Este 24 de marzo, en este país se cumplirán 50 años del inicio de la dictadura militar más reciente y cruenta que invadió esta patria. En estas cinco décadas, el horror fue encontrando distintos cauces a través de la palabra escrita: investigaciones, crónicas, novelas y cuentos tomaron al testimonio como insumo para nombrar la desaparición, la tortura y la muerte.
“La poesía podría entenderse como el lenguaje que intenta decir, sin ser aplastado por lo dicho”, escribió la poeta Alicia Genovese en su libro “Abrir el mundo desde el ojo del poema”, y explica que la poesía puede crear, construir un lugar en el que el mundo se abra, aunque sea de manera fugaz, para convertirse en habitable.
Con este punto de partida, vamos hacia la poesía como forma de habitar la memoria, no como una película fija sino como una dimensión abierta de la vida social que requiere tiempo, responsabilidad y acción colectiva. En estos años, la memoria por los 30.000 desaparecidos, los juicios a los genocidas y la cita masiva a Plaza de Mayo y a todas las plazas del país para decir Nunca Más cada 24 de marzo son solo algunos de los hitos marcados por este pueblo para sostener la memoria. ¿Qué nos dice la poesía de este engranaje? ¿Qué elementos pone a disposición para recordar y dimensionar la vida?
La poesía para nombrar el murmullo
Si hablamos de la maquinaria puesta en marcha durante la dictadura militar, los desaparecidos son la puesta en acto de ese accionar bestial, y fue el poeta, escritor, sociólogo y militante LGBT Néstor Perlongher el que nombró esos cuerpos como cadáveres. Su emblemático poema rescata estos “Cadáveres” de la clandestinidad para dar cuenta de su omnipresencia en el secreto cotidiano.
Publicado por primera vez en 1987 como parte de su segundo poemario titulado “Alambres”, este poema fue escrito en el año 82 durante un viaje del poeta desde la Argentina a Brasil. Perlongher, hijo de un taxista y una costurera, se interesó desde muy chico por la lectura, estudió antropología y sociología, ejerció el periodismo. Exiliándose por su identidad sexual, era uno de los principales referentes del Frente de Liberación Homosexual en la Argentina y había estado detenido y procesado penalmente. Así, yéndose, escribió sobre las muertes que no se nombraban.
“Bajo las matas
En los pajonales
Sobre los puentes
En los canales
Hay Cadáveres
En la trilla de un tren que nunca se detiene
En la estela de un barco que naufraga
En una orilla, que se desvanece
En los muelles, los apeaderos, los trampolines, los malecones
Hay Cadáveres
En las redes de los pescadores
En el tropiezo de los cangrejales
En la del pelo que se toma
Con un prendedorcito descolgado
Hay Cadáveres
En lo preciso de esta ausencia
En lo que raya esa palabra
En su divina presencia
Comandante, en su raya
Hay Cadáveres
En las mangas acaloradas de la mujer del pasaporte que se arroja
por la ventana del barquillo con un bebito a cuestas
En el barquillero que se obliga a hacer garrapiñada
En el garrapiñero que se empana
En la pana, en la paja, ahí
Hay Cadáveres
Precisamente ahí, y en esa richa
de la que deshilacha, y
en ese soslayo de la que no conviene que se diga, y
en el desdén de la que no se diga que no piensa, acaso
en la que no se dice que se sepa…”
Perlongher murió el 26 de noviembre de 1992 en San Pablo a causa de una septicemia generalizada producida por el SIDA que padecía desde hacía algunos años. Su obra incluye el libro de cuentos Evita vive y otras prosas y libros de poesía como Austria-Hungría, Alambres, Hule, Parque Lezama y El chorreo de las iluminaciones. Escribió y formó parte de las redacciones de El Porteño, Folha de San Pablo y la revista feminista Persona.
Alojar el mientras tanto del horror
El primer plano de los centros clandestinos de detención, del secuestro y desaparición de personas tuvo un mientras tanto que implicó cuchicheo y murmullo sobre ese día a día de exterminio que no terminaba de nombrarse y dejaba en la vida argentina la pregunta por 30.000 personas y el robo de más de 400 bebés.
Sobre esa vida cotidiana hay un poema de Irene Gruss (1950-2018) que condensa eso que sucedía en esa vida cotidiana, dando a la poesía la posibilidad de alojar el mientras tanto.
Yo estuve lavando ropa
mientras mucha gente
desapareció
no porque sí
se escondió
sufrió
hubo golpes
y
ahora no están
no porque sí
y mientras pasaban
sirenas y disparos, ruido seco
yo estuve lavando ropa,
acunando,
cantaba,
y la persiana a oscuras.
“Mientras tanto”, de Irene Gruss.
Considerada una de las grandes poetas nacionales, la autora escribió este poema en los 80, cuando las huellas de la dictadura empezaban a abrir paso a nuevas formas de nombrar el horror.
“Ni siquiera era un poema explícitamente contra la dictadura, lo escribí porque era mi realidad. A mí no me sale escribir programáticamente, es como los cuervos que van buscando la carroña. Me chupa un huevo que ese poema haya sido mal leído, han llegado a tratarme de cómplice por ese poema o por quedarme en el país durante la dictadura. También me dijeron que era una genia por ese poema, pero tampoco me importa. La persiana realmente no andaba, pero tampoco la queríamos abrir porque teníamos un cagazo tremendo. Yo nunca sabía si mi marido podría volver”, le dijo a la revista La primera piedra en una entrevista.
Gruss fue integrante del grupo de poetas que fundó, a comienzos de los años 70, el taller “Mario Jorge De Lelli”, un espacio que marcó la continuación y el replanteo del coloquialismo característico de la poesía de los ’60. Entre sus libros están El mundo incompleto (1987), La calma (1991), Sobre el asma (1995) y En el brillo de uno en el vidrio de uno (2000).
Sacudir al lenguaje
Si la poesía puede sacudir lo dicho para no aplastar el lenguaje, Ángela Urondo Raboy lo demuestra en su poema “Caer no es caer”.
Chupar no es chupar.
Cita no es cita.
Dar no es dar.
Caer no es caer.
Soplar no es soplar.
Pinza no es pinza.
Fierro no es fierro.
Máquina no es máquina.
Capucha no es capucha.
Submarino no es submarino.
Personal no es personal.
Parrilla no es parrilla.
Apretar no es apretar.
Quebrar no es quebrar.
Cantar no es cantar.
Volar no es volar.
Dormir no es dormir.
Limpiar no es limpiar.
Guerra no es guerra.
Cuerpo no es cuerpo.
Desaparecer no es desaparecer.
Morir no es morir.
Ser no es ser.
Yo, nada.
Se trata de un poema que forma parte del libro “¿Quién te creés que sos?”, una combinación de testimonio, diario íntimo y biografía en el que reconstruye dimensiones de su propia identidad. Ángela es hija del poeta Francisco “Paco” Urondo y la periodista Alicia Raboy, con una hermana también desaparecida, Claudia, y vivió hasta casi sus veinte años sin saber lo que había sucedido con su familia.
Lo sucedido: Paco Urondo fue asesinado a golpes el 17 de junio de 1976 en Guaymallén, Mendoza, cuando el auto en el que viajaba con su mujer, Alicia Raboy, su compañera René Ahualli y Ángela, de once meses, fue atacado a balazos. Urondo era en ese momento responsable de la regional Cuyo de Montoneros; su indicación fue que las mujeres que estaban con él huyeran. René logró escapar. Alicia y Ángela fueron secuestradas. Alicia continúa desaparecida.
El recorrido que tomó la vida de Ángela fue otro: estuvo detenida en el D2, el centro clandestino más grande de la provincia; luego fue llevada a la Casa Cuna y, finalmente, enredada en una trama familiar silenciosa. Fue adoptada por la prima de su madre y su marido, quienes nunca le contaron su historia ni le permitieron tener contacto con su familia paterna.
Cuando empezó a conocer la verdad, se inició un proceso de búsqueda que llevó a la dibujante y performer a establecer un vínculo con su hermano Javier Urondo y a ir descubriendo qué había pasado con sus padres. Los adoptivos fueron alejados. El libro que contiene “Caer no es caer” es la reconstrucción de esa historia desde la potencia de la búsqueda de la identidad.
