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Lo que cambió ayer, tendrá que cambiar mañana

Discutir el trabajo es discutir la vida. ¿Lo sabemos? ¿Acaso es posible vivir sin horizonte? En el borde de todas las tristezas paramos para zurcir una esperanza. Por María José Bovi

Argentina volvió a discutir el trabajo, y también el sentido que le damos al trabajo en nuestra vida. Lo hizo en el Congreso, en la calle, en la mesa familiar y en las oficinas. Lo hizo entre números, dictámenes, discursos técnicos y normativas. Cuando la discusión es una reforma laboral, parece que hablamos solo de contratos, indemnizaciones, períodos de prueba, litigiosidad. Pero no, la reforma es mucho más que eso.

Escribo desde Tucumán, desde una provincia donde el empleo público sostiene a miles de familias, donde el trabajo informal es moneda corriente, donde las changas, el monotributo y la precariedad no son una novedad sino una estructura. La provincia superpoblada con miles de niños caminando por la noche en busca de la moneda. A veces pareciera que las cosas solo suceden en Buenos Aires y para Buenos Aires, pero aquí también nos andamos preguntando cómo se llega a fin de mes sin morir en el intento. Sin morir.

Soy de la generación de quienes crecimos con una idea bastante clara de lo que iba a ser la adultez: estudiar, trabajar, construir una casa, viajar, fundar una familia si queríamos, reír mucho. No parecía una utopía. Era el horizonte lógico de quienes habíamos visto a nuestros abuelos hacerlo y, en algunos casos generosos, a nuestros padres. Hoy somos la generación que comparte memes del estilo “yo de niño: cuando sea adulto, viajaré, tendré una casa gigante y un auto de lujo; yo de adulto: ¡Oh, qué bueno, voy a estrenar una esponja nueva!”. Pareciera que lo único que nos queda es reírnos de nuestra propia miseria.

Somos los hijos y nietos de las generaciones que levantaron casas con créditos accesibles y trabajos estables. Generaciones que, incluso en crisis, todavía podían comprar bienes materiales, conservarlos y adjuntarlos en una herencia. También somos los descendientes de generaciones con muchísimos problemas para lo emocional. Pero cuando hay techo, no dudo de que la emoción pueda ser un poco más pacífica. Estamos siendo la generación entristecida a la que todavía le quedan muchos años de vida y esa idea es suficiente para la angustia colectiva. Somos el meme de lo intransitable que es la vida adulta. Y lo más difícil de ser adulto es tener que seguir con tu vida igual, aunque estés triste.

Aprendimos a acumular títulos, posgrados, cursos, idiomas, oficios, saberes, experiencias y seguimos alquilando, postergando sueños, calculando todo y todo el tiempo, pidiendo préstamos en Mercado Pago y pagando infinitos intereses de los mínimos de tarjetas, vendiendo cosas para comprar otras, mirando los avances tecnológicos a los que no vamos a poder acceder, retrasando visitas médicas por la falta de obra social y de trabajo en blanco. Somos otro quiebre generacional. Y estamos tristes y estamos enojados y los recursos se nos están acabando. ¿Cómo pensar una solución colectiva si mañana tengo que tomar dos colectivos para ir a mi trabajo, si no me despiden y no me queda ni para pagar los colectivos?

La reforma laboral se inscribe en esa sensación de piso que se mueve constantemente. El trabajo ya no nos organiza el tiempo como promesa, lo hace como incertidumbre. Odiamos trabajar y cada vez trabajamos más. No sabemos si el contrato durará, si el ingreso alcanzará, si el esfuerzo será recompensado o simplemente absorbido. Y ahora, encima, tenemos que pensar si nuestro tiempo valdrá kilos de arroz, kilos de carne o algunos fardos de leche y especias. Nos vendieron la idea de que es momento de ser nuestros propios jefes sin poner en la letra chica de la propaganda que vamos a tener que olvidarnos de gran parte de nuestra vida social. Mucho reel sobre negocios y pocos negocios. Mucho reel sobre generar ingresos y pocos ingresos rentables.

En Tucumán eso se ve clarito. Somos la provincia de la prestigiosa Universidad a la que un norte completo aspira, a la que un país grande muchas veces mira, a la que muchos países invitan a charlar. Somos los profesionales altamente formados que encadenan contratos temporarios en su seno y que trabajan de oficios muy distintos a sus títulos para llegar al veinte de cada mes. Jóvenes que trabajamos en comercio sin estabilidad. Mujeres que sostenemos dos o tres tareas simultáneas, todavía, de cuidados y nuestras familias crecen a pesar de no tener hijos, porque todavía podemos sostener la ilusión de: en donde come uno, comen dos. Emprendedores que nacemos más por necesidad que por vocación. Trabajadores que dejamos de amar el trabajo y aprendimos a dormir poco, trabajar mucho y descansar nada.

Se nos fue algo más que la plata, es una realidad: se nos fue la tranquilidad. Hay una tristeza que circula. No es dramática ni épica. Es una tristeza baja, persistente. Y la sensación de que, hagamos lo que hagamos, el margen para la tranquilidad es mínimo. Tenemos la seguridad de que el país siempre está empezando de nuevo y, al mismo tiempo, de que el país nunca volverá a empezar. Se acabaron las proyecciones. No podremos más decir pueblo, patria, Estado, derechos, sin doler primero, sin enojarnos, sin llorar por lo que fue.

Nuestros padres están envejeciendo, nuestros abuelos muriendo sin recursos. Muchos son jubilados que ajustan cada gasto. Otros sostienen posiciones políticas que celebran el desmantelamiento de derechos que a ellos mismos los protegieron. Ya no hay red económica posible. Y, en algunos casos, tampoco hay acuerdo simbólico. No pueden ayudarnos las generaciones que nos vieron nacer porque parece que dejamos de compartir el diagnóstico de esta enfermedad.

No vengo a etiquetar ideologías, vengo a compartirles la pregunta que me persigue: ¿qué cultura estamos construyendo? En Tucumán, como en todo el país, vemos discursos que banalizan la desigualdad, que ridiculizan la solidaridad, que convierten la precariedad en mérito. Ya lo escucharon a Jaldo decir: «Yo respeto la decisión de la CGT, pero ¿después qué?”. ¿Ya escucharon a Jaldo pedir: prudencia y responsabilidad? ¿Escucharon a quién se la pidió? El futuro de nuestros niños, si podemos hablar de futuros y de niños, se ve que está en la cárcel como único acuerdo grupal. ¡Y qué dolor!

El paro de ayer deja una marca, señala un límite, y vuelve a instalar la pregunta que incomoda: ¿qué tipo de vida es posible cuando el trabajo deja de ser horizonte y se vuelve resistencia? ¿Qué subjetividad crece en un país donde el futuro se volvió una palabra imprudente?

A mí me gusta pensar que ese futuro con el que soñábamos todavía existe en alguna parte. Me gusta pensar que después de parar 24 horas, muchos volveremos de casa a nuestra rutina con una sensación distinta. Que lo mejor del jueves 19 de febrero haya sido volver a casa, descansar, estar con nuestros hijos, calmar el cuerpo, comer algo rico, apagar alarmas, cancelar reuniones, cerrar la agenda, y encontrarnos con nuestros amigos en las calles que, por una vez, scrollear no haya sido el rescate del día, porque hubo algo más importante que mirar. Porque nos hemos mirado con otros. Ninguno sabe cuándo estas cosas volverán a ser accesibles sin esfuerzo desmedido. Ninguno sabe cuándo dejará de ser difícil algo tan básico como proyectar. Algo quedará flotando, será el resto, la huella: la conciencia de que el trabajo no es solo ingreso, que la vida no puede reducirse a rendimiento, que el cansancio no puede ser destino.

Tal vez no sepamos todavía cómo recuperar el futuro. Tal vez, por ahora, solo podamos hoy defender un día, un descanso, un abrazo, los amigos, las canciones, los libros, los ratitos, y considerar los pequeños gestos como formas mínimas de resistencia que nos están ayudando a no abandonar las máximas. Si el futuro se volvió incierto. ¿cómo vamos a sostenernos ahora?, ¿cómo vamos a levantarnos cada día con ganas de algo cuando casi nada parece garantizado? Lo que cambió ayer en la calle, en el Congreso, en nuestras conversaciones tendrá que cambiar mañana. No porque alguien lo ordene, es que no hay forma de vivir indefinidamente en la intemperie. Entonces, después de 24 horas de un país detenido quizá ya no sea lo más importante qué se ganó y qué se perdió, sino cómo vamos a resistir con otros para que este presente no sea lo único que nos quede. Mi deseo se encuentra en las palabras de Julio Numhauser, eternas en la voz de la Negra Sosa: lo que cambió ayer, tendrá que cambiar mañana, así como cambio yo en esta tierra lejana. Cambia, todo cambia.

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