Candelario Márquez era fanático de Rita Hayworth. Tanto es así que durante el anochecer del último sábado primaveral de 1970 se enclaustró en su habitáculo, situado al fondo del salón de belleza donde se desempeñaba como peinador y podólogo para ver por televisión el ciclo Hollywood en castellano, dado que allí se emitiría la película Salomé, protagonizada por esa diva. Claro que sin suponer que ello daría pie a una coincidencia del azar.
Porque el domingo por la mañana salió de allí para comprar cigarrillos. En eso estaba, al oír a sus espaldas una voz:
— ¡Salomé, hacele caso a mamá!
De inmediato, giró la cabeza. Y no menor fue su asombro —o, tal vez, su desazón— cuando advirtió que la tal Salomé solo era una perrita chihuahua.
En el otro extremo de su correa había una anciana entrada en kilos, cuyo cabello lucía un teñido rojo caoba. Ella y su mascota prosiguieron su camino con pasos rápidos hasta perderse tras el portón de una casona emplazada en la calle José Bonifacio 2615, del barrio de Flores.
Candelario las había seguido con la mirada.
El kiosquero, al percatarse de ello, dijo:
— Es doña Rosita…
Y mientras entregaba el vuelto, añadió:
— De joven estuvo en el coro del Teatro Colón.
Tal dato concitó el interés de Candelario, por lo que el kiosquero –quien conocía la vida y obra de todo el vecindario– se lanzó de buena gana a ampliar la información. En resumen, que aquella solterona de 70 años era muy culta y de exquisitos modales, que era amante de los pájaros –tenía varios en su hogar– y que había vivido con su mamá hasta su fallecimiento, a fines de 1968; también señaló que, pese a su holgada situación económica, continuaba siendo profesora particular de danza y canto.
Esto último hizo que a Candelario le brillaran los ojos. Es que su sueño era ser bailarín de televisión.
Esa misma semana se convirtió en su alumno. Desde entonces, acudiría todos los martes y jueves a la casona de la calle José Bonifacio.
Dicho sea de paso, poco después perdió su empleo. Y tuvo que mudarse a una pensión. Pero no por eso interrumpiría sus clases con ella.
De modo aún imperceptible, los hilos del infortunio habían comenzado a entrelazarse.
La maceta ensangrentada
Siete semanas después, exactamente a las 15.30 del martes 6 de febrero del año siguiente, al llegar allí, Candelario se encontró con un inquietante despliegue: cuatro patrulleros, dos vehículos no identificables, una ambulancia y muchos policías. Pero, lo que más pareció llamarle la atención fue que Salomé se hallara en la cabina de un Falcon verde, custodiado por un agente de civil.
El estilista se quedó en la esquina de José Bonifacio y Varela, junto con otros vecinos del barrio. Todos cuchicheaban entre sí. Nadie sabía con exactitud lo que había ocurrido, salvo que alguien había efectuado una denuncia a raíz del olor pestilente que emanaba del inmueble. Ese olor ahora llegaba hasta la calle.
Mientras tanto, los uniformados entraban y salían de allí, guardando un hermetismo absoluto.
En la vivienda, la escena parecía irreal. La profesora aún yacía en el hall; su cráneo exhibía una espantosa hendidura. A su lado estaba el arma homicida: una maceta ensangrentada. Desde el dormitorio, donde la cama estaba deshecha, la ropa revuelta y los cajones abiertos, se extendía un reguero rojo hasta el lugar en el cual ella se había desplomado. Resultó curioso que su dentadura postiza estuviera en el extremo opuesto del salón. La prótesis, según los investigadores, era una prueba de valía, ya que presentaba restos de tejido humano. Un detalle escenográfico robustecía el horror: los pajaritos de la víctima habían muerto en sus jaulas de inanición y sed. A ojo de buen cubero, ella habría exhalado su último suspiro hacia no menos de cinco días. Es decir, durante algún momento del 1° de febrero. Un jueves.
Cuando el cadáver de María Rosa Losio –tal era su nombre completo– fue retirado del domicilio, se impuso un pesado silencio entre los presentes. Y algunos asistían al aprendiz de bailarín, quien lagrimeaba sin consuelo.
Coreografía al rojo vivo
Esa misma noche, Candelario acudió espontáneamente a la comisaría 8ª para declarar que era alumno de la víctima, y que sospechaba de un gasista que había realizado un reciente arreglo en el inmueble del crimen.
Sus dichos despertaron el interés de los policías; en especial, de uno con tupido bigote negro que, sin preguntar nada, lo observaba por el rabillo del ojo. Era el comisario Gerardo Salazar, de la División homicidios.
Encorvado por la pesadumbre, con las manos en los bolsillos y la mirada húmeda, Candelario transformó su testimonio en una suerte de catarsis. De los datos que iba aportando pasaba una y otra vez a consideraciones de naturaleza personal; la más recurrente fue que el trágico fin de doña Rosita había cortado para siempre su formación artística. Y sollozaba.
Los policías lo escuchaban con expresión piadosa. Salazar hasta extendió hacia él un pañuelo para que se secara las lágrimas. Y recién entonces, él sacó una mano del bolsillo. Su llanto cesó y, al serenarse, elevaría la mirada hacia un punto indefinido. Fue como si ante sus ojos desfilara toda su historia.
Nacido 25 años antes en el pueblo catamarqueño de Andalhuela, llegó a Buenos Aires durante el verano de 1967 para abrirse un camino en la vida.
Así fue que este muchacho morocho y esmirriado decidió tomar un curso de peinador en la peluquería Antón, instalada por don Antonio Ellera en la calle Castro Barros 43. También frecuentó una academia llamada “Universidad de la Uña”, para estudiar podología, recibiéndose allí con una “mención especial”. A partir de entonces, comenzaría a trabajar en el mismo salón de belleza en el que se formó como estilista; además allí ejercía su oficio de pedicuro y, por si fuera poco, se las arreglaba como maquillador. Todas las clientas pedían por él. Y lo cierto es que su patrón no demoró en tomarle una especial simpatía, al punto de cederle la piecita del fondo para vivir allí. Así transcurrieron tres felices años.
Pero en los últimos tiempos, la relación entre ambos se tornó vidriosa.
Es que Candelario se mostraba cada vez más díscolo y desobediente. Y al mismo tiempo recibía en su alcoba a muchos amigos a los que presentaba como “parientes”. Tal circunstancia terminó por enervar a don Antonio, quien le pidió que abandonara la peluquería.
Eso había sucedido poco después de conocer a doña Rosita.
El asunto es que él se fue a vivir a un inquilinato situado a solo una cuadra de su antiguo domicilio. Pero sin su empleo, la vida se le tornó difícil. De hecho, no le quedaba más que su deseo de triunfar como bailarín de televisión.
Ahora, en esa oficina mal iluminada de la comisaría 8ª, derrumbado en una silla tras interrumpir su llanto, Candelario estiró la mano derecha para tomar el pañuelo que el comisario Salazar le ofrecía.
En ese instante, éste advirtió en su dorso una cicatriz en vías de curación.
Candelario Márquez salió de allí con las esposas puestas.
La última danza
A las 11 de la mañana del 1° de febrero —seis días antes de que el cadáver de la profesora fuera descubierto—, Candelario llegó a la pensión en un estado de visible nerviosismo. La casera observó su mano lastimada, y él atribuyó esa lesión —la cual reproducía en rojo la forma de una dentadura— a un accidente:
— Como estudio danza —dijo—, al practicar un paso de baile en mi cuarto, me corté al caer sobre el vidrio de la puerta del baño.
Seguidamente, para sostener tal coartada, se apuró en romper ese vidrio para dibujarse sobre la dentellada en la mano otra herida que la disimulara.
Ya en la seccional, Salazar le soltó a boca de jarro:
— ¿Qué te pasó en la mano, pibe?
Candelario repitió su versión sobre el vidrio de la puerta del baño.
Ahora, después de casi una semana, no se notaban más a simple vista las diferencias entre los matices de una y otra cicatriz.
Aun así, el comisario no le creyó.
En los días posteriores, pudo reconstruir la cadena de acontecimientos que precipitaron la muerte de doña Rosita.
Tras su expulsión de la peluquería Antón, al no tener trabajo ni dinero, el estilista comenzó a sobrevivir mediante pequeños hurtos. En la pensión hasta supo introducirse en las habitaciones de otros inquilinos para hacerse de unos pocos pesos. También robaba víveres en los almacenes del barrio. Fue así que, en vista del buen pasar de doña Rosita, decidió dar el gran golpe.
A primera hora del 1° de febrero se presentó en la casona de la calle José Bonifacio. Su moradora, como lo conocía, no dudó en abrirle el portón. Pero grande sería su sorpresa al sentir que el recién llegado la tomaba del cuello. Ella empezó a gritar, pero los ladridos de la Salomé amortiguaron aquellos alaridos. Doña Rosita lograría liberarse de las garras de su agresor para correr con suma premura hacia su dormitorio. Mientras tanto, la perrita atacaba la pantorrilla de Candelario. Y él, atrapado por una mezcla de furia y pánico, alejó a la diminuta bestia con una patada. Y fue tras la mujer, que seguía gritando. Quizás en aquel instante, el estilista haya sentido que todo se le iba de las manos. Y fue en aquel momento cuando agarró una maceta con malvones. Con ese objeto descerrajó el primer golpe sobre la cabeza de la profesora. Ella, ya sangrando, aunque sin abdicar a sus gritos, logró escabullirse hacia el hall de entrada. Su victimario intentó acallarla tapándole la boca, pero doña Rosita le hincó con mucha fuerza la dentadura en la mano. Candelario, entonces, la retiró de un modo tan brusco que la prótesis de la señora volaría hasta el extremo opuesto del salón. Entonces, un segundo macetazo calló a esa mujer para siempre. A partir de ese momento, el intruso comenzó a revisar hasta el último escondrijo de la casa.
Al respecto, se podría decir que la faena le resultó provechosa, puesto que logró llevarse un botín que incluía relojes de oro, diamantes y varios anillos.
Parte de tal tesoro lo empeñó en el Banco Municipal; lo hizo firmando una boleta a su nombre en la que hasta puso su verdadera dirección. Así obtuvo unos 300 mil pesos, que ya había empezado a dilapidar en juergas.
Por este crimen, Candelario Márquez pasó 16 años tras las rejas.
Al salir, ya no tuvo edad para triunfar como bailarín de televisión.
