Una difícil independencia

¿Qué visiones e intereses confluyeron -y se enfrentaron- el 9 de julio de 1816?

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El 22 de enero de 1814 es creado el cargo de Director Supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, cuyo primer titular será el notario de la curia, Gervasio Antonio de Posadas, tío del general Alvear y miembro del grupo “alvearista”. El llamado gobierno Directorial (el de Posadas y sus sucesores) de hecho representará los intereses materiales y el papel social de la poderosa oligarquía mercantil porteña, cuyo objetivo de máxima era dominar el entero territorio ex virreinal, y el de mínima, retener en sus exclusivas manos la principal fuente de recursos: la aduana de Buenos Aires y el poder en la ciudad y provincia del mismo nombre. El objetivo de máxima exigía someter a las fuerzas interioranas conocidas como federales, que reivindicaban para los gobiernos provinciales una considerable autonomía. El más importante caudillo federal, Gervasio de Artigas, triunfador (dicho sea de paso) de las primeras batallas libradas contra las fuerzas realistas, llenaba de pesadillas el sueño a los buenos burgueses porteños, no sólo por su empecinado federalismo, sino, y acaso en mayor medida, por sus ideas, sus realizaciones y sus prácticas, que ponían en serias dudas la dominación de los hasta entonces poderosos dominadores. Los grandes mercaderes porteños, sus abogados y gran parte de los clérigos, no soportaban el menor cambio en las jerarquías sociales heredadas de la colonia, lo que ciertamente no se compatibilizaba con el artiguismo y su ideario.

 

La declaración de la independencia, enfáticamente defendida por Artigas, no lo era en la misma medida por la clase alta porteña y de provincias, cuyo ideario era ganar dinero sin importar demasiado el gobierno, siempre que se los considerara por lo que eran. En carta a Manuel de Sarratea, escribía Posadas: poco importa “que el que nos haya de mandar se llame rey, emperador, mesa, banco o taburete. Lo que nos conviene es que vivamos en orden y que disfrutemos tranquilidad”. Debió agregar: para hacer negocios y continuar como el grupo social más encumbrado.

«La declaración de la independencia, enfáticamente defendida por Artigas, no lo era en la misma medida por la clase alta porteña y de provincias, cuyo ideario era ganar dinero sin importar demasiado el gobierno»

La idea de independencia, a cualquier precio, como podía ser una guerra prolongada con fuerte protagonismo popular, al modo de Güemes en Salta, distaba de contar con excesivas simpatías entre esa gente. En la Asamblea General Constituyente (conocida como del año 13), en la reunión del 27 de agosto de 1814, varios diputados habían votado por el reconocimiento de Fernando VII, o una política de reconciliación con España incentivada desde Londres por el mentado Sarratea. Este prominente personero de la política y los negocios porteños ya se había adelantado en felicitar a Fernando VII, expresándole el amor y la lealtad de sus súbditos de Buenos Aires. Lo más granado de la dirigente y socialmente conspicua burguesía mercantil porteña, a la que pertenecía Sarratea, temía lo que Lord Strangford, embajador inglés en Rio de Janeiro, llamaba de “castigo espantoso y ejemplar”. Y el 8 de mayo de 1814, en carta dirigida a Strangford, Posadas pedía la intervención inglesa para impedir que el poder español restableciera, por la más inclemente violencia, su presencia en estas latitudes. Si no los españoles, que los amos fueran los ingleses. El horizonte político de la burguesía porteña estaba expresado en la carta mencionada de Posadas a Sarratea: aseguraba aquel que nunca había dudado, en consonancia con su interlocutor, que la “disolución” de la monarquía española era sólo aparente, ni de la “unidad del estado y el respeto al soberano”.

 

El 9 de enero de 1815 Alvear sucederá a su tío. El primer acto importante del novel mandatario, en la línea de su antecesor y pariente, será un ruego a la Gran Bretaña para que se dignara amparar las ex colonias españolas, haciéndolas parte del imperio británico. El conductor a Rio de Janeiro de esta propuesta se llamaba Manuel José García, símbolo y precursor de todos los entreguistas que padeció y padece la Argentina hasta los días actuales. Otro acto de Alvear definiría el grado de compromiso que tenía (que tenía la burguesía mercantil porteña) con la unidad de las tierras ex virreinales: a través de su ministro Nicolás Herrera (funesto personaje heredado de Posadas), ofrecerá a Artigas la posibilidad de independizar la Banda Oriental del común tronco argentino. Imposibilitado de doblegar la voluntad del caudillo y de derrotarlo militarmente, prefería sacárselo de encima sacrificando un pedazo de territorio.

 

El 11 de abril el ejército del norte, desconociendo la autoridad del Director, se rebela en Fontezuela, y un sobrino político de Manuel Belgrano, llamado Ignacio Alvarez Thomas, emitirá un flamígero manifiesto. Terminada abruptamente la gestión del joven general Alvear, que deberá renunciar y huir del país (había durado apenas tres meses y días), el 21 de abril lo sucederá como Director Supremo el mentado Alvarez Thomas, que mostrará no diferir en nada esencial del depuesto Alvear. Así es como autorizará a los señores Pico y Rivarola, enviados suyos a la Banda Oriental para negociar con Artigas y tratar de amansarlo, a reiterar la oferta de independizar esa provincia argentina bajo el mando de Artigas.

«Posadas pedía la intervención inglesa para impedir que el poder español restableciera, por la más inclemente violencia, su presencia en estas latitudes. Si no los españoles, que los amos fueran los ingleses»

En Río de Janeiro, Manuel José García, con la eficaz ayuda de Nicolás Herrera, ahora ex ministro, radicado en la capital imperial, abogará, de acuerdo con las instrucciones recibidas, para que el gabinete luso-brasileño intervenga militarmente en la Banda Oriental para liquidar a Artigas, que obviamente se había negado a aceptar la independencia que le habían ofrecido: consideraba a su Banda Oriental como parte indiscutible de la Argentina. Un detalle nada insignificante: el ejército luso-brasileño, particularmente la parte que vendría de Portugal, había sido entrenado por un viejo conocido de estas comarcas: el general Beresford, jefe de la primera invasión inglesa a Buenos Aires. Entre tanto, en España, Rivadavia, que había ido a pedir perdón a Fernando VII por los pecados independentistas cometidos y prometía no incurrir más en ellos, era arrojado sin miramientos fuera del país. Según las instrucciones que había recibido, como opción preferencial debía gestionar la protección inglesa: se admitiría en el Plata un príncipe de ese origen como instaurador de una monarquía y cabeza del Estado. De no arreglar con los ingleses, la alternativa era prosternarse ante Fernando VII.

 

Si todo esto revestía una enorme gravedad, lo más grave rondaba entre los congresales de Tucumán, que el 24 de marzo habían comenzado a sesionar con 21 diputados, algunos de ellos elegidos mediante procedimientos fraudulentos. En Buenos Aires, el ahora Director Balcarce había aceptado una propuesta hecha el 26 de junio por Manuel José García, desde Rio de  Janeiro, con el acuerdo del mentado Herrera, en el sentido de dejar que los portugueses destruyeran a Artigas. Se supo que prominentes personajes auspiciaban la sumisión de las Provincias Unidas del Río de la Plata a la corona lusitana. A poco de que sea declarada la Independencia, el Director Balcarce, y quienes lo apoyaban, trabajaban por exactamente lo opuesto, y en el Congreso, por lo menos los miembros de la comisión de relaciones exteriores no desconocían esas gestiones. Imbuida la diplomacia Directorial de un radical rechazo del federalismo de Artigas y un enfermizo temor de que las masas populares, caudillos mediante, jugaran un papel en las grandes decisiones, estaba negociando el perdón de España y el regreso a su seno, o en su defecto la colonización por la Gran Bretaña y eventualmente la subordinación al imperio luso-brasileño. Entre los congresales de Tucumán, se repite, varios conocían esas perversas tramoyas, y lejos de repudiar y denunciarlas, actuaban con el doble rostro de los traidores. ¿Su voz en la declaración de la independencia sería sincera? ¿Sin la fuerte presión de Belgrano y San Martín hubiera habido declaración?

 

La historia del Congreso, de su gestación y del contexto político exige un espacio que aquí no tenemos; pero lo dicho escuetamente muestra líneas radicalmente opuesta, que ciertamente recorren la historia argentina: la que aboga por una verdadera autonomía nacional y un papel protagónico para las masas, entonces representada por Artigas, y la línea de los sectores socio-económicos dominantes, que anteponían sus intereses personales y de clase, sin por eso dejar de golpearse el pecho gritando su patriotismo. Ambas líneas hoy tienen plena vigencia.

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