Universidades para el ascenso social

La lacerante expresión de Vidal sobre el acceso de los pobres a la Universidad fue replicada por decena de microrrelatos que, aún a riesgo de caer en una lógica meritocrática, exhiben una realidad que la gobernadora desconoce. Formación de comunidad vs planilla de Excel.

Entre la incredulidad que provoca el espanto y la confirmación de lo no deseado, la enunciación de la gobernadora de la provincia bonaerense María Eugenia Vidal sobre las universidades públicas se golpeó contra el imaginario popular. Es que la pregunta retórica, simulada en la frase “todos sabemos que los pobres no llegan a la facultad” desnudó la matriz del fascismo de clase del discurso de Cambiemos. Si bien esto no es una novedad, en la voz parsimoniosa de la promesa blanca del macrismo se redobla la agresión y se vuelve una amenaza para la comunidad universitaria.

 

A pesar de que todos los datos y los miles de testimonios viralizado en las redes demuestran que los pobres llegan a la educación superior gracias a su cercanía geográfica, ni un solo pedido de disculpas o un pretexto se deslizó. Podría suponerse que no hay nada qué disculparse, sino que es un paso más hacia el plan del Fondo Monetario Internacional (FMI) respecto a la modernización del Estado. Incluso, lo planteado por Vidal ya fue solidificado en los grandes medios de comunicación, antes de la asunción del macrismo. Sobre todo en la redundante acción de intentar aplicar estigmas fantasmagóricos sobre las llamadas “universidades del Conurbano”, en base a un vocabulario neoliberal que escribe la eficacia en planillas de cálculo.

 

Ante tal operación política, no quedan más opciones que ponerle rostro humano al ascenso social que promueven las “universidades por todos lados”. De ese modo, muchos de nosotros -universitarios conurbanos de primera generación- nos expresamos en las redes para responder con empiria a los dichos de la gobernadora y de los selectos miembros del Rotary. A pesar del peligro de caer en una lógica meritocrática, la conjunción de esos microrrelatos dan cuenta de la existencia de una comunidad abrazando a cada estudiante para ingresar, permanecer y egresar. Es decir, no se trata de héroes que leyeron libros de autoayuda para incrementar su “capital humano”, sino de redes históricas, territoriales e institucionales en las que los sueños encuentran una plataforma para elevarse.

 

Desde esta perspectiva, se puede analizar el ascenso social desde diversas dimensiones. En primer lugar, desde la experiencia individual-económica se trata de un desplazamiento de los horizontes de clase, que no siempre se traducen en mejores salarios, sino en otras condiciones laborales y una ampliación de las posibilidades para realizarse profesional y humanamente.

 

El contacto con otros ámbitos culturales, políticos, institucionales y discursivos permiten acceder a nuevos espacios y establecer vínculos tejidos de otras lógicas. Esos estudiantes y futuros profesionales oscilan entre mundos diferentes de clase, observan las diferencias y las intentan comprender. Desde la experiencia personal se entiende lo histórico, social y contextual. Ese es otro aprendizaje de socialización que no lleva diploma pero que transforma.

 

En segundo término, el ascenso territorial. El emplazamiento de una universidad nacional en las localidades periféricas genera desarrollo visible. Para quienes se regodean con la obra pública de la superficie, pueden observar que cuando miles de jóvenes estudian en las nuevas universidades, el paisaje conurbano se transforma. No sólo más comercios, sino más servicios para la comunidad -transporte y telecomunicaciones, por ejemplo- y hasta las viviendas se revalúan o se destinan a los estudiantes oriundos de zonas aún más lejanas.

 

Por otra parte, siempre que hay una universidad -como así lo fue la escuela en el siglo XIX- el Estado se hace presente desde su lógica más esperanzadora e igualitaria, como lo es la educación. En el caso de las universidades conurbaneras, incluso, son el espacio para desplegar diversos programas como FINES, UPAMI, Progresar, Ellas hacen (o lo que era antes), entre otras. Desde este aspecto, es lamentable que una gobernadora que cuenta con un territorio privilegiado en pluralidad de establecimientos educativos, cuestione la cantidad -cuando aún no son suficientes- y no proponga ninguna línea de acción para potenciar esa llegada de pobres a los estudios superiores.

 

Como tercer aspecto clave, la extensión de universidades más allá de las capitales implica otro impacto al ascenso social que es la jerarquización de las trabajadores de la educación y la salud pública. Con solo echar un vistazo a las ofertas académicas de las universidades del Bicentenario se encuentran las coincidencias en los ciclos de complementación para los docentes de la escuela básica y media y la licenciatura en enfermería. Esto no es azar, sino que se corresponde con la demanda de la provincia de aumentar la cantidad de profesionales en la planta pública. Para ellos, en lo particular, esto se traduce en una mejora salarial y en reconocimiento; mientras que en lo social, se aseguran servicios de calidad para la población.

 

Por estos aspectos, es que la universidad es un horizonte posible para miles de jóvenes, de adultos que por razones laborales o maternales -razón fundamental en las mujeres- postergan el estudio pero no sueltan la ilusión. Además, para esas localidades es un motivo de orgullo que ellos tengan su universidad, no una sucursal; con su paisaje y su historia. Es un deseo colectivo del que participan estudiantes, docentes y autoridades. Por eso, las palabras de Vidal fueron lacerantes, en tanto no muestra confianza en los bonaerenses.

 

Murallas anti-neoliberalismo

A pesar de estos beneficios que promueven el ascenso social en múltiples dimensiones, los dirigentes de Cambiemos cuestionan la existencia de “universidades por todos lados”. Al respecto se puede intuir que se trata de una carencia de interpretación sobre el sentido de comunidad que existen en esas localidades extensas: fábricas, campitos de fútbol, comercios, shoppings, asociaciones, barrios, countrys, etc. No se trata simplemente de vecinos sin lazos solidarios sino de ciudadanos con potencialidad de desarrollarse económicamente. En parte esta mirada sesgada puede adjudicarse a que el “ala desarrollista” del gobierno de Macri fue despedazada entre los “halcones” y las “palomas” del ajuste en los primeros meses de gestión.

 

Estas identidades, entonces, son un verdadero dique de contención a las políticas neoliberales. En la medida de que las universidades articulen las organizaciones de la comunidad, produzcan conocimiento y formen las habilidades del pensamiento crítico, podemos confiar de conformar un anticuerpo a las promesas new age de las derechas renovadas.

 

Allí donde se forman los docentes, enfermeros, médicos e ingenieros, entre otros profesionales, con otras perspectivas territoriales, quizás podamos proveernos de nuevas ideas, soluciones y hasta canalizar demandas. Sobre todo porque la universidad nacional es uno de los ámbitos públicos que posee prestigio social más allá de las clases sociales y es justamente por eso que evita la segmentación del mercado.

 

Las universidades son espacios de formación ciudadana porque en los pasillos hay discusiones, interpelaciones a la acción y a la organización. Esto alcanza lo concreto cuando hay campañas solidarias por inundaciones, femicidios y otro tipo de desgracias comunitarias.

 

La apuesta

La disputa política se evidencia en la imposición de la pregunta. Si al interior de las universidades o durante los gobiernos kirchneristas, el problema era ¿cómo incluir? ¿cómo asegurar derechos?; tras los dichos de Vidal queda claro que la nueva pregunta es ¿dónde se puede seguir ajustando? La comunidad universitaria tiene memoria de estos intentos y está atenta a sus discursos. Por eso, se multiplicaron las pequeñas historias de muchos que demuestran el nivel de prejuicio sobre los pobres y los bonaerenses.

 

La disputa no terminó. El desafío se transforma. Ahora que todos sabemos que los pobres llegan a la universidad, es el tiempo de construir una epistemología del conurbano y hacer uso de la función intelectual para pensar y pensarnos. Para ello, necesitamos de la legitimación, de no tener pudor de nuestros lenguajes y estéticas; y reivindicarnos no como héroes sino como frutos de esfuerzos mancomunados. La apuesta por ir a la política se vuelve un compromiso con la historia.

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