El ataque de Estados Unidos a Venezuela es una agresión a todo el continente. Veamos la parte militar, jurídica y política de tal invasión. Quizás así podremos orejear las cartas de un gigante con cabeza de barro.
Varias fuentes consultadas —diferentes países, distintos idiomas, varios continentes— parecen coincidir en algunos aspectos de la invasión de los Estados Unidos contra Venezuela. Como supone la teoría de los sistemas, una catástrofe es el encadenamiento de errores que no son corregidos sobre la marcha. También lo es una derrota.
Tal parece que fallaron las previsiones acerca de las intenciones agresivas del imperialismo en un momento crítico. Es que existen niveles de seguridad que fueron superados por la acción yanqui. Primero hubo fallas en el trabajo de espionaje, que consiste en saber qué piensa y hace el enemigo y cómo neutralizar esa amenaza, además de identificar quienes colaboran en el territorio nacional a favor de los colonialistas.
Perder el control de la información implica también permitir que el enemigo conozca el emplazamiento de las defensas nacionales. No basta que Maduro cambie de casa todos los días, los recursos militares también deben moverse. La rutina es cómoda, pero favorece al enemigo. Que estudió desde hace meses vida y obra del presidente venezolano gracias al espionaje electrónico y seguimiento físico. El cazador no tiene chances si la movilidad de la presa es imprevisible. De allí que exista la sospecha de una traición que reveló el lugar exacto del matrimonio Maduro esa noche fatídica.
El bombardeo de la task-force invasora consistió en atacar el centro de mando del Fuerte Tiuna, para desorganizar la respuesta; también fue castigada la base de La Carlota, que impidió la respuesta de la fuerza aérea venezolana; así como la agresión a otros centros decisorios impidió una respuesta adecuada. Con los aditamentos tecnológicos propios de la guerra electrónica, los invasores pudieron establecer un corredor “seguro” para cometer el secuestro. Las tropas enemigas tuvieron que enfrentar entonces el último anillo de seguridad presidencial. Con las comunicaciones cortadas, sin esperanza de refuerzos, en inferioridad numérica en el punto decisivo, los venezolanos y cubanos que defendieron la posición entraron en combate contra la flor y nata de la task-force. Algunas fotos terribles circulan por las redes que atestiguarían la violencia del entrevero, aunque es imposible corroborar la autenticidad. Sólo diremos que los criollos que allí pelearon no fueron “empanadas que se comen sin más trabajo que abrir la boca”. La guardia muere, pero no se rinde.
El coronel John Boyd (1927-1997) fue un piloto estadounidense que peleó en Corea y en Vietnam. Luego comenzó una reflexión estratégica bastante interesante. En efecto, Boyd constató que en las escuelas de guerra le enseñaron que con tener superioridad aérea, naval y terrestre la victoria estaba segura. “Teníamos todo eso en Vietnam”, se dijo, “y sin embargo perdimos. ¿Por qué? Algo debe faltar”. De ahí que desplazó la “cinética”, el hecho de arrojar la mayor cantidad de acero sobre el enemigo, a un componente más de un conjunto algo complejo que es la construcción de la victoria. “Las máquinas no hacen la guerra. Las personas sí.” Por lo tanto, en un conflicto bélico primero vienen las ideas, después las personas y al final las armas. La dimensión moral, que estructura los dos primeros niveles, debe tener absoluta prioridad sobre el último escalón, que si bien es necesario apenas es técnico. De ese modo queda planteada la cuestión de la legitimidad en la acción armada.
Así, en las recomendaciones que Boyd escribe acerca de combatir las guerrillas, una de las más importantes es: “Tome la iniciativa política para extirpar y castigar la corrupción. Elija a nuevos líderes con reconocida idoneidad y apoyo popular. Asegúrese que impartan justicia, atiendan al descontento y puedan conectar con las bases”. Irónico, Boyd escribe una nota al pie: “Si usted no puede realizar tal programa político, entonces debería considerar cambiar de bando”. (A discourse on winning and losing, publicado por la Air University Press en 2018).
Es un poco lo que pasa en Venezuela. Estados Unidos ha usado la cinética con alardes tecnológicos de avanzada. La task-force encabezada por el USS Gerald R. Ford —el portaaviones más grande del mundo— con decenas de otras naves especializadas en misiles, contra misiles, recontra misiles, sin hablar de dos submarinos nucleares (¿habrá estado el Conqueror?), centenares de aviones, miles de drones, decenas de miles de marines embarcados lograron secuestrar al presidente Maduro y esposa. Por cierto, en un acto sólo comparable al desembarco aliado en Normandía allá por 1944, al menos si le creemos a Trump.
¿Hubo traiciones internas? Es posible. ¿La tecnología estadounidense cegó los sistemas de defensa venezolanos? Es probable. Habrá que sacar enseñanzas de eso. Lo cierto es que más de cien personas fueron asesinadas por la súper-híper-ultra Delta Force. Que también tuvo bajas, pero no serán informadas porque además de norteamericanos esos muchachos son inmortales. Como sea, es la privación ilegítima de la libertad más costosa de la historia. Pero qué no se hace para estar en el libro Guinness, envidiosos. Aunque carezca de cualquier viso de legitimidad. Lo que según Boyd es lo que define las guerras. Y del presidente Gerald Ford se decía que no podía caminar y mascar chicle al mismo tiempo. “This is our hemisphere”, dijeron, como si fuera “hold my beer”.
Secuestrado el matrimonio Maduro, ahora comienza un juicio en Nueva York. El abogado es Barry Pollack, un tiburón de aguas profundas, el mismo que defendió a Assange. Puede adoptar una defensa de ruptura, en la que el eje pasa porque un juzgado cualunque norteamericano no pueda pronunciarse sobre la culpabilidad de un presidente. Significa decirle al tribunal que “ustedes no son quién para juzgarme”. De hecho Maduro se consideró un prisionero de guerra —razones no le faltan, puesto que el método determina el resultado— y así correspondería aplicar las Convenciones de Ginebra, esas que Estados Unidos y vasallos no respetan. También puede jugar el juego, adoptar una estrategia de connivencia y decir: “bueno, aquí me tienen, ahora prueben lo que dicen”. El hecho de que el departamento de Justicia de los Estados Unidos haya descartado la pertenencia y conducción del Cártel de los Soles por parte de Maduro, habida cuenta que no existe tal Cártel de los Soles, abre otras posibilidades. Si la defensa de Maduro apura las cosas en ese sentido, los que van a estar en problemas son los que tienen que demostrar la culpabilidad de la pareja venezolana secuestrada manu militari, jamás mejor dicho.
Por el momento, los entusiastas del imperialismo norteamericano viven aún la hora más gloriosa. Triunfa Marco Rubio, el secretario de Estado hijo de inmigrantes que ve a toda la América Latina pintada con barras y estrellas. Debe sentirse una persona muy poderosa. Quien está realizado es Pete Hegseth, el secretario de guerra, un fundamentalista cristiano que adora a Israel. Hundir lanchas y rematar náufragos con una simple orden fue apenas el aperitivo. ¡Ahora tiene una operación comando propio y exitosa! ¿Qué viene después en el menú? ¿Colombia, México, Groenlandia? ¿Los sudetes? ¿Repetimos Venezuela a gran escala? Los dioses tienen sed.
Como en el principio de revelación que proclama a la marchanta ese tal Milei, vimos cómo gusanos y escuálidos disfrazados de venezolanos festejaron en el extranjero el bombardeo del propio país. Judas se cuelga, esta vez de vergüenza ajena. “Queremos ser libres” gritan como en carnaval, “que se lleven el petróleo”. Son como si los troyanos festejaran a los guerreros que salen del caballo de madera para matarlos. Sin duda son víctimas de la guerra cognitiva, esa que hace que las personas actúen contra los propios intereses objetivos. Pero ni siquiera es un atenuante. “Nadie es héroe contra la propia Patria”, escribía Víctor Hugo en “Noventa y tres” (1874). Las clases dominantes del continente están alegres, seguras que habrá invencibles armadas norteamericanas que protejan por siempre la dominación que ejercen. ¡Gracias, Divino Dios Dólar! Por cierto, parece que “revelación” en griego significa “apocalipsis”. Y es ahora.
