Veo la noticia de un hombre que se atrincheró en su lugar de trabajo porque le debían meses y meses de sueldo (digo “veo” la noticia porque hace tiempo las noticias se ven más de lo que se leen: siempre hay un video). Pablo O. se roció con nafta y en una de sus manos tenía un encendedor. Mientras hablaba por teléfono con uno de sus superiores, pidiendo que le paguen sus salarios adeudados, la policía lo redujo con una pistola taser. El hombre se prendió fuego como consecuencia de una de las chispas del arma eléctrica. Ahora tiene el 80% de su cuerpo quemado y es probable que muera.
¿Adónde está yendo nuestro país?, se preguntan en Rosario, Buenos Aires y la Patagonia: conductores de noticieros, periodistas de diarios, locutoras de radio. Aparecen rostros pálidos en los estudios de la tele y creo percibir cierto grado de nerviosismo. O quizás es solo una impresión. Mientras corto las verduras que tengo muriendo en la heladera, intentando hacerlas pasar por un soufflé para aparentar sofisticación, escucho en la radio que se baraja la posibilidad de que Argentina mande buques para apoyar a Estados Unidos en la guerra con Irán. ¿Argentina tiene buques de guerra?
Veo amigos y amigas buscando trabajo. En stories de hermosos colores, con diseños elegantes, seguramente realizados con los últimos modelos de iPhone: buscando trabajo. Me pregunto si es así como se vive una crisis siendo burgueses. Si empezamos a percibirlas cuando comienzan a haber pequeños caídos alrededor nuestro, cuando nuestras pequeñas y aparentemente inquebrantables burbujas hacen ¡plop!. Cuando en nuestras casas cocinamos recetas con nombres internacionales, pero en realidad estamos usando lo último que tenemos en la heladera.
“Volvieron los 90”repite la gente en la calle, en las reuniones, en conversaciones que se ponen filosóficas mientras se toma sidra barata. No tengo recuerdos de esa época, pero sí de lo que vino después. Era muy chica, y de esa época tengo solo imágenes: tickets canasta, mujeres vendiendo productos Avon (amaba esas revistas-catálogo, a veces venían muestras gratis y atesorábamos esas bolsitas como si fuesen oro), mi mamá vendiendo ropa interior en las reuniones con sus amigas, el tacho de la esquina de Alberdi y Centenera prendido fuego. Después todo más o menos se acomodó y crecí entre algodones. Lo que ahora me pregunto es cómo se deben haber empezado a sentir las primeras señales, los primeros presagios de una catástrofe. Las crisis empiezan mucho antes de que efectivamente las empecemos a percibir en nuestra cotidianidad o comodidad, pero, aunque suene egoísta, al fin y al cabo es en esos momentos cuando las sentimos de una manera ya no tan abstracta.
Un hombre prendido fuego en su trabajo, la posibilidad de una guerra que queda lejos pero ahora ya no tanto, amigos buscando trabajo con canciones de Babasónicos de fondo que acompañen sus hermosos flyers en las redes, una empresa nacional que cierra luego de cien años de existencia. Nada de esas cosas, por separado, alcanza para decir que hay una crisis, pero juntas dan la sensación de lo contrario, formando una continuidad incómoda. Durante un tiempo todo eso puede leerse como casos aislados, cosas que pasan, algo desafortunado, casos “extraordinarios”. Pero en algún momento esa lectura dejó de funcionarme, porque los hechos empezaron a repetirse. No fue de manera inmediata, no ubico un punto claro. Es más bien una incomodidad que se fue instalando, una especie de insistencia. Y entonces ya no es tan fácil olvidar lo que vamos viendo. Tampoco es fácil nombrarlo, y lo que queda no es más que hundirse en un campo suave y llano de profundo pesimismo.
Estoy leyendo Sobre héroes y tumbas, de Ernesto Sábato. Fue publicada en 1961 y era una de esas novelas que tenía pendiente. No entiendo cómo tardé tanto en llegar a ella: es la Argentina hecha novela. Subrayo todo, páginas enteras. “Para tener una visión negra del mundo, hay que haber creído antes en él y en sus posibilidades”, afirma el narrador al comienzo de la novela, y sigue: “Y todavía resulta más curioso y paradojal que los pesimistas, una vez que resultaron desilusionados, no son constantes y sistemáticamente desesperanzados, sino que, en cierto modo, parecen dispuestos a renovar su esperanza a cada instante, aunque lo disimulen debajo de su negra envoltura de amargados universales, en virtud de una suerte de pudor metafísico; como si el pesimismo, para mantenerse fuerte y siempre vigoroso, necesitase de vez en cuando un nuevo impulso producido por una nueva y brutal desilusión”. Suena bastante familiar.

A medida que la sociedad se deteriora, también lo hacen los individuos. Ese clima de decadencia en Sobre héroes y tumbas no aparece solo en lo que pasa, sino en cómo se perciben el tiempo y el espacio, y en cómo todo eso termina impactando en la forma en que los personajes miran y viven su propia vida. En ese sentido, lo que les pasa no está separado del contexto, sino que va muy en paralelo con lo que Sábato plantea en Hombres y engranajes: “(…) lo correcto es considerar la crisis, a la vez, como una crisis del hombre y de las estructuras sociales”. La decadencia que recorre la novela no queda encerrada simplemente en esa Argentina del siglo XX, sino que se parece demasiado a ciertas formas en que nuestro presente vuelve a desordenarse. Como si algunos fantasmas no se fueran nunca del todo, y lo único que cambiara fuera el momento en que vuelven a hacerse visibles.
En la misma época que Sobre héroes y tumbas construía esa Argentina hecha de capas, de tiempos que se superponen y de una decadencia que parece no resolverse nunca, en Estados Unidos Joan Didion percibía que algo en su país también empezaba a correrse de lugar. En Los que sueñan el sueño dorado —publicado en 2012 y compuesto por crónicas escritas a lo largo de los años sesenta— hay escenas de esa época en las que las cosas empiezan a trastocarse, tal como lo describe Didion: “El centro ya no se sostenía. Era un país de avisos de bancarrota y de anuncios de subastas públicas y de noticias de gente que mataba porque sí y de niños que se criaban con quien no debían y de hogares abandonados (…) San Francisco era el lugar donde brotaban las hemorragias sociales. Era el lugar donde los chavales que desaparecían se estaban reuniendo y llamándose a sí mismos hippies”. Los asesinatos vinculados a Charles Manson, el Escándalo Watergate, todo eso vendría después. Pero en sus textos ya hay algo previo: advertencias que Joan Didion percibe y registra, aunque no pueda hacer mucho más que escribirlas.
Algo parecido siento que nos está pasando, nos rodean advertencias, como un teléfono que suena sin parar hace rato, que nadie contesta, mientras los rostros en la televisión se siguen preguntando a dónde está yendo nuestro país, a dónde, como si la pregunta alcanzara para librarnos de algo.
Imagen de portada: Le poison (El veneno), René Magritte, 1939.
Píxel / Redacción Zoom
