaba verificar su autenticidad.
De inmediato —siempre según tal información—, Sotheby’s organizó un viaje a Taiwán. Y luego de establecer contacto con el oferente, que respondía al nombre de Arthur Lung, pudo confirmar, a través de una experta que analizó minuciosamente el material, que no eran obras falsificadas.
Pero había un punto oscuro: los cuadros no tenían marcos y Lung carecía de documentos que avalaran cómo obtuvo ese tesoro.
En resumen, Sotheby’s llegó con rapidez a la conclusión de que eran las pinturas robadas a fines de 1980 en el MNBA.
Entonces, la enigmática Gabriella Williams se apartó del asunto. Y nunca más se supo de su existencia.
¿Acaso su protagonismo en esta trama fue, en realidad, un montaje para así blanquear una operación ilegal de espionaje?
De hecho, en la localización de aquella pinacoteca participó —por cuenta de Sotheby’s— la compañía The Loss Art Register, abocada a rastrear y restituir arte robado. La dirigía Julian Radcliffe, un antiguo agente del MI6, el servicio de inteligencia británico.
El problema del tipo era que, estando la recuperación de aquellos cuadros al alcance de su mano —por lo cual pretendía un 20 por ciento de su valor en el mercado—, no sabía con quién tratar la cuestión.
Así fue que, durante casi un lustro, ensayó tratativas que abarcaron desde los herederos de la finada señora Santamarina hasta funcionarios de alto rango del Estado argentino, pasando por las autoridades del MNBA. Sin embargo, los tratos que proponía no se efectivizaron.
Todo indica que, en tal lapso, el bueno de Lung se deshizo de la colección a cambio de abultadas sumas de dinero.
Fue en noviembre de 2005 cuando al juez federal Norberto Oyarbide le llegó un oficio enviado por su colega francesa Fabienne Pons.
Con pocas frases le informaba sobre el reciente secuestro, en una galería parisina, de tres cuadros robados en el MNBA; a saber: Recodo del camino, de Cézanne, El llamado, de Gauguin, y Retrato de mujer, de Renoir.
Sin perder tiempo, Oyarbide viajó a la Ciudad Luz para regresar con esas telas dentro de un cilindro plástico, en la clase turista de un vuelo comercial.
Desde entonces, aquellas pinturas se exhiben otra vez en el MNBA.
Así fue el final de esta historia. Pero, claro, solo por ahora.
