Nuestras vidas parecen atravesadas por imágenes, sacamos fotos a una receta médica, a un recorrido que nos marque un GPS para llegar a destino, a la comida o al fragmento del libro que estamos leyendo. En esa constante, están quienes marcan un quiebre en ese fluir constante de imágenes porque sacan una foto y condensan una escena o registran un retrato y advierten una época. Se trata de los y las reporteras gráficas, un oficio atacado desde el discurso y el accionar del gobierno.
¿Cómo es el día a día de quienes salen con la cámara al hombro para registrar las movilizaciones que pueblan las calles de este país? ¿Qué desafíos los atraviesan en un contexto de crecimiento de la inteligencia artificial?
Comunicadora e investigadora del CONICET, especializada en la historia del fotoperiodismo, Cora Gamarnik define este momento como “particularmente crítico y paradójico para el ejercicio del trabajo de las y los reporteros gráficos”.
¿Por qué? Subraya dos razones. “Por un lado, asistimos a una reactualización de la violencia estatal sobre quienes producen imágenes en el espacio público: golpes, detenciones arbitrarias, disparos dirigidos a las cámaras, intentos de borrar registros. No se trata solo de impedir una foto, sino de disciplinar la mirada, de desalentar la presencia de testigos visuales allí donde el poder ejerce la fuerza. En ese sentido, la represión contra los fotoperiodistas no es un exceso: es una política que busca controlar qué se ve y qué no se ve”.

A su vez, destaca que “este escenario se complejiza con la proliferación de imágenes generadas por inteligencia artificial, que introduce una nueva capa de conflicto. La fotografía, históricamente asociada a una relación material con el acontecimiento, ve erosionado su estatuto de prueba en un ecosistema visual saturado de simulaciones, falsificaciones y verosimilitudes sin referente. Esto no invalida al fotoperiodismo, al contrario. Lo obliga a reafirmar su anclaje ético, político y corporal: el cuerpo del o la fotógrafa en la escena, el riesgo asumido, la responsabilidad sobre lo que se muestra”.
De esta manera, para Gamarnik se da una triple intemperie: “La violencia física del Estado, la violencia simbólica de la desinformación tecnológica y la precarización laboral”. Al cierre de esta nota, la reforma laboral diagramada por Javier Milei pretende anular el estatuto del periodista, lo que implica menos derechos para el ejercicio del oficio.

La represión del 12 de marzo de 2025:
El miércoles 12 de marzo de 2025 una cápsula de gas lacrimógeno, disparada en forma asesina por las fuerzas de seguridad federales, impactó sobre la cabeza del reportero gráfico Pablo Grillo. Con traumatismo de cráneo y pérdida de masa encefálica, el joven estuvo internado en el Hospital Ramos Mejía hasta septiembre, cuando pasó al hospital neurológico Manuel Roca. En los últimos días, después de 10 meses, Grillo pudo volver a pasar unas jornadas en su casa.
“Ese día produjo un antes y un después en la manera de pensar y ejercer las coberturas periodísticas en contextos de protesta en los últimos años. Y lo digo no solo desde mi lugar de investigación, sino también desde un vínculo afectivo y político con Pablo y con su familia, que vuelve imposible cualquier distancia neutral”, relata Gamarnik sobre ese miércoles en el que Pablo fue a sacar fotos a una de las marchas de los jubilados y jubiladas.
Ese miércoles, las hinchadas de clubes de fútbol de todo el país acompañaron la marcha, y muy cerca de donde fue atacado Pablo estaba Rodrigo Abd, reportero de la agencia AFP. “De hecho hice unas fotos de cuando lo estaban tratando los médicos y lo subían a la ambulancia. Creo que eso nos marcó a todos los reporteros porque hasta ese momento no estábamos cubriendo con tanta protección y con casco, a veces con máscara pero no con casco. Eso nos empujó, nos obligó a protegernos de otra manera para tener más precauciones”, reflexiona en diálogo con Zoom.
El hecho produjo la creación de una red como Mapa de la Policía, una iniciativa que se define como una red de cuidados contra la violencia policial y fue clave para identificar a quien le había disparado a Grillo. “El Mapa no fue solo una herramienta técnica: fue una forma de reconstruir, clasificar e identificar el accionar represivo. En ese esquema, las y los reporteros gráficos dejaron de ser observadores o trabajadores que cumplían su labor en el espacio público para convertirse en objetivos móviles para la represión”, explica Gamarnik.
La investigadora este trabajo dejó en evidencia un nivel de planificación y racionalidad represiva que no puede leerse como un desborde. “Bullrich lo reiteró esta semana. A pesar de todas las pruebas, a pesar de que el gendarme que le disparó a Pablo, Héctor Guerrero, ya está procesado, dijo que ‘el tiro fue bien hecho’. Literal. Mientras Pablo sigue desde el 12 de marzo de 2025 hasta hoy en rehabilitación. Lo de Bullrich ya no tiene nombre. Es de una amoralidad total”.
En ese sentido reconoce que “lo que pasó con Pablo, como también lo que pasó con Rodrigo Abd, a quien un camión hidrante le perforó el tímpano, impactó de lleno en las prácticas de cobertura”. Sobre el cómo, coincide con Abd: “A partir de ese día, muchos fotógrafos y fotógrafas empezaron a trabajar con una conciencia permanente de vigilancia, pensando recorridos de escape, posiciones menos evidentes, estrategias colectivas de cuidado. Se volvió imposible no realizar sus coberturas teniendo en cuenta que la policía sabe dónde estás, qué estás haciendo y cómo te movés. El riesgo ya no es solo el ‘cruce’ con una bala o un golpe aislado, sino la gestión sistemática del daño premeditado por las fuerzas de seguridad”.

“Al mismo tiempo, el caso de Pablo —seguido paso a paso a través de los canales que abrió su familia— puso en circulación otra forma de relato: una contranarrativa sostenida en el tiempo, donde las imágenes, los partes médicos, los mensajes y los silencios construyen un archivo vivo de la violencia estatal y la búsqueda de la solidaridad social. Ese seguimiento público tensiona el dispositivo policial, porque impide el borramiento rápido del hecho y transforma el daño en memoria compartida”, sintetiza.
María Candelaria Lagos es reportera gráfica y editora de fotografía de la ex agencia Télam. Al describir este contexto no duda y lo define como “el peor de todos los tiempos”. “Se ha legalizado la represión. Es muy complejo trabajar en este marco con un protocolo completamente restrictivo de nuestra profesión, ni qué mencionar que lo violan sistemáticamente las mismas fuerzas de seguridad, cuando suben con sus motos a las veredas y en las cercanías del Congreso”.
Lagos, también integrante de la comisión directiva de la Asociación de Reporteros Gráficos de la República Argentina (ARGRA), pasó a editar desde la pandemia, así que no viene cubriendo notas en la calle pero reconoce que desde las primeras represiones realizadas por este gobierno “los reporteros, con buen tino, olfato o instinto de supervivencia, han encontrado un modo más o menos posible de laburar manteniéndose juntos, haciendo causa común los cuidados entre todos y teniendo a mano todas las herramientas que nos brindan el Sindicato de Prensa (SIPREBA), ARGRA, la CORREPI. Así se logró armar un protocolo de acción, una agenda con teléfonos y lugares donde recurrir en caso de ser detenido, demorado o herido”.
El encuentro con la fotografía:
Tanto Lagos como Abd llegaron a la fotografía con un paso previo por bellas artes y comunicación. Sobre el encuentro con esa disciplina, el asumirse reporteros y las coberturas que más los marcaron conversaron con Zoom.
Lagos empezó a estudiar en el Instituto Vocacional de Arte “Manuel José de Labardén”, convencida de que lo suyo eran las bellas artes y, en el último año, tuvo un cuatrimestre entero dedicado a la fotografía. Ahí supo que ese era su camino. En los 90 entró a trabajar como administrativa a la agencia Télam, ya estudiaba fotografía y fue en 1996 cuando pasó a ese sector.

“Al poco tiempo de ingresar me tocó cubrir lo que sería el veredicto del juicio a José Luis Cabezas. Esa cobertura del asesinato marcó el punto de inflexión para todo aquel que se dedicara al periodismo. Para ser mi primer viaje en cobertura era mucha la responsabilidad, el marco en que entonces trabajábamos en la agencia. Con equipos totalmente baqueteados por su uso, fue un gran logro poder hacer fotos decentes y poder publicar en medios nacionales”, repasa.
En el caso de Abd, ganador dos veces (2013 y 2023) del premio Pulitzer, el encuentro con la fotografía fue a partir de su intención de querer hacer periodismo con una cámara. Entre las coberturas que lo marcaron, la primera que aparece es la de las jornadas de diciembre de 2001.
“Creo que el 2001, 2002, me marcaron mucho, pero desde un principio tenía la intención de tratar de enfocarme en las problemáticas sociales, y apuntaba con la cámara a eso. Tal vez esa fue la primera crisis tan fuerte que dejó una marca. Ahí vi trabajar a todos los reporteros internacionales y me di cuenta de que por ahí venía mi interés. Por la fotografía”, rememora.
Al momento de pensar en otras coberturas aparecen sus trabajos en Venezuela y Afganistán. “La intervención del ejército estadounidense en Afganistán me marcó para entender muchas cosas, la cobertura de las guerras. Haití fue otro ejemplo latinoamericano de una problemática colonial, estructural. Creo que cada una de las coberturas, y a veces hasta las más sencillas, las más simples, me cuentan cosas sobre el ser humano, la sociedad y la familia, sobre los lazos. Creo que es una acumulación de experiencias que te van moldeando como persona y como reportero gráfico”, apuntó.
Desafíos y alcance de un oficio terrestre:
Entre relatos fragmentados, algoritmos que nos encierran en burbujas y la concentración diezmada, la fotografía se vuelve necesaria para imprimir una dimensión nueva al flujo de reels e imágenes retocadas que nos invaden. Sobre este contexto y los retos del ejercicio de la fotografía como práctica profesional, responden Lagos, Abd y Gamarnik.
Lagos sostiene que el mayor desafío desde ARGRA es poder cuidarse, algo muy complejo porque por más que estén todas las herramientas posibles advierten que “no son suficientes para poder trabajar, primero, y para dar testimonio de lo que hace este gobierno después”. Cuenta, por ejemplo, que desde ARGRA, más específicamente en la escuela que funciona en el marco de esa institución, se les pidió a docentes que no vayan estudiantes a cubrir las marchas del Congreso. “Algo que antes se proponía para que pudieran acercarse lo más posible a laburar de manera profesional”, grafica.
“Desde ARGRA también se realizaron charlas preventivas, se actualizó el protocolo y desde entonces se abre la sede cada miércoles para armar una guardia el tiempo que lleve la cobertura de las protestas. Se pusieron a disposición también todos los teléfonos, el del abogado, más los del SIPREBA, FATPREN, articulando conferencias de prensa junto con la CORREPI y el CELS”, resume.
“El momento del ejercicio es de poner mucho el cuerpo, de estar atento, a tratar de tener la mayor cantidad de elementos posibles en las fotos que cuenten lo que está pasando. El ejercicio es tratar de empatizar con la gente que uno está documentando, tratar que eso se refleje en las imágenes y de cuidarse, de cuidarse y de tratar de cuidar a los colegas durante momentos de tensión o de represión”, analiza Abd.
El contexto viene con otro elemento estrella: el uso de inteligencia artificial para las imágenes. Abd dice que “es como otro mundo que está apareciendo, que ya está entre nosotros y no sabemos todavía las consecuencias que puede tener en el fotoperiodismo, en la fotografía y en muchos ámbitos de la industria visual. La creación artificial de elementos, de sentidos nos lleva a estar muy atentos en la práctica del fotoperiodismo”.
Para Gamarnik, “este contexto vuelve la tarea de los fotógrafos y fotógrafas aún más necesaria. Porque frente a la represión y frente a la imagen sin cuerpo, el fotoperiodismo insiste en algo fundamental: que hubo alguien ahí, mirando, registrando, poniendo el cuerpo para que ese fragmento de realidad no pueda ser negado”.
