Ardiendo por todas partes, generosa en sus alegorías, la literatura latinoamericana ha provisto de innumerables metáforas para ayudar a entender las complejidades sociales y políticas por donde se filtra el pulso inestable de nuestro continente. Desde Conversaciones en la Catedral (Vargas Llosa, 1969) hasta La llamada (Guerrero, 2024) o La hija única (Nettel, 2020), los infinitos caminos por donde nuestra literatura toca las puertas de la reflexión política, no han parado de reinventarse. En ese sentido, hay una novela breve y cubierta de polvo que constituye uno de esos puntales por donde nuestra narrativa dio los saltos definitivos para trascender la etapa tradicional que había marcado la literatura del siglo XIX y parte del XX. Se trata de El Coronel no tiene quien le escriba (Gabriel García Márquez, 1957), texto estampado por los días crueles de la contrarrevolución conservadora, aquellos donde las oligarquías vernáculas buscaban restablecer un tiempo que jamás volvería. En él, Gabo se propone dejar atrás la vieja voz narradora que había espejado un lector apático o distante de los personajes sin mito a que nos acostumbraba una literatura amante de lo foráneo, y trae por el contrario una larga cadena de silencios y medias luces que no dan lugar a figuras desconocidas o protagonistas inocuos. El coronel es un personaje profundamente político y culturalmente cercano, uno de esos con los cuales se empatiza en razón de sus referencias a “romperse el cuero para salvar la república” o por “comer mierda para salvar el matrimonio”. Esta obra de Márquez es una novela que tiene algunos hilos de actualidad y sustancias de temporalidad múltiple. Es por eso que vamos a tomar algunas alegorías que dejó su prosa infravalorada (incluso para el autor), a los fines de puntear algunas líneas sobre la posición esquiva en que se encuentra la última representante de fuste de nuestra familia militar. Victoria Villarruel.
Sabemos que Márquez siempre fue claro en su literatura, pero en esta ocasión nos convida un coronel y un escenario completamente distintos al atiborrado marco de personajes y lugares precisos que siempre reflejaron su narrativa. El aura de cosas no dichas puede pasarnos desapercibido si deseáramos un libro de verano, porque no sabemos ni el nombre ni el apellido de ese militar retirado, como tampoco el de su esposa o el del partido político al cual perteneció; menos aún, la identidad del gobierno soporífero que controla a la población mediante un estado de sitio. Para nosotros, sin embargo, es indefectible remarcar las escamas políticas que no cesan de asomarse: el coronel vive en condiciones económicas precarias (patio de barro, olla seca al fuego, mosquitero gastado), aguardando desde hace cuarenta años una jubilación o pensión que nunca llega pero en la cual persiste creer (persistencia que lo lleva a riñas constantes con su esposa). Un dato se le escapa al escritor colombiano: este coronel participó en una especie de guerra civil lejana del lado de las filas nacionalistas enfrentadas a las liberales, y por algún motivo la cuestión del no reconocimiento o la desazón con la coyuntura le marcan el humor decepcionado y triste con que afronta su devenir actual. Para colmo, ese proceso se da en medio del duelo más difícil que todo humano pueda soportar: la muerte de un hijo. En una gallera, en una pelea de gallos.
Dos elementos a tener en cuenta: una división de la oficialidad entre nacionalistas y liberales, una crisis de clase al interior de la familia castrense (ningún hijo de oficial de rango debería ganarse la vida en una gallera). Se trata de un declive de las viejas élites del alto mundo social latinoamericano, manifiesta en situaciones de pobreza, agonía y burla por parte de esta nueva sociedad. Es el viejo tema del angostamiento identitario en que se encuentran los militares nacionalistas, siempre que estos han sido elementos incómodos dentro de una racionalidad actoral más vinculada a los programas liberal-oligárquicos y no tanto autónomo-industrialistas. Torre (2025) siempre señala que el credo liberal se encalló cuando esa modernidad anhelada mostró los rostros inconfundibles de una sociedad en movimiento, más igualitaria e irreverente, menos proclive al respeto por las jerarquías sociales o las estructuras rígidas. Ese es el trasfondo del coronel de García Márquez. Esa es la grieta por donde parecen observarse algunas alegorías o espectros locales. Por eso, vamos a arriesgar una hipótesis, y es que desde 1955, convive una división al interior de las elites militares argentinas, división que fractura las relativas posibilidades de cohesión interna y hace notar muy fuerte una antinomia peronismo antiperonismo que contamina la pretendida autoconsciencia apolítica de las fuerzas armadas, todo lo cual lleva a sus elites a oscilar entre los aires refinados liberal-progresistas o protoeuropeos, para luego volver a los clivajes anacrónicos de las clases patricias o estamentales del tiempo colonial. Ese eclecticismo se torna mucho más complejo a partir de las salientes que deja el período 1976-1983, porque la falta de consenso al interior de la familia militar imposibilita la reconversión o reconstitución social de un segmento fundamental de las viejas élites castrenses.
Desde que se levantó la persiana represiva para dar lugar al regreso de la democracia, básicamente dos han sido las estrategias de autoafirmación de las fuerzas armadas. Por un lado, tomar una participación o rol más activo en determinados asuntos que afectan al desarrollo de la vida democrática (control de las fronteras, combate al narco-terrorismo, poder de policía en centros urbanos, influencia coactiva en escenarios puntuales); por el otro, preservar o reconstituir lo que queda del prestigio/reputación militar después de la larga noche del golpe, redefiniendo el rol que originariamente compete al actor en política exterior. Si la primera estrategia tiene que ver con aportar a una “normalización” de la democracia, el costo es un estrabismo en las funciones de las fuerzas, que, en lugar de pisar en la política continental argentina coloca las energías en roles secundarios más propios de otras. Si la segunda estrategia busca satisfacer la demanda de reconciliación entre la sociedad y los militares luego de la memoria tortuosa del golpe, la desinversión económica y el deterioro en la capacidad operativa relegan el respeto y el prestigio a un péndulo perverso donde la clase política primero derrama consignas elogiosas para luego defraudar a la familia en razón de su inanición (cuando no, caer en la reivindicación del accionar lesivo y vejatorio de la dictadura).
A este segundo orden pertenecen una larga cadena de símbolos y discursos que siempre buscaron rescatar el espíritu guardián o protector que se auto atribuyó el ejército, la marina y la fuerza aérea; resignificando el hilo que va desde el alegato de Massera en el Juicio a las juntas hasta el desfile de los aviones F-16 a manos del presidente Milei y su flamante ministro de defensa J. C. Presti (un miembro de las huestes liberales). Ese hilo permite olfatear que la heterogénea familia castrense busca desde tiempo atrás un reconocimiento social que estima como merecido en carácter de su contribución a determinadas “épicas” a las cuales fue “convocada”: la guerra contra la subversión, la guerra contra los ingleses, el cuidado de las fronteras, la lucha contra el narco terrorismo. Pero ese camino se desarrolla siempre atravesado por internas, diferencias semi abiertas, relecturas del pasado o posiciones antagónicas respecto del rol que deberían ocupar frente a un devenir que agita los espectros del ayer: un gobierno anarco-capitalista que hace trizas el tejido productivo sin soltar en paralelo las metáforas inicuas del conservadurismo coactivo; y por ende, dejar intacta la pata represiva o el rol securitista devaluado que agota las posibilidades de reconstitución de esas vías de respeto o deferencia social perdida.
Aquí es donde aparece Victoria Villarruel, hija predilecta de un segmento de la elite militar criolla, hija de sangre de la unión entre Diana Destéfani y Eduardo Villarruel, otro miembro de las huestes nacionalistas condenadas al silencio. Ella es vástago de un tronco determinado de la familia militar, cuyo abuelo materno era un reconocido contraalmirante de la marina y su padre un teniente de infantería del ejército con fuerte vocación conservadora (pasado a retiro por oponerse a jurar por la constitución y efectuar críticas abiertas a la conducción civil de las fuerzas). El árbol de Victoria, como el árbol del coronel de Gabo, también posee raíces antiliberales. Primero como militante conservadora de un espacio revisionista que proponía releer la dictadura y deshacer el “tratamiento anti-derechos” que se aplicaba a los represores, luego como presidenta patrocinadora de una fundación abocada a la defensa de las víctimas de organizaciones terroristas (de allí saltando sin escalas a diputada nacional en una fórmula anti-progresista), su devenir encuentra los mismos escollos o fracasos que marcaron el pulso del clivaje militar nacionalista. Los superficiales, antes que todo. Esos que reflejan una crisis económica de clase que condena a los hijos a vivir en la austeridad por tener padres “rebeldes”. Dato curioso, a este respecto, es que Victoria Villarruel arribó a la Cámara de diputados y luego a la vicepresidencia de la Nación registrándose como monotributista en las arcas fiscales. Flaquezas económicas, asuntos de jubilación. Similitudes con el coronel de Gabo.
Pasemos a lo importante, los elementos políticos. Victoria Villarruel, la vicepresidenta de Milei, quedó enclenque desde que el liberalismo la orfandó y en soledad pura desde que el peronismo no la cobijó, padeciendo en cuerpo propio el eterno problema (urticante en la dictadura) de la incomplementariedad entre nacionalismo y liberalismo, combinación relativamente exitosa cuando se trata de derrotar a un peronismo radicalizado o progresista, pero infructuosa cuando se trata de lograr un programa consensuado y duradero de gobierno. Es la misma grieta que dividió a Massera (de la armada) y a Viola (del ejército) contra las huestes neoliberales del equipo conducido por Martínez de Hoz. Es la misma grieta que, saltando las distancias conceptuales, Villarruel reedita con Milei en un clivaje que en primera instancia se muestra fuerte para encadenar el anti-progresismo, pero luego deficiente para aunar horizontes entre uno y otro extremo. Teléfono para los que sólo ven en Villarruel una bruja trabajando en las sombras al lado de otras elites desplazadas por el anarco-capitalismo. Si nos detenemos a pensar, se entenderá que las grietas son un poco más profundas, aunque ella continúe eligiendo el silencio en lugar del escándalo, la prudencia en lugar de la reacción, la diplomacia frente al maltrato (verbal en Javier Milei, protocolar en Karina Milei, más político en Santiago Caputo). Coincidencias, entre la dama de Aries y el coronel de Gabo.
Yerra el blanco Emilia Delfino (2025) cuando sostiene que Victoria Villarruel se convirtió en una de las mejores voceras de la derecha conservadora. A juzgar por estos días, el sector nacionalista de la familia militar sigue sin hacer pie después del ostracismo al que la condenó Milei eligiendo a Petri y a Bullrich en defensa y seguridad. Desde entonces, Villarruel no pudo (o no quiso) dar carretel a esa estrategia ambigua de recomponer simbólicamente la relación entre sociedad y fuerzas armadas, estrategia de expansión de las fronteras identitarias que buscaba recomponer un lazo social dañado. Esa había sido la promesa que despertaba la imagen de la vicepresidenta, explícita en el aura de serenidad con la cual improntaba sus debates contra montoneros sexagenarios o contra los últimos dirigentes apagados de un peronismo abúlico. Pero desde la visita a la Policía Federal en diciembre del ´23 (antes de asumir como vicepresidenta y antes del desplante de Milei), o desde la foto con la ex presidenta María E. Martínez de Perón en octubre del ´24, Victoria no sólo no pudo expandir las fronteras sociales del consenso dañado, sino que también perdió lazos con sus últimos aliados de clase dentro de las elites criollas. Perdió el teléfono de la referente procesista que la introdujo en el mundo de los represores detenidos (Cecilia Pando), se distanció del dirigente que articuló su estrategia territorial en la provincia de Buenos Aires (Guillermo Montenegro), y enfrió su relación con la última revisionista legitima que tuvo el peronismo (Cristina Rucci). En esas condiciones, Villarruel no tiene quien le escriba.
Señala Delfino (2025) que la historia política y personal de la vicepresidenta es muy similar a la de su padre, entrenado en una sucesión de derrotas y humillaciones a pesar de que ella pareciera revertir el destino postergado de los de su clase. Aquí es donde nosotros seremos más prudentes, porque hemos partido desde la literatura y no tanto desde los espejismos del presente. En García Márquez, siempre hubo una cuestión recurrente con el tema de la espera, con el asunto del paso lento y esperanzado del tiempo. Siempre estuvimos frente a protagonistas como Aureliano Buendía o Florentino Ariza, personajes que aguardaron con dientes inquietos el arribo de un momento redentor, una última oportunidad. Y esa parece ser la característica sobresaliente de Victoria Villarruel, porque lo vimos cuando supo madurar una teoría alternativa sobre la dictadura para soltar en un único golpe de manos a los viejos popes militares y a los guerrilleros de la causa setentista. Porque lo vimos en la protocolar agenda propia con que enfrentó el destrato público de los Milei y de ese pueblo libertario-plebeyo al cual ella no pertenece, pero del que se sirve. Márquez nos diría que una única narración es posible, y esa narración no se parece en nada a las viejas fantasías de la literatura erudita de los siglos pasados ni a los sueños liberal oligárquicos de un mundo que ya no existe. A la vicepresidenta le queda pendular hacia la centro-derecha, pero ese parece ser un camino obturado en tanto el tronco nacionalista no puede desprenderse de su anti-peronismo ancestral (antinomia que aísla siempre a estos cuadros políticos). Le queda entonces el riesgo de parecerse a un coronel solitario y desvaído del que nadie habla o al que nadie le escribe. Pero aún hay algo más peligroso, y es el riesgo de parecerse a la esposa del coronel de Gabo, la cual según este bebía el café en las pausas de su respiración pedregosa, mostrándose en cartílagos blancos sobre una espina dorsal inflexible, cuyos trastornos respiratorios la obligaban a preguntar afirmando, y dar la sensación de que cuando aún no terminaba el café, seguía pensando en el muerto para completar la escena.
