A 33 años de la Masacre de Catamarca la justicia habla de “hipotéticos episodios”

El 10 de agosto de 1974, en el marco de su estrategia política, el PRT-ERP a través de la Compañía “Decididos de Córdoba” atacó y copó la Fábrica Militar de Explosivos de Villa María, de esa provincia. Además de tomar dos toneladas de armas y municiones, ese día registró la pérdida en combate, del periodista César Arganaraz (corresponsal del diario El Mundo), Iván Brolo, y José Luis Buscaroli, al volcar uno de los vehículos en la retirada. Mientras tanto, en Catamarca, integrantes de la Compañía del Monte “Ramón Rosa Gimenez”, con base operativa en Tucumán, fueron descubiertos cuando se aprestaban a copar el Regimiento 17 de Infantería Aerotransportada.

El ataque generó una abrupta retirada que implicó que la mayoría de ellos emprendieran el regreso, una docena fueran detenidos y 16 de ellos se entregaran con vida, después de resistir en las proximidades de Capilla del Rosario la represión por tierra y aire, los días 11 y 12 de agosto de 1974.

Depusieron sus armas al verse en inferioridad numérica, pero igual fueron masacrados por efectivos del Ejército y de las Policías de Catamarca y de la Federal”, dijo en su testimonio ante el fiscal Santos Reinoso y el juez Ricardo Moreno, el entonces conscripto Fernando Gambarella, quien participó del operativo represivo que estuvo a cargo de los jóvenes oficiales Eduardo del Valle Carrizo Salvadores y Mario Nagakama, entre otros. “…luego aparecen cuatro jóvenes con las manos altos y uno de los militares con FAL automático empezó a dispararles hasta que fueron abatidos”, precisa Gambarella, en otro tramo de sus declaraciones.

En la misma dirección se inscribe el testimonio judicial del ahora comisario general en retiro, Antonio Nicolás Méndez. “Recuerdo que repentinamente vimos que a los lejos y por medio del río trataban de fugarse un hombre vestido de ropa militares y comenzaron a dispararles, utilizando las granadas que se colocan en el fusil FAL y el sujeto fue abatido”.

Dos testimonios de los numerosos que reflejan cómo fue la represión, las que se corroboran con los certificados de defunción de los médicos policiales, cuando dejaron los cuerpos en la morgue municipal. Dejan fehacientes constancia de que fueron acribillados a escasa distancia y en posiciones que estaban arrodillados o de espaldas y con las manos atadas, en algunos casos, y los cuerpos magullados.

Efectivamente, el testimonio de Carlos H. Barrionuevo, quien cubrió al igual que otros periodistas y fotógrafos, a una distancia que no le impidió registrar lo que sucedía. Los disparos y estruendos eran intermitentes, cortados por prolongados silencios y gritos, afirmó Barrionuevo al fiscal y al juez, y confirmó el origen de las magulladuras que presentan los cuerpos de los 16 combatientes. “Desde tres o cuatro metros de altura arrojaban los cuerpos… era terrible escuchar ese ruido”, dijo al tiempo remarcaba que son imágenes que hasta hoy lo perturban.

A Barrionuevo, pero no a Oscar Del Campo, Defensor Oficial de Primer Instancia del Juzgado Federal de Catamarca, quien sugestiva y llamativamente a contrapelo de las posiciones oficiales en la materia de derechos humanos, impugnó las acusaciones de crímenes de lesa humanidad, entre otros argumentos los descalifica, al señalar que son “hipotéticos episodios”, según se lee en el escrito de 36 páginas de Del Campo.

Una emboscada judicial a 33 años que postergó la presentación de Carrizo Salvadores y Nagakama, dos de una larga lista de acusados de personal de fuerzas del ejército y de efectivos de la Policía de Catamarca y de la Policía Federal, quienes fusilaron a José María Molina, Crescencio Ibañez, Alberto Rosales, Antonio del Carmen Fernández, Carlos Gutierrez, Francisco Scocimarro, Luis Billinger, Mario Lescano, Héctor Moreno, Raúl Sainz, Roberto Jerez, Luis Lopez, Juan Carlos Lezcano, y los uruguayos Carlos Trindida da Silva y Rutilo Betencour Roth.

Precisamente, hace un año atrás, su cuerpo fue entregado a sus familiares, quienes realizaron un acto en Capilla del Rosario, oportunidad en se entonó el bello poema de Pablo Neruda: “ Por estos muertos, nuestros muertos, pido castigo”. Tras 33 años de impunidad.

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