500 mil mujeres abortan clandestinamente por año en Argentina. La Iglesia lo ignora y sobreactúa

Por Causa Popular.- La decisión del gobierno nacional de quitarle el rango de secretario de Estado al obispo Castrense Antonio Baseotto, luego de que el Vaticano rechazara separarlo del cargo, tiñó de una manera especial esta Semana Santa. Si bien el gobierno intentó bajarle los decibeles al conflicto abierto con la Iglesia Católica, las declaraciones del ministro de Salud, Ginés González García a favor de la despenalización del aborto, y la presencia del arzobispo de Buenos Aires, cardenal Jorge Bergoglio en la Maternidad Sardá donde ofició una misa el Jueves Santo y diciendo que “es necesario que todos valoremos el milagro de la vida”, volvió a poner la discusión en el comienzo: la despenalización del aborto. La jerarquía católica asegura que la Iglesia siempre defendió la vida desde la concepción, sin embargo en rigor de verdad esta poderosa institución mundial que ya cumplió los 2 mil años, sólo lo hace desde 1869, luego de que el teólogo Jean Gury introdujera la idea en 1864 de que matar a un ser humano en potencia es como matar a un ser humano real.

El presidente Néstor Kirchner firmó el viernes 18 de marzo el decreto por el cual dejó sin efecto el acuerdo impulsado por Eduardo Duhalde en el 2002, con el que se había designado a monseñor Antonio Baseotto como obispo castrense. La decisión fue tomada a raíz de las polémicas declaraciones del religioso en contra el ministro de Salud, que propuso tirarlo al río con una piedra en el cuello por impulsar la despenalización del aborto.

El mismo día en que se firmó el decreto, el jefe de gabinete Alberto Fernández atribuyó la decisión de Kirchner a las declaraciones de Baseotto que “se convirtieron en alegorías con connotaciones muy fuertes porque básicamente sus expresiones recordaron que se debía hacer algo muy parecido a lo que ocurrió en los años negros de la Argentina cuando se hacían los ‘vuelos de la muerte’”.

Una vez producido el relevo y cuando el gobierno se esforzaba por bajarle el tono al conflicto abierto con la Iglesia Católica, el ministro de Salud no sólo ratificó su opinión sobre la despenalización del aborto, sino que además expresó que “nadie cuida más la vida que el Ministerio de Salud”. No son pocos los ejemplos en la historia Argentina en los que un gobierno no aguantó una confrontación con la poderosa Iglesia Católica y tuvo que abandonar el barco en el medio de la tormenta. El gobierno lo sabe, pero aún no pudo encontrarle la táctica adecuada para relacionarse con una institución que considera retrógrada y conservadora.

Consultado por la prensa sobre el entredicho con el obispo Antonio Baseotto el ministro de Salud ratificó que “no hemos cambiado ninguna opinión”.

El martes 22 Ginés González García resaltó en una visita que realizó al Senado los programas que tiene la cartera para preservar la vida de la madre y el niño, y los programas de salud reproductiva y procreación responsable “para tratar de evitar que haya embarazos no deseados. Creo que tenemos que hacer mucho en un problema que es un problema serio de la Argentina y que lo único que no podemos hacer es ponerlo debajo de la alfombra», subrayó.

Ginés Gonzáles García aludió así de forma indirecta al problema de los abortos clandestinos a los que en la Argentina se ven sometidas 500 mil mujeres por año. Esta es una de las principales causas de mortalidad materna en nuestro país, llegando al 39% de los casos. La Organización Mundial de la Salud (OMS) calcula que de los 50 millones de abortos que se efectúan anualmente en el mundo, alrededor de 20 millones se producen en condiciones inseguras. Esta práctica conlleva no sólo a la muerte, sino también a las hospitalizaciones por infecciones, hemorragias, infertilidad, esterilidad, enfermedad pélvica inflamatoria (EPI), dolor pélvico crónico, perforación uterina, disfunciones sexuales y otras consecuencias derivadas de las prácticas clandestinas.

En Argentina, lejos estamos de las legislaciones más modernas sobre temas de derechos sexuales y reproductivos. Mientras en el 2005 se cumplen 3 años desde que el Parlamento Europeo aprobó una resolución que pide legalizar el aborto en toda la Unión Europea e incluye la recomendación de que la píldora del día después se venda sin receta y a precios accesibles, en nuestro país no existe una legislación nacional sobre la salud sexual y reproductiva. Con ásperos debates y manifestaciones contrarias de la Iglesia y los sectores más reaccionarios de la sociedad, se pudieron aprobar algunas leyes y programas de salud reproductiva en nueve provincias, pero aún en esos casos existe un alto grado de ineficacia en la implementación de estas normas.

La respuesta no se hizo esperar

El mismo día en que el ministro de Salud hizo las declaraciones en el Senado de la Nación, el obispo de Posadas Juan Rubén Martínez tras participar en la última reunión de la Conferencia Episcopal Argentina, realizó un llamado público a no votar a los políticos que propician el aborto y acusó a Ginés González García, de incurrir en «apología del delito» al pronunciarse a favor de su despenalización.

Según Martínez para las autoridades de la Iglesia Católica “el aborto equivale a destruir una vida por nacer y se trata de uno de los crímenes más terroríficos de nuestra época. Los católicos y los cristianos no tenemos que votar a los legisladores que propician el aborto”.

Pero los gestos en contra del gobierno no se agotaron el pasado martes. El jueves Santo el arzobispo de Buenos Aires, cardenal Jorge Bergoglio, en un acto con enorme carga simbólica que dejó entrever todo lo que se juega la Iglesia Católica con este tema, lavó los pies a 12 madres y sus bebés recién nacidos en la Maternidad Sardá, repitiendo el gesto que Jesucristo tuvo con los discípulos en la Ultima Cena.

Bergoglio además, en la capilla de la maternidad, presidió la misa llamada de la Cena del Señor de la que participaron médicos, enfermeras, parteras, obstetras, futuras mamás y madres recientes. “En este gesto quisiera lavarle los pies a mi madre y a todas las madres que se animan a llevar en sí la vida”, resaltó el primado de la Argentina. Por si quedaban dudas, el vocero de la Arquidiócesis, presbítero Guillermo Marcó declaro a la prensa que “en este gesto servicial se buscó dar un valor positivo a la maternidad y a la vida, en momentos en que se discute la despenalización del aborto”.

Las posiciones de la Iglesia respecto al aborto
Según lo explica el libro “La historia de las ideas sobre el aborto en la Iglesia Católica, lo que no fue contado”, de la teóloga Jane Hurst, publicado en 1992 por la asociación internacional Católicas por el Derecho a Decidir, la Iglesia se opone al aborto desde 1869. Una versión distinta a la oficial difundida por la Iglesia Católica, según la cual ésta siempre se opuso a esta práctica.

Para la teóloga Jane Hurst, en sus 2000 años de historia, ha habido numerosos debates para definir en qué momento un embrión en desarrollo se convierte en un ser humano. San Agustín, por ejemplo, planteaba que el aborto temprano no era un homicidio. La mayoría de los teólogos opinaban que el aborto no es homicidio en el principio del embarazo porque entendían que el feto se transforma en humano en algún momento posterior a la concepción. Sólo una minoría sostenía lo opuesto.

Pero en 1864 el teólogo Jean Gury introduce la idea de que matar a un ser humano en potencia es como matar a un ser humano real, lo que sentó las bases para que, en 1869, el Papa Pío IX afirmara que cualquier aborto es homicidio. Recién en 1917 esta idea de que existe vida humana inmediatamente después de la concepción recibió el apoyo del nuevo Código de Ley Canónica. Llamativamente, esta disposición se establece al mismo tiempo que la Revolución Rusa otorgaba el derecho al aborto libre y gratuito a todas las mujeres de la ex – Unión Soviética, por primera vez en el mundo.

Según Hurst, una de las cosas más llamativas es que la misma Iglesia que considera la vida desde la concepción, casi nunca bautiza ni ofrece misas de difuntos para los niños que nacen muertos, naturalmente, al término de un embarazo. Una contradicción más para la institución eclesiástica vaticana que sigue renegando contra el preservativo mientras miles de sus fieles mueren infectados por el virus del SIDA.

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