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Narrativa del caos

Entre videos virales, crisis y miedos, las teorías conspirativas aparecen como relatos capaces de ordenar un mundo que ya no ofrece certezas. Por Martina Evangelista

Dos chicos en el colectivo hablan sobre Michael Jackson: uno le asegura al otro que el Rey del Pop sigue vivo. Se ríen, no con incredulidad sino excitados, como si el chiste fuera también una posibilidad. Y yo sonrío cuando escucho el video que reproducen, donde una voz en off asegura que Michael no está muerto y que, muy por el contrario, trabaja como camionero en un Walmart de Estados Unidos. El 132 avanza y más de un pasajero debe estar pensando en lo que hablan estos dos chicos. Billie Jean.

Suelen divertirnos las teorías conspirativas, aun sabiendo que la mayoría carecen de fundamentos y funcionan como herramientas para la desinformación. Pero lo interesante es preguntarse por qué existen, cómo se originan: creo que, en muchos casos, no nacen de una intención deliberada de mentir, sino que surgen cuando alguien no termina de convencerse del todo sobre algún asunto. Es así como nos preguntamos cómo murió Hitler, si Michael Jackson está vivo, o cómo se hicieron las pirámides en Egipto. Es así como mucha gente cree que nunca llegamos a la Luna, o que Paul McCartney en realidad está muerto y el que canta por él es un doble. Mi preferida es la teoría que asegura que Nicolas Cage es un vampiro y vive desde hace cientos de años, ya que se encontraron fotos de hombres muy parecidos a él a lo largo de los siglos. Y estos días me estuve preguntando ¿la mayor teoría conspirativa es la existencia de Dios?

Es en ese vacío, entre lo que nos dicen que realmente sucedió y lo que terminamos por creer o no, donde aparecen los relatos paralelos, las explicaciones ocultas que prometen ordenar un poco el caos. Y no es casual que cada día este fenómeno se recrudezca: vivimos en un tiempo en el que la realidad dejó de operar como evidencia, y ya no sabemos con certeza qué es real y qué no. “¿Objeto o pastel?” nos preguntan al empezar un video y uno no sabe si eso que vemos es un teléfono real hasta que un cuchillo lo atraviesa y descubrimos que en realidad es una torta. 

Las teorías conspirativas son especialmente atractivas en épocas de grandes crisis. Por ejemplo, en el siglo XIV, culparon a los judíos por la peste negra. El problema que se suma ahora es que tenemos internet, ambiente que permite que el material que crean los conspiranoides se propague mucho más rápido, sea mucho más creíble y también autoritario. El último ejemplo que podemos ver es lo que causó la pandemia. Recuerdo específicamente el video de una señora antivacunas en Plaza de Mayo, diciendo que las vacunas estaban hechas de bebés muertos. Y, hace unas semanas, en el mismísimo Congreso de la Nación, una diputada del PRO organizó un acto donde se mostraba a un hombre sin remera al cual se le imantaban objetos al cuerpo como consecuencia de haberse vacunado. 

Según un paper que leí, titulado “Uso de las ciencias sociales y del comportamiento para apoyar la respuesta a la pandemia de COVID-19” (2020, Nature humane behaviour), “(…) las investigaciones sugieren que las personas sienten la necesidad de explicar los grandes acontecimientos con causas igualmente grandes, y es más probable que crean en teorías conspirativas sobre acontecimientos con graves consecuencias y en tiempos de crisis. Esto es probablemente porque la gente se siente más atraída por las teorías de conspiración cuando no se atienden necesidades psicológicas importantes”.

Esta última observación sobre las necesidades psicológicas no atendidas la expone con maestría la última película del griego Yorgos Lanthimos, titulada Bugonia. El protagonista, Teddy, vive en una casa sellada con papel de aluminio, porque el afuera es una verdadera amenaza. Proviene de una familia de apicultores, actividad que él también sigue ejerciendo, y trabaja en el escalafón más bajo de una farmacéutica. Pasa el tiempo consumiendo teorías en internet: empresas que envenenan, abejas que desaparecen, un mundo manejado desde algún lugar que no se ve. En ese mapa mental, Michelle, su jefa, ocupa un lugar central. Para él, ella no es una CEO: es una visitante de Andrómeda con el objetivo de dominar el mundo. Ese cruce termina en un secuestro torpe y ridículo, ejecutado por Teddy con ayuda de su primo Donny, quienes juntos la tienen cautiva a Michelle en el sótano de la casa. Ahí, lejos de cualquier épica, la película nos muestra un duelo extraño, y en el cual no sabés con quién empatizar: un hombre que necesita que el delirio sea cierto y una mujer que intenta volver a la realidad usando las mismas herramientas con las que siempre ejerció el control. No se trata de probar si hay extraterrestres, sino de ver qué pasa cuando nadie logra convencer a nadie.

Teddy tiene una historia horrible, está muy marginado de la sociedad, trabaja empaquetando remedios, su familia murió por los agrotóxicos en los campos, su madre está en coma por un tratamiento rarísimo que la misma farmacéutica donde trabaja le ofreció. Entonces es ahí donde su personaje nos hace pensar cómo es que una persona llega a pensar que nos dominan los marcianos, o que la Tierra es plana, o que hay un plan maestro para eliminar a las abejas del mundo. 

Aparte de hacerme reflexionar sobre este punto, el título de la película me hizo conocer un nuevo concepto. En la Antigüedad, los griegos repitieron por mucho tiempo que, a partir del cadáver de un buey, podía nacer espontáneamente una colmena de abejas. Este fenómeno se llamaba bugonía, que, etimológicamente, significa “nacimiento a partir del buey”. Esta creencia no fue una superstición aislada ni una rareza de otro tiempo, sino una explicación ampliamente aceptada durante siglos. Aparecía en tratados, en poemas y hasta en manuales agrícolas. En textos como las Geórgicas de Virgilio, la bugonía aparece como un ritual de regeneración: cuando una colmena moría (por enfermedades, plagas, clima, etc.), se sacrificaba un buey, para que de su cadáver “nacieran” nuevas abejas. Este relato no circulaba como mito marginal, sino como conocimiento. Era falso, sí, pero funcionaba: permitía entender algo que de otro modo quedaba sin respuesta. Ante la pérdida, la bugonía ofrecía una promesa de regeneración.

Las teorías conspirativas funcionan porque explican. No porque sean verdaderas, sino porque son proporcionales: si el mundo se cae a pedazos, la causa no puede ser chica, azarosa o banal, de hecho este atajo mental tiene un nombre, y se denomina “sesgo de proporcionalidad”, y es cuando tendemos a creer que los grandes eventos suponen grandes causas. Pensar que las cosas pasan porque sí suele ser más inquietante que creer que alguien las organiza desde las sombras. Tiene que haber alguien detrás. Un plan, una voluntad.

Estas teorías están hechas para no caerse. De hecho, si refutamos lo que dicen, el mismo hecho de refutar es parte del encubrimiento: toda duda confirma que el asunto es más grande de lo que parecía. Estas ideas no se corrigen, se expanden. Quizás no alcance con desmentirlas ni con reírse de quienes las creen. Antes habría que preguntarse qué tipo de intemperie hace falta para que una explicación falsa y fantasiosa resulte más tranquilizadora que una verdadera. Y qué dice de este presente que, para tanta gente, imaginar un plan secreto y creen en seres que vienen de Andrómeda sea más soportable que aceptar que, en realidad, nadie está al mando o, peor aún, que los que están al mando son, tristemente, de nuestra misma especie.

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